Islas divergentes

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Cambio de delantera centro


Svetana Valueva



Me dirijo a ustedes para comunicarles mi decisión:

Después de haber trotado las bandas de mis brazos durante seis años, después de meter cientos de goles de noches rojas y puntapiés, tantos puntapiés que las lenguas quedaron rojas y torcidas, he tomado la decisión de traspasar a mi delantera centro titular.

Elena, mi delantera estrella, mi equilibrista de quince quilates que ya no brilla, oxidadas las rodillas y los encuentros fortuitos a media tarde y que ahora uyyyyyyyyyyyyyy, cuando antes hat-trick, fuera los disparos a bocajarro que antes siempre al centro de la cama.

Y ahora, el vacío en el área pequeña de mi habitación, me ha llevado a sondear el supermercado de fichajes y conseguir, en un adelantamiento de carrito, el contacto de María, una potente jugadora de 236 besos-goles por marcar y un regate en corto que hace pestañear al defensor en lugar de meter la pierna (que se le ocurra meterle algo a cualquier defensor a mi jugadora estrella, a mi crack en las tripas, a la recientemente bautizada como “disparo a la escuadra si me mira”).

El contrato, que acaba de ser firmado a través de una noche vinculante, durará lo que duren las naranjas frescas sobre el terreno de besos. 

Discusión a trozos




SVETLANA VALUEVA


-No me importó que llenaras de piel las paredes de la habitación. Tampoco que cultivaras uñas recién cortadas en el felpudo, pero, joder cari, no aguanto que dejes tirados los brazos en medio del pasillo. Anoche me caí y me rompí tres besos del mes de abril.

-Ay, lo siento. Hay veces que me despisto, me desmonto, se me rebelan los brazos. Con rabia se me saltan las piezas y soy chorro. Otras veces soy sangre explosiva porque tu tan cerca...

-Pues esto habrá que arreglarlo. No puedes ir desaparramándote por la casa, ¿¡Qué dirán las visitas cuando encuentren una mirada tuya de dos metros de largo en medio del sofá!? ¿Cómo podremos comer lentejas si cada vez que enciendes la vitrocerámica, un recuerdo se te queda pegado en el botón de encendido? Cariño, me tienes que querer menos.

-Pero Antonio, cariño, no te enfades conmigo. Yo lo intento pero la culpa no es mía. Es la sangre la que explota.