Islas divergentes

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Un rato con Esther Peñas y María Negroni en el Teatro del Barrio (Madrid)

 Digamos que no fue nada importante, que hoy no hay portadas de periódicos reflejando lo que vivimos ayer en el Teatro del Barrio, pero a mí sí que me gustaría contar mis impresiones sobre lo que nos ofrecieron Esther Peñas y María Negroni ayer en el Teatro del Barrio de Madrid y cómo lo sentí. 

Para empezar, entré en la sala bastante impactado por ver un teatro lleno para ver y escuchar a una poeta. Me pareció ilusionante, así os lo digo, esperanzador. 

Para seguir, me gustaría hablar un poco de Esther Peñas, que hizo la presentación de la poeta invitada. Esther fue delicadísima, precisa y generosa en imágenes para mostrar a Negroni. Fue hermoso presenciar cómo nos hizo partícipes de su entusiasmo, no solo de la poesía de María Negroni, sino de la propia relación humana, poética que, como un chispazo, a veces sucede con la lectura o la conversación. De hecho, cuando Esther terminó su presentación, la autora argentina se quedó sin habla, un poco abrumada por el cariño y el alago sincero de su compañera de escenario. Fue tierno ser partícipe de esta amistad y admiración sincera. 

Nunca había visto a María Negroni. Ni siquiera en vídeo, y lo primero que sentí fue su delicadeza. Como si estuviera sujetada por pilares débiles pero convencidos, que dejaran salir una voz que habla y hablará sobre la esencia de las palabras, su materia imposible. Hizo una lectura de 3 o 4 poemas de 4 de sus libros y luego contestó algunas preguntas, pero la sensación que tuve al escucharla fue que compartía su duda por el lenguaje. Esto es lo que más me gustó. A diferencia de otros poetas que buscan analizar, abrazar y exprimir la palabra, María Negroni admitió en sus poemas precisos, deslumbrados y cómplices, que no entiende muy bien el proceso de la palabra y que le gustaría «escribir un libro sin palabras». Qué belleza y qué emocionante fue este encuentro de honestidad y pasión por la palabra y la poesía en un martes cualquiera en el que las palabras seguirán siendo insondables, pero un poco menos. 

Sucesos veraniegos

Nos informan de que en las últimas semanas se ha producido un extraño suceso en carretera de Colmenar Viejo dirección Madrid. Antonio Párpados está con Rodrigo Martín, responsable de la gasolinera ubicada en el kilómetro 23.


–Buenos días Rodrigo, ¿en qué consiste el susodicho suceso?, ¿usted lo ha presenciado?
–Buenos días, sí, cada mañana. Pues debe ser que ahora con el calor y el trabajo, no sé, la gente anda más enfurecía y claro, con las ventanas bajadas y eso, pues se nota más, se siente.
–Disculpe Rodrigo, pero no sé a qué se refiere.
–Pues a ver. Que la gente está mu quemá y un poco más adelante ya se empieza a formar el atasco y a esta altura se empieza a escuchar:
¡¡¡Me cago en todoooooooooooooooooooo!!!, por ejemplo, o un ¡¡¡estoy hasta las nariiiiiiiiceeeeeeeees!!!
¡Oh!
–Sí, sí, o se ponen a aullar como los lobos ¡¡¡aaaaaaauuuuuuuuuuuuuuuu!!!, sí, sí, que yo lo he visto y oído. Se agarran fuerte al volante y lo sueltan todo.
–Entonces, ¿usted cree que es gente hastiada de la monotonía diaria, almas libres que desean desconectarse de la rueda del trabajo que gira y gira?
–No, yo creo que es gente que está hasta los cojones de trabajar en verano.

Los baños de Plaza Castilla, el mito

 

Hacía tiempo que no pensaba en esto, quizá por mi mala memoria o quizá por mi salud mental. Pero el caso es que volví a pensar en Plaza Castilla, no la de ahora, sino la de antes, y sus baños medievales.

Nos ubicamos en 2006-2008, por ejemplo, y Madrid era una ciudad bastante diferente a la que es hoy. Mi entorno era de pueblo, de pueblos del norte de Madrid, y Plaza Castilla era algo así como un cuello de botella por el que había que pasar para acceder al Madrid de los botellones, las chicas y la cultura. Sí, también de la cultura. Porque en una época preinternet aún importaba la cultura, como algo limitado y misterioso.

A lo que iba.

Plaza Castilla era el lugar donde empezaba el día, después de una hora de viaje y atasco, y donde terminaba el día los fines de semana. Desde ahí nos lanzaban de vuelta al pueblo con algo más de dolor en el hígado, experiencias más o menos satisfactorias y una frustración más o menos creciente por no poder quedarnos en Madrid, evitarnos el bus.

Y en los recovecos del día estaban, siempre, a punto de fundirse por los meados nocturnos y el calor del sexo salvaje, sucio y poderoso, los baños de Plaza Castilla.

Parte 2

Bueno, sí, ya sabemos que no era South Park, pero lo que voy a contar es algo gore también y no había otro GIF que me cuadrara más. Bueno, al lío.

Estaba yo contando que bajar a Madrid empezó a volverse costumbre gracias a, mi caso, el bus 725 (línea de Madrid a Miraflores, con demasiados pueblos entremedias) y el 197 (línea de Torrelaguna a Madrid, e igual, con demasiados pueblos entremedias, incluso más aún que en la 725). Estos buses, que cortaban la mañana, la niebla, la oscuridad, pero se quedaban atrapados en el tiempo y no terminaban nunca de concluir su viaje, eran vehículos llenos de azar. Siempre pasaban cosas.

A ver, como leísteis en la primera parte, hace poco se me jodió el coche y no hubo más narices que subirme al 725, y es que fue un viaje en el tiempo. Los asientos siguen siendo delictivos, menos amplitud que en Ryanair, la comodidad sigue siendo un lujo y los conductores de hoy en día siguen creyendo que llevan entre los dedos un cubilete y no a seres vivos. Eso sí, el caso es que aluciné cuando vi que habían PUERTOS USB. Flipé. Y es que los autobuses que yo conocí, que nosotros vivimos, eran una caja de sorpresas. La mayoría de ellas pochas. Carcasas sin atornillar y que caían de los techos porque sí, luces que funcionaban o no, cinturones de seguridad que estaban o no, incluso pulsar el botón rojo de PARADA SOLICITADA era un acto de fe, pues no siempre funcionaba.

A ver. Seremos justos y no echaremos toda la culpa a los señores del Consorcio de transporte, porque los gañanes que solían subirse a los buses eran seres con la testosterona, la idiotez y la inconsciencia en empate técnico. Y la zona cero del mal eran las últimas filas del bus, como habréis podido imaginar, un lugar sin ley en el que el de mechero podía servir de brocha, una colección de lardos, con colores, texturas y humedades era nuestra particular pinacoteca y todo lo rompible roto o a punto. Podemos decir que entrar en esos buses era un salto a otra dimensión. A una peor, eso sí. Esto que cuento de los buses, rollo casi épico, con cierto halo de nostalgia, no quiero que se lleve a confusión: ERAN Y SON UN ÑORDO COMO LAS TORRES KIO. Y ahora más, con el palitroque ese que ya me dirás tú.

Parte 3

Pues sigo, una semana más, con el tema este de la nostalgia del horror, representado por los baños de Plaza Castilla y su ecosistema de orina y ocultismo. Porque al final, lo que sentíamos muchos chavales que pasábamos por estos baños, o por necesidad (que nos estábamos meando / cagando) o por curiosidad, era recibir el mundo homosexual de una forma asquerosa, medio perversa y con miedo. Porque la España o el Madrid de aquellos años y el Madrid de ahora no tienen nada que ver y la homosexual da cuenta de ello. Sé que sigue habiendo palizas, muertes y vejaciones por homofobia. Pero es que en aquellos años (hace unos 20 años, aproximadamente) la cosa era todavía mucho peor.

Los baños de Plaza Castilla, que eran una especie de baños de festival a las 4 de la mañana o los baños de los Uruk Hai después de las fiestas de su pueblo, eran un territorio hostil desde antes de entrar. Tenías que ir, para empezar, mirando cada poco tiempo el reloj para no perderte el bus, que en aquella época pasaba como cada hora, aproximadamente y perderlo suponía a veces morir de frío en el intercambiador, otras de calor y la mayoría de las veces, de aburrimiento.

El segundo paso era coger aire y, con ese aire más o menos limpio, tenías que entrar rápido, sin pensar, sin detenerse, sin hacerse preguntas, ni mucho menos hacérselas a nadie, encontrar un lugar esquinado, con un solo frente vulnerable y empezar a mear (digo mear porque cagar en ese antro era como cagar en el desembarco de Normandía). Había que ser rápido, efectivo y no ser curioso. Aún tengo algunos flashes de aberraciones de aquel baño rondándome la cabeza, muestras de arte corporal bastante innovadoras.

El tercer paso era mear lo más rápido posible, sin acercarte mucho al meadero, para no mancharte CON NADA pero tampoco demasiado lejos para que nadie te viera NADA. Esa distancia justa te podía salvar la vida.

Por último, con la misión cumplida, NO había que pasar por el lavamanos. El agua en esos baños fue siempre una quimera e intentar lavarse las manos podía interpretarse como alguna señal rara o vete tú a saber.

El último recuerdo que quiero compartir (sé que no está siendo agradable, lo siento) es el de un sitio aún peor. Porque los baños de Plaza Castilla se cerraban en algún momento de la noche y, algunas personas, decepcionadas o enfadadas, habían decidido mear en un esquinazo al lado de la puerta. Esta tradición, declaran algunos arqueólogos, viendo el nivel de corrosión del metal, podría llegar hasta la época de El Cid Campeador.

Ahora se habla mucho del MacroProyecto de Madrid Chamartín Norte, o algo así, que seguramente cambie nuestras vidas a mejor y para ser más europeos y tal, pero para siempre quedará en nuestra memoria (qué remedio) el haber sobrevivido a aquellos baños del infierno, a nuestra propia mili del asco.

Pues sí, estos eran aquellos valientes guerreros de los que os he hablado

2015 - Poema inédito

En las entrañas de Lavapiés huelo el sudor de los jugadores,
olor a marihuana y a mar.

Aquí, en el piso inferior de la basura de Madrid,
donde se acumula la mierda de los perros y los ojos machacados por el viaje de los látigos.

Baloncesto como trozo de madera con termitas en el océano.
Balsa rota e ilegal, pero balsa.
Aquí se juega en el centro de la litrona rota.

Aquí agarras el nervio de Lavapiés,
pero poco,
da calambre y arde.

Aquí, en el Parque Casino de la Reina,
futuro de España y vergüenza del presente blanco.

Aquí se juega baloncesto y reggaetón y coca y chocolate manoseado con susurro para turista.

Donde se celebra el sol en la cancha del esfuerzo,
mezcla de músculo y red para los peces sin mar ni aire.

La línea del triple es una frontera para el policía, para el euro,
dentro alternamos el hambre y los codos,
celebramos la cancha como conquista,
como huida hacia dentro, escondidos del paisaje telaraña de Madrid.

Aquí, mi casa, el centro del hueso de Madrid.
Aquí, en el peligro, en la mezcla de hambre y moderneo, aquí, en el juego del niño negro y el niño chino y el niño paquistaní y el niño dominicano y el niño senegalés y el niño español.
Aquí, donde juegan el niño y el niño.

Aquí, en el desguace, en el equilibrio,
donde aún resiste la esperanza.

 

Por la dignidad del pueblo Saharaui, contra el olvido

 

Son tiempos bastante feos. Pensamos que después de la pandemia habríamos aprendido a comportarnos entre nosotros, los humanos. Pero parece que no. Se empiezan guerras, se silencian desigualdades, sigue el odio. Y ojalá que no hiciera falta. Pero hay una puñalada, un dolor, que a algunos nos hace no mirar hacia otro lado (ojalá que a ti tampoco).

La última puñalada a la dignidad del pueblo Saharaui necesita una respuesta. Sé que solo somos poetas, que no podemos hacer mucho más, pero nuestra palabra puede ser altavoz y ayuda en forma de donación.

El 9 de abril, en Madrid, en la la Imprenta que capitanea Miguel Ángel Vázquez, haremos un recital de poesía, con sorteo, rifa, y otras sorpresas. Podéis participar como poetas, como asistentes o lo que se os ocurra. Escribid un mensaje a recitalsahara@gmail.com para organizar un poco y orientaros.

¡Sois todos bienvenidos, sois todas bienvenidas!

(El 100% de los beneficios irán destinados a FEMAS (http://femas-sahara.org/)

Compartid y que la fraternidad haga florecer un desierto

9/11/2021

 

Antes de que llegara la lluvia de incertidumbre de la #pandemia, antes de que todo perdiera sentido y fuerza, yo vivía en Marqués de Vadillo - Madrid, en una tardoadolescencia, compartiendo piso con tardoadolescentes como yo. Estudiaba oposiciones a tiempo completo y racionaba ahorros como quien se permite comer chocolates tras las comidas. Poco a poco pero saboreando el esfuerzo, la constancia.

Hoy he vuelto a pasar por aquí, a subir en metro, a sentirme urbanita y moderno, a vivir el caos de Madrid. Y más allá de lo que esperaba sentir, una de miedo y expectación por la ciudad-civilización que se deshace, lo que he sentido ha sido tristeza. Enorme. Y no por mí, sino por todos. Por la incapacidad de generar alegría colectiva y pringarnos por ella justo ahora que estamos vivos. Hoy he sido consciente de que estamos unos cuantos meses más cerca de la muerte y que no hemos podido vivir como nos hubiese gustado. Y esto es grave. Y es grave que nos esté pasando a todos. Nadie levanta la vista por la calle, nadie sonríe, todo está vacío, escondido, esperando que vuelva la buena época. Y ojalá que sí, ojalá que disminuya la tristeza, el paro, la multitud de personas que se han quedado sin destino, sin esperanza, sin posibilidad de rellenar los días y las semanas con algo que brille.

Ojalá tú, que estás leyendo esto, encuentres aún motivos para celebrar estar vivo, rodeado de amigos, de familia, de alguien que te mire a los ojos y te diga «me haces feliz», «gracias por este fin de semana» o, simplemente, «buenos días».

Cercanías o más acá del bien que del mal (Prólogo de Neorrabioso al libro Cercanías, Baile del sol, 2016)

 

Se ha salvado. El lector que tenga en sus manos este libro de Jorge García Torrego se va a encontrar con un poeta que se ha salvado tanto del preciosismo retórico como de la pobreza expresiva, lo mismo de la poesía que desprecia la claridad en el significado como de la que renuncia a las fuerzas del idioma. Ya en el mismo primer verso del libro,

En la muerte se deshacen las vidas como aspirinas sagradas

se propone de manera palmaria la técnica que va a ir desarrollando en el resto del poemario, una técnica que consiste en utilizar las metáforas no para decorar o sustituir
sino para iluminar lo que quiere decirse. En este caso que pongo de ejemplo, la unión de dos elementos en apariencia tan disímiles como muerte y aspirina nos alumbra una manera nueva de muerte que se sitúa tan lejana de la descripción estricta como de la imagen extravagante, porque García Torrego, que rehúye tanto lo informativo como lo abstracto o alucinado, no nos cuenta las cosas sino que muchas veces las crea, y eso le basta para ser entre los nuestros un poeta que se ha salvado. Pero antes de nada quizá deba aclarar qué entiendo por los nuestros. Y de qué tenía que salvarse.

Los nuestros

Nosotros pertenecemos a una generación de poetas que llegó al Bukowski Club entre 2006 y 2012 y cuyos integrantes, herederos en algunos rasgos de los antiguos cazurros o juglares de la Edad Media, nos hemos beneficiado de la aparición de Internet y las redes sociales para llegar con facilidad al público. Una de las características principales de casi todos nosotros es que no dominamos o incluso rechazamos la mayor parte del edificio métrico o la tradición poética en español, bien porque nos parece demasiado formal o cursi o restrictiva, o bien porque la manera de enseñar poesía en la escuela nos hizo echar a
correr como el lobo de La Fontaine, que sigue corriendo todavía.

Así fue. La poesía del siglo de oro no nos interesaba por sus formas antiguas y la de la edad moderna, con las golondrinas de Bécquer, la espina de Machado, los gitanos de Lorca, los malvas de Juan Ramón Jiménez, la mar de Alberti, el río Duero de Gerardo Diego o la
princesa tristona de Rubén Darío, nos parecía una tomadura de pelo o una colección de pamplinas. No digo que esta poesía sea mala sino subrayo que no conectaba
entonces con aquellos chicos de doce años con urgencias por hacerse mayores; que era demasiado exquisita y artificial para esas edades de los primeros cigarros y los primeros tacos, cuando bebíamos los primeros calimochos y empezábamos a mirar al otro sexo de manera distinta. Incluso nos repelía. Buscábamos algo más duro. Más auténtico. Seguramente habría sido distinto si nos hubieran mostrado a su debido tiempo la parte tigre o sorprendente de la poesía moderna en español, como el Poeta Nueva York de Lorca, el Sobre los ángeles de Alberti, el España en el corazón de Neruda, la Rosalía de Cantares gallegos, el Hijos de la ira de Dámaso Alonso, el Otero más político, el Vallejo de Poemas humanos, el Darío metafísico o el Juan Ramón Jiménez tardío, pero esos poemas no los descubrimos con un mínimo de detenimiento hasta segundo de BUP, ya con 16 años, y
siempre con la obligación de tener que hacerles el “análisis morfosintáctico”. Por otra parte, la lección de los historiadores antiguos (pienso en Herodoto, Suetonio, Tácito, Plutarco o Diógenes Laercio), que aderezaban el rigor histórico con la anécdota y el chisme más sabroso, parece haberse olvidado y la presentación que se nos hizo de los poetas españoles era poco menos que la de unos santos con catecismo y aureola. En las escuelas
españolas, al menos en las de antes, nadie te decía que fray Luis de León era un hombre de 1’55 con un temperamento de mucho cuidado, o que Juan de Yepes se comió literalmente los documentos comprometedores cuando fueron a detenerle los frailes calzados, o que
Teresa de Ávila era acusada de prostituir jovencitas, o que Lope de Vega iba amontonando esposas, amantes e hijos; o que Quevedo era cojo, misógino y xenófobo, o que Antonio Machado tenía relaciones sexuales con una niña (Leonor) de catorce años, o que Pedro Salinas debe sus poemas de amor a una infidelidad, o que los del 27 utilizaban la Residencia de Estudiantes para tareas tan instructivas como organizar concursos de pedos para
apagar velas. No. Nuestra clase de literatura consistía en un temario beato donde te enseñaban poemas fríos y perfectos escritos por poetas que nunca jamás desobedecieron
a sus padres. Y claro.

De ahí que se haya abierto una zanja entre los poetas de otras generaciones y nosotros. Mientras que ellos buscaban poetas apolíneos de tradición española, nosotros leíamos a los intempestivos en (malas) traducciones extranjeras; mientras ellos cultivaban un oído silábicoacentual, el nuestro era sintáctico y colindante con la prosa; mientras ellos hicieron sus primeras armas leyendo la Segunda Antolojía juanramoniana, nosotros buscábamos
a Blake, Baudelaire, Rimbaud, Lautréamont, Artaud, Ginsberg, Kerouac, Corso, Brecht, Bukowski, Pizarnik, Sexton, Benedetti, Lizano, Parra o Leopoldo María Panero, porque era en éstos donde encontrábamos esa poesía callejera, dura, cortante, a veces crítica,
a veces transgresora, a veces vandálica, escrita por locos, rebeldes, borrachos, inadaptados o personas con el cerebro a-punto-de-romperse. Buscábamos una poesía real
e intensa. Una poesía de los colmos.

Y de unos extremos pasamos a otros. De una poesía eufónica que para leerla había que quitarle primero el plástico, pasamos a hacer otra que de tan sencilla caía muchas
veces en simplona. De usar las setecientas palabras más difíciles del diccionario, todas de hipsípila para arriba, pasamos a usar las setecientas más fáciles, todas de cerveza
para abajo. Pasamos de lo virginal y sublimatorio a lo arrítmico y pornográfico. No quiero decir con esto que haya estilos de poesía que sean mejores que otros. No. Y mucho menos quiero denunciar a la poesía narrativa de corte realista, que ha dado y sigue dando en los bares de Madrid algunos poetas estupendos, tanto en su vertiente oral como en la escrita. Pero cuando acudes a una jam session y te encuentras que, siguiendo la naturaleza imitativa del ser humano, el 90% de los poetas que recitan no se atreven nunca a romper la sintaxis, tienen miedo a las miedáforas y piensan que las imágenes son cosa de Instagram, te dices: aquí hay un problema. Y cuando te das cuenta de que por cada poeta decente que sale en esta línea surgen diez que no solo son deplorables sino una palabra más grave que todavía está por inventarse, te dices: aquí hay un problema grande. Y justo de ese riesgo es del que hablo. El riesgo del que hay que salvarse.

Cercanías
Y García Torrego se salvó, claro. Comenzó como todos: lo recuerdo viniendo a las sesiones de crítica feroz del bar Dinosaurio con unos poemas sociales meramente contenidistas, ausentes de veneno y lirismo, que fue abandonando a medida que acumulaba lecturas y empezaba a frecuentar a otros poetas lejanos al circuito de los bares, detalle este inusual en la mayoría de los poetas. Al poco tiempo comenzó a aparecer con poemas donde ya
hacía esguinces al idioma, como apuntándose a aquella definición de Jacobson según la cual la literatura es una violencia organizada que se hace sobre el lenguaje ordinario, y ya en 2014 publicó Ojo y ventana (Canalla Ediciones), donde se vislumbran embrionarias todas las maneras de decir que salen ampliadas y mejoradas en Cercanías. Cercanías está estructurado en seis partes, las tres últimas sobre los vaivenes del amor, y trae de novedad con el poemario anterior, además de la mejora en la carrocería de los poemas, la estructura más firme y la visión más profunda. Esto de la visión me parece muy importante y es un elemento que echo en falta en la mayoría de los poetas actuales. Cuando hablo de visión hablo de sustancia. En efecto, aparte de las maneras de decir, ¿qué proyecto de existencia me propone el poemario, si es que tiene alguno? ¿Qué raíces guarda con el pasado? ¿Con qué otras disciplinas establece conversación? ¿A cuántas capas de lo humano afecta?

La clave la da el propio nombre, Cercanías. Parece decirnos JGT que todo en este mundo, lo mismo lo físico que lo metafísico, la amistad que el amor, el trabajo o la política, Miraflores que Torrelaguna, Madrid o España o el planeta Tierra, en el momento en que uno se preocupa por ellos y los quiere, se convierten en cercanía. Y es el ojo del poeta, el de cada uno, el que elije lo que es cercano de una forma discriminadora y asimétrica, basada sobre todo en criterios de amor y justicia. Por eso el poeta se refiere de forma negativa al capitalismo oa la patria, a los mandamases o a los explotadores, a los que encuentra lejanos, y en cambio encuentra cercanos a los inmigrantes porque, como dice en el epígrafe de un poema: “mirarse en los ojos de otro / que no conoces /que no conocerás nunca / y saber que es tu hermano, / que siempre lo ha sido”. Parafraseando y negando a Nietzsche, podríamos decir que JGT siente el bien más acá. Y el mal más allá.

Consigue así un poemario donde el pluralismo es a la vez monismo, con vasos comunicantes que desembocan en una unidad de la que se extraen varias consecuencias, pues nos está diciendo García Torrego que, en puridad, no existe una división entre lo público y lo privado o entre lo barrional, lo nacional y lo universal, lo mismo que no existen diferencias esenciales entre la familia, el amigo, la novia o el trabajador de Indochina, y que el único dualismo existente es, en todo caso, el que se establece entre los que tratan de vivir y los inicuos y depredadores que no nos dejan vivir, sean de donde sean, ocupen la categoría que ocupen. Y logra esto utilizando un lenguaje que marca distancias tanto con los que elevan el registro poemático porque desprecian al lector como con los que lo rebajan tanto que parece que lo toman por tonto. JGT rompe la sintaxis, utiliza metáforas audaces y asociaciones insólitas, adjetiva sustantivos y sustantiva adjetivos, pero siempre lo hace a la luz y con los pies en el suelo: puede torcer y retorcer el lenguaje pero nunca al punto de hacer dificultoso su significado.

Vivíamos dudando entre el violín y el tambor cuando llegó Jorge García Torrego. Allí donde empezaba a sonarlo mismo se puso a sonar distinto. En Cercanías se acaba el enfrentamiento entre la ilustración y el romanticismo y la polémica entre Lukács y Brecht deja de tener sentido. Este poeta no se ha entregado por entero ni a la res ni ala verba de Horacio y ha preferido aunarlas con maestría. Lo ha conseguido y por eso sostengo que se ha salvado. Se ha salvado el poeta y se ha salvado la poesía.

Batania

Diablos azules / Lata peinada

Presentaciones de Hogar

Ha llegado ya mi nuevo libro, que se llama hogar porque es un hogar. Porque tiene ladrillos y ventanas, puertas y camas. Tiene la espuma que lava los platos y la espuma que nos despierta por la mañana o nos afeita. Es un hogar porque resguarda, porque escribirlo me ha hecho entrar en calor y dejar la intemperie. Pero, si me salgo de esta casa y miro hacia arriba, me da por pensar. En 2014 saqué mi primer libro y, en 6 años, 5 libros publicados, y...¿tenía tanto que decir?, ¿por qué tanta prisa?, ¿por qué no convivir un poco más de tiempo con cada libro, macerar el placer, el dolor? Pues me/os contesto: por necesidad. Porque un libro escrito es un libro parido y es un libro hecho. Un libro que descansa en las baldas de las tripas es un libro que busca aire y no tiene aire, es un libro que busca otros ojos que lo lean y, si no, pierde forma. 

Voy a estar presentándolo por aquí y por allá, si queréis venir a conocer mi casa, lo que tengo que decir, pinchad aquí para más señas.


 



 


Concierto de Sílvia Pérez Cruz y Raül Fernández Miró en el teatro Nuevo Apolo de Madrid en plan chorro, ventisca o tobogán ardiendo

20:40 en la Plaza de Tirso de Molina. Frontera de Lavapiés y Madrid y ayer un día como otro cualquiera y de repente Sílvia Pérez Cruz estallando como sonríen las granadas, las que huelen a sol y pólvora.



Sílvia y su vestido rojo surgida de las tripas del teatro Nuevo Apolo, como quien surge submarina de un remolino o un choque de tormentas. Acompañada por Raül Fernández Miró, a la guitarra, ahí, en el centro del escenario frente a cientos de ojos dispuestos a escuchar. 


Lunes por la tarde sin las telarañas de la semana que se despereza. Aquí no se hacen hogueras, dice el cartel a la entrada del teatro, pero Sílvia es baile alrededor del fuego, jugando con las sombras y el calor de su voz como inflan los niños sus globos. Riendo y todo fuera.

Granada es su disco, su plaza de pueblo donde se encuentran sus canciones a tomar el fresco con nosotros. Canciones escogidas y adoptadas por Sílvia y Raül como quien acoge huérfanos en medio de la lluvia. Y no porque estas canciones, todas ya maduras con paraguas y arteria propia necesitaran que Silvia las acogiera. No es eso. Lo de Silvia es otra cosa.

Como los buenos amigos que te llevan a su casa y te invitan a tomar algo y te dan ganas de quedarte a vivir siempre ahí, en su voz y en su sonrisa, en sus canciones, como si afuera, en la calle, solo te esperara el frío.

García Lorca mirando por un agujero. La sangre de Miguel Hernández tiembla en las cunetas sin rescate. Enrique Morente resucita un segundo tan solo para llenarse el oído y Edith Piaf y Schumann de pie como si el tiempo no doliera ni olvidara.
Canciones de todo tipo. Canciones acunadas y canciones acantilado en medio de las butacas. Una isla atravesada en el escenario lanzada al océano de los espectadores. La oscuridad jugando con la voz de Sílvia Pérez Cruz. Un charco en lo negro del teatro para cada nota de las guitarras de Raül, para cada uno de sus brazos con cuerdas.

Y lo mejor es el contraste. Contraste por la grieta entre normalidad y caballo suelto, entre ir a comprar la fruta y un segundo después estalla una granada en el pecho y te deja perdido de humanidad. Así, a lo bestia. Como quien se acuerda de la vida en medio de la cola del pan o en el oficina. A un centímetro de su ojo y sin embargo.

Que se nos viene encima. Que suena la grieta del muro cotidiano.

¡Señoras y señores, tengan cuidado, que aquí no se canta dentro del horario ni se guarda fuego para mañana! Que aquí ni lunes ni octubre ni parada de trenes.
Aquí hay inundaciones y lo cotidiano dado la vuelta. Aquí se bucea a pulmón y a chorro dentro de la casa, y Sílvia Pérez Cruz convertida en oleaje, golpeando nuestros oídos sin guardarse nada, descalza y con ganas de piel roja, como la más india atándose el pelo en el mejor y más alto precipicio del mundo. 





Celebremos que aún hay conciertos. Que aún huele el aire a palomitas y a instante a punto de caída kamikaze. Celebremos las tormentas, quedarse empapado y volver a la calle como si nos hubieran secuestrado y cuidado a partes iguales. Celebremos a Sílvia y su granada explosión voz y fuerza.



Presentación el pasado jueves 10 de julio por Pepe Ramos en Vergüenza Ajena



Jorge García Torrego se crió entre Miraflores de la Sierra y Torrelaguna, de ahí esa mirada asilvestrada cuando viene con un trotecillo alegre, que parece que ríe cual si fuese el mismo Platero. Él es peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Tiene veintisiete años y se dedica al periodismo, lo cual según dice él mismo últimamente se reduce a ventriloquía. Lo que si que es cierto es que es un excelente corresponsal de su vida, como nos demuestra en cada poema, porque su poesía está salpicada no solo de expresiones deslumbrantes de inteligencia, sino que además rezuma vida por cada uno de sus versos. Imaginativos, ricos en imágenes y nada previsibles, sus poemas hablan de lo que hay, de un esto tangible y no de los cerros de Úbeda. Poesía viva, en resumen, de impecable factura y sin IVA y sin tonterías y sin ningún postureo de los habituales en el mundillo. 



Madrid


Si al menos se acordara la lluvia de sus labios aún habría esperanza. Pero la lluvia golpea la ciudad sin memoria, cansada de inutilidad y humo triste. Agua sucia rompiendo intestino del metro y la gente llega tarde a su celda. Nada más. El concierto frenético de coches y sangre asustó a la tierra, se cerró de golpe y los gusanos y el cristal se reproducen bajo los edificios. Todos queremos nuestro agujero de tristeza pero no hay nadie que plante un olivo. Ni una sola cabra que escale los rascacielos cuchillo. Quien agarre algo en la ciudad es mejor que lo guarde, se acercan los osos hormigueros municipales a oler tu sobaco.



El Retiro pide ardillas para Reyes a los gorilas del Ayuntamiento que partieron sus ramas. Cualquier cordón de zapato tira al suelo a familias enteras, no hay salida de emergencia y es necesario ser gilipollas para disfrutar la película y el salario. Se ha visto a niños supervivientes en las grietas de la ciudad, pero solo pueden jugar a la pelota los hijos de las iguanas bancarias. El resto juegan con remolachas o lechugas podridas, huyendo de la economía que huele a boñiga.



Madrid empachada de plumas, y la tripa sigue vacía. Se amontonan los años en nuestra conciencia y aún no hicimos nada, los deberes se nos acumulan y la mochila nos tira al suelo. Estamos cansados antes de empezar. No hemos abierto la boca y ya se nos mete la mosca del miedo.



En Madrid se pide a Dios que no mueva una coma, que nadie sacuda la ceniza de las aceras que bastante tenemos ya con mirarnos a los ojos.



No hay ejército de indios que asome a lo lejos. Nadie nos salvará y flores por el suelo, pero si quieres yo te dejo sitio aquí, en mi barricada de poesía y ladrido. 




Señor de Madrid


Yo crecí con la fuerza de mis muertos
con la fuerza de mi montaña,
de mi oscura torre de huesos.

Señor de Madrid que estiras la barbilla y estudias los laberintos
no conoces la profundidad de mi mano
no sabes que yo fui el que descubrió América en el pueblo de al lado
el que ganó la batalla
el que no se cansó de pasear siempre
el mismo camino.

Señor de Madrid que inventaste el coche
y te salieron tres cucarachas de la ropa,
Señor de Madrid que abriste la nevera y se te pudrió el campo
el atardecer,
los rabilargos de la tarde.

¿De qué barrio eres? me preguntas,
¿De qué marca?
¿De qué ruido?
¿De qué polución, de qué semáforo, de qué parada de parados de metro?

Y yo te digo, Señor de Madrid,
que soy de tierra, que soy de pan,
que soy de manzana, que soy de mañana
y que tengo mi columna de muertos llena de esperanza,
llena de ciempiés que no terminan
nunca
de beber su sangre

Mi sangre.