Islas divergentes

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Relato inédito | 2010




Cuando el niño levantó la vista de la pantalla ya era un hombre. Y cuando el hombre levantó la vista de la pantalla ya estaba muerto.

(Imagen de Tetsuya Ishida).

Hace 12 años

 

En la película de Julio Medem, Los amantes del Círculo polar ártico, hay una escena en que Ana, (Najwa Nimri), espera a Otto (Fele Martínez) sentada en una silla, enfrente de un lago a las afueras de Rovaniemi, en Finlandia. En pleno Círculo polar ártico. Y es entonces cuando el sol de la medianoche baila en el horizonte y no llega nunca la oscuridad.

Cuando vi esta película, Laponia era un lugar extraño, poético, en medio de la nada. Y a través de ella, de las relaciones de sus protagonistas, en mi cabeza se formó otra imagen, pero también poética, extraña, donde se podría esperar cualquier milagro. Y yo también quería esperar un milagro.

En mi caso, no fue Rovaniemi sino la ciudad sueca de Jokkmokk, a siete kilómetros de la línea invisible del Círculo polar ártico. Es diecinueve de mayo y el pueblo está muerto. Los hostales, vacíos, apenas esperan tu llegada. Todo el mundo dice que es la peor fecha para viajar a Laponia, o más correctamente, a Sapmi, el territorio donde viven los samis, pero quizá sea la mejor para encontrar silencio y lugares salvajes sin oír a algún compatriota espetar un, joder, ¿Aquí vive Papa Noel, no?, o sin que haya una marabunta de turistas en busca de trineos de perros y hoteles de hielo.

Jokkmokk es un pueblo hecho a lo ancho, sin problemas de espacio. Las casas se dejan respirar unas a otras y las calles son largas y vacías. Visito el museo sami, uno de los más importantes de esta nación, y conozco su manera de vivir. Me doy cuenta de su respeto por la naturaleza, sus costumbres, cómo sobreviven al frío y a los animales, y también descubro como los suecos, los noruegos, los fineses y los rusos han ido minando su población y sus recursos hasta condenarles a abandonar el nomadismo y adaptarse a la manera de vivir de estos países. Los países nórdicos, son muy respetuosos con las otras culturas y con el medio ambiente, pero incluso ellos también tienen cosas de qué avergonzarse.

Y después de desinflar el mito verde y tolerante de los nórdicos, me lanzo a la carretera a buscar algo invisible; el Círculo polar ártico, a siete kilómetros al sur de la ciudad. Como en esta época no hay apenas turistas, no hay medio motorizado salvo el taxi que me pueda llevar hasta allí. No me gustan los taxis en Suecia, debe ser por el precio, así que decido ir andando y haciendo autoestop esperando que alguien me lleve. Siete kilómetros parece poco, ¿no? En una media hora seguro que estoy ahí. Además, seguro que me coge alguien antes…

La carretera es un corte negro de alquitrán en medio de verde y azul. Los bosques y los lagos son mayoría en casi toda Suecia, y aquí arriba, donde apenas vive gente todo el año, dominan casi todo el terreno. Aunque los paisajes son espectaculares, andar por carretera siempre es bastante pesado. Los pocos coches que pasan silbando a tu lado, te recuerdan que aquí arriba también hay civilización aunque a ninguno le de la gana de parar para llevarte unos pocos kilómetros. Sigo andando, pensando sin parar cuantos kilómetros llevaré, a qué velocidad anda una persona, qué hacen los peces de los lagos cuando se congelan, y así sigo con mis divagaciones hasta que veo, a unos veinte metros, un rebaño de renos que cruza la carretera. Y se quedan parados. Y me miran.

Y yo, como lo más parecido que he visto a unos renos han sido las vacas de mi pueblo, me quedo parado también. Por si acaso. Los renos, cuando llevan a Papa Noel de un lado para otro, parecen muy majos, pero cuando te encuentras siete u ocho en medio de la carretera, a “tiro de embestida”, pues da un poco de miedo, la verdad. Afortunadamente, tras mirarnos un rato más, uno de ellos vuelve al bosque y el resto le sigue. Menos mal, ya puedo seguir.

Después de una hora y media viendo paisajes increíbles, llego al Círculo. Y en el Círculo polar ártico, encuentro una fila de piedras pintadas de color blanco que indican la línea imaginaria, un cartel, unos baños, y un chiringuito cerrado. Como un idiota, me hago la foto obligada y me siento en una de las piedras a esperar a Anna, a Otto, o la vuelta de los renos. No viene ninguno, y solamente para una furgoneta llena de alemanes que quieren ir al baño. El Círculo polar ártico es un desierto, joder. Pero me gusta que no haya nadie.

Acostumbrado a la rutina de luces y espectáculo, donde cualquier evento necesita neones, flyers o publicidad para ser visto, encontrar un lugar autosuficiente y especial por sí mismo es una sorpresa. Incluso en el fin del mundo. Creyendo haber encontrado mi milagro particular, vuelvo a la ciudad. El viaje de vuelta se hace más corto y los pájaros que no dejan de gritar y hacer cabriolas me parecen el mejor espectáculo del mundo.

La corta pero intensa vida de un cigarrillo (2º premio en el certamen cultural literario de Miraflores de la sierra, invierno 2022)

 

Papier a cigarette, Alfons Mucha


Al principio, antes de ser seleccionado, me pasé más de mil vidas dentro de mi casa, apretado junto a mis hermanos. Lo malo es que con esa oscuridad nadie veía nada y nos creíamos todos iguales y nadie sabía muy bien quién era quién. Pasaba el tiempo y nuestra vida la pasábamos charlando. Solo eso.

Pero un día, se hizo la luz. Ante nosotros apareció ella, aquella enorme y superlabial boca que nos prometía una vida corta pero intensa. Ese día también fue triste porque sabíamos que algún día tendríamos que morir. Consumirnos.

Sabíamos que tras esa luz que nos iba a dar la vida, uno a uno iríamos yéndonos y perderíamos la amistad que habíamos trabajado durante tanto tiempo.

En apenas un día se fueron casi todos, y cuando llegó la noche, tan solo quedábamos tres compañeros y yo. Yo no sé qué estaría pasando ahí fuera con esos labios sugerentes, esa saliva pegajosa que prometía aspirarme todo, pero intuía que mi salida del cartón era inminente.

Esa noche, Irene, la propietaria del paquete de tabaco donde está nuestro amigo, camina hacia la casa de su novio Tomás. Tan solo les separan 3 calles, pero para el camino, se va a fumar un cigarro. Abre el bolso, busca el paquete de tabaco, lo encuentra, abre la tapita rectangular y escoge uno. No es nuestro amigo. El cigarro elegido surca el aire y se posa suavemente, como una caricia, en la boca de Irene, que, tras buscar de nuevo, encuentra el mechero. Enciende el cigarro, lo llena de luz y fuego. Lo crea y lo mata.

Sigue andando por la calle y ya está a punto de llegar a la casa de Tomás, cuando de repente, aparece un vagabundo que le pide un cigarro. Irene no puede decir que no fuma, porque lleva uno en la boca y se siente mal cuando piensa en mentirle, «pobre hombre». Al final saca otro cigarro rápidamente y se lo ofrece. No. Tampoco es nuestro amigo.

Tras unos pocos pasos, la chica llega a la casa de su novio. Llama a la puerta, y este le abre con una sonrisa en la cara. «Cuánto has tardado», dice él. «No he podido correr más», dice ella.

Pasan al salón e Irene deja la chaqueta y el bolso en el sofá. «A ver qué te parece lo que he hecho de cena», «a ver, a ver», dice ella. Mientras, en el paquete de tabaco, nuestro cigarro espera su turno y desea que la chica no lo haya olvidado.

La pareja cena un poco de sushi y bebe una botella de vino blanco. Con el tiempo los montaditos de arroz se van acabando y el nivel de la botella va bajando. Tomás, en un ataque de pasión y tras unas frases recurrentes, se levanta y, tras tambalearse un poco por el vino, coge a Irene en brazos y la lleva trastabillándose hasta el dormitorio.

Allí se desvisten y se besan, se acarician y se disfrutan. Cuando los gemidos acaban, Irene, desnuda, llega al salón y busca el bolso. Abre el paquete de tabaco, agarra con sus dedos aún calientes de placer aquel último cigarro, y se lo pone en la boca. Lo sujeta sensualmente con los labios ligeramente apretados, mientras vuelve a buscar el mechero en el bolso. Lo enciende y vuelve a la cama.

Para él fue una luz. Un resplandor mortal, un calor que le tocó sutilmente y le encendió. Su vida acababa de empezar.

El cigarro fue pasando de boca en boca. Los dedos lo estrujaban cada vez como en una caricia, como si aquel tubito fuera parte también del ser amado. Aspiraban cerrando un poco los ojos, disfrutando, sintiendo las volutas de humo y el aroma a tabaco.

Esto era la vida. Para esto aquellas manos en China recogieron mi interior y me crearon. Todo fue para esto. Y merece la pena. Ya soy casi más huesos que carne, pero qué intensidad, qué gusto, qué sensación, que cal…y justo ahí, en ese momento, antes del estremecimiento total, la chica tomó lo que quedaba de ese cuerpo ya casi todo naranja, y lo espachurró en el cenicero de la mesilla de la noche.

«¿Cariño, tienes por ahí más tabaco?»

Relato Sacrificio

Para celebrar que ya es viernes, y que ya hemos llegado a las 90.000 visitas, aquí os dejo un relato que escribí llamado "Sacrificio". Con este relato quiero recordar a todos aquellos profesores republicanos que quisieron cambiar España para hacerla más justa, más habitable, más decente.
SACRIFICIO
La luz de la luna se extiende sigilosa y huidiza por las piedras de la plaza, por las caras de la gente, por sus mejillas hundidas de gente hambrienta y las convierte, por un momento, en calaveras. La plaza está llena, rebosa pobreza y rabia. Son casi las once de la noche en la plaza del pueblo, bajo la enorme torre de la iglesia y su afilada sombra.
En el centro de la multitud un cuerpo está atado, inmóvil a un mástil. Es el cuerpo de Tomás, el profesor de la escuela. En pocos minutos su cuerpo ancho y lleno de vida no podrá distinguirse del palo que lo sostiene. A las once se le va a prender fuego para demostrar a los presentes cuál es la costumbre que se debe aplicar a los que quieren enseñar al resto. Se ensañarían con él. El hereje moriría por fin.
Debajo de él, un espeso montículo de ramas y hierbajos secos lo sujeta y condena. La gente se impacienta. Siempre tan listo, tan orgulloso, tan altivo. Siempre lo sabía todo. Además, cuando volvía de la ciudad se convertía en alguien refinado y pedante que era insoportable. Menos mal que el señor Ferrán consiguió ejecutarlo. Todo el mundo le odiaba.
Atravesando la calle principal que lleva a la Plaza, se acerca el señor Ferrán, el banquero del pueblo, con la antorcha en la mano, poderosa. La luz del fuego rebota en el traje y deslumbra a la gente. Deslumbra a los ancianos con caras rotas y sucias, a jóvenes musculosos y sedientos, a las amas de casa aburridas. Camina orgulloso, sabiendo que va a hacer algo justo, necesario para el pueblo. "No se puede consentir que este hereje del capitalismo siga diciendo sandeces a nuestros futuros compradores", dijo en el juicio.
Si, hubo juicio. En apenas veinte minutos se consideró culpable a Tomás por desobedecer reiteradamente las órdenes de la entidad económica del municipio, y además, enseñó a leer a dos niños textos no imprescindibles que no eran etiquetas de productos. Se le acusó y condenó en un tiempo récord.
El banquero llega al borde de la plaza, mira al maestro un momento, ve su pobreza, su indecencia, su incapacidad económica para adquirir bienes y, sin pensarlo, prende las ramas. Arriba, en el palo, Tomás ni se inmuta. El fuego crece, se multiplica en cientos de caras calientes que lo miran impresionados por su fuerza, por su pureza. El culpable va a morir. Desde la muchedumbre alguien grita: ¡Enseña ahora, hijo de puta!, se escuchan algunas risas desdentadas que se apagan con los primeros gritos de Tomás.
En una casa oscura, con las cortinas bajadas, una familia llora en una mesa pobre, de madera. En otros lugares niños y adultos se acuerdan un segundo de las letras, de cuando rozaban las aes y las bes con sus dedos índices mientras el señor Tomás les enseñaba el mecanismo suave de leer. Nadie hace nada.
Las llamas rozan al profesor que empieza a gritar. Los gritos chocan contra las paredes, contra las sucias orejas. En poco tiempo Tomás se convierte en un bloque negro, irreconocible. La gente siente alivio, tranquilidad. El mal está muerto, negro y seco por el fuego. Ahora son mejores. Ya no tendrán que temblar ante aquellos libros llenos de letras, llenos de ideas y de imágenes. Ya no temblarán cada vez que se abre un libro.


Allí o aquí



A veces paso por la calle con los ojos no tan abiertos hacia afuera, hacia el día repetido que sea, ya puede ser lunes o miércoles o diciembre. Hay esos días que se repiten como conchas en la nieve, muy al fondo, en su recuerdo.


Y es en esos días extraños y escondidos cuando pienso que estoy yendo a las fiestas de mi pueblo. El esqueleto de mi pueblo se llena de chicas de Madrid, vienen los colegas, y es aquí donde el verano descansa. Aquí. Tendré diecisiete y hay trozos de electricidad oscura en el aire. Todos sabemos que es un pueblo como cualquier otro, que no somos nadie, que no somos mejores, pero estamos aquí y hoy lo pasaremos bien.


Alguien aparece. Alguien a quien hacía mucho que no veíamos. No existía mensajería instantánea y por eso las relaciones no se reblandecían y morían como ahora. Todo se interrumpía en Otoño, en lo alto, encrespado, y se mantenía así en el recuerdo, furioso. Y nos abrazábamos como nunca más nos abrazaremos. ¡Abrazos olímpicos en un pueblo pequeñísimo! No hacía falta decirnos nada, sonreíamos como descubridores del fuego y alguien preguntaba


¿Quién pone pasta para esta noche?


Nadie tenía pasta, ni casa, ni coche, ni horarios. Luchábamos contra la superficie de la normalidad con nuestras películas japonesas, alemanas o peruanas, yo qué coño se. Éramos extraños y no queríamos cambiar el mundo. Queríamos que el mundo se mantuviera así, en alboroto, a punto de empezarlo todo pero no aún. Celebrando el cambio que llegaría al día siguiente del domingo. Cuando la resaca nos deje movernos. 


Después cada uno volvía a su casa y la telaraña de los puestos callejeros, de la comida grasienta y perfecta nos atrapaba como aviadores ciegos. Nadie nos llamaba por teléfono porque no lo teníamos o lo teníamos en un cajón, para que no se perdiera. Éramos el río donde choca la lluvia. Así nos sentíamos. Buceadores de la adolescencia y os juro que apreté con fuerza los dientes. Os lo juro porque me muera ahora. Quise que se repitiera ese carnaval sincero y cuesta abajo. Quería ir con todos ellos, con todos y con todas, todos nosotros, veinte o treinta, qué más da, atravesando las calles y los años, camino al mejor parque del mundo donde dejarnos caer por el misterio del kalimotxo. Así, y las novias no eclipsaban el mundo que se nos abría. La mañana estaba lejos como los planes de pensiones. Teníamos la boca abierta para reír, para darnos enteros como animales en llamas.

Comentario a Relatos Reunidos, de César Aira


Un relato de César Aira es algo parecido a la portada de este libro, un momento extraño, misterioso, en el que se ve un montón de zapatos rodeando a un hombre que pasea con sombrero por el medio de la calle. Una relación de elementos extraña, como lo es la relación de César Aira con las palabras.

Aira, nacido en una ciudad cerca de Buenos Aires llamada Coronel Pringles en 1949, es uno de los escritores argentinos más conocidos y valorados. En este libro, Relatos Reunidos,  que nos presenta la editorial Mondadori, se agrupan 17 cuentos escritos entre 1994 y 2011.

El argentino se caracteriza por su exuberante imaginación, que hace enganchar al lector desde el primer momento, convenciéndole de que “va a pasar algo”, pero hay veces, demasiadas, que pasas y pasas páginas y te relames “ahora viene lo mejor” pero lo único que hay es una puerta más, un camino más, o un punto final que deja la trama suspendida. Y a ti con las ganas.  

Y es que en estas 209 páginas podemos ver lo mejor y lo peor de César Aira. Lo mejor es que sabe perfectamente cómo tocar la tecla que llama la atención del espectador, y esto lo hace con un acierto enorme (un perro que ladra rabioso mientras persigue el autobús de un narrador olvidadizo, la evaporación lógica de la Gioconda, o la investigación y análisis exhaustivo de la conversación periódica de dos amas de casa).  



César Aira parece que no se cansa del rizo, que quiere más, que las servilletas y su laborioso mundo de la papiroflexia no se acabe nunca, que siempre haya pólvora en la trama, por mundana y simple que parezca a simple vista. Su relación con los lectores es cercana, o los desespera hasta perderlos y volverlos locos en su laberinto, o, al final del camino, después de curvas y más curvas, entregarles un final espectacular, propio de un genio. Este genio se puede ver claramente, sin demasiados recovecos, en varios cuentos: “El perro”, “Sin testigos”, “Los osos topiarios del parque Arauco” y “El infinito” que ya compensan la lectura del resto, que, por otro lado, también son recurrentes aunque se líen a medio camino.

De todos modos, y para terminar, que no me quiero enrollar como el autor, el pacto que hay que hacer cuando se abre un libro de este escritor argentino es dejarse llevar, no tener prisa ni demasiadas expectativas con un escritor sobrevalorado que, de vez en cuando, da en la diana y compensa todos sus paseos narrativos.



La conjura de los suecos

René Magritte


Reportaje llevado a cabo por "El señor que tiene la garganta hasta el principio del estómago" y publicado en el periódico gracias a su entrega por parte de una gallina mensajera:

Al final saltó a los periódicos. Un día u otro debía pasar. Nos creemos que no sirven, que solo responden ante poderes económicos e intereses particulares, sin importarles una mierda la ética, la honradez, y la moral periodística. En nuestro país, si, pero en el resto, también. Además, cualquier periódico quiere ser como un buen portero: tener todo cubierto.

Claro que pasó mucho tiempo, muchísimo. Desde el año noventa y cinco ha pasado ya mucho, pero lo importante es que haya salido por fin a la luz. Y la verdad es que el hombre que lo provocó todo tuvo mucho valor. Un valor que le provocó, por supuesto, la muerte.

Este hombre es, como ya sabéis todos, Don Alfredo Muñoz Manrique. Desde el año ochenta y uno estuvo al lado del presidente del gobierno y fue su sombra hasta que  llegó a la presidencia en el año ochenta y dos. Era un doble espiritual del presidente García que conocía todos sus secretos. Don Alfredo nunca habría hablado. Jamás. Nunca habría contado nada sobre “la intriga de los rubios”, como se conoció la trama en la prensa.

Era un hombre de palabra, pero cuando el señor Carpintero, a través de uno de sus funcionarios, de esos con cara gris, manos grises, y nudo perfecto en los cordones, (doble lazo y equidistancia entre ambos lados) eliminó la pensión vitalicia del señor Muñoz para evitar gastos “superfluos”, este tuvo que estallar. Sus corridas de toros y las botellas de Merlot estaban en peligro. El hombre tenía ya setenta y siete años y mantenía con celo sus discretos pero a la vez necesarios vicios.

Todo el mundo sabe que en los pasillos de los ministerios, en aquellos despachos de puertas de roble macizo, pasan cosas que solo conocen unos pocos. Los necesarios. Y a veces, incluso son demasiados. Y uno de esos pocos era el señor Muñoz Manrique.

No fue él el encargado de negociar directamente con los suecos, claro que no. El señor M. Manrique disponía de un equipo altamente cualificado preparado para llevar a cabo este tipo de relaciones clandestinas y de alto estado. Pero él, por supuesto, supervisaba todos los asuntos que se trataban en aquellas enormes salas con plantas enormes, cuadros de paisajes y suelos encerados.

Cuando se enteró de lo que estaba pasando, mejor dicho, de lo que los suecos pretendían que pasara, se quedó impactado. No pensaba que España, fuera de nuestras fronteras se viera como un país de mierda al que se puede someter así porque si. Aunque fueran suecos, joder.

Lo primero que hizo, viendo el tamaño y la importancia de la operación, fue consultarlo con el mismísimo presidente García, para cubrirse las espaldas. Pero el señor Manrique no podía sospechar lo que le iba a decir el presidente. En su visita diaria para informarle de las novedades, se presentó en su puerta, se ajustó la corbata más de lo normal, se pasó la mano por el pelo intentando corregir algún pelo rebelde, llamó a la puerta y tras contestarle el presidente, la abrió con entusiasmo:

-Buenos días señor presidente.

-Hola, Alfredo, pasa, pasa.

El presidente García la sonrió detrás de una mesa demasiado grande, llena de teléfonos, folios y un cenicero metalizado y enorme. Ese día, el presidente tenía los pies encima de una silla, y garabateaba algo en una hoja. Cuando su empleado empezó a hablar, encapuchó el bolígrafo y le miró.

-Mire, venía a preguntarle una cuestión que tengo en la cabeza desde hace un tiempo. Hace un par de días, mis colaboradores me comentaron una reunión que tuvieron con unos responsables del gobierno sueco…

-Ah, lo de los suecos…No se preocupe por eso, Manrique. Ya está todo hecho. Era algo necesario para el país.

-Pero…señor presidente...

-Si, Manrique, es algo doloroso aunque inevitable. Además, ¿Usted sabe el dinero que tienen los suecos?

-No, no lo se señor presidente.

-Mucho, Manrique, muchísimo.

-Pero señor presidente, ¿Qué pensarán los ciudadanos?

-No tienen que enterarse, eso es obvio. Imagínese el escándalo. Además, con el dinero de los suecos podremos hacer carreteras, hospitales…de todo. Y eso si que es útil para los ciudadanos, y no que pertenezcan a un país o a otro. Eso son tonterías.

-Pero señor presidente, perdóneme que discrepe, pero no me parece legítimo que disponga de la soberanía nacional como usted quiera.

-Mire, le tengo mucha estima y sabe que es una persona de mi completa confianza, pero debe usted entender la situación. Nosotros, España, somos una mierdecita de país que acaba de salir de una crisis de narices y que no tenemos dinero para nada. Eso es así, llega septiembre, se acaba el verano, y ale, el dinero a tomar por culo. Ante esta situación podemos hacer dos cosas. Podemos tirar de casta, de orgullo, ser nacionalistas, patriotas o lo que sea, y coger el poco dinero que tenemos e intentar hacer cosas con él sin pedir dinero a nadie. La otra opción es dejar que nos ayuden.

-Ya, señor presidente, pero es que esa ayuda supone que los suecos se queden en propiedad las Islas Baleares. Me parece un precio muy alto.

-Bueno, según como se mire. Oficialmente, nadie sabe nada y esperemos que esto siga así para siempre. Los suecos nos dejan el dinero, nosotros lo utilizamos para revitalizar el país, y por cierto, para ganar las próximas elecciones, y se lo vamos pagando en cómodos plazos. Poco a poco.

-Ya, señor presidente, pero mientras que las Islas Baleares sean suyas, estén bajo su dominio, ellos ¡Pueden hacer en la práctica lo que les de la gana y nosotros no podremos hacer nada para evitarlo!-Aquí el señor Manrique se sorprendió por haberle levantado la voz al presidente. Tras un momento, se sintió orgulloso de haberlo hecho.

-Mire Manrique, los suecos son gente correcta, formal, y no harían nada que pudiera levantar sospechas. Además, a ellos tampoco les interesa que esto se descubra. Internacionalmente tienen la imagen de ser gente tolerable y conciliadora, casi lo opuesto a la idea de colonialismo, que por un tiempo muy corto les dejaremos desarrollar en nuestro territorio.

-Ya, pero es que precisamente ese es el problema. Es nuestro territorio. No podemos negociar con él, señor presidente.

-Si, si podemos negociar con él. En el año ochenta y seis, y aunque usted, ¡ni siquiera usted señor Manrique!, fíjese, tenía ni tiene ni idea de lo que supone nuestra entrada en la Comunidad Europea. Ni idea. A partir de ese momento nuestra soberanía se ve completamente supeditada a lo que decida Europa. Punto. Eso es así y nadie se ha tirado de los pelos, joder, y es algo obvio. Ahora que decidimos alquilar, (porque es alquilar y nunca vender) una parte de nuestro país para generar riqueza, gente como usted, preparada, pragmática, se opone. ¡Imagínese si esto sale a la luz! Me mientan a los Reyes Católicos, a la unidad de España y me llaman comunista por lo menos.

Además, si no negociamos con lo que podemos negociar, nuestra economía estará en desventaja con otros países que definitivamente si que están dispuestos a negociar partes de sus territorios con países más ricos. Algunos incluso venden partes a perpetuidad. Para siempre. El sur de Madagascar, esa isla enorme que hay en el pacífico al lado de África, fue comprada por los chinos para plantar soja y arroz en sus campos. En Portugal los franceses han comprado unas provincias en el norte del país para desarrollar el vino de la región y sacar beneficio, en el sur de Argentina los Estados Unidos han alquilado, porque ya sabe usted como son los argentinos, que se mosquean por nada, parte de la Pampa para hacer pruebas militares. Ya ve señor Manrique. Si no accedemos a alquilarle las Islas Baleares a los suecos, otros países emergentes nos pasan por encima. No me gusta la situación, pero es lo que hay, y yo, como presidente del gobierno, elegido por todos los españoles, debo hacer lo que considere mejor para el conjunto de la nación, no para retóricas anticuadas sobre nacionalismos y demás estupideces. Estamos en a las puertas del siglo veinte, los idealismos se han ido a la basura, y ahora lo más parecido al idealismo es tener un coche en la puerta y una tele muy grande. Y para que la gente tenga estas cosas, debemos conseguir dinero. Es la única solución.

-De acuerdo señor presidente. Pero usted no es libre de hacer lo que quiera, usted deberá responder de sus acciones para bien o para mal en un futuro.

-No responderé ante nada porque esto nunca saldrá públicamente. Es un secreto de estado y ya sabe cómo se castigan este tipo de delitos. Nadie se atreverá a decir nada. 

-Señor presidente, usted debe estar tranquilo conmigo. Aunque discrepe de sus decisiones, nunca sería capaz de traicionarle a usted y a la patria. Jamás.

-Lo se, lo se, señor Manrique. Usted es una persona de mi completa confianza. Por eso le otorgué la capacidad para tratar estos temas tan delicados.

-Muy bien presidente. Ahora debo ausentarme y seguir con mi trabajo. Buenos días.

-Muy buenos días, Alfredo.

Los suecos, pese a la idea que tenía el señor presidente de ellos, y que suponía que representaban a nivel global, no se portaron del todo bien. Dos meses después de la conversación entre el señor Manrique y el presidente, se cerró el pacto y un destacamento de la Svenska diplomatiska se ubicó en un edificio enorme del centro de Palma de Mallorca, para ir manejando los asuntos que les competían. Era Julio, y como es normal en las islas Baleares, hacía calor, y la llegada de casi ochenta rubios, (la mayoría eran rubios y blanquísimos de piel, aunque había algún hijo de inmigrante que daba un poco de color al destacamento), pasó desapercibida para los de la zona, acostumbrados a la llegada masiva de turistas en estas fechas. La toma efectiva, y por supuesto clandestina de poder tendría lugar, escalondamente, en unos tres meses y hasta entonces deberían ir asumiendo poco a poco y sin levantar mucho polvo, las responsabilidades que los políticos y funcionarios de las islas les iban a otorgar.

Por cierto, a toda esta masa de gente que trabajaba para el gobierno balear, y que por supuesto, debían estar a partir de ahora bajo mando de los suecos, no se les informó de nada. Los suecos, para no levantar sospechas, y con un equipo de ochenta personas, pretendía controlar los principales despachos y otorgar los puestos de menos importancia a políticos de la zona.

Los suecos y sus familias empezaron a comprar masivamente casas y chalets en Menorca, Mallorca, Ibiza y en menor medida, Formentera. Los isleños estaban acostumbrados a acoger a turistas, pero no a que compraran casas tan masivamente como lo hacían ahora. Y por supuesto, el precio de la vivienda creció muchísimo hasta el punto de que los baleares de a pie que querían comprarse una casa debían hipotecarse hasta las cejas. Hubo alguna protesta, pero pasó el tiempo, se dejaron de comprar tantas casas, y el precio fue bajando poco a poco hasta llegar a precios normales.

Pero la llegada masiva de responsables del Svenska diplomatiska, también hizo que llegaran jovencitos y jovencitas, hijos y nietos de los funcionarios. Estos chavales y chavalas, acostumbrados a venir a España de vacaciones con sus amigos, desvariar durante un par de semanas y volverse a su país. Pero cuando se dieron cuenta que la fiesta y la juerga que había en las islas no podía durar para siempre, habían pasado ya unos cuantos meses. Y así, aquellos inocentes jovencitos que llegaron, se convirtieron en poco tiempo en unos adictos al sol y a las drogas, provocando unos cuantos problemas a sus familias y a la gente de la isla. Pero poco a poco, y a base de abandono parental o inclusión de los vástagos en puestos influyentes, estos rubios y rubias nórdicos fueron haciéndose hippies drogadictos por un lado, y si podían reconducirse a tiempo, en unos jóvenes y ambiciosos ejecutivos por otro.

Los años fueron pasando. El Partido Popular ganó las elecciones del noventa y seis y la economía, sorprendentemente, creció muchísimo. Se liberalizaron empresas, se construyó masivamente y los fondos de cohesión europeos hicieron que pudiéramos creernos europeos por fin. Además, gracias a este dinero fresco, se pudieron recomprar las Baleares. Después de un par de años de colonialismo Express, no hubo apenas restos de aquel alquiler interestatal, salvo en la memoria de algunos funcionarios, pocos, y algunos hippies que cuando los suecos se volvieron a las frías y verdes  praderas suecas , ellos ya estaban demasiado liados con el New age, las drogas y todo ese jaleo. 

En las entrañas del gobierno, el señor Manrique, junto a muchos funcionarios de confianza del gabinete socialista, fueron despedidos aunque a los más delicados, como el señor Manrique, se les otorgó una generosa paga vitalicia que no pretendía otra cosa que callarles la boca de por vida.

El señor Manrique, con su paga en el bolsillo y con una familia desconocida por descubrir después de tanto tiempo trabajando en las altas esferas, se mudó a un pueblo pequeño de Galicia para vivir, tranquilamente, el resto de su vida. Allí pasó en la clandestinidad bastantes años, en una casa pequeña, cubierta de musgo y hecha con pizarra. Sus hijos fueron con ellos, pero al poco tiempo se casaron, hicieron sus familias, y se desperdigaron por otras partes de España. La vida era feliz para el señor Manrique. Hicieron amigos, iban a cenar con ellos, conocían a Julia, la panadero y Felipe el del kiosko. Pasaron allí el cambio de milenio y el atentado de Atocha. Cuando llegó Zapatero al gobierno, y pese a que ya era muy mayor para poder optar a un puesto en el gobierno, al señor Manrique le nació una renovada esperanza política.

Tan solo tendrían que pasar un par de meses hasta que una carta, entregada un día lluvioso de otoño, y que resaltaba violentamente contra la pizarra del suelo de su porche, iba a provocar el enfado visceral del ya anciano Adolfo Muñoz Manrique. Esa misma tarde, cuando abrieron los ministerios, hizo llamadas, gritó, pero sus antiguos compañeros y encargados ya no estaban en las instituciones y en su lugar unos jóvenes hijos de tal o cual persona importante, decían no conocerle.

En ese momento, el señor Manrique se cagó en la socialdemocracia, en todo el funcionariado que no sabe reconocer los méritos de alguien como él, y sobre todo en el tontolaba de la sonrisita, el señor Zapatero.

A los pocos días y después de hablarlo con su mujer, decidió llamar al periódico El Dato para contar todo lo que sabía, todo lo que había tenido que callar durante tantos años. La verdad es que fue la única salida que le quedó. Juró no decir nada, si, pero a él también le prometieron que iba a tener una pensión vitalicia, que ahora, por recortar gastos, le han quitado.

A la semana, el señor y la señora Manrique aparecieron muertos en su cama. A nadie le importó una mierda la vida de este señor (y mucho menos la de su señora), que en la sombra, luchó por defender lo poco que quedaba de un país a la deriva.