Islas divergentes

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Abeja

Taylor Wood



El sol era negro aquella madrugada en que Elisa empezaba a nacer de entre las sábanas de su cama.

Sus ojos parecían horizontes y pegados por el mismo oscuro que tapaba el amarillo del sol. Eran las 6 de la mañana. Demasiado temprano para la efímera Elisa.

A las 11 despertó por fin y se fue a su universidad. A estudiar.

Luis es un chico responsable y pudo abrir los ojos a las 7 con ayuda de una pala que tiene al lado de la cama. Ahora espera el rectángulo con ruedas que le vomitará cerca de su casa. Lee a Galeano. Y una abeja un poco despistada decide que no hay tanta diferencia entre los cuentos del uruguayo y las flores coloreadas.

Aterriza en una “mañana” y avanza lenta hasta un “rayo por la noche”.

Decide que es el néctar que necesita y sube al cielo cargando su cuerpo gordo pero feliz.

Tras volar un largo camino, cansada, llega, sin quererlo cerca de la cara de Elisa, la que sin motivo alguno, empieza a intentar golpearla.

La abeja, que en este caso podemos llamar Rebeca, decide inmolarse y clavar su corazón en la mejilla izquierda de Elisa, la que ante ese acto heroico, grita de dolor.

Aquel día Elisa aprendió más que cualquier día en la universidad, y además, quedó embarazada del libro que escribirá cuando tenga 37 años y tres hijos llamados Eduardo, Carlos y Nuria.

Ella

Taylor Wood


Ella daba dos pasos hacia adelante
Daba dos pasos hacia atrás
El primer paso decía buenos días señor
El segundo paso decía buenos días señora
Y los otros decían cómo está la familia
Hoy es un día hermoso como una paloma en el cielo

Ella llevaba una camisa ardiente
Ella tenía ojos de adormecedora de mares
Ella había escondido un sueño en un armario oscuro
Ella había encontrado un muerto en medio de su cabeza

Cuando ella llegaba dejaba una parte más hermosa muy lejos
Cuando ella se iba algo se formaba en el horizonte para esperarla

Sus miradas estaban heridas y sangraban sobre la colina
Tenía los senos abiertos y cantaba las tinieblas de su edad
Era hermosa como un cielo bajo una paloma

Tenía una boca de acero
Y una bandera mortal dibujada entre los labios
Reía como el mar que siente carbones en su vientre
Como el mar cuando la luna se mira ahogarse
Como el mar que ha mordido todas las playas
El mar que desborda y cae en el vacío en los tiempos
de abundancia

Cuando las estrellas arrullan sobre nuestras cabezas
Antes que el viento norte abra sus ojos
Era hermosa en sus horizontes de huesos
Con su camisa ardiente y sus miradas de árbol fatigado
Como el cielo a caballo sobre las palomas.

VICENTE HUIDOBRO