Islas divergentes

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Colegio

 

Nadie nos enseñó a bailar como lagartijas

nosotros jinetes equilibristas de la risa

sedientos de ahora y de verano

y los profesores lagartos tristes con sus libros de texto.

Aprendimos todas las guerras

pero no el misterio espiral de los caracoles,

las multiplicaciones olían a podrido y

nunca pudimos aprender el deporte amarillo de los chimpancés. 

Nadie nos descubrió la matemática de la risa

y a nosotros nos saltó en el pecho

manantial agradable de secretos y cosquillas

éramos puñados rojos y verdes

olor a nocilla o a tarde

las sillas y los pupitres se llenaban de césped con nuestras ganas

y qué cara de acelga el profesor cuando nos encontraba emperadores de la risa

con su tiza escuálida en la mano

intentando apartar de nuestras bocas el rocío

poner en nuestro horizonte una casa agradable

que no miráramos más allá

de nuestras posibilidades de mueble.

Nunca más allá de nuestros padres,

los libros herméticos como cuchillas

el mapa del mundo empieza y acaba en España

no hay futuro más allá de lo mediocre

la única esperanza es la rutina.

(De mi libro Ojo y ventana, 2014, https://jorgegarciatorregolibros.wordpress.com/ojo-y-ventana/).

El fondo de los cuadernos




Donde me escapaba mientras 2x2
mientras Bécquer, mientras Isabel la Católica,
mientras jaula.

Páginas de última fila,
de murmullo de tinta,
huidas de la luz
de su cuadrícula.

Nos metían ruido en nuestros cuerpos frescos
mapas podridos de la historia
cuando nuestra boca llena de chucherías
y peonzas.

Querían ordenar nuestra sangre en filas
ordenar los flequillos y las faldas
y no pudieron,
había lianas y compañeros
puertas de salida en los estuches y siempre,
siempre,
calor en la sangre y mortadelos en el recreo.  

Qué pena de colegio y qué alegría de escondite
qué alegría de dibujos
en el fondo fértil
del cuaderno.