Islas divergentes

Fortuito


Eduardo Anievas Cortines


 Disculpe,
se le ha caído la médula en mis ojos,
y he chorreado la acera.

Siento molestarla, pero su pasear es amarillo
tirando a limón
y yo le noto el olor.
Desde que tropecé,
con sus corolas, sus ojos,
la vida es otra.

Pero aún
hay coches y chaquetas
todo corre por el gris
incluso tu envés de granizo duro
que se lanza,
y huye
se desliza
caracola de sabor
impúdica reventadora de cotidianos,
dejándome
aquí,
blando y febril,
hablando solo.

La raya del pantalón




Cualquier persona con uniforme
se convierte
automáticamente
en chaqueta o maceta.

Todo el que llora es un caníbal,
un tartamudo
un degenerado mental.

Almacenando tierra o pañuelos
la imaginación se escurre por la solapa
como una víscera rota
sucia
que se muere sin hacer ruido.

Fauna aérea

Emergency instructions, Fight club movie


Cuando el avión perdió el control y estaba ya a punto de estrellarse contra el suelo, de los 204 pasajeros del avión 2 daban a botones desesperadamente, otros 4 habían decidido dejar de intentar tranquilizar al resto de pasajeros y ahora gritan y lloran y uno de ellos maldice el momento en que decidió estudiar para azafato y abandonar así una vida larga y feliz trabajando en la ferretería de su padre.

65 personas cierran los ojos, se agarran fuertemente a los apoyabrazos y piensan en las personas que más quieren. 1 chica joven escribe rápidamente la parte final de un poema que trata de la fugacidad de la vida.
4 ancianos piensan que podrían haber hecho más cosas en su vida o al menos mejor. Uno de ellos se acuerda de aquella chica a la que no pudo besar cuando tenían doce años y le da pena.

32 personas se dan la mano con los pasajeros de al lado, y así se sienten un poco menos solos. 6 personas no han querido darse las manos con las personas de al lado, y cuatro de ellas se arrepienten.
1 persona lleva los audífonos puestos y está mirando cosas del trabajo en el ordenador, y por eso no se ha dado cuenta de nada.

6 mujeres piensan en sus hijos y mueren de dolor. 5 hombres piensan en sus hijos y sufren. Dos de ellos creen que no fueron tan buenos padres como deberían haber sido.

1 anciana se acuerda de cómo su madre lavaba la ropa en el patio cuando ella era pequeña, se emociona y sonríe ligeramente.
9 personas han pensado en hacer el amor, pero ya es muy tarde y además los baños están ocupados. 1 anciano se da cuenta que ha tenido una buena vida, y está tranquilo.

14 personas se besan, aunque la mayoría de ellos no se habían dirigido la palabra antes. Otros 8 también se besan, pero es diferente porque estos se quieren.

23 hombres y mujeres se han quitado el cinturón de seguridad y han buscado diferentes posturas para intentar salvar mejor el impacto.
6 niños están asustados y lloran porque todo el mundo llora, grita o hace cosas raras.1 bebe sigue durmiendo feliz ajeno a todo.
En uno de los baños del avión, 1 mujer tiene el estómago suelto y no puede hacer nada más aunque quisiera.

2 personas golpean la puerta fuertemente pidiendo inútilmente a la usuaria que salga. En el otro baño, 1 hombre se alivia efusivamente y grita.
1 chico joven tiene la foto de su novia que siempre lleva en la cartera en las manos, la mira, sonríe y se le humedecen los ojos. 1 chico también tiene la foto de su novia en la cartera, pero le da igual porque está intentando que la chica que tiene a su derecha le bese, le toque o algo. 1 chica se siente estúpidamente seducida y cede.

7 mujeres piensan en sus maridos y una de ellas también en su amante.
1 persona, que soy yo, siempre ha tenido pánico a volar.

Cazador





El cazador se esconde entre la espesa selva. Repta y se ensucia, pero no le importa. Hace ya más de media hora vio a su presa, a lo lejos, y esa visión le da fuerzas para llenarse de barro, para soportar el sol, la sed y esos remordimientos odiosos que siempre aparecen.

El cazador conoce a su presa y sabe que se dirige con su pareja a una pequeña cala en la que nadie los molestará. Desde la distancia los observa. No tan cerca como para tenerlos a tiro. No. Aún no. Es muy pronto todavía, pero la sangre ya golpea con fuerza en sus venas.

Va a ser difícil capturar a esta presa. Es un ejemplar ya maduro, no viejo, sino maduro, casi en plenitud y no se dejará atrapar. Además, puede ser que haya más cazadores acechando. Eso nunca se sabe. Se va acercando lentamente, sin levantarse apenas del suelo, encogido por la prudencia y también por el miedo.

¡La acaba de ver! Pero aún no está a tiro. Pero queda poco. Un fallo a esta distancia haría perder la presa. El cazador hiede a sudor y tiene hambre. Esta es su oportunidad. Nunca se ha visto en una situación tan buena como esta.

Avanza un poco más sin quitar la vista de su presa. Un crujido aparece a su lado izquierdo. Está cerca. Él mira hacia esa dirección, pero solo ve marrón y verde. Debe de ser otro cazador. Tiene que darse prisa si no quiere que le quiten la pieza. En cuclillas esquiva los troncos y ramas caídas, mientras avanza decidido. Ahora los ve a los dos. Macho y hembra. Él es más grande que ella. Ella es más valiosa, mucho más, pero su piel ya no es tan tersa y lustrosa como antes. Él es más joven y atlético. Tiene la piel más oscura y huele a frescura desde lejos.

El cazador saca el arma, lo mueve, lo ajusta hasta que, entre sus manos, queda perfecta. Apunta, regula un poco más, así, eso es. Ahora está perfecto. Y dispara varias veces. La hembra recibe uno de los disparos en pleno rostro pero no siente nada, y siguen ahí, en la playa, desnudos y felices.

Dos días más tarde el país se despierta y ve la sangre de las víctimas en la portada de una revista:

La reina Margarita fotografiada con un amante en las playas de Costa Rica”.

La presa agoniza de dolor en su casa. El teléfono no deja de sonar. El cazador, tranquilo en el sofá de piel de su casa, observa orgulloso la pared donde cuelga la fotografía. El disparo que acabó con su presa.

Discusión a trozos




SVETLANA VALUEVA


-No me importó que llenaras de piel las paredes de la habitación. Tampoco que cultivaras uñas recién cortadas en el felpudo, pero, joder cari, no aguanto que dejes tirados los brazos en medio del pasillo. Anoche me caí y me rompí tres besos del mes de abril.

-Ay, lo siento. Hay veces que me despisto, me desmonto, se me rebelan los brazos. Con rabia se me saltan las piezas y soy chorro. Otras veces soy sangre explosiva porque tu tan cerca...

-Pues esto habrá que arreglarlo. No puedes ir desaparramándote por la casa, ¿¡Qué dirán las visitas cuando encuentren una mirada tuya de dos metros de largo en medio del sofá!? ¿Cómo podremos comer lentejas si cada vez que enciendes la vitrocerámica, un recuerdo se te queda pegado en el botón de encendido? Cariño, me tienes que querer menos.

-Pero Antonio, cariño, no te enfades conmigo. Yo lo intento pero la culpa no es mía. Es la sangre la que explota. 

El manifiesto global de apoyo a las marchas del 15O que han firmado Naomi Klein, Noam Chomsky y Eduardo Galeano.




El manifiesto 

El 15 de octubre, unidos y unidas en nuestra diversidad por un cambio global, exigimos democracia global: un gobierno global del pueblo y para el pueblo. Inspirados en nuestros hermanos y hermanas en Túnez, Egipto, Libia, Siria, Bahrain, Palestina-Israel, España, Chile y Grecia, también exigimos un cambio de régimen: un cambio de régimen global. En las palabras de Vandana Shiva, la activista india, exigimos el remplazo del G8 por la humanidad completa- el G7,000,000,000.
Las instituciones internacionales no democráticas son nuestro Mubarak global, nuestro Assad mundial, nuestro Gaddafi internacional. Estas incluyen: el FMI, OMC, el comercio internacional, los bancos multinacionales, el G8/G20 y el Consejo de Seguridad de la ONU. Como Mubarak y Assad, no permitiremos que dirijan nuestras vidas sin nuestro consentimiento. Todos nacimos iguales, pobre o rico, mujer o hombre. Africanos y Asiáticos son iguales a Europeos y Americanos. Nuestras instituciones deben reflejar esto o ser derrocadas.
Hoy, más que nunca, fuerzas globales determinan nuestras vidas. Nuestros trabajos, nuestra salud, nuestra vivienda, nuestra educación y nuestras pensiones están controladas por los bancos internacionales, el mercado, los paraísos fiscales, las corporaciones y las crisis financieras. Nuestro medio ambiente está siendo destruido por contaminación en otros continentes. Nuestra seguridad la determinan las guerras y el comercio de armas, drogas y recursos naturales que benefician a personas fuera de nuestras fronteras. Estamos perdiendo el control sobre nuestras vidas. Esto debe terminar. Esto va a terminar. Los ciudadanos del mundo debemos recuperar el control sobre las decisiones que nos afectan a todos los niveles – de global a local. Esto es democracia global. Esto es lo que hoy exigimos. [Este párrafo fue agregado siguiendo las sugerencias de las asambleas]
Como los zapatistas mexicanos, hoy decimos “¡Ya basta! Aquí el pueblo manda y el gobierno obedece” - ¡Ya basta! Aquí el pueblo manda y las instituciones globales obedecen. Como los indignados españoles decimos “¡Democracia real ya!”- Democracia global real ya.
Hoy hacemos un llamado a los ciudadanos del mundo: ¡Globalicemos la Plaza Tahrir! ¡Globalicemos la Puerta del Sol!

Despertador, poema de Vanesa Pérez-Sauquillo





éste es mi contestador automático.
Para herir, simplemente, marque 1.
Para contar mentiras que me crea, marque 2.
Para las confesiones trasnochadas, marque 4.
Para interpretaciones literarias
producto del alcohol, marque 6.
Para poemas, marque almohadilla.
Para cortar definitivamente la comunicación,
no marque nada, pero tampoco cuelgue,
titubee en el teléfono
(a ser posible durante varios meses)
hasta que note que voy abandonando el aparato
a intervalos de tiempo cada vez más largos.
No desespere. Aguante.
Espere a que sea yo la que se rinda.
Le evitará cualquier remordimiento.
Gracias.



Pérez Sauquillo, Vanesa: Bajo la lluvia equivocada, poesía Hiperión, 2006, p.60

Consecuencias




Incluso los del primero escucharon los gritos, los golpes. En el primero A subieron el volumen, en el B, se fueron a dormir un poco más temprano.

Más arriba, en el segundo, no había nadie. Estaban fuera cenando. En el tercer piso, había miradas esquivas, de miedo, pero todo estaba bien, aún, en sus salones.

En el cuarto explotó un vaso contra el suelo. No pasa nada. Alegría, alegría con sonrisas forzadas mientras los niños se tuvieron que poner zapatillas. En el quinto una pareja estaba abrazada, sufriendo los golpes y aún más los gritos.
En el sexto nacían y morían los gritos, los golpes, y todo era dolor. Pero ella, en un descuido del dolor, consiguió escapar y bajar sangrando las escaleras, para pedir ayuda.
En el quinto sus golpes en la puerta juntaron más a la pareja. En el cuarto, su llamada llegó tarde. Los niños son lo primero, dijeron entre ellos. En los terceros y segundos tuvieron miedo, ¿Quién será?, dijeron. Nosotros no hemos hecho nada malo. Cuando ella llegó a los primeros, todo el mundo soñaba o veía la tele. La irrealidad siempre viene bien en estos casos.

A la mañana siguiente, la mujer del quinto piso tenía un ojo morado, en el cuarto, los niños gritaban y gritaban y sus padres solo podían llorar y pegarlos para que se callaran. En el tercer piso, a la mañana siguiente, había trozos de platos rotos por el suelo y algunas gotas de sangre. En el segundo, seguían durmiendo, soñando con colores y formas diversas. Los del primero A, encontraron el suicidio de la televisión en el salón y en el primero B nadie pudo dormir. Los ojos no se podían cerrar.  

Desfile


¿Cuánto cuesta un avión militar?
¿Cuánto cuesta una bala?
¿Cuánto cuestan esas ganas de disparo?
¿Cuánto esas ganas de sangre ajena?
¿Cuánto cuesta un tanque?
¿Cuánto cuesta un rey?

¿Para qué cuesta un avión militar?
¿Para qué cuesta una bala?
¿Para qué cuestan esas ganas de disparo?
¿Para qué cuestan esas ganas de sangre ajena?
¿Para qué cuesta un tanque?
¿Para qué cuesta un rey?

¿Por qué somos nosotros los que queremos
avión militar
bala
ganas de disparo
sangre ajena
tanque
rey?

Poema 12, espantapájaros, Oliverio Girondo







Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, se despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden, y se entregan.

Oliverio Girondo



http://www.youtube.com/watch?v=WmOLqDETnRw


Si todos fuéramos pobres



Víctor Jara, disco la población


Un día, el pequeño Luchín estaba jugando en la calle con un palo delgado y roto, y con sus piececitos descalzos y fríos. Estaba desnudo, y lo único que cubría su cuerpo eran sus mocos y el barro de la calle. Sus padres, Pancha y Floro, ambos de veintidós años, han salido a buscar cartones con unos amigos. El encargado de que no le pase nada al bebé es Jónatan, su hermano mayor, de seis años. Y como a Luchín nunca le pasa nada, se ha ido a jugar un rato a la pelota con unos amigos.

Luchín, cansado del palo, gatea entre barro y basura y ve la farola. Una farola que nunca ha funcionado. Que no tiene bombilla, que está oxidada y olvidada. Algunas personas, al pasar, se preguntan para qué sirve, y siguen andando. Nadie se preocupa por ella.

Y de allí, de la única farola del poblado, salen de su tripa, por debajo de una chapita, unos cables amarillos y verdes. Son de colorines, atractivos, y poco a poco, gateando, Luchín llega a ellos y los agarra con su manita derecha. Antes de electrocutarse del todo, el pequeño Luchín consigue lanzar un pequeño grito. Un perro sucio, pulgoso, que anda por ahí, empieza a ladrar y da la alarma. Pronto llega Jonatan, el responsable de cuidar de Luchín, y se lanza corriendo a ayudar a su hermano. Sus manos, también, aún pequeñas y desnudas, se quedan pegadas a su hermano por la energía que los traspasa.

Curiosos por los ladridos del perro, acude más gente al lugar, con sus pies descalzos entre el barro, su pelo enredado y sucio, y todos, poco a poco, intentan salvar a los pequeños. Llegan los padres, Pancha y Floro, y al ver lo que está pasando, dejan a un lado la chatarra y se lanzan con las manos encrespadas a salvar a sus hijos. Y como todos, se quedan ahí pegados, unidos, todos juntos.

Viene más y más gente que abandona sus quehaceres, por un momento, sus vidas, para ayudar a sus vecinos. Más y más gente se queda pegada a través de la carne, a través de unas manos sucias que han robado, algunas, que han drogado, otras, y la mayoría, que han sido usadas para un levantar un cazo de sopa o para coger un martillo.

El perro, un poco alejado, moviendo sus patas delanteras, sin atreverse a acercarse, sigue ladrando. Todo aquel grupo humano está unido, contagiado por una electricidad misteriosa y maldita, que, de repente, deja de circular por aquella farola vieja, oxidada.

Las personas, aturdidas, nerviosas, se miran las manos, miran los ojos de los otros, como se mueven todos. Siguen vivos. Alguien ríe y llora a la vez, nervioso, y es un llanto húmedo de vida. A este siguen otros y todo el mundo poco a poco se levanta, se palpa las espaldas cansadas y sucias, se abrazan con manos rotas y se besan con labios negros, partidos. Cada uno va a su hogar, abrazado a alguien, o solo y contento, y el perro, en la calle, ladra de nuevo y persigue una rata entre los cartones.  

Tillverkas i Sverige(Hecho en Suecia)



Catalina Bartolomé


Nuestros sentimientos no son nuestros,
son de un señor sueco
que fabrica colchones.

Las novias de tu adolescencia tienen mesas camillas
en las rodillas
y tus padres tiradores beige
en los ombligos.

Todos fuimos hechos en Suecia por rubias de manos enlatadas
y hombres sedientos y gordos.

Nos falta aire para ser otra cosa.
Demasiado hueso,
demasiado precio,
y cuando se nos sale la sangre a borbotones por lo ojos
tenemos una tara.

Cuando miramos a lo lejos
como los animales que buscan fornicar por placer
o necesidad
tenemos una tara.

Cuando somos otro
y no aceptamos nuestros cuerpos exactos de cómodas
de estanterías
de pequeños lápices de fábrica
tenemos taras.

Somos taras cuando nos acariciamos los bordes
cuando nos lamemos las cerraduras
cuando queremos salir del envoltorio queriendo ser
lo que no somos.

Cuando los dioses se convierten en palabrotas (visto en Mi madre es un pez)



En breve(un breve generoso, relajado) la crítica aparecerá en koult.es. Me he encontrado esto y quería compartir.



"Me pongo una cerveza. Le digo.
No hay. Me dice. La madre.
Joder. Le digo.
Palabrota, palabrota. Dicen los niños.
Joder. Digo.
Palabrota, palabrota. Dicen los niños.
Cojones. Digo.
Palabrota, palabrota. Dicen los niños.
Puta. Digo. 
Palabrota, palabrota. Dicen los niños. 
Jorge Luis Borges.

Palabrota, palabrota. Dicen los niños.
La madre no dice nada." 

Olmos, Alberto, Todos mis hijos en VV.AA: Mi madre es un pez, edición de Sergi Bellver y Juan Soto Ivars, Libros del silencio, Barcelona, 2011, 374 pp.


Plaza



Otavalo, Ecuador




Cuando te conocí
tenías una plaza enorme en el hueco de la boca.

Se te sentaban ancianos,
jóvenes con latas,
y tu los acariciabas con la lengua
y las farolas encendidas.

Después de hacer el amor se te abrían las persianas
te quedaba un nido de pájaros en los ojos
y olor a mar entre los bancos.

Poco a poco se te endureció la piedra
venenosa
que escondía tu cara.

Poco a poco carne rápida
y silencios de hueso.

Poco a poco sangre podrida
pasada
en el fondo de las alcantarillas.

Si hubieras mantenido tu carne en el verano
no habría mimos tristes en los portales,
animales muertos en las aceras,
y demasiado hueco en los bancos dobles. 

La civilización



Jacek Yerka


Un puñado de abejas bailaban en tus mejillas
pero a nosotros no nos importaba.

Imposible ver nada con aquel ritmo de cascadas,
aquel encuentro de selvas y cuchillos.

Todo era normal pese a ser diferente;
tener a cada paso menos cuerpo y más caballos locos
en las manos.

Pero los caballos poco a poco se fueron calmando y se convirtieron,
de repente,
en simples muebles de oficina
en dedos
en angostos cinturones y las ganas por abrirlo todo
(por morderlo todo y probar todas las sangres)
se fueron,
de una en una
a la fría fila del paro.  

Sorpresa

Misha Gordin


Lo anunciaron en la radio, en la televisión, en las calles, en Internet y en los periódicos. En todos los lugares, a todas horas. Algunas personas pensaron que era la promoción de una nueva película, otros, un grupo musical. Por eso, cuando se dieron cuenta que el apocalipsis era otra cosa, el fin del mundo pilló a todo el mundo por sorpresa.

Bonilla





"C
ada vez que te alejas

te veo convertida en muchedumbre
añicos de un espejo reflejando
las caras que no quiero ver de mi"


Bonilla, Juan: Defensa personal (Antología poética 1992-2006), Renacimiento, Salamanca, 155 pp.

El record imprevisto

Manjari Sharma


Aquella mañana yo quería lavarme bien, dejarme la piel bien tersa y suave porque nunca se sabe qué es lo que puede pasar. Aquella mañana, yo tenía que ir a trabajar, por supuesto, pero tenía prevista una reunión con los altos mandos, y bueno, ya se sabe cómo son los altos mandos. Así que, por si acaso había también una Alta manda por ahí, que me arreglara la vida además de darme un puesto un poco más cómodo, entré en la ducha como aquellos tíos raros que entraban en Lluvia de estrellas y se cambiaban por otros, (¿cómo cojones hacían eso?).

El agua apareció, como siempre, milagrosamente por la alcachofa con agujeros. Al principio fría, después mejor y luego ardiendo de cojones. Como siempre.

Esa mañana yo quería dejarme bien limpito, de verdad. Sacarme toda esa roña que había estado acumulando sin motivo aparente y demostrar a toda esa pléyade de encorbatados (y esperemos que también encorbatadas, o bueno, enfaldadas) ejecutivos que soy una persona decente que sabe exigirse y sacar lo mejor de uno mismo.

Eran las siete de la mañana, y ya se sabe; si tu compañero de piso tiene un apretón y tiene que entrar si o si, que el agüita está muy calentita y fuera hace un frío de cojones, o que te quedas dormido como un puñetero tablón bajo la pequeña lluvia. Y esto último fue lo que me pasó. Cuando desperté ya era tarde de cojones y ese grupito de cabronazos seguro que me despidiría por no haber ido a trabajar (fascistas).

Bueno, pues ya que estaba ahí debajo, me levanté, me puse cómodo, y me lavé por quinta vez el pelo. Hay que ver que gusto da enjuagarse los pelos con aquella espuma que se reproduce más y más hasta que ya te cae por el pecho o la espalda y la ves pasar entre tus pies directa al sumidero.

Parece que esos pequeños placeres no se van a acabar nunca. El agua debe reproducirse dentro de esas tuberías mohosas que penetran por todos lados las casas y los bares, porque si no no entiendo como millones de personas limpias puedan restregarse y limpiarse cada mañana en sus casas bajo un chorro ininterrumpido de agua cristalina sin que esta se agote. Joder, el agua debe follar como si no hubiera un mañana.

Mis perspectivas de vida en aquel momento no eran demasiado ambiciosas, (bueno, un poco de acondicionador no habría estado mal) y estar ahí, aguantando la caída de las gotas, era mi único plan previsto. Las suciedades se fueron cayendo poco a poco, descolgadas, por el agujero negro que las lleva a otro spaguetineante laberinto de tuberías y oscuridades que deben acabar en algún lado pobre pero limpio. Qué más da. Lo pobres no somos nosotros y nos quedan muy lejos.

Después de dos horas, y después de contundentes sacudidas de esponjas, geles y champús, mi piel empezó a encogerse y vi como mi dedo gordo empezaba a quedarse en contacto con el aire condensado del baño. Quizá ese retroceso dérmico fue el causante de que la ceja derecha empezara a desplazarse, como un pequeño felpudito móvil, sobre mi ojo y mi mejilla, para dar justo después un salto desde mi cara hasta el suelo de la ducha.

Sería ya la hora de comer. Lo que me extrañaba es que ni Teresa ni David hubieran querido entrar en el baño. Debe ser que tienen el estómago fuerte. Creo que más que yo, porque cuando empecé a escuchar los contundentes quejidos de mi tripa, empecé a oler los afrutados olores de los geles (los ocho que había) y de los champús (cereza, kiwi, miel) de otra manera. Empecé a desparramar aquellas fragancias multicolores en mi boca, a darme un festín, espachurrando los botes como un auténtico idiota, llenando mi tripa de glicerina y otras mierdas nada buenas. Al cabo de un rato, cuando mi tripa dijo basta, me caí lirondo al suelo.

Lo siguiente que noté fue el sonido de una respiración forzada a mi lado derecho. Luego, cuando abrí los ojos, joder, qué pivón entrando por la puerta. Al final va a merecer la pena tanto restriegue

Vicente Aleixandre



"¡Q
ué dirán las palmeras! ¡Qué dirán aquellas paredes blancas que se han desplomado súbitamente para que de su flor abierta surtamos tu y yo dormidos en su corola! ¡Qué dirán los músculos que nos hemos arrancado a manotazos tirándolos sobre las sillas!
,

"Cuando contemplo tu cuerpo extendido
como un río que nunca acaba de pasar,
Como un claro espejo donde cantan las aves,
donde es un gozo sentir el día como amanece".

Aleixandre, Vicente: Vicente Aleixandre antología total, selección y prólogo de Pere Gimferrer, Seix Barral, Barcelona, 1977

El coco

Chema Madoz


Sus manos se clavan en mí espalda. Mueve todo. Me empuja, me dice. La lámpara se ha movido un poco de la mesa. Después la colocaré. Me acaricia y me duele. No, ahora no. Luis tiene que comer. Los dedos me fuerzan, me gusta, si un poco. Pero me duele. No, ya no me gusta. Ya, ya está bien. Para.

Ya no es como antes. De sus ojos no cae nada. Lo miro y ya no recojo nada. Mi sujetador está casi caído y el no para de empujarme y gritarme. Ya no escucho. Puede haber sido aquel golpe. Luis está en el salón. No vendrá. La televisión está muy alta. Me tumba en la cama. Me clava el reloj en el muslo. No, le he dicho que no. Que no siga, que después. Le prometo que después. Tendré que ordenar todo antes. Está todo descolocado. No me escucha.

Me baja las bragas. Y sus uñas se clavan en mis muslos. Me mancha, me pudre y me lastima. Luis me llama, lo escucho bajo el sonido de la televisión. No. Hijo, no vengas. Sus manos están por todos lados. Y me patea con sus ojos. Y me mata con su boca. Lo golpeo. Lo intento. Pero me agarra las manos. Ya no puedo hacer nada. Me devora. Y me remata cuando Luis entorna la puerta. Lentamente. Mirando, asustado, al Coco disfrazado de padre.

Ángel González




"E
ntré en tu cuerpo lleno de esperanza para admirar tanto prodigio desde el claro mirador de tus pupilas. Y fuiste tu la que acabaste viendo el fracaso del mundo con los míos"


González, Ángel: Palabra sobre palabra, Seix Barral, 2010.

Visita desde otra dimensión


Anka Zhuraleva



El fantasma de tu cuerpo es eterno y atraviesa mi casa

vacía

ensuciando las paredes y asustando al gato.


Mañana le voy a echar a patadas para que vuelva contigo

y con aquel señor trabajador

al que llamas cariño.


Ya no quiero que me lama las mejillas cuando estoy a punto

de alcanzarte en sueños,

no quiero que me siga

no quiero que me enseñe el hueco de nidos

de su boca putrefacta.


En algunas cosas es mejor que tu;

no deja pelos en la ducha

ni me abrasa el pelo por las noches,

pero su aliento me deja recuerdo a tierra,

a raíces muertas.


Es mejor que se vaya contigo,

yo no tengo hueco para más fantasmas

en mi cuerpo.

Niña pluma niña nadie, de Mar Benegas


Niñez y esperanza

Autora: Mar Benegas

Nombre del poemario: Niña pluma, niña nadie

Editorial: Amargord

Colección: Candela

Páginas: 55

Coordinadora de la colección: Rebeca Álvarez Casal



El pasado jueves 4 de noviembre se presentó en la librería Traficantes de sueños la colección de poesía Candela, de la editorial Amargord. La hornada, coordinada y presentada por Rebeca Álvarez Casal se compuso de cuatro títulos. El primero, La mujer anochecía de Ada Menéndez, el segundo Breve testimonio de una mirada de Ana Vega, en tercer lugar, Con voz en punta de Estrella Juárez y por último Niña pluma, Niña nadie, de Mar Benegas, el libro que voy a comentar a continuación. 

En Niña pluma, niña nadie, podemos ver que todavía, aunque parezca imposible, queda un paraíso que salvar. Un paraíso inocente, salvaje: Afuera un mundo / un sol / queriendo atravesar ventanas. Como dice su autora Mar Benegas desde la primera página del poemario, se trata de un microcosmos brillante, pero que está amenazado: Niña pluma niña nadie: Desde la esperanza -y dolor-de la fragilidad.
 
Porque hay un paraíso, un territorio ajeno al nuestro que mancillamos con nuestras vidas mediocres y adultas. El mundo de la infancia. En estos poemas los niños son los protagonistas, (Los niños siempre tenemos hambre y comemos serrín o cristales) pero su protagonismo es crudo y duele. Es una llamada para que despertemos. Dividido en dos partes, Los niños y ella y ¿de donde llega?, los poemas se cargan de aires y puños. De almohadas y puñales. De niños y economías. 

En la primera parte corren niños tristes, con lágrimas en los ojos y con las rodillas sucias (por eso los niños morimos de pena / es lo único que puede matarnos). Lo extraordinario está a punto de desaparecer, pende de un hilo. La infancia está a punto de colarse por el guá de las canicas. Y aunque los niños sigan apareciendo (toda la noche se llena de niños), la infancia es explotada y torturada en nuestras sociedades perfectas. Al final de esta parte aparece una niña (niña pluma / niña vuela / niña nadie) que cree en lo efímero, en la primavera, (el tiempo no la crece / ni hay verdugo / para tanta primavera) y que da esperanza. Una niña que imagina y vuela. 

En la segunda parte, titulada ¿de dónde llega? la palabra se despoja de su utilitarismo y se hace ala. Instrumento para imaginar. Para ser, de nuevo, niño. O no, tal vez mar u hormigas, en definitiva: -siempre- / una ligera esperanza. 
La autora, después de rebotar contra la tecnología y el cristal, a la naturaleza. Una naturaleza que brota y renace en los ojos de la poeta, una niña renacida. 

y entre escombros
tocó con sus dedos
-siempre-
una ligera esperanza.