Islas divergentes

Consecuencias




Incluso los del primero escucharon los gritos, los golpes. En el primero A subieron el volumen, en el B, se fueron a dormir un poco más temprano.

Más arriba, en el segundo, no había nadie. Estaban fuera cenando. En el tercer piso, había miradas esquivas, de miedo, pero todo estaba bien, aún, en sus salones.

En el cuarto explotó un vaso contra el suelo. No pasa nada. Alegría, alegría con sonrisas forzadas mientras los niños se tuvieron que poner zapatillas. En el quinto una pareja estaba abrazada, sufriendo los golpes y aún más los gritos.
En el sexto nacían y morían los gritos, los golpes, y todo era dolor. Pero ella, en un descuido del dolor, consiguió escapar y bajar sangrando las escaleras, para pedir ayuda.
En el quinto sus golpes en la puerta juntaron más a la pareja. En el cuarto, su llamada llegó tarde. Los niños son lo primero, dijeron entre ellos. En los terceros y segundos tuvieron miedo, ¿Quién será?, dijeron. Nosotros no hemos hecho nada malo. Cuando ella llegó a los primeros, todo el mundo soñaba o veía la tele. La irrealidad siempre viene bien en estos casos.

A la mañana siguiente, la mujer del quinto piso tenía un ojo morado, en el cuarto, los niños gritaban y gritaban y sus padres solo podían llorar y pegarlos para que se callaran. En el tercer piso, a la mañana siguiente, había trozos de platos rotos por el suelo y algunas gotas de sangre. En el segundo, seguían durmiendo, soñando con colores y formas diversas. Los del primero A, encontraron el suicidio de la televisión en el salón y en el primero B nadie pudo dormir. Los ojos no se podían cerrar.  

Desfile


¿Cuánto cuesta un avión militar?
¿Cuánto cuesta una bala?
¿Cuánto cuestan esas ganas de disparo?
¿Cuánto esas ganas de sangre ajena?
¿Cuánto cuesta un tanque?
¿Cuánto cuesta un rey?

¿Para qué cuesta un avión militar?
¿Para qué cuesta una bala?
¿Para qué cuestan esas ganas de disparo?
¿Para qué cuestan esas ganas de sangre ajena?
¿Para qué cuesta un tanque?
¿Para qué cuesta un rey?

¿Por qué somos nosotros los que queremos
avión militar
bala
ganas de disparo
sangre ajena
tanque
rey?

Poema 12, espantapájaros, Oliverio Girondo







Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, se despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden, y se entregan.

Oliverio Girondo



http://www.youtube.com/watch?v=WmOLqDETnRw


Si todos fuéramos pobres



Víctor Jara, disco la población


Un día, el pequeño Luchín estaba jugando en la calle con un palo delgado y roto, y con sus piececitos descalzos y fríos. Estaba desnudo, y lo único que cubría su cuerpo eran sus mocos y el barro de la calle. Sus padres, Pancha y Floro, ambos de veintidós años, han salido a buscar cartones con unos amigos. El encargado de que no le pase nada al bebé es Jónatan, su hermano mayor, de seis años. Y como a Luchín nunca le pasa nada, se ha ido a jugar un rato a la pelota con unos amigos.

Luchín, cansado del palo, gatea entre barro y basura y ve la farola. Una farola que nunca ha funcionado. Que no tiene bombilla, que está oxidada y olvidada. Algunas personas, al pasar, se preguntan para qué sirve, y siguen andando. Nadie se preocupa por ella.

Y de allí, de la única farola del poblado, salen de su tripa, por debajo de una chapita, unos cables amarillos y verdes. Son de colorines, atractivos, y poco a poco, gateando, Luchín llega a ellos y los agarra con su manita derecha. Antes de electrocutarse del todo, el pequeño Luchín consigue lanzar un pequeño grito. Un perro sucio, pulgoso, que anda por ahí, empieza a ladrar y da la alarma. Pronto llega Jonatan, el responsable de cuidar de Luchín, y se lanza corriendo a ayudar a su hermano. Sus manos, también, aún pequeñas y desnudas, se quedan pegadas a su hermano por la energía que los traspasa.

Curiosos por los ladridos del perro, acude más gente al lugar, con sus pies descalzos entre el barro, su pelo enredado y sucio, y todos, poco a poco, intentan salvar a los pequeños. Llegan los padres, Pancha y Floro, y al ver lo que está pasando, dejan a un lado la chatarra y se lanzan con las manos encrespadas a salvar a sus hijos. Y como todos, se quedan ahí pegados, unidos, todos juntos.

Viene más y más gente que abandona sus quehaceres, por un momento, sus vidas, para ayudar a sus vecinos. Más y más gente se queda pegada a través de la carne, a través de unas manos sucias que han robado, algunas, que han drogado, otras, y la mayoría, que han sido usadas para un levantar un cazo de sopa o para coger un martillo.

El perro, un poco alejado, moviendo sus patas delanteras, sin atreverse a acercarse, sigue ladrando. Todo aquel grupo humano está unido, contagiado por una electricidad misteriosa y maldita, que, de repente, deja de circular por aquella farola vieja, oxidada.

Las personas, aturdidas, nerviosas, se miran las manos, miran los ojos de los otros, como se mueven todos. Siguen vivos. Alguien ríe y llora a la vez, nervioso, y es un llanto húmedo de vida. A este siguen otros y todo el mundo poco a poco se levanta, se palpa las espaldas cansadas y sucias, se abrazan con manos rotas y se besan con labios negros, partidos. Cada uno va a su hogar, abrazado a alguien, o solo y contento, y el perro, en la calle, ladra de nuevo y persigue una rata entre los cartones.  

Tillverkas i Sverige(Hecho en Suecia)



Catalina Bartolomé


Nuestros sentimientos no son nuestros,
son de un señor sueco
que fabrica colchones.

Las novias de tu adolescencia tienen mesas camillas
en las rodillas
y tus padres tiradores beige
en los ombligos.

Todos fuimos hechos en Suecia por rubias de manos enlatadas
y hombres sedientos y gordos.

Nos falta aire para ser otra cosa.
Demasiado hueso,
demasiado precio,
y cuando se nos sale la sangre a borbotones por lo ojos
tenemos una tara.

Cuando miramos a lo lejos
como los animales que buscan fornicar por placer
o necesidad
tenemos una tara.

Cuando somos otro
y no aceptamos nuestros cuerpos exactos de cómodas
de estanterías
de pequeños lápices de fábrica
tenemos taras.

Somos taras cuando nos acariciamos los bordes
cuando nos lamemos las cerraduras
cuando queremos salir del envoltorio queriendo ser
lo que no somos.

Cuando los dioses se convierten en palabrotas (visto en Mi madre es un pez)



En breve(un breve generoso, relajado) la crítica aparecerá en koult.es. Me he encontrado esto y quería compartir.



"Me pongo una cerveza. Le digo.
No hay. Me dice. La madre.
Joder. Le digo.
Palabrota, palabrota. Dicen los niños.
Joder. Digo.
Palabrota, palabrota. Dicen los niños.
Cojones. Digo.
Palabrota, palabrota. Dicen los niños.
Puta. Digo. 
Palabrota, palabrota. Dicen los niños. 
Jorge Luis Borges.

Palabrota, palabrota. Dicen los niños.
La madre no dice nada." 

Olmos, Alberto, Todos mis hijos en VV.AA: Mi madre es un pez, edición de Sergi Bellver y Juan Soto Ivars, Libros del silencio, Barcelona, 2011, 374 pp.


Plaza



Otavalo, Ecuador




Cuando te conocí
tenías una plaza enorme en el hueco de la boca.

Se te sentaban ancianos,
jóvenes con latas,
y tu los acariciabas con la lengua
y las farolas encendidas.

Después de hacer el amor se te abrían las persianas
te quedaba un nido de pájaros en los ojos
y olor a mar entre los bancos.

Poco a poco se te endureció la piedra
venenosa
que escondía tu cara.

Poco a poco carne rápida
y silencios de hueso.

Poco a poco sangre podrida
pasada
en el fondo de las alcantarillas.

Si hubieras mantenido tu carne en el verano
no habría mimos tristes en los portales,
animales muertos en las aceras,
y demasiado hueco en los bancos dobles. 

La civilización



Jacek Yerka


Un puñado de abejas bailaban en tus mejillas
pero a nosotros no nos importaba.

Imposible ver nada con aquel ritmo de cascadas,
aquel encuentro de selvas y cuchillos.

Todo era normal pese a ser diferente;
tener a cada paso menos cuerpo y más caballos locos
en las manos.

Pero los caballos poco a poco se fueron calmando y se convirtieron,
de repente,
en simples muebles de oficina
en dedos
en angostos cinturones y las ganas por abrirlo todo
(por morderlo todo y probar todas las sangres)
se fueron,
de una en una
a la fría fila del paro.  

Sorpresa

Misha Gordin


Lo anunciaron en la radio, en la televisión, en las calles, en Internet y en los periódicos. En todos los lugares, a todas horas. Algunas personas pensaron que era la promoción de una nueva película, otros, un grupo musical. Por eso, cuando se dieron cuenta que el apocalipsis era otra cosa, el fin del mundo pilló a todo el mundo por sorpresa.

Bonilla





"C
ada vez que te alejas

te veo convertida en muchedumbre
añicos de un espejo reflejando
las caras que no quiero ver de mi"


Bonilla, Juan: Defensa personal (Antología poética 1992-2006), Renacimiento, Salamanca, 155 pp.

El record imprevisto

Manjari Sharma


Aquella mañana yo quería lavarme bien, dejarme la piel bien tersa y suave porque nunca se sabe qué es lo que puede pasar. Aquella mañana, yo tenía que ir a trabajar, por supuesto, pero tenía prevista una reunión con los altos mandos, y bueno, ya se sabe cómo son los altos mandos. Así que, por si acaso había también una Alta manda por ahí, que me arreglara la vida además de darme un puesto un poco más cómodo, entré en la ducha como aquellos tíos raros que entraban en Lluvia de estrellas y se cambiaban por otros, (¿cómo cojones hacían eso?).

El agua apareció, como siempre, milagrosamente por la alcachofa con agujeros. Al principio fría, después mejor y luego ardiendo de cojones. Como siempre.

Esa mañana yo quería dejarme bien limpito, de verdad. Sacarme toda esa roña que había estado acumulando sin motivo aparente y demostrar a toda esa pléyade de encorbatados (y esperemos que también encorbatadas, o bueno, enfaldadas) ejecutivos que soy una persona decente que sabe exigirse y sacar lo mejor de uno mismo.

Eran las siete de la mañana, y ya se sabe; si tu compañero de piso tiene un apretón y tiene que entrar si o si, que el agüita está muy calentita y fuera hace un frío de cojones, o que te quedas dormido como un puñetero tablón bajo la pequeña lluvia. Y esto último fue lo que me pasó. Cuando desperté ya era tarde de cojones y ese grupito de cabronazos seguro que me despidiría por no haber ido a trabajar (fascistas).

Bueno, pues ya que estaba ahí debajo, me levanté, me puse cómodo, y me lavé por quinta vez el pelo. Hay que ver que gusto da enjuagarse los pelos con aquella espuma que se reproduce más y más hasta que ya te cae por el pecho o la espalda y la ves pasar entre tus pies directa al sumidero.

Parece que esos pequeños placeres no se van a acabar nunca. El agua debe reproducirse dentro de esas tuberías mohosas que penetran por todos lados las casas y los bares, porque si no no entiendo como millones de personas limpias puedan restregarse y limpiarse cada mañana en sus casas bajo un chorro ininterrumpido de agua cristalina sin que esta se agote. Joder, el agua debe follar como si no hubiera un mañana.

Mis perspectivas de vida en aquel momento no eran demasiado ambiciosas, (bueno, un poco de acondicionador no habría estado mal) y estar ahí, aguantando la caída de las gotas, era mi único plan previsto. Las suciedades se fueron cayendo poco a poco, descolgadas, por el agujero negro que las lleva a otro spaguetineante laberinto de tuberías y oscuridades que deben acabar en algún lado pobre pero limpio. Qué más da. Lo pobres no somos nosotros y nos quedan muy lejos.

Después de dos horas, y después de contundentes sacudidas de esponjas, geles y champús, mi piel empezó a encogerse y vi como mi dedo gordo empezaba a quedarse en contacto con el aire condensado del baño. Quizá ese retroceso dérmico fue el causante de que la ceja derecha empezara a desplazarse, como un pequeño felpudito móvil, sobre mi ojo y mi mejilla, para dar justo después un salto desde mi cara hasta el suelo de la ducha.

Sería ya la hora de comer. Lo que me extrañaba es que ni Teresa ni David hubieran querido entrar en el baño. Debe ser que tienen el estómago fuerte. Creo que más que yo, porque cuando empecé a escuchar los contundentes quejidos de mi tripa, empecé a oler los afrutados olores de los geles (los ocho que había) y de los champús (cereza, kiwi, miel) de otra manera. Empecé a desparramar aquellas fragancias multicolores en mi boca, a darme un festín, espachurrando los botes como un auténtico idiota, llenando mi tripa de glicerina y otras mierdas nada buenas. Al cabo de un rato, cuando mi tripa dijo basta, me caí lirondo al suelo.

Lo siguiente que noté fue el sonido de una respiración forzada a mi lado derecho. Luego, cuando abrí los ojos, joder, qué pivón entrando por la puerta. Al final va a merecer la pena tanto restriegue

Vicente Aleixandre



"¡Q
ué dirán las palmeras! ¡Qué dirán aquellas paredes blancas que se han desplomado súbitamente para que de su flor abierta surtamos tu y yo dormidos en su corola! ¡Qué dirán los músculos que nos hemos arrancado a manotazos tirándolos sobre las sillas!
,

"Cuando contemplo tu cuerpo extendido
como un río que nunca acaba de pasar,
Como un claro espejo donde cantan las aves,
donde es un gozo sentir el día como amanece".

Aleixandre, Vicente: Vicente Aleixandre antología total, selección y prólogo de Pere Gimferrer, Seix Barral, Barcelona, 1977

El coco

Chema Madoz


Sus manos se clavan en mí espalda. Mueve todo. Me empuja, me dice. La lámpara se ha movido un poco de la mesa. Después la colocaré. Me acaricia y me duele. No, ahora no. Luis tiene que comer. Los dedos me fuerzan, me gusta, si un poco. Pero me duele. No, ya no me gusta. Ya, ya está bien. Para.

Ya no es como antes. De sus ojos no cae nada. Lo miro y ya no recojo nada. Mi sujetador está casi caído y el no para de empujarme y gritarme. Ya no escucho. Puede haber sido aquel golpe. Luis está en el salón. No vendrá. La televisión está muy alta. Me tumba en la cama. Me clava el reloj en el muslo. No, le he dicho que no. Que no siga, que después. Le prometo que después. Tendré que ordenar todo antes. Está todo descolocado. No me escucha.

Me baja las bragas. Y sus uñas se clavan en mis muslos. Me mancha, me pudre y me lastima. Luis me llama, lo escucho bajo el sonido de la televisión. No. Hijo, no vengas. Sus manos están por todos lados. Y me patea con sus ojos. Y me mata con su boca. Lo golpeo. Lo intento. Pero me agarra las manos. Ya no puedo hacer nada. Me devora. Y me remata cuando Luis entorna la puerta. Lentamente. Mirando, asustado, al Coco disfrazado de padre.

Ángel González




"E
ntré en tu cuerpo lleno de esperanza para admirar tanto prodigio desde el claro mirador de tus pupilas. Y fuiste tu la que acabaste viendo el fracaso del mundo con los míos"


González, Ángel: Palabra sobre palabra, Seix Barral, 2010.

Visita desde otra dimensión


Anka Zhuraleva



El fantasma de tu cuerpo es eterno y atraviesa mi casa

vacía

ensuciando las paredes y asustando al gato.


Mañana le voy a echar a patadas para que vuelva contigo

y con aquel señor trabajador

al que llamas cariño.


Ya no quiero que me lama las mejillas cuando estoy a punto

de alcanzarte en sueños,

no quiero que me siga

no quiero que me enseñe el hueco de nidos

de su boca putrefacta.


En algunas cosas es mejor que tu;

no deja pelos en la ducha

ni me abrasa el pelo por las noches,

pero su aliento me deja recuerdo a tierra,

a raíces muertas.


Es mejor que se vaya contigo,

yo no tengo hueco para más fantasmas

en mi cuerpo.

Niña pluma niña nadie, de Mar Benegas


Niñez y esperanza

Autora: Mar Benegas

Nombre del poemario: Niña pluma, niña nadie

Editorial: Amargord

Colección: Candela

Páginas: 55

Coordinadora de la colección: Rebeca Álvarez Casal



El pasado jueves 4 de noviembre se presentó en la librería Traficantes de sueños la colección de poesía Candela, de la editorial Amargord. La hornada, coordinada y presentada por Rebeca Álvarez Casal se compuso de cuatro títulos. El primero, La mujer anochecía de Ada Menéndez, el segundo Breve testimonio de una mirada de Ana Vega, en tercer lugar, Con voz en punta de Estrella Juárez y por último Niña pluma, Niña nadie, de Mar Benegas, el libro que voy a comentar a continuación. 

En Niña pluma, niña nadie, podemos ver que todavía, aunque parezca imposible, queda un paraíso que salvar. Un paraíso inocente, salvaje: Afuera un mundo / un sol / queriendo atravesar ventanas. Como dice su autora Mar Benegas desde la primera página del poemario, se trata de un microcosmos brillante, pero que está amenazado: Niña pluma niña nadie: Desde la esperanza -y dolor-de la fragilidad.
 
Porque hay un paraíso, un territorio ajeno al nuestro que mancillamos con nuestras vidas mediocres y adultas. El mundo de la infancia. En estos poemas los niños son los protagonistas, (Los niños siempre tenemos hambre y comemos serrín o cristales) pero su protagonismo es crudo y duele. Es una llamada para que despertemos. Dividido en dos partes, Los niños y ella y ¿de donde llega?, los poemas se cargan de aires y puños. De almohadas y puñales. De niños y economías. 

En la primera parte corren niños tristes, con lágrimas en los ojos y con las rodillas sucias (por eso los niños morimos de pena / es lo único que puede matarnos). Lo extraordinario está a punto de desaparecer, pende de un hilo. La infancia está a punto de colarse por el guá de las canicas. Y aunque los niños sigan apareciendo (toda la noche se llena de niños), la infancia es explotada y torturada en nuestras sociedades perfectas. Al final de esta parte aparece una niña (niña pluma / niña vuela / niña nadie) que cree en lo efímero, en la primavera, (el tiempo no la crece / ni hay verdugo / para tanta primavera) y que da esperanza. Una niña que imagina y vuela. 

En la segunda parte, titulada ¿de dónde llega? la palabra se despoja de su utilitarismo y se hace ala. Instrumento para imaginar. Para ser, de nuevo, niño. O no, tal vez mar u hormigas, en definitiva: -siempre- / una ligera esperanza. 
La autora, después de rebotar contra la tecnología y el cristal, a la naturaleza. Una naturaleza que brota y renace en los ojos de la poeta, una niña renacida. 

y entre escombros
tocó con sus dedos
-siempre-
una ligera esperanza.



Abeja

Taylor Wood



El sol era negro aquella madrugada en que Elisa empezaba a nacer de entre las sábanas de su cama.

Sus ojos parecían horizontes y pegados por el mismo oscuro que tapaba el amarillo del sol. Eran las 6 de la mañana. Demasiado temprano para la efímera Elisa.

A las 11 despertó por fin y se fue a su universidad. A estudiar.

Luis es un chico responsable y pudo abrir los ojos a las 7 con ayuda de una pala que tiene al lado de la cama. Ahora espera el rectángulo con ruedas que le vomitará cerca de su casa. Lee a Galeano. Y una abeja un poco despistada decide que no hay tanta diferencia entre los cuentos del uruguayo y las flores coloreadas.

Aterriza en una “mañana” y avanza lenta hasta un “rayo por la noche”.

Decide que es el néctar que necesita y sube al cielo cargando su cuerpo gordo pero feliz.

Tras volar un largo camino, cansada, llega, sin quererlo cerca de la cara de Elisa, la que sin motivo alguno, empieza a intentar golpearla.

La abeja, que en este caso podemos llamar Rebeca, decide inmolarse y clavar su corazón en la mejilla izquierda de Elisa, la que ante ese acto heroico, grita de dolor.

Aquel día Elisa aprendió más que cualquier día en la universidad, y además, quedó embarazada del libro que escribirá cuando tenga 37 años y tres hijos llamados Eduardo, Carlos y Nuria.

¡Te pillé!

Roi James


Tienes olor a papel desde la oreja izquierda

hasta el centro de los pétalos.


A mi no me engañas,

hueles a batallas

a yerba

a sangre de noche recién quemada.


Por favor,

hasta que vuelvas a la llanura de letras y huecos

déjame que yo te toque,

déjame que yo te sienta desnuda

bajo la punta redonda

de mi boli Bic.


Vacaciones pagadas




Emilio tamborileaba en el volante una canción desconocida que sonaba en la radio. Primero con la mano derecha y luego un poco con la izquierda. Se fijó en la salida del supermercado y pensó que, antes de que llegara a la señal de ceda el paso, a la mujer se le romperían las bolsas de plástico que marcaban sus dedos bastante rollizos.

Era mediodía, pleno Julio, y Madrid se fundía entre humos y cristales. Se había ido mucha gente, si, pero la que quedaba aún seguía siendo demasiada. La señal pasó y la mujer siguió su camino sin darse cuenta de nada. Emilio, fumando en el taxi, se miraba en el espejo y se atusaba el poco pelo que le quedaba. Emilio aún era joven, eso se decía, y no era normal que con treinta y dos años estuviera así. Su melena de hace años había desaparecido, y solo le quedaban unos pelos delgados y frágiles con poco futuro.

El semáforo se puso en verde, pero antes de que pudiera meter primera, levantar el embrague y pisar el acelerador, una chica joven lo llamó y en unos segundos ya estaba dentro.
Buenos días.
Buenas.
¿Me podría llevar a un sitio bonito, por favor?
¿Cómo?
Si, que si me podría llevar a un sitio bonito por favor.
Emilio había estado mirándola por el retrovisor desde que entró al coche, pero cuando la chica repitió la pregunta, se agarró del asiento y miró hacia detrás.
¿Es usted turista, o qué?
No, llevo viviendo en Madrid toda la vida y por eso quiero salir e ir a un sitio bonito.
Pero bueno, ¿Me estás tomando el pelo?
Los pitidos se abalanzaban sobre la conversación.
Bueno, si no quiere llevarme, ya busco a otro, dijo convencida la joven.
Emilio se dio cuenta que aquella mujer tendría más o menos su edad. Quién lo diría. La mala vida, el sobrevivir oliendo humo y aguantar a niños borrachos que vomitaban dentro del taxi de vez en cuando, le hacían aparentar unos cuarenta.
La chica agarró el abridor de la puerta, pero antes de conseguir tirar de él, Emilio dijo algo.
Vale, vale, yo le llevo a donde sea porque sino estos animales nos van a matar.
Antes de acelerar, pudieron ver un zapato que rebotaba a la izquierda del coche.

Bueno, entonces, un sitio bonito, ¿no?
Pues si. Quiero el sitio más bonito del mundo.
Joder, ¿Pero usted qué quiere, que le lleve al Caribe?, ¿No se ha dado cuenta que esto es un taxi?
Si, ya lo se, pero yo quiero ir a un sitio bonito. Cuando dijo esto, la chica sonrío ligeramente.
Bueno, lo primero. ¿Tiene para pagarme? porque si no tiene con qué pagarme no la llevo a ningún lado.
Si, si tengo para pagarle.
Muy bien. Entonces la llevo donde quiera.
Muy bien.
Pero primero, dígame su nombre.
Me llamo Isabel, encantada, ¿Y usted, es?
Emilio.
Muy bien, Emilio, pues vamos a perdernos entonces.
El primer destino fue el barrio de Estrecho donde creció Emilio. A Isabel no le gustó demasiado porque eran casas antiguas y llenas de ladrillos. El segundo lugar fue un pueblo a las afueras de la ciudad donde había pasado los veranos cuando era pequeño. Le enseñó el río donde se solía bañar, el camino donde buscaba bichos y el campo donde a veces dormía con los amigos.

Así, yendo de recuerdo en recuerdo, de sitio bonito en sitio bonito, pasaron los días de verano, durmiendo en cualquier lugar, mirando casi siempre hacia arriba, a las estrellas.
Cuando a Emilio se le acabaron los sitios bonitos que podía recordar, empezó a dejarse llevar para encontrar sitios nuevos.

Entre Isabel y Emilio empezó a surgir una cierta complicidad, cierta química. No sabemos si es amor, porque eso solo lo saben ellos, pero la idea de alcanzar ese lugar común les unía y les hacía más fuertes.

El verano acabó, pero ellos querían seguir viajando. Parecía ser que Isabel tenía con qué pagar la carrera y, sinceramente, Emilio estaba encantado.
La carretera parecía no tener fin y se propusieron recorrerla entera. Ninguno de los dos dejaba demasiadas cosas en Madrid, y no les importaba perderse juntos. Pronto se dieron cuenta que la gente no hablaba su mismo idioma y supusieron que habían salido de España. Esto no les incomodó y siguieron viajando.

Se pasaron la vida en la carretera, buscando ese lugar bonito al que nunca parecían llegar. La vida seguía para ellos y tuvieron hijos que crecieron y viajaron por el mundo, dejando a sus padres queriéndose en el Taxi.

Hubo un día en que Isabel cayó enferma. Era ya muy mayor, y el asfalto y el humo de los caminos perjudicaron sus delicados pulmones madrileños.

Lo siento mucho amor mío, le dijo Emilio, pero te tengo que cobrar la carrera, ¿Qué tienes para pagarme?

Mi vida entera, respondió Isabel con su último soplo de vida.