Montar
en el metro, en el tren o en el bus tiene algo de pausa. Durante un rato (cada
vez más con la falta de medios en los medios, mira qué cosas) tenemos que
enfocarnos en un libro o en una aplicación del móvil o yo que sé, pero ¡ah!, si
se te ha olvidado el móvil o el cuaderno o el libro, ¿qué hacer?
¿Que
qué hacer? Pensamos en qué hacer como si nuestra vida fuera el agua de un cubo
y estos pequeños tiempos muertos e “inútiles” la raja por donde se escapa
nuestro “aprovechamiento”. ¿Qué hacer? Pues hacer lo que se ha hecho siempre, mirar
a la gente, o el paisaje, o pensar en tus cosas o yoquésé.
Ya
sé que cuesta. Yo soy el primero que se lleva diecisiete libros en la mochila porsiacaso. Por si acaso quiero leer
ensayo, o poesía o esa novela que dejé a medias o vete tú a saber. Acumular
pasajes brillantes de novelas ineludibles TODOELRATO, agota. Hay que dejar
respirar un poco a la cabeza.
Parece
una gilipollez, justificar el dejar de hacer cosas como algo novedoso o útil,
pero es que joder, vale ya de tanta letra. La letra representa un mundo, ya sea
ficticio o real, pero si nos centramos en esas letras no vamos a tener la
capacidad para saltar por detrás y llegar a dónde nos quieren llevar.
Ya.
Ya lo sé. Ya sé que nadie lee y que lo que se lee es una mierda, o que si el mainstream y Belén Esteban y tal. Lo sé
y aun así he escrito este texto. Y no, no son cosas contrarias, está todo
relacionado. Creo que, como vemos que hay tanta mierda “ahí fuera”, nos
exigimos saber por todos. Por nuestros compañeros de oficina que preguntan en
alto “¿paisaje es con ge o con jota?”, por todos aquellos que dicen
orgullosamente “no, yo es que no leo mucho”. Y no, no es culpa nuestra.
Nosotros leemos porque nos apetece y porque encontramos cosas que nos
interesan, no por salvar el mundo.
Que
el placer de leer no se nos haga una obligación, cojonesya.