Islas divergentes

Vendrá


vendrá un paso de baile rebotado contra las mesas del delirio,

un paso de baile y un disfraz de golondrina.



Mi búsqueda de trabajo sepultada bajo la nieve

mi búsqueda de trabajo, yo sin abrigo

y haré altares en los montones de ceniza que fueron cerraduras.



En los ángulos muertos de la casa,

detrás de las fotos,

allí creciendo el tropiezo de nuestros niños mesa sin calzar,

inútiles en la belleza suave del error,

letra torcida

como si las vocales te miraran por la ventana,

enganchadas al perfume de la madera acariciada en tu mano.



Habrá un cementerio de volantes en nuestra lengua

un camino hambriento como la hiedra,

la profundidad de un bolsillo que esconde todas las tristezas.

Solo un niño de barro y risa


Foto de Bernard Hermant

 
Solo un niño manchado de barro y risa. Mi mundo de palabras escuálidas y olas de carne y voluntad para hacer un niño salvaje y bello. Ser el canalón por donde la lluvia caiga y levante su curva fértil de aprendiz de mundo. Abrirme los pechos destinados al ego para levantar toboganes míticos, dejar que me atropelle con su triciclo a 10 kilómetros por hora. 

Dejarme llevar por sus ojos a punto frescos como renacuajos. Ser el bastón que se parta por la mitad para que él no toque nunca el suelo. 

Tener un hijo como quien tiene un sueño. Dejar de ser yo para que él pueda ser. Hacer lo contrario a multiplicarme, dejando que se escurra por los huecos de mi tiempo. 

Una niña que navegue todos los charcos y que sonría con cada gota. Sus coletas de salvaje que imiten a Pippi Langstrum o las cataratas de Iguazú. Un niño, una niña que corran tras la pelota del mundo y que no se cansen nunca. 

Enseñarle a leer. Abrir la puerta de un libro y que puedan jugar todo lo que quieran, como en los pueblos. Como en los ríos que atraviesan y se cruzan con las calles. Invertir todas mis arrugas en el ángulo de su risa. Abrigarle y tener un nido para cuando vuelva cansado. Ser con mi novia un pedazo de su pasado, la sujeción que le impida caer al suelo al hacer puenting, el trozo de tierra donde empezar el brote. 

Empezar a hablar de nuevo. Volver a mirar desde el ángulo esencial de un niño. Desnudar mi historia de mi cuerpo y acercarme a su aprendizaje con el teatro de lo ya vivido. Dar pasos para atrás y acompañar sus primeros pasos y ser el cauce por donde salga al mar.

El despertador de Sísifo, firma en la Feria del libro

La poesía, el trabajo, el amor, ingredientes de este río: las piedras, el agua, el bañista. Así. Los días mojados de oxígeno y agua, acariciar el lomo de la corriente y encontrar tu cuerpo, como lengua caliente entre las corrientes del deshielo, tus ojos negros y paso de cebra en el maltrato continuo de los faros de los coches: 




Soy Sísifo



Soy Sísifo


Yo, Sísifo,
pecho de lata, eslabón corroído, pulso inestable del caballo flaco llamado progreso.
Soy Sísifo,
el usar y tirar de días manchados e iguales,
raíz muda y viaje en círculos.

Soy Sísifo
condenado, estación final del hombre en serie y sus sentidos cortados con cuchilla como los tendones del amor.
Soy Sísifo y escupo mi nombre a las abejas libadoras que cosechan minutos y producen nóminas y pequeños grumos de azúcar que llamamos dinero.

Soy Sísifo y grito a los dioses que manejan los barcos, los semáforos y los buses de línea,
les grito que empujaré su piedra,
descansaré las brújulas y volveré a casa,
que la luz de Mérope en la noche no me ciegue y me guíe,
que en el cerrar los ojos despierte mi cuerpo y se borre tu condena,
oh dioses impolutos y tristes,
envidiosos de nuestra angustia.

Soy Sísifo,
os digo,
el que masca piedra a diario y cada noche Mérope no aterriza en mí
no aterrizo,
todo es un ensayo macabro,
un diálogo de muebles y ruidos,
la escarcha que silencia nuestro deseo como ancla dormido,
el jarabe de las pantallas encendidas,
su trampa viscosa llamada «series».

Soy Sísifo,
el que encontró a Mérope en los arrabales de la ciudad,
en las afueras donde los caminos se abrasan de soledad,
marcaré tu nombre en mi lengua
«Mérope»,
y en cada palabra un incendio de tu olor.

Soy Sísifo,
el perdido, el condenado,
volveré a casa.

(poema de mi libro «El despertador de Sísifo»)

«Convivir poesía/conbeber poesía» en la Universidad de Berkeley

La universidad de Berkeley, en California, ha comprado para su biblioteca mi ensayo «Convivir poesía, conbeber poesía : el fenómeno poético de las jams sessions y la poesía oral en el Madrid del siglo XXI» que publicó Amargord Ediciones. 

Este era, precisamente, el objetivo que tuve al publicar este ensayo, hacer que esta reflexión, que no es mía sino colectiva, saliera y fuera compartida por otras personas curiosas por la poesía y el arte actual. 

Gracias a todos aquellos que habéis formado parte de este movimiento fértil y amorfo llamado jam sessions en Madrid. 

Os dejo el enlace para que cotilleéis el asunto:

http://oskicat.berkeley.edu/record=b24911913?fbclid=IwAR3oz5hABd-i3gFTYJsOkDH_xK5nIwIHvHJj4qIWLuPcLnM3OHULoILGOb4

Aquí estamos donde la ropa nos separa

 Photo by Alex Iby on Unsplash

 
donde tu belleza es madriguera en el grito de la ciudad,
una concha, una mano aprendiendo a nadar en la noche.

Somos esta suma de ríos, amuleto escondido,
limpiar la casa y mantener el cuerpo sucio, vivo,
multiplicado en la magia de la ducha donde no acaban los brazos.
Ensayo de mar en la espuma cayendo por tu espalda
como una catarata perezosa:

nieve ardiendo al caminarte.




Presentación de El despertador de Sísifo en Torrelaguna



No puedo evitar escribir poesía, leer poesía, intentar saber qué es lo que pasa, por qué pasa así y no de otra manera. La poesía es mi martillo y mi lupa, una selva y un tomate. A través de ella os veo a vosotros y a través de ella me véis, aunque no os déis cuenta. No es fácil la mayor parte de las veces. Muchas veces duele, pero otras veces, cuando encuentro en un poema una manera de decir que me explica, cuyo mecanismo dulce de piezas y respiraciones me dice que no estoy solo, me siento feliz.

Sé que es difícil de explicar pero puedo decir que en la poesía conozco mejor y más intensamente. A pesar del daño, como decía.

Este viernes tengo una lectura, una presentación de un libro en mi pueblo, Torrelaguna, y sé que es complicado explicar cómo me sentía cuando tenía 13 o 14 años. No voy a saber explicar cómo no puedo deciros tantas cosas, aunque quiera. No puedo contaros como, aunque parezco normal, por dentro estoy siempre a medias, sin entender, escribiendo y reescribiendo poemas y pensando y pensando en aquello que no fue. No puedo hacer todo esto, no puedo explicarlo más allá de la poesía.

Como decía, este viernes voy a Torrelaguna a presentar un libro, pero es que en este libro soy yo más que en cualquier red social (obviamente), más que en cualquier charla de cerveza y juerga o más que en cualquier partido de baloncesto, por ejemplo.

Soy yo porque en la poesía me encuentro e intento encontraros, saber qué es eso que nos une y hace posible la comunicación.


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De aquel palacio del amor solo quedan cenizas


De aquel palacio del amor solo quedan cenizas

De aquel palacio del amor solo quedan cenizas. Poema


Tu pelo escondido en las sombras del nunca más, y en tu nombre ya no hay chimenea ni playa. 


Construí un palacio al amor: cada ladrillo en estas manos, cada puerta este pecho, cada balcón estaba hecho de golondrinas.
Un palacio para el amor, decía, un palacio para el amor que tuve, como un hallazgo, arropado y caliente, contigo. 


Y en aquel palacio, en aquella certidumbre de presente y bocas rojas, de repente, no estuviste. Te habías ido hacía tiempo ya. Tan cegado en subir las persianas del amor, en quitar las telarañas del no, alimentar las arrugas de las sábanas. 


Hace tiempo ya que aquel palacio no existe. Podridos los cimientos, sin hambre ningún edificio mantiene las ganas de seguir interrumpiendo el cielo. 


Hoy ya no quiero palacios, me basta este imperio que pedaleo en un ahora llamado incertidumbre.