Estoy leyendo el libro Hermana muerte, de Thomas Wolfe, y publicado por Periférica (muy bien editado, por cierto, como siempre) y he caído en reflexionar sobre una visión que me ha llamado la atención. El libro –que aún no he terminado– muestra al individuo, frágil, mortal y momentáneo frente al monstruo de la ciudad, ese gigante ciego y poderoso que aplasta a las células sensibles que lo habitan sin piedad. Hermana muerte está publicado originalmente en 1968, en su versión en inglés y en España en 2014 mucho más tarde. El caso es que hay una apreciación, una descripción, que me ha llamado la atención. Yo nací en el año 1986 y llevo toda la vida leyendo novelas de ciencia ficción y/o políticas que buscan la redención del individuo frente al gigante sociedad, frente al gigante trabajo o al gigante Estado. esta dualidad que he podido ver en obras como Un mundo feliz, Momo, 1984 o V de Vendetta hablan de una persona, un individuo singularísimo y único, que consigue con su rebeldía emancipar al todos. La base de la distopía, su tensión argumental, afilada como un arco.
Y en el libro que me ha traído aquí, delante del ordenador en esta tarde de infierno de junio de 2022, cuando podría estar tomando un helado o bañándome en un río es expresar mi curiosidad, que llega a malestar, incluso, por saber qué opinaban aquellos que no se rebelaban, que seguían el camino marcado, que no destacaban. Porque ser héroe es muy cansado, hay cierto malditismo en aquel que no puede quedarse callado y no deja ninguna injusticia por denunciar. Porque los héroes son una centella, no tienen ni tendrán nunca rutina, pero, por eso, más allá de los héroes, ¿qué pensaban aquellos que no se rebelaban?, ¿Se pueden sus pensamientos, sus sensaciones, en las novelas o contenidos culturales de los años 50, paradigma del cartonpiedrismo social? Creo que no.
Creo que, al menos en mi caso, que ya tengo 35 años, que ya he probado a llevar la antorcha del heroísmo de la verdad, con su fatiga y su fuego, y que ahora ya no. Que ya no me movilizo, que hace meses que dejo de pagar la cuota del sindicato, que ya no. Que, como me dijo un amigo hace poco, «has pasado de pagar la cuota de la CNT a pagar la suscripción a Netflix». Por eso me gustaría saber qué pensaban aquellos que se acomodaban, que no querían líos, que miraban a otro lado. Cómo se justificaban sus vidas, cómo no temían la muerte y azar perverso. Cómo dejaron de querer ser héroes, en qué lugar, cómo y cuándo decidieron rendirse. Y por qué me parezco tanto a ellos.
–¿Y qué pasa, que no vas a contar nada más del libro? –¿Te parece poco lo que acabo de contar? De todos modos, llevo 30 páginas... cuando lo acabe podré contaros...o no.
Parte 2
Ha pasado un tiempo desde que terminó este libro y, a diferencia de la sensación o resto que me deja la lectura, Hermana muerte o, mejor dicho, el final del libro, me hace sentir que algo pasó. Porque estaba yo dentro de esa lectura, siguiendo un orden lógico de las cosas hasta que de repente en algún lugar se abrió un ventanal y la poesía lo inundó todo, y me arrostró a mí, al hermano muerto, al hermano vivo, a Thomas Wolfe e incluso a Jude Law, que iba a hacer una película sobre Wolfe. Solo digo que lo leáis y os dejéis arrastrar.
Ya no será ya no no viviremos juntos no criaré a tu hijo no coseré tu ropa no te tendré de noche no te besaré al irme nunca sabrás quién fui por qué me amaron otros. No llegaré a saber por qué ni cómo nunca ni si era de verdad lo que dijiste que era ni quién fuiste ni qué fui para ti ni cómo hubiera sido vivir juntos querernos esperarnos estar. Ya no soy más que yo para siempre y tú ya no serás para mí más que tú. Ya no estás en un día futuro no sabré dónde vives con quién ni si te acuerdas. No me abrazarás nunca como esa noche nunca. No volveré a tocarte. No te veré morir.
no la verdad, sino una verdad, una verdad hecha con trozos de muela y coágulos de nudo de garganta, una verdad hilo de aire entre piedras, una verdad escondida de las luces y los aullidos, una verdad como pájaro herido envuelto en una servilleta de la cocina y recogido en unas manos, digo que cuando alguien me mira y me dice una verdad yo puedo llamarle amigo.
¿Recordáis aquel tiempo de vendaval y besos, lenguas y nervios, adolescencia y sudor?
¿Recordáis aquellos besos olímpicos y maravillosos que nos hacían entrar en otra época, en otra edad del cuerpo, otra edad del sentir?
Yo sí, aún los recuerdo. Y recuerdo la temperatura tropical que, húmeda, hizo quemadura en el baúl nebuloso de mi memoria.
Aquí hay una especie de mapa de aquellos besos. Es un mapa que publiqué en mi último libro y que forma parte de todo un hogar, todo un mundo acogedor (pero tramposo).
En Cuenca, una mujer enciende un cigarro en su ventana mientras mira cómo en la acera se arremolina un grupo de gente. Cada vez más. Era 17 de septiembre de 2016 y Elvira Daudet se dirigía a una calle recién estrenada con su nombre para encontrarse con amigos y admiradores. Estaba llegando la poeta rubia que tiene tantas flechas en su poesía, tanta intensidad, tanta humanidad sincera y cruda.
Y es que Elvira Daudet, la periodista que trabajó en varios periódicos (ABC, el Independiente y Pueblo), que entrevistó a Dalí durante varios días o que escribe sus poemas intensos y cercanos como puñaladas de vida, tuvo por fin su calle en su ciudad natal, Cuenca.
Este septiembre de 2016, quizá demasiado tarde, se inauguró por fin la calle. Digamos que ya era hora que su ciudad natal reconociera a una de sus habitantes más íntegras y talentosas. Pero antes que os cuente qué pasó ese día en Cuenca, os traigo del brazo a Elvira para que la conozcáis.
Elvira escribió su primera novela a los 10 años, su primer artículo a los 14 y su primer libro de poesía amorosa a los 17, y muchos años después, aquella mañana en Cuenca dijo aquí estoy. Aquí sigo estando. Al igual que aquella tarde en la que entró elegante y temblorosa en el café Gijón y dijo a unos poetas escondidos bajo el gris de la dictadura, “soy Elvira Daudet, soy poeta, y quiero publicar este libro”. Era el año 59 y Elvira Daudet entraba en la piscina de la poesía sin ningún cuidado, rompiendo la calma tan innecesaria y asfixiante de un franquismo gris ceniza.
Así estuvo toda la vida. En la vanguardia, delante, viendo qué pasaba y contándolo a los demás. La quilla, el faro y el mascarón que recibía todas las alegrías y todas las penas. De las crisis aparecieron sus poemarios. El primero El primer mensaje, después de la crisis de la pubertad. Su segundo libro, publicado en 1971, publicado cuando su matrimonio empezaba a romperse es Crónica de una tristeza. El tercero, El don desapacible, publicado en 1994, es según la propia autora el más triste de todos porque es la crisis de orfandad por la muerte de sus padres.
Elvira Daudet sigue su día a día, periodista, corresponsal entre los años de plomo italianos, recogiendo las letras del día a día como un malabarista a la vez que ella escribe en la oscuridad el dolor propio y el dolor de los demás.
El poeta tiene un sistema inmunológico muy débil y todo le hace daño.
Seis años después, la diputación de Cuenca publica su cuarto libro de poemas Terrenal y marina, en el que la enfermedad y la muerte miraron a la cara de Elvira pero no pudieron con ella y su poesía. Y ahí estaba, luchando en el olvido, cuando Jaime Alejandre y la editorial Cuadernosdelaberinto recuperó la letra mayúscula y olvidada en el cajón de muchos de Elvira para sus HazVersidadespoéticas, volviendo a poner sus poemas en papel. A partir de este momento, y apoyada en la amistad y el buen trabajo de editores, poetas y amigos, Elvira ha conseguido contactar a través de internet con multitud de personas en todo el mundo. Su poesía directa, sincera, sin “paños calientes”, ha contaminado a miles y miles de lectores.
Un año después Elvira vuelve a publicar con CuadernosdelLaberinto. En este
caso es Laberinto Carnal, en el que a través de un camino de dolor y escollos nos dibuja un sincero pasaje a la integridad y la libertad:
...Y hay mujeres sencillas, con los ojos de agua
y la carne de harina,
que aman, trabajan, paren, se deshojan
aferradas a un sueño...
Elvira Daudet estaba (y sigue estando) en racha. La gente joven se le acerca, la gente mayor quiere compartir su palabra. Todo el mundo quiere escucharla y leerla. Participar en su verdad. Poco después se publica una antología de su obra poética, desde su primer poemario de 1959 a 2012, en este caso en Alacena Roja, y su presencia en los ámbitos poéticos, tanto presenciales como digitales, crece.
Y es en este momento cuando Elvira Daudet toca la fibra de un dolor que, si bien ya había sido pulsada en otras ocasiones, en este momento retumba con una potencia continua y casi insoportable. Es 2012, y Elvira publica su libro más doloroso, Cuaderno del delirio, en el que cuenta cómo el amor esconde los abismos de la pena y la soledad de una manera brutal y exacta. Cuando leí este libro tuve que comentar cada poema. Aquí os dejo el comentario.
Después de este dolor vino la editorial Lastura a acoger y dar hogar a dos nuevas antologías de la gran poeta rubia:
Antología poética (1959-2012) y Antología poética (2012-2014).
Y después de darnos un largo paseo por la poesía y la vida de Elvira, volvemos a Cuenca, a la calle Elvira Daudet, a los lectores y amigos que fuimos a celebrar un pedazo de tierra que llevará por siempre el nombre de la poesía.
La mujer de la ventana llamó por teléfono y seguramente le comentó a alguien cercano, incrédula, que estaba viendo cómo se inauguraba una calle, su calle. Y que para más Inri allí estaba ella, Elvira, saliendo de un coche como salen los poemas.
Así es como llegó Elvira Daudet a su homenaje, a la inauguración de su calle. Poetas y amigos nos juntamos como palos de una cabaña para acogerla, maestra y conocedora de todos los sabores.
Al igual que aquel día en que Elvira entró en aquel Café Gijón imponente, este soleado 17 de septiembre nos quedamos todos sin habla. Después de abrazos y alguna lágrima, fuimos a la RACAL (Real Academia Conquense de las Artes y las Letras) donde leímos poemas de Elvira o dedicados a ella.
Todo este homenaje fue posible gracias a sus amigos Paloma Corrales, Rafael Soler, Jaime Alejandre, Juana Vázquez, sus hijos y nietos, Enrique Gracia Trinidad, Lidia López, Paco Caro, Ana Ares, José Luis Torrego…y otros muchos que espero que si leen esto me perdonen el olvido (ya saben cómo somos los poetas).
Todo este sarao terminó como terminan estos homenajes, comiendo y bebiendo rodeados de amigos y arropando a la homenajeada.
Pero esto no es todo…
echando de nuevo un ojo a este artículo pienso, “qué aséptico te ha quedado, tío”. Y es que no hago justicia a Elvira, a aquel día ni a su poesía. Para intentar corregir este error quiero hablar de Elvira desde más cerca.
Con Elvira no hay términos medios. O la quieres o su sinceridad te asusta. A mí, por suerte, me pasó lo primero. En el hoy en día que nos cuentan, en el del miedo, en el que solamente puede ser un “todos contra todos”, aún hay gente que acuna. Hay gente que escucha. Y Elvira es una de esas personas. Encontrar una persona así de sabia y cercana es una suerte.
El primer día que nos encontramos, después de la presentación de un libro de Neorrabioso, flipé. Nos presentó una amiga en común, Paloma Corrales, y no sabía muy bien cómo reaccionar. Admiraba como un grupie a Elvira desde que escuché su entrevista (aquí), pero no conocía a personas mayores que pudieran ser amigas mías, que pudiéramos tener temas en común y a la vez que fuera accesible. Pero con Elvira fue diferente y desde aquel día hasta hoy estamos unidos por palabras en negrita y profundas que no se pierden por el tiempo.
En su poesía se nota esta capacidad de hacer “zoom sentimental”. Se acerca donde tienes la grieta (o la alegría) y ahí se queda, compartiendo. Y para acabar quiero compartir uno de los poemas de Elvira Daudet que más me gustan:
Me gustan los hombres que aguantan un gallo en la lengua para que no se despierten las nubes. Me gustan los animales de dos patas que tocan el xilófono en una espalda, con los dedos más meñiques y silenciosos de la historia.
Me gusta tu traje guardabosques, tu llave para la jaula del tigre que siempre pierdes, que nunca sabes en qué boca dejaste. Vivan sin lombrices ni sombra los hombres que ríen y dejan caer todos los cuchillos y no importa qué insulto llega a tu casa no importa. Que sigan saltando los jóvenes con ojos a tres cuerpos por segundo, a tres olas por cintura, borrachos en cada acantilado.
Me gustan las bocas abiertas que esperan la lluvia en verano tu dedo índice como inicio del mundo la llegada al perdón de las guerras al descanso del miedo de la sangre me gustas tu la enemiga de todos los mapas que no te alcanzan.
Alquimia de piel y negrura, palimpsesto del ayer y del mañana, somos sendero fuera de las calles y sus grises, hacemos la plegaria para evocar al mito, ancla y tallo del mundo vegetal que compartimos. Por tu calor estoy ciego, porque mis ojos no ven los esquinazos de lo necesario, de lo que hay que hacer, de sus estrategias, solo en tu cuerpo puedo moverme libre, sin moratones ni aguantar el aire. Porque debo en tu cuerpo no, en tu deseo no, en mi deseo te encuentro.
Porque estamos en la pecera de la habitación y desde aquí el mundo se sujeta, se ampara, se hace habitable. Porque seremos el camino al margen, su residuo, su temperatura que no cumpla las estadísticas sigo vivo. Porque el deber me ahoga yo debo acudir a ti, traquea, sistema respiratorio funcional, branquia donde hago las paces con el vivir, donde la pausa me alimenta.
En esto de la poesía, como en todos los fregaos donde me meto, creo más en el aprendizaje que en la volatilidad extraña de la suerte, del destino, de la predisposición.
Por eso, me extraña que haya poetas de renombre que nunca hayan comentado a otros poetas, que no hayan dicho: «joder, leed a este o a esta poeta, mirad lo que hace, aprended como yo he aprendido», y entiendo que este mutismo puede suceder por dos razones:
O bien no lees y por eso no te sientes interpelado por otros, por esa empatía con el dolor, con la alegría, con el amor del otro. O bien, sí que los lees, sí que sientes esa empatía, pero interpretas que nombrarlos en redes, difundir su(s) hallazgo(s) puede menoscabar tu posición en la fila del reconocimiento público.
A mí no me importa compartir este poema o a esta poeta contemporánea o no. Debo este oficio a aquellos que me dijeron «¿Conoces a Roque Dalton?, ¿a Angélica Liddel?», y por eso no puedo apropiarme de esos tesoros. Necesitamos que más personas sean sorprendidas por la poesía. Da igual si es mía o es de otros. Compartamos lo que nos hace humanos, combatamos el ruido con fraternidad y empatía con la emoción del otro.
Desnudos de Dios y su canción enferma como lluvia de abejas. Destruimos las instrucciones del misterio sagrado y no es fácil construir un mapa. El bien y el mal son un trabajo del colegio de tu hijo, cosas de niños, ideas impecables e inútiles.
Dios es el silencio a todas nuestras preguntas, el frontón donde chocamos de cabeza, una rotonda sin salida.
Nosotros somos la sagrada humanidad despertando de la siesta y encontrando sangre entre las sábanas. Encontrando hermanos muertos y la gravedad vertical de la herida, tumores negros como magnolias infectadas, la resaca de nuestro intento de olvidarlo todo y volver al aullido, no conocer el frío de la soledad.
No tenemos tiempo, ya es casi tarde, en las esquirlas de la felicidad encontramos a Dios, el sabor intermitente en la lengua, hacer pie un segundo, y seguir preguntando.
En la película de Julio Medem, Los amantes del Círculo polar ártico, hay una escena en que Ana, (Najwa Nimri), espera a Otto (Fele Martínez) sentada en una silla, enfrente de un lago a las afueras de Rovaniemi, en Finlandia. En pleno Círculo polar ártico. Y es entonces cuando el sol de la medianoche baila en el horizonte y no llega nunca la oscuridad.
Cuando vi esta película, Laponia era un lugar extraño, poético, en medio de la nada. Y a través de ella, de las relaciones de sus protagonistas, en mi cabeza se formó otra imagen, pero también poética, extraña, donde se podría esperar cualquier milagro. Y yo también quería esperar un milagro.
En mi caso, no fue Rovaniemi sino la ciudad sueca de Jokkmokk, a siete kilómetros de la línea invisible del Círculo polar ártico. Es diecinueve de mayo y el pueblo está muerto. Los hostales, vacíos, apenas esperan tu llegada. Todo el mundo dice que es la peor fecha para viajar a Laponia, o más correctamente, a Sapmi, el territorio donde viven los samis, pero quizá sea la mejor para encontrar silencio y lugares salvajes sin oír a algún compatriota espetar un, joder, ¿Aquí vive Papa Noel, no?, o sin que haya una marabunta de turistas en busca de trineos de perros y hoteles de hielo.
Jokkmokk es un pueblo hecho a lo ancho, sin problemas de espacio. Las casas se dejan respirar unas a otras y las calles son largas y vacías. Visito el museo sami, uno de los más importantes de esta nación, y conozco su manera de vivir. Me doy cuenta de su respeto por la naturaleza, sus costumbres, cómo sobreviven al frío y a los animales, y también descubro como los suecos, los noruegos, los fineses y los rusos han ido minando su población y sus recursos hasta condenarles a abandonar el nomadismo y adaptarse a la manera de vivir de estos países. Los países nórdicos, son muy respetuosos con las otras culturas y con el medio ambiente, pero incluso ellos también tienen cosas de qué avergonzarse.
Y después de desinflar el mito verde y tolerante de los nórdicos, me lanzo a la carretera a buscar algo invisible; el Círculo polar ártico, a siete kilómetros al sur de la ciudad. Como en esta época no hay apenas turistas, no hay medio motorizado salvo el taxi que me pueda llevar hasta allí. No me gustan los taxis en Suecia, debe ser por el precio, así que decido ir andando y haciendo autoestop esperando que alguien me lleve. Siete kilómetros parece poco, ¿no? En una media hora seguro que estoy ahí. Además, seguro que me coge alguien antes…
La carretera es un corte negro de alquitrán en medio de verde y azul. Los bosques y los lagos son mayoría en casi toda Suecia, y aquí arriba, donde apenas vive gente todo el año, dominan casi todo el terreno. Aunque los paisajes son espectaculares, andar por carretera siempre es bastante pesado. Los pocos coches que pasan silbando a tu lado, te recuerdan que aquí arriba también hay civilización aunque a ninguno le de la gana de parar para llevarte unos pocos kilómetros. Sigo andando, pensando sin parar cuantos kilómetros llevaré, a qué velocidad anda una persona, qué hacen los peces de los lagos cuando se congelan, y así sigo con mis divagaciones hasta que veo, a unos veinte metros, un rebaño de renos que cruza la carretera. Y se quedan parados. Y me miran.
Y yo, como lo más parecido que he visto a unos renos han sido las vacas de mi pueblo, me quedo parado también. Por si acaso. Los renos, cuando llevan a Papa Noel de un lado para otro, parecen muy majos, pero cuando te encuentras siete u ocho en medio de la carretera, a “tiro de embestida”, pues da un poco de miedo, la verdad. Afortunadamente, tras mirarnos un rato más, uno de ellos vuelve al bosque y el resto le sigue. Menos mal, ya puedo seguir.
Después de una hora y media viendo paisajes increíbles, llego al Círculo. Y en el Círculo polar ártico, encuentro una fila de piedras pintadas de color blanco que indican la línea imaginaria, un cartel, unos baños, y un chiringuito cerrado. Como un idiota, me hago la foto obligada y me siento en una de las piedras a esperar a Anna, a Otto, o la vuelta de los renos. No viene ninguno, y solamente para una furgoneta llena de alemanes que quieren ir al baño. El Círculo polar ártico es un desierto, joder. Pero me gusta que no haya nadie.
Acostumbrado a la rutina de luces y espectáculo, donde cualquier evento necesita neones, flyers o publicidad para ser visto, encontrar un lugar autosuficiente y especial por sí mismo es una sorpresa. Incluso en el fin del mundo. Creyendo haber encontrado mi milagro particular, vuelvo a la ciudad. El viaje de vuelta se hace más corto y los pájaros que no dejan de gritar y hacer cabriolas me parecen el mejor espectáculo del mundo.
contaminar el asfalto que cultiva la muerte, no dejar que su mala yerba me colonice.
Bañarse ahí, donde la memoria inunda la sed, donde se justifica el chapoteo en sangre de las agujas del reloj, su galope, la grieta donde florece la arruga.
Y ser, porque el otro crece en diluvio, boca repleta de «me gusta» donde naufragan los sabores.
Esquivar el perfil afilado, animal de jaula y código, pantano sin ahora ni mármol donde la piel se pudre.
En las entrañas de Lavapiés huelo el sudor de los jugadores, olor a marihuana y a mar.
Aquí, en el piso inferior de la basura de Madrid, donde se acumula la mierda de los perros y los ojos machacados por el viaje de los látigos.
Baloncesto como trozo de madera con termitas en el océano. Balsa rota e ilegal, pero balsa. Aquí se juega en el centro de la litrona rota.
Aquí agarras el nervio de Lavapiés, pero poco, da calambre y arde.
Aquí, en el Parque Casino de la Reina, futuro de España y vergüenza del presente blanco.
Aquí se juega baloncesto y reggaetón y coca y chocolate manoseado con susurro para turista.
Donde se celebra el sol en la cancha del esfuerzo, mezcla de músculo y red para los peces sin mar ni aire.
La línea del triple es una frontera para el policía, para el euro, dentro alternamos el hambre y los codos, celebramos la cancha como conquista, como huida hacia dentro, escondidos del paisaje telaraña de Madrid.
Aquí, mi casa, el centro del hueso de Madrid. Aquí, en el peligro, en la mezcla de hambre y moderneo, aquí, en el juego del niño negro y el niño chino y el niño paquistaní y el niño dominicano y el niño senegalés y el niño español. Aquí, donde juegan el niño y el niño.
Aquí, en el desguace, en el equilibrio, donde aún resiste la esperanza.
Participar en esta Naturaleza poética, bosque de letras imaginando por Miguel Ángel Vázquez / La imprenta, me ha hecho mucha ilusión. No solo por todos los grandes poetas con los que comparto ramas y hojas, sino por la savia del libro: La naturaleza.
El concepto de esta antología pone el acento en un tema olvidado por la poesía. Porque el mundo natural no solo está «para ir de puente o de vacaciones» sino que es la base de todo tipo de vida, incluso, fíjate, la humana❗️. Y reflexionar sobre ello nos alimenta a todos 🌱🌿🌳
Aquí tienes el enlace para comprar el libro:
https://asociacion-la-imprenta-estrategias-y-artefactos-cultura.sumup.link/producto/naturaleza-poetica-5
Me atraganté de horizonte, de mapas, de palabras y ojos ajenos. Otros idiomas, otras pieles, otros colores. En la mudez geográfica que sentí en mi adolescencia, en mi parálisis ideológica en forma de pueblo, yo soñaba camino y viaje, pulpas distintas en la boca. Cambiar mi corazón pequeño y tosco de jaras y guijarros por un corazón de alondra o imposible. Fueron varios países, varias casas, la caries de la muerte yo la tapaba con siembra del mundo: lagos, montañas, ciudades, cigarros, alcoholes, amigos y amores, el reverso del mapa.
Y en el hoy, en el presente cercano que habito, en la lupa que vivo por el día a día en el pueblo, aprendo los nombres de los pájaros, la pausa del rizoma o el caminar del musgo. De lo pequeño a lo grande, de lo grande a lo pequeño, así el caminar es fértil.
Hace 6 años apareció un libro llamado Cercanías. Fue mi segundo libro, estaba yo a estallar o estallando de amor y felicidad y fue en mi admirada editorial Baile del sol. En la misma editorial en la que habían publicado, entre otros, Ana Pérez Cañamares o Gsús Bonilla pero, sobre todo, mi admirado y querido Roque Dalton. Imaginad mi alegría. Y en esta ceguera feliz no se me ocurrió otra cosa que pedirle el prólogo a uno de mis poetas preferidos, en ese momento, seguramente, el que más.
Para mí Neorrabioso /Batania fue una gran vía de descubrimiento en este mundo de la poesía. Pensé que no se podía mezclar la metáfora aventurera con la realidad actualísima pero sí, ese hallazgo es posible y Batania ha dado cuenta de ello muchas veces. Lo sagrado del lenguaje más elevado con lo sagrado, también, de la cotidianidad más fresca. Qué fácil es decirlo y qué difícil es conseguir esta alquimia.
Para mí fue muy importante aquel prólogo, aquella opinión positiva desde alguien que no solo escribía poemas que me motivaban, sino que había leído tanto y que me decía: «chaval, vas bien, sigue escribiendo». Y aquí sigo, 6 años después, buscando nuevas vetas, nuevos elementos químicos y nuevas vivencias para hacer poemas. Siempre le estaré agradecido.
Son tiempos bastante feos. Pensamos que después de la pandemia habríamos aprendido a comportarnos entre nosotros, los humanos. Pero parece que no. Se empiezan guerras, se silencian desigualdades, sigue el odio. Y ojalá que no hiciera falta. Pero hay una puñalada, un dolor, que a algunos nos hace no mirar hacia otro lado (ojalá que a ti tampoco).
La última puñalada a la dignidad del pueblo Saharaui necesita una respuesta. Sé que solo somos poetas, que no podemos hacer mucho más, pero nuestra palabra puede ser altavoz y ayuda en forma de donación.
El 9 de abril, en Madrid, en la la Imprenta que capitanea Miguel Ángel Vázquez, haremos un recital de poesía, con sorteo, rifa, y otras sorpresas. Podéis participar como poetas, como asistentes o lo que se os ocurra. Escribid un mensaje a recitalsahara@gmail.com para organizar un poco y orientaros.
Al principio, antes de ser seleccionado, me pasé más de mil vidas dentro de mi casa, apretado junto a mis hermanos. Lo malo es que con esa oscuridad nadie veía nada y nos creíamos todos iguales y nadie sabía muy bien quién era quién. Pasaba el tiempo y nuestra vida la pasábamos charlando. Solo eso.
Pero un día, se hizo la luz. Ante nosotros apareció ella, aquella enorme y superlabial boca que nos prometía una vida corta pero intensa. Ese día también fue triste porque sabíamos que algún día tendríamos que morir. Consumirnos.
Sabíamos que tras esa luz que nos iba a dar la vida, uno a uno iríamos yéndonos y perderíamos la amistad que habíamos trabajado durante tanto tiempo.
En apenas un día se fueron casi todos, y cuando llegó la noche, tan solo quedábamos tres compañeros y yo. Yo no sé qué estaría pasando ahí fuera con esos labios sugerentes, esa saliva pegajosa que prometía aspirarme todo, pero intuía que mi salida del cartón era inminente.
Esa noche, Irene, la propietaria del paquete de tabaco donde está nuestro amigo, camina hacia la casa de su novio Tomás. Tan solo les separan 3 calles, pero para el camino, se va a fumar un cigarro. Abre el bolso, busca el paquete de tabaco, lo encuentra, abre la tapita rectangular y escoge uno. No es nuestro amigo. El cigarro elegido surca el aire y se posa suavemente, como una caricia, en la boca de Irene, que, tras buscar de nuevo, encuentra el mechero. Enciende el cigarro, lo llena de luz y fuego. Lo crea y lo mata.
Sigue andando por la calle y ya está a punto de llegar a la casa de Tomás, cuando de repente, aparece un vagabundo que le pide un cigarro. Irene no puede decir que no fuma, porque lleva uno en la boca y se siente mal cuando piensa en mentirle, «pobre hombre». Al final saca otro cigarro rápidamente y se lo ofrece. No. Tampoco es nuestro amigo.
Tras unos pocos pasos, la chica llega a la casa de su novio. Llama a la puerta, y este le abre con una sonrisa en la cara. «Cuánto has tardado», dice él. «No he podido correr más», dice ella.
Pasan al salón e Irene deja la chaqueta y el bolso en el sofá. «A ver qué te parece lo que he hecho de cena», «a ver, a ver», dice ella. Mientras, en el paquete de tabaco, nuestro cigarro espera su turno y desea que la chica no lo haya olvidado.
La pareja cena un poco de sushi y bebe una botella de vino blanco. Con el tiempo los montaditos de arroz se van acabando y el nivel de la botella va bajando. Tomás, en un ataque de pasión y tras unas frases recurrentes, se levanta y, tras tambalearse un poco por el vino, coge a Irene en brazos y la lleva trastabillándose hasta el dormitorio.
Allí se desvisten y se besan, se acarician y se disfrutan. Cuando los gemidos acaban, Irene, desnuda, llega al salón y busca el bolso. Abre el paquete de tabaco, agarra con sus dedos aún calientes de placer aquel último cigarro, y se lo pone en la boca. Lo sujeta sensualmente con los labios ligeramente apretados, mientras vuelve a buscar el mechero en el bolso. Lo enciende y vuelve a la cama.
Para él fue una luz. Un resplandor mortal, un calor que le tocó sutilmente y le encendió. Su vida acababa de empezar.
El cigarro fue pasando de boca en boca. Los dedos lo estrujaban cada vez como en una caricia, como si aquel tubito fuera parte también del ser amado. Aspiraban cerrando un poco los ojos, disfrutando, sintiendo las volutas de humo y el aroma a tabaco.
Esto era la vida. Para esto aquellas manos en China recogieron mi interior y me crearon. Todo fue para esto. Y merece la pena. Ya soy casi más huesos que carne, pero qué intensidad, qué gusto, qué sensación, que cal…y justo ahí, en ese momento, antes del estremecimiento total, la chica tomó lo que quedaba de ese cuerpo ya casi todo naranja, y lo espachurró en el cenicero de la mesilla de la noche.
Dentro de poco es el día de la poesía. Y a mí me gusta acordarme de que hace 9 años hice un recital en el Centro Comarcal de Humanidades de la Cabrera y no vino nadie. 0, ninguna persona. Aún así, recité a la gente que salió del teatro esa tarde 🎭 y no fue mal, vendí algunos fanzines.
Y hoy, 8 años después, aquí estoy, con 5 libros publicados y más de 1000 ejemplares vendidos. En esto de la poesía hay que ser muy pesao y seguir escribiendo, pase lo que pase.
La charla o taller se desarrolló en las Naves del Matadero, en Madrid, el sábado 26 de febrero de 2022.
Tomé notas, más o menos han quedado claras en mi cuaderno, pero si hay alguna cagada o inexactitud en este texto, la culpa será mía, mi mala memoria y/o mi mala letra. También puede ser que estuviera haciendo algún taller y no apuntara las cosas. Salva Soler domina perfectamente el qué, el cómo y el por qué de la poesía oral y los asistentes lo sentimos. Diría que la mitad más o menos repiten y ya estuvieron en la 2ª edición.
Salva nos cuenta que somos contadores de historias, que esa es la base. Parece simple, pero oye, cuando te enredas en cómo tienes que recitar, cómo tienes que mirar, qué tienes que hacer con las manos...pues se puede perder el foco de qué es lo primero y más importante.
Nos cuenta que todos tenemos una cadencia, y tenemos que usarla como herramienta, adaptando nuestro texto y siendo muy conscientes de qué vamos a contar y cómo lo vamos a hacer. Que todas las elecciones sean con sentido. El objetivo es ir a la verdad, al final es una carrera con uno mismo.
Qué hacer antes de que te toque interpretar tu poema: él comenta que él suele estar activo, respirar, forzar situaciones de respiraciones rápidas y lentas, bien por la nariz (para calmarese) o por la boca (para activarse).
También comenta que algo que suele servir, a la hora de memorizar y exponer un poema, es pensar en ese poema no como un texto ajeno, sino como una historia que estás contando a alguien conocido. Haber vivido el poema.
Es importante que, si se usa papel, no te encierre.
Los primeros 30 segundos que estás en el escenario sirven para aclimatarse, hay que ser consciente de ello para no exigirse la perfección en estos primeros momentos. Vendrá luego.
El poeta, como escritor y como representador del texto, es una herramienta para que el poema llegue al espectador. Nosotros fuimos importantes al crearlo, ahora «solo» lo interpretamos (las comillas las he puesto yo).
El contacto visual es importante. Hay que definir a quién le vamos a hablar durante el poema. Si puede ser alguien que esté en el centro del público, mejor. También se puede jugar con el texto y teorizar que hay varios destinatarios, etc. Distintos focos.
De todos modos, todas estas capas no deben distraernos de lo que hemos contado antes. Estamos contando una historia, esto es lo principal.
Comunicar es marcar las consonantes (ejercicio útil puede ser ponerse un bolígrafo en la boca para recitar el poema).
Contar con los matices de la propia historia, ninguna es plana, ni siempre hacia arriba ni siempre hacia abajo. Que esas subidas y bajadas sean porque el texto lo pide, que no sea gratuito o caprichoso.
El lenguaje no verbal es muy importante (en teoría, el 80 % del todo).
(Esta fue, más o menos, la charla teórica. Después hicimos varios ejercicios con nuestros textos. El primero, y que es el que más recuerdo, consistía en hacer varios grupos. Por turnos, cada uno se ponía en el centro y empezaba a recitar un poema de memoria (preferiblemente) sin apartar los ojos de los demás miembros del grupo. Estos, le indicarán emociones para que vaya adaptando el texto a ese tono, primero por orden (por ejemplo, en el sentido de las agujas del reloj), luego más rápido y luego de manera aleatoria).
Y chimpún. Os dejo un vídeo de uno de sus poemas, de regalo:
No puedo evitar escribir poesía, leer poesía, intentar saber qué es lo que pasa, por qué pasa así y no de otra manera. La poesía es mi martillo y mi lupa, mi selva y mi tomate. A través de ella os veo a vosotros y a través de ella me veis, aunque no os deis cuenta. No es fácil la mayor parte de las veces. Muchas veces duele, pero otras veces, cuando encuentro en un poema una manera de decir que me explica, cuyo mecanismo dulce de piezas y respiraciones me dice que no estoy solo, me siento feliz.
Sé que es difícil de explicar pero puedo decir que en la poesía conozco mejor y más intensamente. A pesar del daño, como decía.
Para poder entender el concepto jamsession debemos ir al origen, al concepto mismo de poesía oral. Antes de nada, debemos delimitar las diferencias que podemos encontrar entre esta poesía oral y la poesía escrita —y, por extensión, de su expresión oral y la escrita— y qué características tiene cada una de ellas y su evolución hasta el día de hoy.
Hay que tener en cuenta que el lenguaje es, en primer lugar, oral y después escrito. Aparte de nuestra propia experiencia personal (nosotros mismos como habladores/escuchadores, nosotros mismos como escribidores/lectores, en ambos casos codificadores/descifradores), solo cabe tener en cuenta el hecho de que, si el Homosapiens tiene 40 000 años, la escritura tiene apenas 6 000. Por lo tanto, cuando hablamos de escritura, estamos hablando de una oralidad evolucionada, un paso más allá: «la lengua hablada y la signada son la manifestación básica o primaria del lenguaje, mientras que la lengua escrita (…) es secundaria[1]».
Además, en las sociedades anteriores a la escritura, el uso del verso recitado «suponía una manera colectiva de asumir el mundo: los textos recitados en voz alta no dejaban traslucir la separación entre palabras y todo era un continuum, incluida la identificación entre voz y cuerpo, del que el público participaba también como una única entidad[2]».
Pero la expresión oral tenía una tremenda limitación: no se mantenía en el tiempo. Al menos no de una manera física, objetiva y perdurable. El lenguaje oral permanecía en el imaginario colectivo gracias al intercambio de información entre los individuos de la comunidad, pero modificándose, cargándose de (y perdiendo) diferentes sentidos y significados.
Por ello se buscó fijar el lenguaje, hacerlo perdurable, homogenizarlo e inevitablemente limitarlo (en la escritura se pierden muchas características que enriquecen un mensaje, dado su carácter unificador y utilitario). La aparición de códigos de escritura sistemáticos «representó un inmenso paso adelante en la historia de la humanidad, más profundo a su modo que el descubrimiento del fuego o de la rueda: porque si bien estos últimos facilitaron al hombre el dominio de su medio ambiente, la escritura ha sido la base del desarrollo de su conciencia y de su intelecto, de su comprensión de sí mismo y del mundo que lo rodea[3]».
Pero este avance, pese a la importancia que le otorga Diringer, no contó con unanimidad desde sus inicios. De sobra es conocida la opinión de Sócrates (en boca de Platón) sobre este tema en los Diálogos de Fedro[4]:
Ella no producirá sino el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria; fiados en este auxilio extraño abandonarán a caracteres materiales el cuidado de conservar los recuerdos, cuyo rastro habrá perdido su espíritu. Tú no has encontrado un medio de cultivar la memoria, sino de despertar reminiscencias; y das a tus discípulos la sombra de la ciencia y no la ciencia misma. Porque citando vean que pueden aprender muchas cosas sin maestros, se tendrán ya por sabios, y no serán más que ignorantes, en su mayor parte, y falsos sabios insoportables en el comercio de la vida.
En el caso de la poesía, pese a que existiera el lenguaje escrito, la modalidad más extendida fue la oral hasta hace apenas dos siglos, ya que «este gran cambio de la poesía oral a la escrita producido en el siglo XIX es debido, en parte, a que con el romanticismo se intensifica el valor de la intimidad (…) y del lirismo íntimo[5]», privilegiando la visión personal del autor frente a la obra colectiva. La poesía oral era entendida como intercambio, acto colectivo, no tanto como expresión propia y limitada del autor.
Este hecho es muy interesante, pues tiene ramificaciones en otros ámbitos que alcanzan, incluso, al cómo se distribuye el "producto cultural" y que veremos más adelante en este trabajo, ya que la publicación o manifestación del poema configura inevitablemente su difusión y la recepción por parte de la audiencia/los lectores.
Es muy interesante también que entendamos la poesía oral como "poesía primaria", inicial, porque por la deformación de lo conocido parece que lo normal, lo primario, es la poesía escrita y publicada. Y en cuanto al tipo de manifestación que supone la poesía oral que trataremos en este trabajo, estaríamos hablando del segundo tipo de oralidad según la clasificación que Paul Zumthor hizo en su libro Introducción a la poesía oral[6]:
existen tres tipos de oralidad teniendo en cuenta el papel que juegan las influencias culturales: la oralidad pura, sin ningún tipo de contacto con la escritura, propia de las sociedades arcaicas, primitivas, desaparecidas hace tiempo; la oralidad mixta o secundaria, en la cual hay contacto con la escritura y con los medios de comunicación, de manera que este hecho la condiciona y matiza; y la oralidad mediatizada, donde la voz, el lenguaje, pasa a ser un vehículo exterior técnicamente moldeado por los medios. La voz, en todas las manifestaciones de la oralidad, se convierte en una característica esencial: la voz como vehículo expresivo, como objeto comunicador; el tono de la voz, la fuerza, las melodías, las imitaciones. Y esta voz va acompañada de los gestos, las miradas, los movimientos, de suma importancia cuando hablamos de oralidad.
[1] Martínez Cantón, Clara Isabel. El auge de la nueva poesía oral. El caso del poetry slam. Castilla. Estudios de Literatura 3, 2012, p. 387.
[2] Carbajosa, Natalia. Oralidad, jazz y poesía, Jot Down, 21-09-2016. Enlace disponible en: http://www.jotdown.es/2016/09/oralidad-jazz-poesia-ruth-weiss/
[3] Diringer, David. Writing (Ancient Peoples and Places), Thames & Hudson, 1962, p. 19.
La charla o taller se desarrolló en las Naves del Matadero, en Madrid, el sábado 29 de enero de 2022. Había frío, pero también muchas ganas. Somos unas 15 personas y la mayoría es joven o muy joven (¡bien!). Tomé notas, más o menos han quedado claras en mi cuaderno, pero si hay alguna cagada o inexactitud en este texto, la culpa será mía, mi mala memoria y/o mi mala letra. Espero que la lectura de esta pequeña crónica sea tan o más divertida y provechosa de lo que fue la mía:
Marçal nos comenta, para empezar (o al menos así lo recuerdo yo). que la parte performativa, oral, de la poesía ha sufrido un gran olvido. Su charla de hoy va a intentar corregir ese olvido (esto lo digo yo). Nos cita la Poética de Aristóteles, que tiene un planteamiento oral pero también escrito, y también nos habla de la Retórica, en la que nos dice que se habla mucho de lo performativo. La parte visual de Aristóteles ha estado muy perdida hasta ahora.
Marçal nos comenta el término cantinela, que es una prosodia, ese «soniquete» que se tiene al leer poesía, más artificial que orgánica, y que hoy en día estamos repitiéndolas de poemas anteriores. No generamos cantinelas nuevas, desde nuestros propios poemas, que sean orgánicas y que sean el resultado de habernos arriesgado a jugar y probar.
Nos habla de Gabriela Ortega, declamadora flamenca, y que para él es la mejor declamadora que ha conocido/visto. Hizo su historia en Hispanoamérica y fue olvidada.
Comenta que hay que usar también en el verso libre los silencios y todas las herramientas posibles. El poema en el micro abierto es un poema en proceso, hay que aprender, está a prueba, pero hay que presentarlo también ante diversos públicos y así crecerá. Es muy importante grabarse y escucharse para mejorarlo y saber qué parte potenciar y qué no. Hay que buscar la eufonía, como el soneto, que es agradable al oído.
Al pensar en un poema de 3 minutos, debemos pensar cómo llenar ese espacio, las repeticiones, el final emotivo, etc. Es cuestión de método. Teoría del 70/30 (70 de subida y 30 de bajada)
La primera poeta conocida fue Enheduanna, que es parte de esta poesía antigua, de salmos y poesía oral, en la que la parte escrita es solo parte anecdótica de un mensaje oral, en un contexto concreto. En Grecia había 12 tipos declamatorios.
Marçal comenta que él ha escrito muchas veces el poema desde lo oral, no al revés. No un texto envuelto con un ritmo. Hay que jugar, probar cosas, ponerse en la posición de cambiar y mejorar. También es importante que trabajemos la dicción.
Como ejemplo de poema brutal, performativo, con cambios y colores dentro de él, en su prosodia, nos leyó el poema Sollozo por Pedro Ajara, de Efraín Jara Idrovo, poeta ecuatoriano. Enlace aquí:
https://www.youtube.com/watch?v=25eqi2MOL6E
A la hora de recitar hay que imaginarse arcos. La poesía anclada a arcos internos, arquitectura textual. Reescribir es ganar, la pérdida es ganancia. Arcos para saber desde donde, durante y dónde acabar.
Todo empezó una noche de chavalería, discoteca y pelo largo. Unas prisas inusitadas, provocadas seguramente por las ganas de cortejo, hicieron que saliera de casa con el pelo mojado. Ay, insensato. En diciembre, con un frío que helaba, mi frente navegaba las aceras como un Titanic. Pero yo también tuve mi iceberg. Llegué a la discoteca y me di cuenta de que se me había congelado el flequillo. Estalactitas. Yo, sin embargo, confiado y volátil, no hice demasiado caso.
Seguí varios años con pelo largo, a dos aguas, como un tejado clásico, o bien coleta o bien cinta de colores. Las posibilidades del pelo largo. Madre mía. Esta tercera opción fue la más conflictiva, creo. Llevar el pelo apretado durante horas no es un buen ejercicio capilar y su venganza fue mudarse, cambiar de aires, huir, la libertad.
Yo, desértico y nostálgico, añoro aquel tiempo de confianza y pelo largo.
Incógnita entre los ladrillos de la casa, empuja su hambre contra nuestras piernas, nos despierta con las vocales de sus patas, ombligo del hogar, asterisco de nuestro amor engorda en las riberas de nuestras manos, nos habita.