Islas divergentes

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Si todos fuéramos pobres



Víctor Jara, disco la población


Un día, el pequeño Luchín estaba jugando en la calle con un palo delgado y roto, y con sus piececitos descalzos y fríos. Estaba desnudo, y lo único que cubría su cuerpo eran sus mocos y el barro de la calle. Sus padres, Pancha y Floro, ambos de veintidós años, han salido a buscar cartones con unos amigos. El encargado de que no le pase nada al bebé es Jónatan, su hermano mayor, de seis años. Y como a Luchín nunca le pasa nada, se ha ido a jugar un rato a la pelota con unos amigos.

Luchín, cansado del palo, gatea entre barro y basura y ve la farola. Una farola que nunca ha funcionado. Que no tiene bombilla, que está oxidada y olvidada. Algunas personas, al pasar, se preguntan para qué sirve, y siguen andando. Nadie se preocupa por ella.

Y de allí, de la única farola del poblado, salen de su tripa, por debajo de una chapita, unos cables amarillos y verdes. Son de colorines, atractivos, y poco a poco, gateando, Luchín llega a ellos y los agarra con su manita derecha. Antes de electrocutarse del todo, el pequeño Luchín consigue lanzar un pequeño grito. Un perro sucio, pulgoso, que anda por ahí, empieza a ladrar y da la alarma. Pronto llega Jonatan, el responsable de cuidar de Luchín, y se lanza corriendo a ayudar a su hermano. Sus manos, también, aún pequeñas y desnudas, se quedan pegadas a su hermano por la energía que los traspasa.

Curiosos por los ladridos del perro, acude más gente al lugar, con sus pies descalzos entre el barro, su pelo enredado y sucio, y todos, poco a poco, intentan salvar a los pequeños. Llegan los padres, Pancha y Floro, y al ver lo que está pasando, dejan a un lado la chatarra y se lanzan con las manos encrespadas a salvar a sus hijos. Y como todos, se quedan ahí pegados, unidos, todos juntos.

Viene más y más gente que abandona sus quehaceres, por un momento, sus vidas, para ayudar a sus vecinos. Más y más gente se queda pegada a través de la carne, a través de unas manos sucias que han robado, algunas, que han drogado, otras, y la mayoría, que han sido usadas para un levantar un cazo de sopa o para coger un martillo.

El perro, un poco alejado, moviendo sus patas delanteras, sin atreverse a acercarse, sigue ladrando. Todo aquel grupo humano está unido, contagiado por una electricidad misteriosa y maldita, que, de repente, deja de circular por aquella farola vieja, oxidada.

Las personas, aturdidas, nerviosas, se miran las manos, miran los ojos de los otros, como se mueven todos. Siguen vivos. Alguien ríe y llora a la vez, nervioso, y es un llanto húmedo de vida. A este siguen otros y todo el mundo poco a poco se levanta, se palpa las espaldas cansadas y sucias, se abrazan con manos rotas y se besan con labios negros, partidos. Cada uno va a su hogar, abrazado a alguien, o solo y contento, y el perro, en la calle, ladra de nuevo y persigue una rata entre los cartones.