Búsqueda en el fin del mundo
¿Vienes?

Desenrédate la lluvia
de los ojos
y ven a jugar
despeinada y sola.
No tengo manzanas en las manos,
pero tengo manos
que se posarán en ti inquietas;
niebla de carne caliente.
No seas paciente
y siente
nada más verme.
Yo te curaré,
te acunaré,
como a un conejito cansado,
dispuesto.
Pero no te dejes los labios
protegidos
guardados
en la mesilla de noche
porque esta noche
tu boca
y mi boca
comerán nuestros cuerpos
tristes, solos
y aún fríos.
Antes del futuro imperfecto, Medardo Fraile
Antes del futuro imperfecto
Medardo Fraile
Páginas de espuma
Septiembre 2010
186 páginas
16 euros
La librería Alberti de Madrid recibió el pasado jueves la presentación de “Antes del futuro imperfecto”, nuevo libro de relatos del escritor madrileño Medardo Fraile. La librería acogió la presentación desbordada por seguidores y lectores que querían escuchar y ver al narrador.
Los cuentistas nunca han sido grandes estrellas, admiradas a gran escala, desbordantes, (salvo, quizá, los maestros Cortázar y Borges), sin embargo tienen un encanto íntimo y extraño y en esto, en crear ese encanto concreto, Medardo es un genio. Adscrito a la generación de los cincuenta junto a escritores como Gil de Biedma, Ignacio Aldecoa o Ángel González, es uno de los máximos representantes del cuento corto en España. Maestro de la narración del detalle, de lo real y cotidiano, Fraile maneja la anécdota y la ternura con elegancia y precisión.
Antes del futuro imperfecto se divide en dos. La primera parte, titulada “los cuentos de las aulas”, es una selección de cuentos que ya habían sido publicados previamente, (en un libro titulado cuentos completos, de Páginas de Espuma), donde nos muestra su particular mundo docente poblado con profesores y alumnos hechos de memoria y anécdotas. Entre estos cuentos podemos encontrar a la “señorita Oria”, perfecto ejemplar de profesora que ayuda a entrar en la adolescencia a los chavales, al padre Ciriaco y su peculiar manera de reprender a sus alumnos, o a Don Jenaro Seco, iniciador de niños en el extraño y a la vez cercano mundo de la filosofía. Los profesores, creadores de semillas y recuerdos, maestros en diferentes artes y disciplinas, aparecen en los cuentos con ternura y sencillez. Los niños, descubridores del mundo escolar, y por extensión, del mundo entero, aprenden y juegan sin pensar en ello. Seres inconscientes e inocentes que aún no imaginan el futuro imperfecto que les espera.
Después de terminar de leer esta parte, sin saber por qué, olisqueé las páginas del libro y me di cuenta que tenían el mismo olor, exactamente igual, que el olor de los libros del cole. Mejor dicho, el olor del recuerdo de los libros del cole. Ese olor a septiembre, a otoño, a deberes. Buen detalle de Páginas de espuma.
La segunda parte es más heterogénea y es aquí donde Medardo puede mostrarnos todos sus registros y valías: un divo inesperado que aparece en la Scala, un niño que es el rey de un gran y valioso sillón, la relación antagónica de una pareja que el amor (tan solo el amor puede) une, o la historia de “El Chori” que entretiene al juez que debe condenarle. Medardo Fraile une dos mundos, el del mundo antes de contaminarse, con esperanza aún, aunque desconocida, y el de un mundo de seres extraños y curiosos que caminan en un mundo maduro, e imperfecto.
Apaga la Tele, enciende tu mente
Aquella mañana Mario se despertó un poco revuelto. Le dolía la tripa y tenía la sensación de que las sábanas lo agobiaban. Era jueves, su día preferido, y Mario aún no se había levantado de la cama. Su madre fue a buscarle.
Hijo, ¿estás bien? Tienes mala cara.
Mamá, me duele la tripa. Al niño no le dio tiempo a decir nada más. Una arcada cobarde le llegó sin avisar. La segunda hizo que el niño vomitara y dejara la cama llena de devuelto.
Pero el vómito no era normal. Sobre el pijama del niño y la colcha de cochecitos se podían ver detergentes, ropa para jóvenes, una videoconsola, mujeres semidesnudas, coches, joyas, y algún jugador de futbol. Todo brillante y asqueroso.
El niño empezó a llorar. Su madre, asustada por ver así a su hijo, le abrazó e intentó calmarle con palabras suaves y acariciándole la cabeza.
Bueno hijo, no pasa nada, ahora te cambio, metemos las sábanas y las mantas a lavar y llamo al cole para decir que hoy no puedes ir. Eso si, hoy nada de televisión.
El niño se levantó de la cama con cuidado. Una vez de pie, su madre le quitó la parte de arriba del pijama por las mangas y se quedó de pie, con el pecho desnudo mientras veía a su madre recogiendo el vómito.
Mamá, ¿y qué hago si no puedo ver la tele?
Nada, tú no te preocupes que luego inventamos algo.
Diana metió el pijama, las sábanas y la manta en la lavadora. Luego cogió a Mario y lo llevó a la bañera donde le limpió un pie de modelo que se le había quedado entre los dedos de la mano.
Ala hijo, mira que limpito estás. Ya no tienes publicidad por ningún lado. Mario sonrió.
Diana le puso la ropa y fueron a desayunar. Un poco de zumo de naranja recién exprimido, unas tostadas con mermelada, y dos tazones de cola cao y galletas.
Una vez recogida la mesa, fueron al salón, se sentaron en el sofá y se quedaron mirando la tele apagada. A Mario le dio una pequeña arcada, pero no pasó de ahí. Eran las ocho de la mañana y Diana tenía que ir en media hora al trabajo. Pero hoy no iría al trabajo. Hoy no. Hoy tenía que quedarse con su hijo.
Diana miraba la televisión apagada mientras pensaba en algo. El reflejo de ella misma y su hijo en ese ambiente oscuro le dio un pequeño escalofrío, como si fueran algo irreal.
Venga Mario, que ya se qué vamos a hacer.
Ambos cruzaron el salón, el pasillo, y llegaron a la habitación de los trastos. Allí, en una estantería, estaba la caja de herramientas. Antes de salir, cogió una manta vieja.
Diana cargada con la manta y la caja de herramientas llegó al salón. Fue detrás de la televisión, la desenchufó, se sentó enfrente y puso la manta en el suelo justo enfrente de la tele. Mario la miraba sorprendido a unos pasos de distancia.
Diana le dijo a Mario que fuera detrás del sillón, que quizá fuera peligroso. El niño obedeció al momento.
La madre cogió la televisión, antigua y de plástico, y la tumbó encima de la manta vieja. Abrió la caja de herramientas y sacó un martillo. Lo miró y lo agarró con más fuerza, y dio un golpe seco y fuerte en el centro de la pantalla.
Esta, en vez de saltar por los aires, se contrajo y emitió un ligero quejido. Luego Diana fue quitando todo el cristal hasta que pudo ver perfectamente el interior. Ahí, revueltos con cables y lucecitas, pequeños seres se entrechocaban y gritaban furiosos. Había un conejito blanco que anunciaba un detergente, guerras, armas, niños llorando. También había un futbolista o un modelo, que encogido en una esquina lloraba sin parar. Dos coches deportivos tenían las ruedas pinchadas y en uno empezaba a salir humo. Un rebaño de modelos rubias y morenas se tiraban de los pelos. Había dos, ya calvas, que se habían cortado las venas y se desangraban poco a poco. Varios hombres con abdominales de acero echaban pulsos y a uno le habían arrancado el brazo.
El resto de pequeñas personas que se podían ver ahí dentro gritaba y aplaudía todo ese espectáculo mientras bebían y fumaban.
Diana, aún con el martillo en la mano, empezó a masacrar a aquella sociedad macabra que existía dentro de su televisión. Con apenas unos cuantos golpes, todos aquellos seres murieron dejando una sensación de bienestar en Diana.
Se dio la vuelta, y miró a su hijo. Estos ya no nos molestarán más, dijo.
Le cogió de la mano y fueron a la habitación a leer un cuento toda la mañana.
Robar, un cuento sin copyright
¿En qué piensas, amor mío?, de Stein Mehren

No quiero ser un poeta famoso
No admito
que la sangre solo corra por mis venas
que deje los bancos y el dinero
lejos de su furia.
No quiero,
atragantar mis poemas en público
mientras ellos miran sus relojes.
No quiero romper la lengua
hecha para llorar
y reír
en gigantes orgías de letras.
Sacrifico
mi garganta de pavo
la baba pedante en la boca
las manos limpias
que comprarán mis libros.
Quiero oler a semen.
Que la vida se cruja
que choree en cada acera
de mis poemas.
Que no talen el fuego del bosque
y construyan palacios
y campos de golf.
No quiero ser un poeta famoso
y tener
un poema cojo
un sumidero en las venas.
La señora Rojo, de Antonio Ortuño

La Señora Rojo
Antonio Ortuño
ISBN: 9788483930588
Precio (IVA incluido): 14 euros
Número de páginas: 112
Editorial: Páginas de Espuma.
Cuando empiezo un nuevo libro de relatos espero, desde el primer cuento, desde la primera página, esa fuerza, ese nihilismo que se ríe de los académicos, de las normas de escritura, de los escritores limpios y relucientes que solo saben decir nada. Cuando empiezo un libro, busco que me regateen. Que me despisten y que me conmuevan. Busco historias que digan cosas. Busco la ironía y la crítica que le salían a chorros a Vian o la intensidad que acerca y aleja de nuestro Hipólito G. Navarro. Y esta fuerza también la tiene Antonio Ortuño, escritor mexicano nacido en 1976 que ha sido publicado recientemente por Páginas de espuma con su colección de cuentos La señora rojo.
El libro se divide en dos partes. En la primera, titulada La carne, se narran historias crudas, sin ética ni piedad, pero ¿Qué piedad puede haber cuando "El Gordo Hijo de Puta" le hace cosas indecentes a tu novia? Ninguna, claro. El sadismo que se intuye en esta historia me recuerda, de lejos, a "Escupiré sobre vuestra tumba", de Vian. Pero no tan explícito. En el relato que da nombre al libro, La señora Rojo es una vomitiva pero inevitable tortuga que arruina, con tesón disimulado, a una familia entera.En las historias de esta primera parte, Antonio Ortuño conjuga el humor, la desesperación y la crudeza para conseguir una fuerza narrativa muy intensa. En esta primera parte encontramos también "Carne", nombre muy bien escogido para un relato que mezcla pornografía y sentimiento. Un silenciado pero profundo sentimiento que aparece cuando el protagonista se da cuenta que está enamorado de una invencible. Con lo que eso supone.
La segunda parte de La señora rojo se titula El Mundo y en ella los profesores se lían a tiros con los alumnos o los guardias de seguridad del aeropuerto se vuelven unos fanáticos(más aún si cabe) de la seguridad antiterrorista: "imagino que el niño de brazos que portean dos padres risueños puede haber sido atiborrado de algún líquido corrosivo y pernicioso que envenene la atmósfera; concibo posible que la matrona de cabellos nevados transporte un supositorio nuclear en el ano".
Y es en esta última parte donde aparecen los dos cuentos que más me gustan. El primero, Historia, me recuerda mucho a un relato corto de Kafka llamado Una hoja vieja. Y es que en el, como en la historia de Ortuño, el protagonista sufre una invasión a su país. Pero la invasión de Ortuño no es una invasión normal, es una invasión consentida, de gente rubia y admirada, y que de alguna manera me recuerda a nuestra situación actual.
El otro relato se titula Boca pequeña y labios delgados, y en ella un preso delicado y poeta, y que me recuerda mucho al personaje de Molina de El beso de la mujer araña, colabora porque no tiene opción con el carcelero que lo mantiene preso y que lo destruye poco a poco.
En definitiva, los relatos de Antonio Ortuño tratan muchos temas pero mantienen la carga de fuerza intacta, potente. Es una manera de narrar que no se olvida y las historias de La señora rojo llegan al lector y le golpean en la cara, dejándole con la nariz rota y sonriente por la calidad de sus relatos.
Sacrificio
La luz de la luna se extiende sigilosa y huidiza por las piedras de la plaza, por las caras de la gente, por sus mejillas hundidas de gente hambrienta y las convierte, por un momento, en calaveras. La plaza está llena, rebosa pobreza y rabia. Son casi las once de la noche en la plaza del pueblo, bajo la enorme torre de la iglesia y su afilada sombra.
En el centro de la multitud un cuerpo está atado, inmóvil a un mástil. Es el cuerpo de Tomás, el profesor de la escuela. En pocos minutos su cuerpo ancho y lleno de vida no podrá distinguirse del palo que lo sostiene. A las once se le va a prender fuego para demostrar a los presentes cuál es la costumbre que se debe aplicar a los que quieren enseñar al resto. Se ensañarían con él. El hereje moriría por fin.
Debajo de él, un espeso montículo de ramas y hierbajos secos lo sujeta y condena. La gente se impacienta. Siempre tan listo, tan orgulloso, tan altivo. Siempre lo sabía todo. Además, cuando volvía de la ciudad se convertía en alguien refinado y pedante que era insoportable. Menos mal que el señor Ferrán consiguió ejecutarlo. Todo el mundo le odiaba.
Atravesando la calle principal que lleva a la Plaza, se acerca el señor Ferrán, el banquero del pueblo, con la antorcha en la mano, poderosa. La luz del fuego rebota en el traje y deslumbra a la gente. Deslumbra a los ancianos con caras rotas y sucias, a jóvenes musculosos y sedientos, a las amas de casa aburridas. Camina orgulloso, sabiendo que va a hacer algo justo, necesario para el pueblo. "No se puede consentir que este hereje del capitalismo siga diciendo sandeces a nuestros futuros comerciantes", dijo en el juicio. Si, hubo juicio. En apenas veinte minutos se consideró culpable a Tomás por desobedecer reiteradamente las órdenes de la entidad económica del municipio, y además, enseñó a leer a dos niños textos no imprescindibles que no eran etiquetas de productos. Se le acusó y condenó en un tiempo record.
El banquero llega al borde de la plaza, mira al maestro un momento, ve su pobreza, su indecencia, su incapacidad económica para adquirir bienes y prende las ramas. Arriba, en el palo, Tomás ni se inmuta. El fuego crece, se multiplica en cientos de caras calientes que lo miran impresionados por su fuerza, por su pureza. El culpable va a morir. Desde la muchedumbre alguien grita: ¡Enseña ahora, hijo de puta!, se escuchan algunas risas desdentadas que se apagan con los primeros gritos de Tomás.
En una casa oscura, con las cortinas bajadas, una familia llora en una mesa pobre, de madera. En otros lugares niños y adultos se acuerdan un segundo de las letras, de cuando rozaban las aes y las bes con sus dedos índices mientras el señor Tomás les enseñaba el mecanismo suave de leer. Nadie hace nada.
Las llamas rozan al profesor que empieza a gritar. Los gritos chocan contra las paredes, contra las sucias orejas. En poco tiempo Tomás se convierte en un bloque negro, irreconocible. La gente siente alivio, tranquilidad. El mal está muerto, negro y seco por el fuego. Ahora son mejores. Ya no tendrán que temblar ante aquellos libros llenos de letras, llenos de ideas y de imágenes. Ya no temblarán cada vez que se abre un libro.
Exchange

Cuando aparece el billete por la rendija del cajero, el señor Sebastián siente una bola de pelo en la garganta, frío en las entrañas.
Luego observa, entero, el billete en sus manos. No es posible, se dice. El papelito, blanco y gris, no tiene números, tan solo una gran X en el centro de sus dos caras. Sebastián se angustia, necesita el dinero. Vuelve a meter la tarjeta, el pin, 200 €…de la rendija le sale esta vez una rodaja de chorizo. ¿¡Pero qué es esto!?
Coge la rodaja, el billete con valor X, y se los mete en el bolsillo. Sebastián necesita comprar la televisión de cuarenta pulgadas que acaba de ver en el escaparate de la tienda. Lo necesita ahora mismo. La que tiene en el salón tiene solo treinta y cinco pulgadas y los jugadores de fútbol se ven demasiado pequeños. Es muy incómodo para la vista. Sebastián, confundido, llega al mostrador de la tienda y se encuentra con una joven:
Hola, querría comprar la televisión de cuarenta pulgadas que tenéis en el escaparate.
Muy bien señor, ¿Cómo quiere pagar, con billete o con rodaja de embutido?
Sebastián busca en su bolsillo derecho y saca el chorizo. Con embutido, responde.
Muy bien, contesta ella, y se pierde tras el mostrador. Unos minutos después la joven vuelve con la televisión empaquetada con billetes de quinientos euros y dentro de una bolsa. Un momento señor, dice, se olvida el cambio. Sebastián, contento, coge la media loncha de mortadela que le ofrece la joven y sale de la tienda con su nueva televisión.
Crítica de pequeñas resistencias 5
Resistencias concentradas
Por Jorge García Torrego



Desnudarse

Que caigan
fuerte
las ropas contra el suelo.
Que arrastren la lluvia de tu carne
tus ojos dormidos, y llenos de pestañas.
Que seas fuego
que revienta los plásticos
y el veneno de los coches.
Que la carne pida aire
y bosques para jugar.
Que caigan las máscaras
los botones y bolsillos,
y ardan
joyas y perfumes.
Que sientas cada ropa en tu espalda
como una losa que arrastra.
Y que rompas,
que salgas a la vida con el pecho y los dedos
rojos de placer.
Que sientas
que tu,
siempre has sido más que suficiente.
Ligereza
Sin estos huesos
duros y blancos como un muro
seríamos aire
que se parte la cara contra el suelo.
Defensa
Habrá que cerrar las puertas
Chéjov comentado
Si Alan Finkielkraut criticaba en su libro La derrota del pensamiento la relativización de la crítica cultural y abogaba, de alguna manera, por la vuelta a la valoración, a lo bueno y malo, a lo bello y a lo feo, lo que presenta Chéjov comentado es una iniciativa que intenta paliar esta confusión tan posmoderna.Porque lo que el posmodernismo ha conseguido, aunque nos pese, es un eclecticismo tan abrumador que para separar la paja del grano necesitas demasiada paciencia. Y nadie te ayuda. El peso real de los críticos en la posmodernidad es ínfimo. Todo está bien. Y si no está bien, es que es demasiado innovador y aún no ha encontrado su sitio. Y si algo es definitivamente malo pero lo queremos vender de todos modos, le ponemos luces y lo pasamos por televisión. Por mucho que nos empeñemos y parafraseando a Finkielkraut, un par de botas no puede equivaler a Shakespeare. Ni a Chéjov tampoco. Ni un par de botas ni un Dan Brown.
El libro que presenta la joven editorial Nevsky Prospects en el 150 aniversario del autor pretende -sin hacerlo a propósito, por supuesto- hacer esta distinción. Diferenciar lo bueno y lo malo. Así de claro. Las obras ejemplares, clásicas, del resto. Y para ello ha escogido bien. En este caso se han seleccionado dieciséis cuentos en los que, como dice su editor y prologuista Sergi Bellver, “Chéjov coloca un espejo ante el lector y le deja la última palabra“. Nevsky Prospects no publica cualquier cosa. Publica autores rusos, sí, pero autores rusos que son maestros.Pushkin es un maestro, Dostoievski es un maestro, Bogdanov es un maestro subido a una estrella roja y, por supuesto, Chéjov también es un maestro. De hecho es el maestro del relato. Puede sonar orgulloso y altivo decir que las obras de Nevsky están por encima de otras muchas, pero es así. Los matices y las diferentes lecturas que ofrecen son inapelables en esta comparación.
Pero Chéjov, que ha sido tantas veces publicado (y tan bien, por cierto) no está solo en esta aventura. Tras la “Malevichiana” y sobria portada del diseñador, Zuri Negrín, los mejores cuentistas contemporáneos españoles (salvo el gran Medardo Fraile, el único ausente de renombre) acompañan al autor ruso, lo critican y comentan.
No saben qué lujo es leer Casa con mezzanina y, a continuación, detenerse en el comentario, la crítica, del gran Eloy Tizón, por ejemplo. Puede que no hayas visto algún detalle, que se te haya escapado alguno de los sentidos que tienen los cuentos del autor ruso, y entonces viene una estrella de la literatura actual de nuestro país y te echa una mano. Como alguien que sabe ayudar y no abrumar a alguien que sabe, pero no tanto. Tenemos que reconocer la valía, el talento. Y estos escritores son, sin lugar a dudas, talentosos: Jon Bilbao, Matías Candeira, Luis Alberto de Cuenca, Oscar Esquivias, Ignacio Ferrando, Hipólito Navarro, Víctor García Antón, Eduardo Halfon, Juan Carlos Márquez, Ricardo Menéndez Salmón, Elvira Navarro, Salvador Luis, Marta Rebón, Care Santos, el ya mencionado Eloy Tizón y Paul Viejo.
Los cuentos de Chéjov hablan de vida, de muerte, de amor. Lo hace sin prisa, dejándose caer en los temas y la trama, sin que te des cuenta. Así el relato cala, llega sin hacer ruido y se hace cercano y cálido, porque Chéjov habla de personas, de sentimientos. Pese a llevar el falso estigma de la misogínia en su espalda, el autor ruso tiene una humanidad imperecedera, universal, clásica. Sus postulados siguen vigentes, sus anhelos reconocidos por cualquier artista o persona sensible.
En definitiva, un libro de cuentos muy recomendable para quien no haya leído nunca a Chéjov y muy recomendable también para quién si lo ha hecho porque descubrirá, con dieciséis ayudas inmejorables, nuevos caminos para recorrer las frías estepas rusas y la condición humana.
El enlace en koult.es:
http://www.koult.es/2010/11/chejov-comentado/
Crítica del libro "Amor malo y feroz", de Larry Brown.
"No tengo ni idea de dónde salió la idea de escribir ni cuál fue el motivo de que empezara a hacerlo, pero ahora es una parte más de ella, como los brazos o la cara. Según ella ya no es cuestión de si va a tener éxito. Es sólo cuestión de cuando”. Como la protagonista del cuento La aprendiz, Larry Brown autor del sur de Estados Unidos, (1951-2004), debió empezar a escribir de manera espontánea e inevitable entre cervezas y colillas apagadas. Paralelo al estilo, al realismo sucio desarrollado por Faulkner, Carver o Bukowski, Brown narra con graciosa y seca precisión los regateos de la vida, del amor. Habla de lo que supone intentar renacer para personajes acabados, borrachos, que pegan a sus mujeres y que salen en busca de algún tipo de amor. De resarcirse y dar algo, aunque poco, bueno al mundo.
Además, gracias a la precisa traducción de Luis Ingelmo, los insultos y las frases hechas más complejas encajan a la perfección en nuestro idioma. Creo que nunca se valora a los traductores pero estos recrean la historia, es necesario que transformen sin transformar. Difícil trabajo que, sin embargo, el señor Ingelmo ha hecho perfectamente. Recuerdo el intento de conversación de un borracho muy borracho, que podía apenas hablar, y cómo Ingelmo se las ingenió para convertir sonidos guturales que pretendían ser palabras, en letras donde el lector pudiera olerle el aliento al personaje.
Cuando empecé a leer su colección de cuentos me preparé para las rancheras y las botas de punta, pero también para las más que seguras borracheras en eternas y delgadas carreteras que van a ninguna parte. Parece que las gringos que caminan por extensas llanuras sin trabajo, con los sobacos sucios, y escupiendo por el colmillo, son un paisaje habitual en la literatura de los autores de finales de siglo de la primera potencia mundial. Si este decadentismo no es tan patético es por culpa de artistas como Larry Brown. Su estilo no adorna. Su estilo llega rápido y desde lo cotidiano. Pega fuerte y no deja mancha. Narra con pasión, con fuerza, pero no hace escándalo. Hace daño; llega al lector sin grandes artefactos verbales. Frases como “luego enterraré al perro, por hacer algo” o “entré a coger un martillo y acabé con el sufrimiento del conejito”, demuestran el mundo de Larry Brown. Es un mundo gris, manchado, de personajes derrotados, difíciles, alimentados por cerveza y a punto de dejarse morir en cualquier sitio, que sin embargo, no lo hacen nunca. Están agarrados a la vida como garrapatas.
El libro se divide en tres partes. En la primera ocho cuentos nos dibujan, dejan la silueta del antihéroe que propone Brown. Hombres siempre, paralelismos del propio autor, que deambulan de un lado a otro, beodos perdidos, pero pretendiendo hacer, de algún modo, el bien. Buscan en el fondo de sus vasos y en el fondo (más fondo y más físico posible) de las chicas de los bares de carretera, algo parecido a la felicidad, que al día siguiente se convertirá en resaca y alguien deprimente a tu lado, en tu cama. Al lado del vómito seco y las latas vacías.
En la segunda parte Brown nos presenta un relato extra, una anomalía dentro del libro. Se trata del macabro juicio que le hacen a un plagiador que ha sido torturado previamente habiendo sido obligado a fornicar con una mujer horrenda. La sensibilidad del escritor, (aunque sea plagiador también), se expresa en la parte final del relato al ser juzgado y presumiblemente, condenado por el contenido de sus textos.
La última parte de Amor malo y feroz, es una novela corta, de apenas cien páginas, en la que el autor desarrolla una de las vidas presentadas en la primera parte del libro. Narra la historia del señor León Barlow, (juego de iniciales que suele hacer Brown. Sus personajes protagonistas suelen tener las mismas iniciales que él), un escritor fracasado y alcohólico que manda relatos por correo a todas las revistas literarias que puede, y que acaba de separarse de su mujer, Marilyn, que tiene la custodia de sus dos hijos. La narración avanza, el protagonista tropieza, cae muchas veces, solo o con su mejor amigo Monroe, pero siempre se levanta. En sitios desconocidos y sin dinero en los bolsillos, pero se levanta, con una tenacidad y una voluntad que nunca tendrán nuestros queridos ni-nis.
La vida es cruel para los personajes de Brown. Todo duele, nada es fácil y la derrota es inevitable. O quizá no. Quizá, en el fondo de la basura y de las Budweiser quede algo de luz. Desde luego que en la literatura del señor Brown si la hay y alumbra mucho.
Crítica de Ni uno menos, de Zhang Yimou
Seguramente al lector o al cinéfilo le suenen La casa de las dagas voladoras o Hero, películas grandilocuentes, pero también con cierto cuidado de las relaciones entre los personajes y, en definitiva, películas hechas a lo grande, con presupuesto, y con capacidad para generar un espectáculo. Las peleas por los aires y los relatos históricos de la China épica, conmueven y entretienen a partes iguales, pero Yimou es un artesano de los sentimientos.
Mucho antes de los actos de Pekín de dos mil ocho, y antes también de los efectos especiales de Las dagas…, Yimou había creado historias como Vivir, El camino a casa, La linterna roja y, sobre todo, Ni uno menos. Y es que Ni uno menos es una película especial, sin duda. Está hecha con pasión contenida, pasión cuidada y reflejada al máximo en una actriz como la copa de un pino (Wei Minzhi).
La película, como la mayoría de las películas de Yimou, se desarrolla en una aldea en las montañas de la China pobre, las antípodas de la entonces futura y casi incomprensible China olímpica. Por orden del alcalde, una niña de trece años, (Wei Minzhi y que, al igual que la mayoría de actores, no era actriz profesional al hacer la película), debe sustituir un mes al maestro para dar clase a los niños del pueblo, pero no solo eso. El maestro, temiendo que los niños abandonen la escuela para buscar trabajo o para ayudar a sus padres le promete a Wei que por cada niño que se quede en el aula le dará diez yuan. El revoltoso Zhang Huike, contradiciendo la voluntad del maestro, se va a la ciudad a ganarse la vida provocando que la sacrificada Wei luche por hacerle volver al aula.
Para los que creemos que la educación debe ser un mecanismo de cambio, un trabajo vocacional y esencial para una sociedad que pretende ser cada vez mejor, la lucha mostrada por Wei en esta película es digna de admiración. Cuando la educación actual pretende ser la sala de espera para acceder a empresas deshumanizadas y sin ningún tipo de trato humano, películas como esta hacen que el aciago futuro que nos presentaba Pink Floyd con Another brick in the wall, tenga una vía de escape, aunque sea en una aldea pobre y perdida en la lejana China.
Grito humano
los huesos
que aún nos queden.
Manos desnudas
y vivas
nos golpearán
con rabia
con justicia
hasta que seamos
lo que fuimos:
manos desnudas
y vivas.
Cacharrería
(perdón por el vídeo pero quería ilustrar de todas maneras y no me dejaba cargar imágenes...)
La vi en el metro, tras un diario gratuito, y me llamó la atención. Las llamas naranjas que aparecían en la portada, conjuntaban muy bien con sus ojos grises de humo espeso. Era pequeña, delgadita, y de vez en cuando sacaba la cabeza de la publicidad que leía para ver el nombre de la parada.
En uno de esos vistazos me descubrió mirándola y cayó rendida. Eso creo yo. Bueno, luego el resto es lo de siempre, unas miradas, unas palabras tímidas, torpes, y al rato acabamos en mi piso. Yo tendría que haber ido a trabajar, pero no lo pensé. Ya iría al día siguiente. De todos modos, tenía toda la vida para hacerlo.
Tania, que era como se llamaba ella, no hablaba demasiado. La mayoría de las palabras tontas que dijimos antes, fueron en realidad mías. Ella asintió a todo. Incluso cuando le pregunté la hora. La mayoría del tiempo se tocaba las rastas o se recolocaba alguno de sus piercing.
Como yo tenía bastante curiosidad por esta chica, la llevé directamente a la habitación. No creía que le interesaría el resto del pisto. Bueno, el baño si, pero la consideraba lo suficientemente no estúpida como para encontrar un baño en un piso de treinta metros cuadrados.
Cuando abrí la puerta de la habitación, me di cuenta que no había hecho la cama. Bueno, eso que nos ahorramos, dijo ella entre dientes. Luego me empujó violentamente a la cama, aparentemente en un acto de pasión porque se pasó un poco y me caí al suelo por el otro lado. Me subí inmediatamente y me metí entre las sábanas. Ahora viene lo mejor, pensé.
Tania, mirándome creo que sensualmente, se empezó a desnudar. Lo primero, dejó el periódico gratuito en la única silla del piso. Te lo regalo, dijo. Muchas gracias. Luego se quitó el abrigo, las botas de cordones atados con nudos marineros que su tío Orland, noruego le enseñó cuando era una cría. Lo siento, se disculpó, pero es que son los únicos que se hacer. Luego me despertó, y me dijo que seguía con el striptease, estriste, o lo que fuera eso.
Se desenroscó los dos piercing rosas que tenía en las aletas de la nariz, la cadena de titanio que tenía en sus labios (superiores), los siete aros de la oreja izquierda, los cuatro de la derecha, tres anillos de la mano izquierda y uno solo en la derecha, ¿Y por qué uno solo?, le pregunté, es que estoy casada. Luego las lentillas de color humo que me mostraron sus ojos verdaderos. Eran de color azul tormenta, preciosos. Se quitó las pestañas de mentira, el piercing de la lengua, dos pulseras de cuero de la mano izquierda, una de hilo peruano de la derecha, los calcetines, los pantalones, el jersey con las mangas recortadas, una tuerca y dos muelles que tenía en las rastas, la camiseta con la imagen del Che, claro, el sujetador, los cuatro piercing que tenía en el ombligo, uno encima del otro, un colgante con la hoja de marihuana, el de la virgen de su pueblo, la cadena que un día le regaló su marido, las bragas culotte, el tanga, y por fin, bendito sea Dios, se quedó desnuda.
Yo había empezado a leer la montaña mágica de Tomas Mann y la había terminado. Ahora leía el Quijote y estaba a punto de acabar, pero cuando la vi desnuda, puse el recuerdapágina y lo dejé en la mesilla. Era espectacular el montón de cosas a su lado. La miré de arriba abajo, y me llevé una desilusión. Era blanca y preciosa, pero al fin y al cabo, era como todas las demás. Solo carne.
Después de las expectativas que tenía pensé que esta no sería una persona como el resto. Pero lo era. Aún así, y para darme morbo, le pedí que por favor se volviera a poner los piercing y los muelles de las rastas, pero me dijo que ella era muy natural y que para hacer el amor tenía que estar completamente desnuda. Se enfadó, se vistió mientras yo me terminaba el Quijote y escribía este cuento, y cuando estuvo vestida de nuevo se fue dando un portazo que sonó a reproche y chatarra.
Los juegos
Aquellas tardes en el pueblo las pasábamos jugando al fútbol donde Rancho, casi a las afueras del pueblo. El campo era muy grande y al portero siempre le metíamos demasiados goles. Nos juntábamos unos cuantos, pero siempre éramos más de cuatro. Los que nunca faltábamos éramos Pancho, Sebas con su hermano Juan y yo, Pablo. Aunque los fijos éramos nosotros cuatro, solíamos ser un montón y teníamos, al menos, para echar partidos de tres contra tres.
Entre los chavales del pueblo nos llevábamos bastante bien, y excepto por alguna pelea por las chicas o por el fútbol, nunca pasaba nada malo. En el pueblo no había peligro y las madres nos dejaban pasar todas las tardes fuera, aunque siempre estaban preparadas en casa para hacernos unos sándwich de nocilla o mixtos.
Si no íbamos al campo de Pancho, nos colábamos en el campo de fútbol de colegio, pero esto solo lo hacíamos cuando íbamos con los mayores porque Tobías, que tenía muy mala leche, se pasaba algunas tardes a por algo que se había olvidado, o quizá tan solo para ver si nos pillaba.
Como el tiempo iba pasando y nosotros seguíamos yendo a jugar, fuimos teniendo más y más juegos, y éramos cada vez más niños.
Una vez, pusimos cada uno veinte duros y nos juntamos en el campo de Pancho para hacer un torneo. El equipo ganador se llevó un balón nuevo, que compró Manu, uno de los mayores, un día que fue a Madrid con sus padres.
Yo no tenía demasiadas esperanzas en mi juego, porque, básicamente, era bastante malo. En realidad, a mi lo que me gustaba era jugar con los amigos y ganar para pasarlo bien, pero si no ganábamos, pues nada, qué le íbamos a hacer. No era plan de ponerse a malas por eso.
Un Octubre, justo cuando empezamos el colegio, estábamos un poco desilusionados, porque las clases eran una censura para nuestros partidos e incluso ya habían empezado a salir algún arbusto por el campo que siempre estaba bien cortito de tanto jugar.
Un día en clase, Andrés, un niño un poco raro y que los chavales decían que era rico, y que casi nunca venía a jugar, nos dijo que habían puesto una máquina tragaperras en el bar El Ocho. Casi nadie le hizo caso porque esa semana hacía muy buen tiempo y ni por asomo, íbamos a dejar de ir a jugar al fútbol por meternos en un bar a jugar a una maquinita. Además, este Andrés no era muy popular, la verdad.
Pero, aunque seguía haciendo buen tiempo, cada vez venían menos niños al campo. Al final, el jueves, cuando solo quedamos los cuatro de siempre, cogimos el balón y fuimos a ver qué pasaba en ese bar.
Antes de entrar, ya escuchábamos los gritos de los niños y pensamos que, a partir de entonces, ya nada sería igual. Entramos y vimos como César y Luis, dos de los mayores, jugaban un partido entre Italia y España. El resto de niños, unos ocho o nueve, miraba. Solo miraba. Después de ese día, todo fue peor.


