Mi calavera está 37 años más cerca, isla de mármol y sueño, mar en pausa para que navegue la barca de mi cuerpo.
Se han desinflado los misterios
y las nubes ya nunca dicen nada. ¿Qué hemos hecho con el tiempo? Miramos atrás y ¿qué rescatamos de la tormenta de olvido? ¿Qué escombro es este que guardamos como reliquia? Somos manchas en el silencio de la Historia, tenemos arena en las manos de aquellas victorias que no fueron, aguantamos derrotas que nos empujan hacia abajo y sin embargo qué bellos y únicos nuestros vertederos.
Como muchos sabéis ya, hoy día 12/12 aparece mi nuevo libro, llamado mortal, así, en minúscula. Porque minúsculo es también el espacio que tenemos, el cuerpo que tenemos, nuestra presencia sobre la tierra. Como habréis imaginado, es un poemario que habla sobre la muerte. Pero no es un libro triste o pesimista, sino que busca, al enfocar la muerte, diferenciar el grano de la paja, lo superficial de lo real, para tener una vida mejor, con más sentido, más consciente.
Obviamente, el tema del libro está relacionado con el COVID. Y no solo la propia enfermedad, sino una especie de tristeza que se ha quedado, una incertidumbre por un futuro que da miedo y que mucha gente piensa que es mejor no explorar, que es mejor lo malo conocido.
Para intentar romper ese miedo, que también es mío, nace mortal. Porque el tiempo es uno, se acaba, y yo, como el maestro FGL:
Yo no quiero ser más que una mano,
una mano herida si es posible.
Federico García Lorca.
En el libro hay poemas más potentes, otros más sutiles. He seleccionado este, el número 51, para que lo conozcáis un poco:
Si tuviera un trozo de madera por escribir,
o un hueco en la tierra,
o una telaraña por explicar,
podría decir que en mis manos el tiempo daña por su peso, no por su filo.
El tiempo,
mi tiempo,
–el escurrido placer que sorbo de los minerales y los ojos, ese alarido silencioso que no me deja guardar las frases ni los sacapuntas–,
me araña con su mirar distraído y me destruye.
No es necesaria la épica para hundir a un hombre,
tan solo esta agricultura del daño,
este huerto con las ramas secas de la memoria,
las calles destruidas para siempre,
la falta de manos en la escalera del sí,
hacer de la faringe una flauta para tocar la música imposible que nos junte de nuevo.
Me acaba de llegar a casa la reimpresión de la 2ª edición de El despertador de Sísifo, con prólogo de Alberto García Teresa. Un poemario que salió en 2018, en Lastura y que aún genera interés por aquí y por allá. Un libro sobre el trabajo, la explotación, Camus…
La primera vez que vi a Miguel Martínez López fue un martes cualquiera, hace ya unos años, en los Diablos Azules. Recuerdo que no es que me gustara su poesía, es que me sorprendió. Fue rápido el paso de la risa de alguno de sus poemas al frío de la angustia existencial y luego alguna de sus imágenes poéticas me remató. Joder. Le pedí su nombre y lo busqué por Internet. Descubrí que tenía un blog, Mis pies de mono, donde publicaba sus poemas. Ahí quedó la cosa porque tampoco le volví a ver, o si le vi no lo recuerdo. Y hace unos meses, en este zoco digital que es facebook, descubrí que alguien iba a ir a la presentación del libro Mis pies de mono, de Miguel, en esa semana. No pude ir, pero sabía que ese poemario iba a ser un atlas del dolor, de la alegría, de la angustia humana.
Y no me equivocaba porque en este libro publicado por Bailedel solencuentras la agujeta enorme que supone hacerse mayor, como en el poema que inaugura el libro Cambio de asiento,
(...)
Guapos y valientes,
en el futuro atravesaremos
los campos, las ciudades,
sujetos a las crines de nuestro
caballo de acero.
(...)
Cómo imaginar
el asiento de delante
las mañanas de clínex y bostezos
la primavera gris de los semáforos.
(...)
Se puede decir que Miguel, desde la rutina y lo más opaco que te venga a la cabeza (hacer la compra, filosofar en la taza del váter, las axilas, los mosquitos del verano, el deambular mirando una manzana o al cielo) sabe desenrollar y multiplicar un paisaje rico y exacto. Digamos que pone la cantidad exacta de cocodrilo y de despertador, de risa y de muerte.
¿Y cómo no se va a admirar la poesía de un tío que escribe el poema Las palabras y las cosas? Ese poema que por supuesto quise, quiero y querré escribir porque consigue la magia de los poemas buenos y venenosos, que al leerlos crees que te han salido de dentro, que lo de fuera solo ha vuelto:
Yo no lo recuerdo
pero mi madre cargaba en brazos
cogía entre las suyas
mis dos pequeñas manos
que no eran manos todavía
que eran ruiseñores mudos y ni eso
que eran cabos sueltos
y me obligaba a tocar los objetos de la casa
uno a uno.
(...)
Y así te quedas, con cara de tonto y solo llevas treinta páginas del libro. La verdad es que es un libro currado, en el que aparece todo el mundo, incluido el currela (en el poema El extraordinario caso del hombre normal) que toma el café a tu lado cualquier mañana y que no leerá (creo) ningún libro de poesía porque no se siente identificado. (Pero en este si). También Miguel Martínez tiene la precisión o la alquimia o yo que sé de poder hacer imágenes poéticas como estas,
Llueve y es una catedral gótica/puesta boca abajo,
era tiernamente difícil/como el centro de un sudoku
Hoy el cielo limpio/como un portal recién fregado
Y ya veis, qué ojo tan normal y tan extraño tiene Miguel, qué dualidad (de puta madre) para seguir madrugando, desayunando, comiendo y viviendo y por otro lado, todo lo demás. El libro publicado por Baile del sol vale mucho menos dinero de lo que debería así que, antes de que alguien se de cuenta y se chive y suban el precio y a Miguel Martínez López lo pongan en altares y esas cosas y le regalen bolígrafos y cuadernos por las calles, id a comprarlo. Si no os gusta, leedlo de nuevo.
Aquí os dejo mi poema favorito de este librazo, que además me recuerda a mi poema preferido de tooooodos, el de La masa de Vallejo:
Es una excusa, básicamente. Poco más. Que sea el 24 de octubre o el 3 de junio, da un poco lo mismo. O no. No da lo mismo, porque fue un 24 de octubre, pero de 1992, cuando se destruyó la Biblioteca de Sarajevo, durante la guerra de los Balcanes. El que ataca la memoria, la humanidad que se recoge en una biblioteca, ataca a toda la humanidad. Sin importar el contenido de esos libros.
Intenté ser parte de esa comunidad de bibliotecarios heroicos que luchan por la lentitud y el sosiego en un mundo fugaz y pobre, en el que la información pasa silbando como balas de olvido. Sin embargo, y pese a que estoy en varias listas a la espera de ser llamado, no he podido ser bibliotecario.
Y es que las oposiciones son un proceso muy esclavo, muy castigador, y preferí la seguridad de un puesto de trabajo en la universidad (donde ahora trabajo) al sueño de custodiar y acompañar a libros y lectores.
Seguiré, eso sí, con la ilusión de que en un futuro próximo pueda volver a estudiar e incorporarme a una biblioteca. Mientras tanto, celebro a las bibliotecas, a los bibliotecarios y a todos aquellos que aún hoy, en este mundo de ansiedad y ruido, seguimos pensando en las bibliotecas como lugares sagrados.
Vivir contigo en los oleajes tibios de la noche, en los azulejos de la tarde, en la lentitud de las mañanas, en su café sin sabor, sus magdalenas sin sabor, su pezuña sin testigos.
Vivir contigo y orbitar tu boca, como satélite o cometa, vivir contigo en el collage de la luz, en su mosaico, en nuestra lentitud sincera de mangos y zanahorias. Vivir contigo y vivir conmigo, linde y trocha, recoveco en la ciudad de los gritos.
Vivimos en la dictadura de lo sentimental. Pero no dentro del sentimiento empático, generoso y valiente por el otro, por su otredad ajena y justificada por no ser uno mismo, sino que vivimos en la dictadura de NUESTROS sentimientos. Nuestros sentimientos son ley. Que nadie se interponga, que nadie nos frustre, que nadie nos diga lo que podemos o no sentir. Y estos sentimientos se convierten en barricada. Ya nadie se preocupa por pelear por los derechos del otro, que cada uno se lo pelee solo o, al menos, con aquellos que defiendan la misma causa: Los blancos defenderán los derechos de los blancos, las mujeres defenderán los derechos de las mujeres, los hombres defenderán los derechos de los hombres, los negros defenderán los derechos de los negros, los españoles por los derechos de los españoles... y esta tendencia, cuando se vicia, se convierte en injusticia. Obviamente no es lo mismo la posición de un hombre blanco cishetero, de un país rico, con el mundo hecho a su imagen y semejanza que el de una mujer somalí, por ejemplo, que es prácticamente invisible a los ojos de todo el mundo.
Pero este pensamiento, que en muchos casos se justifica como casi una autodefensa para legitimarse en el mundo y obtener derechos justos, se basa en el YO y no en términos de justicia, igualdad, derechos o libertad. Nuestra lucha llega hasta donde llega el color de mi piel, mi sexo/género, mi documento de identidad o, en definitiva, mi posición en el mundo. Esta lucha, digo, que es una forma de egolatría y no de generosidad, hacia mí y hacia el otro desde el yo, no tiene nada que ver con la lucha conjunta por un futuro mejor. Porque las luchas que no intentan el beneficio de todos solamente son una lucha por defender tus privilegios u obtener más derechos para ti, no para todos. La lucha que no empatiza con todos, sino con solo aquellos que se parecen a mí, es una lucha egoísta e inútil.
Hace años que soy anarquista. Antes, cuando estaba en la veintena, pensaba en algún tipo de revolución que pudiera traer justicia e igualdad a la sociedad, pero desde hace años ya no pienso así. Ahora creo en una sociedad en la que no haya nadie que se quede fuera, que la democracia parlamentaria no excluya a nadie, que todas las opiniones sean aceptadas y válidas, que todo sea una asamblea y todo sea democracia. Por eso soy anarquista, porque soy demócrata y porque creo en el ser humano. Porque creo que ninguna persona queda o debería quedar por encima de otra.
Demos batalla a la injusticia, a la desigualdad, a la mentira, a la violencia y a todos los sistemas de poder que nos dominan, pero tengamos en cuenta que nadie es menos que nadie, pero tampoco más que nadie y que nuestros sentimientos no nos legitiman ante nadie y ante nada, que solo son parte de nuestra identidad y que no se pueden imponer a nadie.
Desde hace años tengo la costumbre de escuchar, mientras me afeito, lavo los platos o alguna que otra tarea mecánica que no necesita que preste mucha atención cerebral, programas sobre literatura. Hace ya unos meses que subí el programa de Sebastián Porrini y Diego Ortega, La última página, al pedestal de mis preferidos. Y en este programa, junto a otros grandes de la literatura, descubrí a Roberto Calasso:
Todo está ardiendo, a punto de saltar por los aires y algunos nos refugiamos en la sombra a leer libros como este y escuchar a otros apasionados por la cuestión humana que normalmente llamamos literatura. Y, como la cuchara, objeto que se inventó un día y ya fue eterno para siempre, hay que rendirle pleitesía al libro porque es humanísimo (¿me aceptas el término?), único y necesario. Porque ambos objetos sirven para sobrevivir, cada uno alimentando su parcela.
En este libro, o, más bien, conjunto de conferencias y textos unidos, Calasso nos muestra
1. Que tiene una cultura brutal y ágil que salta de aquí a allá, del escondrijo insospechado más curioso de la historia a la actualidad vibrante de la actualidad y sus consecuencias. Y lo hace sin que se note el salto de un lugar a otro.
2. Que le encanta vivir. Porque los libros que aparecen nombrados no han llegado a conocimiento de Calasso de una manera fría o desprendida, sino que esos encuentros son una consecuencia de amar la cultura, la humanidad y, al final, los libros son, como dije antes, objetos humanísimos.
3. Frikadas de bibliotecas griegas, la London Library o la de Aby Warburg. Yo, lo siento, pero a mí estas curiosidades sobre bibliotecas, acostumbrado a estudiar leyes y normativas para aprobar unas oposiciones, pues me dan la vida. Para seguir estudiando oposiciones (Oh!).
El libro se desglosa con la siguiente estructura:
Cómo ordenar una biblioteca Los años de las revistas Nacimiento de la reseña Cómo ordenar una librería
y en ella Roberto Calasso nos muestra, de manera cercana y amena, y con una prosa ágil y divertida, la naturaleza del libro y de los seres (bibliotecarios, lectores, escritores, libreros) que lo rodean y lo cuidan. Mención especial, una vez más, a Anagrama por hacer una colección tan bien cuidada, sobria, manejable y a buen precio. Además, en el caso concreto de este libro, y pese a que no leí «Los años de las revistas», me parece que el éxito del libro como conjunto le debe mucha culpa al editor, italiano, Adelphi Edizioni.
¡Sigamos profundizando en nuestra rareza, sigamos leyendo lo que Calasso y otros bibliófagos nos traen a nuestros platos!
Ojo y ventana, el primer libro, los primeros pasos, las primeras luces. La luz que rebota en los ojos, en las pieles, en las calles. Poemas, búsquedas, hallazgos. Lo miro hoy, con cierto miedo, vuelvo a aquel que fui en 2014 y antes y siento vergüenza, miedo, pero también agradecimiento por haberme atrevido a escribir poemas y que otro yo, alguien insospechado y desconocido, fuera posible. Gracias siempre a Inés, a Roberto, a Elvira Amor, a Ignacio Armada y a tantos escritores y seres que se emocionan y motivan y que sin ellos este libro no sería posible.
Fotografía La que tiene los ojos llenos de medusas la que de su piel tres litros de leche de azúcar, la que enciende las luces la que entró en mí, con los ojos por delante y ya no hay puerta de salida ni ceniza ni moscas en la fruta.
La que está aquí, creciendo circular como una selva, el animal que no se acaba que no se rinde y su pelo lleno de escondites.
Y estaba yo, en aquellos años, aprendiendo francés, leyendo lo de aquí, lo de allá y lo de acullá y llegué al bueno de Arthur Cravan. Aquel boxeador poeta que cautivó y enamoró a Mina Loy, la gran artista modernista. Pues resulta que, además de ser poético, el tipo escribió un texto en prosa que, de alguna manera, se podía interpretar como una biografía poética. Yo, como el niño que apunta 🌚con su cohete de juguete a la luna, intenté hacer algo parecido (la creación hunde sus raíces en la admiración, creo 🌱)
Ahí va:
Tengo veintisiete grietas en la casa de mi niñez-Mis poemas son tijeras, a veces están llenos y otras tienen hambre-De pequeño quise ser ardilla, pero ser ardilla no da trabajo-Yo tengo una pierna llamada Miraflores y un brazo olivo de Torrelaguna-De niño era neandertal y feliz-Prefiero el desobecedario al abecedario-Aprieto los dientes para que no se me escape la vida-Sin amigos me siento un pez en la niebla-No conozco a ninguno de mis huesos, son muy tímidos-Mis padres son la A y la Z de mi cuerpo- Leer estos poemas solo en caso de incendio-Mi disfraz preferido es el de Himalaya-He tenido más vidas que un ministro pero menos que un dromedario-Vivo en verano lo que escribiré en invierno-Mis mejores poemas no están aquí, los tiene ella guardados por su cuerpo-Si me miran por rayos X encontrarán una canica-Cuando escribo me fijo en las ventanas, que son las primas de pueblo de los espejos-A mí me llegan los poemas como fuegos artificiales. Un día me muero del susto- Este libro no necesita WIFI-Me siento paralítico cuando no recuerdo una palabra-Estudié periodismo, pero debería haber estudiado para ventrílocuo, mi trabajo actual-Nací OVNI pero me puse este disfraz para no asustar a mi familia-Mis ríos se están secando, se alejan las nubes juveniles-Este libro no tiene nada que ver con el cerebro-Cada vez soy más rico y la gente más transparente-Mis recuerdos son peces cada vez más borrosos-Solo soy el dibujo del puzle-Tengo corresponsales en cada ojo-Quiero ser verbo-Soy más de servir que de obedecer-Yo quiero ser nosotros-No sé nada, lo siento.
Y lo social, lo colectivo, el vivir no solo en nuestra piel sino en la piel común. El 15M era un sueño aún sin rasgar y creímos, creamos y fuimos personas esperanzadas. También en la poesía. Por eso, poemas así, inflados de ingenuidad pero también de humanidad y sinceridad, brotaban en aquella época. Aunque ahora me den cierta vergüenza...por no ser aquello que soñé, hace tiempo, en un libro llamado Ojo y ventana.
Sobre convertirnos en ventanas
Ya no nos caben días enfermos en la tripa y se nos agolpan niños frente a los ojos, pidiendo más, que pase la película de muertos que nos atornilla los pies al calendario, va siendo hora de mudar la piel y germinar las carreteras.
En nuestro paraíso de silencio útil y lengua automática, el impulso estaba mal visto por las señoras totémicas del orden, por eso tuvimos que hacer nudo a nuestra carrera roja de jóvenes potros sin montura de otoño, ni correa.
Nos dijeron que no era fácil, que ellos lo intentaron, pero todo fueron cerraduras, que también la piel llena de manantiales, pero todo fueron ladrillos cortando el camino.
Yo sé que una tele nos basta, que con un albornoz se viven cincuenta inviernos, y una porción de amor es suficiente para no acercarse nunca al filo del colmillo, pero también sé que ninguna tele nos salvará del ruido de rinocerontes que pesa en la espalda, ningún albornoz quitará el frío de nuestra piel egoísta de iguana y yo sé que ningún amor por partes, por piezas, sin piel abierta, nos hará vivir con la ventana en la punta de la lengua esperando lo posible como si fuera pan para tripa vacía.
(2014)
Para Ojo y ventana tuve la suerte de que la cubierta la hiciera una gran artista y amiga llamada Elvira Amor Melones. Este libro, sin su capacidad de mirar distinto, no sería el mismo. Mil gracias por ayudarme a abrir nuevos horizontes conmigo 😘☀
Posibilidad
Si tuviera un corazón bisonte dónde meterlo aquí no me cabe no se rompe contra los campos no sangra de indio ni de primavera ¡se me muere de triste de ceniza! Si tuviera un corazón bisonte robaría todos los besos relámpago el vino cordillera de vuestra noche me quitaría los brazos, las piernas, para dejarle espacio, dejarle que corra, que embista mi piel y mis fronteras que se moje de lluvia y de amarillo y descanse en mi cuerpo a sus anchas. Si tuviera un corazón bisonte...
Ella
Acariciaba el café con la cuchara llenándolo de círculos, de caminos, y yo quería ser café que marcara en mi piel todas las idas y venidas que le diera la gana. Había días en que se acercaba a mí, bajaba las escaleras de mi cuerpo soltando ríos de labios y encendiendo todas las luces. Estuvo cerca pero nunca fue mía, nunca para siempre. Después de quemarse volvía a su frontera de miércoles a su piel de ventanas cerradas, a su piel siberiana esquiva, y me dejaba allí tirado con los cerezos desplegados y los pies desnudos.
y por llevar la contraria, el prólogo, de Ignacio Armada, al final:
El libro se llamaba Almas ardiendo, y lo había traducido y prologado Gregorio Marañón. Fue el primer poemario que vi en mi vida, siendo diminuto yo y enorme él, flotando ambos en la inmensidad del hogar familiar. Con el tiempo, las proporciones se invirtieron, y entonces descubrí que su autor se llamaba Leon Degrelle, y que era más conocido como fundador del partido rexista belga, un hombre que repetía orgulloso que una vez Hitler dijo que, si hubiese tenido un hijo, le hubiese gustado que se pareciese a Degrelle.
La poesía de Degrelle no llegaba muy lejos, pero resulta una macabra ironía que titulase su poemario así después de haber vestido el uniforme de las Waffen-SS. Y ahora, cuando uno piensa ya que él último libro de poemas leído va ser el postrero, cuando podemos pensar que la Poesía es hoy sólo ceniza de almas ardiendo, aparece Jorge García Torrego, que sólo sabe vestir el uniforme de poeta, y trae unas páginas en las que el fuego de la realidad consume voraz el espacio para que las palabras se arrastren y tiendan en la página.
¿Qué sabemos de Jorge García Torrego? Sabemos que, como todos somos, él es una sombra. Una sombra que se proyecta sobre las palabras. Una sombra que escribe desde la penumbra de lo cotidiano, que es siempre luz que se filtra por una persiana para calentar y no quemar. Escribe sabiendo que el poema amplía perfiles y los desdibuja, como ocurre con el mundo bajo la zona de negrura. Como en los viejos folletines radiofónicos, con la voz de Orson Welles resonando en las tardes oscuras, escuchamos en alguna parte que “la Sombra sabe”. “¿Quién conoce la maldad que acecha en el corazón de los hombres? Después del anochecer, cuando la ciudad se llena de sombras, los gángsters entran en acción. La Sombra, maestro en el arte de descubrir crímenes, pone todo su ingenio en la lucha contra los caudillos de los bajos fondos ¡La Sombra sabe...!”.
Y Jorge, como la Sombra, nos cuenta una parte de lo que ha averiguado contemplando la noche y el bajo fondo de la realidad. Nos lo cuenta en algo que podemos llamar versos, o de cualquier otra forma, pues es más una cuestión de ética que de métrica.
Nosotros también sabemos algo. Sabemos que Jorge ha vivido cerca de una cárcel y aún más cerca del aire y de las sierras. Sabemos que su madre sabe hacer el gazpacho con plenitud solar, y que su abuelo Antonio lee ahora a Lorca, descubriendo la poesía con la pasión con la que dicen que un antiguo romano empezó a aprender griego con ochenta años, puesto que uno nunca sabe en qué momento esto acaba, y qué puede ser útil en el Otro Lado. Hay que estar preparados. Y además, la Poesía, al contrario que el resto de nuestros aprendizajes, nos sirve siempre para el ahora, sin importar el mañana. Tal y como escribe Jorge García Torrego.
Sabemos todo esto porque en una lejana, lejana galaxia, hace mucho, mucho tiempo, Jorge y yo ocupamos el mismo aula durante unos meses, en ese juego en el que todos pierden llamado universidad. Allí entreteníamos el tiempo hablando y examinando sobre Periodismo, Cultura y otras falacias vitales. Examinamos nuestras complicidades. Hablamos sobre creadores y auras frías. Debatimos una vez y otra sobre las posibilidades de la obra de arte y su originalidad en el tiempo en el que existen copias perfectas y multiplicables al infinito.
Pero resulta que la Poesía es hoy el único espacio en el que la obra literaria reelabora su aura, quizá porque cada vez se compra menos, y por eso, se imprime menos. Si Jorge copiase sus poemas varias veces -no a modo de castigo, que quede claro-, seguirían sus palabras, de urbanita maldito, conservando su aura de resplandor en la nieve. Este poeta, con aspecto de noble matutero transalpino, con mirada de viaje interior y verbo nerudiano sólo hasta lo justo, ha comprendido como pocos el verdadero proceso histórico de la Poética: de lo sacro a lo narrativo, de lo narrativo a lo metafórico, y ahora, o bien volvemos a narrar, o sólo contaremos anécdotas versificadas que cabrán en una pantalla de teléfono móvil. Por eso este poemario narra experiencias, sin apartarse de la capacidad de la lírica para trastocar los emblemas de cada elemento de la realidad. Como en el T.S. Eliot de los Cuatro cuartetos, en esta obra de título surreal pero pulso eterno, Ojo y ventana, se recrea el verso eliotiano: “Vieja piedra para edificio nuevo, vieja madera para hogueras nuevas / viejas hogueras para cenizas, y cenizas para la tierra, que ya es carne”.
Y es que al final, la Poesía siempre sabe manotear en la superficie del naufragio, y encontrar maderos nuevos a los que aferrarse, como este libro. Maderos nuevos para elevar milenarios fuegos hasta las Alturas. Paul Dirac, uno de los casos más radicales de autismo genial en la Historia de la Ciencia, mantenía que en Física se intenta decir a la gente las cosas de una manera tal que comprendan algo que nadie antes sabía. Y que, en el caso de la Poesía, la finalidad es exactamente la opuesta. No obstante, su principal descubrimiento en el mundo cuántico se representaba como el Mar de Dirac, un océano infinitesimal de partículas en el que los positrones creaban huecos. Un mundo de rara poesía. Y difícilmente comprensible.
Tal vez todo sea más sencillo. Al vate galés Dylan Thomas, en el transcurso de una encuesta, le hicieron una pregunta aparentemente compleja: qué era para él la Poesía. Thomas mantenía que había empezado a escribir porque se había enamorado de las palabras antes de saber lo que significaban, que amaba aquellas formulaciones del lenguaje cuando las escuchaba por primera vez; sonidos melodiosos que reproducía y formaban entonces parte de él. Y respondió: “Yo sólo leo poesía por placer. Leo sólo los poemas que me gustan. Cuando los encuentro, entonces lo único que puedo decir es "Los hallé" y leerlos por placer. Lea los poemas que le gusten. No le preocupe que sean "importantes" o perdurables. Después de todo, ¿qué importa lo que la poesía es? Lo que importa es el movimiento eterno que está detrás de ella, la vasta corriente subterránea de dolor, locura, pretensión, exaltación o ignorancia”.
En fin, creo que este libro, estos versos que se avecinan, son poesía, y creo que T.S. Eliot, César Vallejo, Oliverio Girondo y Dylan Thomas estarían de acuerdo. Y muy probablemente Leon Degrelle no. Y Marañón querría diagnosticar a Jorge. Y Paul Dirac nadar con él en un mar de partículas. Nosotros nos conformaremos con leer lo que escribe, porque en Jorge García Torrego se está manifestando de alguna forma una coherencia del ser y del estar, del escribir y del sentir. Un aura ardiente. Y podemos calentarnos las manos y el alma arrimados a sus versos.
En 2015 estaba yo terminando el Máster Universitario en Formación e Investigación Literaria y Teatral en el Contexto Europeo en la UNED cuando, para terminarlo, tuve que hacer un trabajo de investigación sobre un tema novedoso (lo que se suele llamar un TFM).
Como estaba bastante cansado ya del Máster, estaba viviendo a tope el fenómeno de las #jamsessions en Madrid y tampoco se me ocurría otro tema novedoso, decidí hacer la investigación sobre lo que estaba viviendo y ayudando (muy poquito) a construir: la poesía oral en el Madrid del siglo XXI.
Ese TFM fue bien, acabé el Máster y busqué editorial. Todos los que hemos leído poesía en España conocemos a la editorial Amargord. Por cosas buenas (Zurita o Gonzalo Millán, entre otras grandes voces) y por cosas malas. A mí me habían ofrecido publicar con ellos en 2010 un libro de cuentos por unos 300 € y dije no, aún era así de romántico, ya ves. En esta ocasión, ya en 2018, y como también tenían un sello en Latinoamérica, decidí tragar un poco mis dudas y escrúpulos y tirar palante pero, eso sí, con mil ojos en el contrato y en todo lo que acordara con ellos. De todos modos, agradecí y agradezco que confiaran en mí.
Salvo la cubierta (flipante, por cierto), de Gsús Bonilla, la edición del libro fue bastante desastre, poco profesional, frustrante y decepcionante. Pero hubo trabajo por su parte, eso sí que se lo reconozco. Y también el aporte esencial de las fotografías de Federico Romero y Carmen Lafuente, que llevan al libro a otro lugar mucho más importante.
El caso es que aquella edición acabó con burofax, incumplimiento de contrato (por su parte) y el libro se quedó en tierra de nadie (en teoría). Nunca recibí 1€ por la venta de ese libro aunque, a día de hoy, se siga vendiendo. Decidí pasar y tirar por mi cuenta.
Y, por eso, en 2021 decidí rescatar este libro, pionero en tratar el fenómeno de la poesía oral en Madrid/España. Con este diseño quise darle una nueva vida, pero también con nuevas entrevistas y contenido interesante, que pongo en la siguiente foto.
Como comentaba en la anterior publicación, esta segunda edición del libro venía para rellenar un hueco que había quedado vacío. Y, por eso, intenté que fuera el mejor libro posible. Os adjunto aquí el índice:
Además de los mencionados en el índice, conté para esta edición con el prólogo de mi admirado @albertogarciateresa, a quien le agradezco mucho su apoyo y generosidad.
Y, para terminar, quiero decir que no me gusta crear polémica. Pero no soy un cínico ni un cobarde y, cuando alguien hace mal las cosas, se tiene que decir. Como dije en la primera publicación, siempre agradeceré a los editores que han confiado en mi poesía, entre ellos Chema de Amargord, lo que no apoyaré es que se haga en términos injustos.
Quise que el diseño de la cubierta de esta reedición no fuera «otra cubierta más» y, por eso, me costó mucho encontrar el diseño que reflejara el lugar de creatividad, pasión y también aleatoriedad que es (o debería ser) una #Jamsession. Además, quería que no fuera solamente visualmente atractivo, sino que fuera útil, que hubiera información interesante. Por eso, la cubierta interior tiene el índice incluido, para que se pueda ojear fácilmente qué es lo que esconde el libro...
Las marcas que veis de cercos de vasos, con vino, son marcas reales. Pensé en insertarlas con un diseño pillado por internet, pero creí que el efecto sería más real y más auténtico así (y además el vino estaba muy bueno! 😂😍)
Y, como dice esa servilleta que tomé prestada de algún bar (durante varias semanas fui comparando servilletas hasta que encontré la que me encajaba).
¿Recordáis aquel tiempo de vendaval y besos, lenguas y nervios, adolescencia y sudor?
¿Recordáis aquellos besos olímpicos y maravillosos que nos hacían entrar en otra época, en otra edad del cuerpo, otra edad del sentir?
Yo sí, aún los recuerdo. Y recuerdo la temperatura tropical que, húmeda, hizo quemadura en el baúl nebuloso de mi memoria.
Aquí hay una especie de mapa de aquellos besos. Es un mapa que publiqué en mi último libro y que forma parte de todo un hogar, todo un mundo acogedor (pero tramposo).
Me gustan los hombres que aguantan un gallo en la lengua para que no se despierten las nubes. Me gustan los animales de dos patas que tocan el xilófono en una espalda, con los dedos más meñiques y silenciosos de la historia.
Me gusta tu traje guardabosques, tu llave para la jaula del tigre que siempre pierdes, que nunca sabes en qué boca dejaste. Vivan sin lombrices ni sombra los hombres que ríen y dejan caer todos los cuchillos y no importa qué insulto llega a tu casa no importa. Que sigan saltando los jóvenes con ojos a tres cuerpos por segundo, a tres olas por cintura, borrachos en cada acantilado.
Me gustan las bocas abiertas que esperan la lluvia en verano tu dedo índice como inicio del mundo la llegada al perdón de las guerras al descanso del miedo de la sangre me gustas tu la enemiga de todos los mapas que no te alcanzan.
Alquimia de piel y negrura, palimpsesto del ayer y del mañana, somos sendero fuera de las calles y sus grises, hacemos la plegaria para evocar al mito, ancla y tallo del mundo vegetal que compartimos. Por tu calor estoy ciego, porque mis ojos no ven los esquinazos de lo necesario, de lo que hay que hacer, de sus estrategias, solo en tu cuerpo puedo moverme libre, sin moratones ni aguantar el aire. Porque debo en tu cuerpo no, en tu deseo no, en mi deseo te encuentro.
Porque estamos en la pecera de la habitación y desde aquí el mundo se sujeta, se ampara, se hace habitable. Porque seremos el camino al margen, su residuo, su temperatura que no cumpla las estadísticas sigo vivo. Porque el deber me ahoga yo debo acudir a ti, traquea, sistema respiratorio funcional, branquia donde hago las paces con el vivir, donde la pausa me alimenta.
En esto de la poesía, como en todos los fregaos donde me meto, creo más en el aprendizaje que en la volatilidad extraña de la suerte, del destino, de la predisposición.
Por eso, me extraña que haya poetas de renombre que nunca hayan comentado a otros poetas, que no hayan dicho: «joder, leed a este o a esta poeta, mirad lo que hace, aprended como yo he aprendido», y entiendo que este mutismo puede suceder por dos razones:
O bien no lees y por eso no te sientes interpelado por otros, por esa empatía con el dolor, con la alegría, con el amor del otro. O bien, sí que los lees, sí que sientes esa empatía, pero interpretas que nombrarlos en redes, difundir su(s) hallazgo(s) puede menoscabar tu posición en la fila del reconocimiento público.
A mí no me importa compartir este poema o a esta poeta contemporánea o no. Debo este oficio a aquellos que me dijeron «¿Conoces a Roque Dalton?, ¿a Angélica Liddel?», y por eso no puedo apropiarme de esos tesoros. Necesitamos que más personas sean sorprendidas por la poesía. Da igual si es mía o es de otros. Compartamos lo que nos hace humanos, combatamos el ruido con fraternidad y empatía con la emoción del otro.
Desnudos de Dios y su canción enferma como lluvia de abejas. Destruimos las instrucciones del misterio sagrado y no es fácil construir un mapa. El bien y el mal son un trabajo del colegio de tu hijo, cosas de niños, ideas impecables e inútiles.
Dios es el silencio a todas nuestras preguntas, el frontón donde chocamos de cabeza, una rotonda sin salida.
Nosotros somos la sagrada humanidad despertando de la siesta y encontrando sangre entre las sábanas. Encontrando hermanos muertos y la gravedad vertical de la herida, tumores negros como magnolias infectadas, la resaca de nuestro intento de olvidarlo todo y volver al aullido, no conocer el frío de la soledad.
No tenemos tiempo, ya es casi tarde, en las esquirlas de la felicidad encontramos a Dios, el sabor intermitente en la lengua, hacer pie un segundo, y seguir preguntando.
En la película de Julio Medem, Los amantes del Círculo polar ártico, hay una escena en que Ana, (Najwa Nimri), espera a Otto (Fele Martínez) sentada en una silla, enfrente de un lago a las afueras de Rovaniemi, en Finlandia. En pleno Círculo polar ártico. Y es entonces cuando el sol de la medianoche baila en el horizonte y no llega nunca la oscuridad.
Cuando vi esta película, Laponia era un lugar extraño, poético, en medio de la nada. Y a través de ella, de las relaciones de sus protagonistas, en mi cabeza se formó otra imagen, pero también poética, extraña, donde se podría esperar cualquier milagro. Y yo también quería esperar un milagro.
En mi caso, no fue Rovaniemi sino la ciudad sueca de Jokkmokk, a siete kilómetros de la línea invisible del Círculo polar ártico. Es diecinueve de mayo y el pueblo está muerto. Los hostales, vacíos, apenas esperan tu llegada. Todo el mundo dice que es la peor fecha para viajar a Laponia, o más correctamente, a Sapmi, el territorio donde viven los samis, pero quizá sea la mejor para encontrar silencio y lugares salvajes sin oír a algún compatriota espetar un, joder, ¿Aquí vive Papa Noel, no?, o sin que haya una marabunta de turistas en busca de trineos de perros y hoteles de hielo.
Jokkmokk es un pueblo hecho a lo ancho, sin problemas de espacio. Las casas se dejan respirar unas a otras y las calles son largas y vacías. Visito el museo sami, uno de los más importantes de esta nación, y conozco su manera de vivir. Me doy cuenta de su respeto por la naturaleza, sus costumbres, cómo sobreviven al frío y a los animales, y también descubro como los suecos, los noruegos, los fineses y los rusos han ido minando su población y sus recursos hasta condenarles a abandonar el nomadismo y adaptarse a la manera de vivir de estos países. Los países nórdicos, son muy respetuosos con las otras culturas y con el medio ambiente, pero incluso ellos también tienen cosas de qué avergonzarse.
Y después de desinflar el mito verde y tolerante de los nórdicos, me lanzo a la carretera a buscar algo invisible; el Círculo polar ártico, a siete kilómetros al sur de la ciudad. Como en esta época no hay apenas turistas, no hay medio motorizado salvo el taxi que me pueda llevar hasta allí. No me gustan los taxis en Suecia, debe ser por el precio, así que decido ir andando y haciendo autoestop esperando que alguien me lleve. Siete kilómetros parece poco, ¿no? En una media hora seguro que estoy ahí. Además, seguro que me coge alguien antes…
La carretera es un corte negro de alquitrán en medio de verde y azul. Los bosques y los lagos son mayoría en casi toda Suecia, y aquí arriba, donde apenas vive gente todo el año, dominan casi todo el terreno. Aunque los paisajes son espectaculares, andar por carretera siempre es bastante pesado. Los pocos coches que pasan silbando a tu lado, te recuerdan que aquí arriba también hay civilización aunque a ninguno le de la gana de parar para llevarte unos pocos kilómetros. Sigo andando, pensando sin parar cuantos kilómetros llevaré, a qué velocidad anda una persona, qué hacen los peces de los lagos cuando se congelan, y así sigo con mis divagaciones hasta que veo, a unos veinte metros, un rebaño de renos que cruza la carretera. Y se quedan parados. Y me miran.
Y yo, como lo más parecido que he visto a unos renos han sido las vacas de mi pueblo, me quedo parado también. Por si acaso. Los renos, cuando llevan a Papa Noel de un lado para otro, parecen muy majos, pero cuando te encuentras siete u ocho en medio de la carretera, a “tiro de embestida”, pues da un poco de miedo, la verdad. Afortunadamente, tras mirarnos un rato más, uno de ellos vuelve al bosque y el resto le sigue. Menos mal, ya puedo seguir.
Después de una hora y media viendo paisajes increíbles, llego al Círculo. Y en el Círculo polar ártico, encuentro una fila de piedras pintadas de color blanco que indican la línea imaginaria, un cartel, unos baños, y un chiringuito cerrado. Como un idiota, me hago la foto obligada y me siento en una de las piedras a esperar a Anna, a Otto, o la vuelta de los renos. No viene ninguno, y solamente para una furgoneta llena de alemanes que quieren ir al baño. El Círculo polar ártico es un desierto, joder. Pero me gusta que no haya nadie.
Acostumbrado a la rutina de luces y espectáculo, donde cualquier evento necesita neones, flyers o publicidad para ser visto, encontrar un lugar autosuficiente y especial por sí mismo es una sorpresa. Incluso en el fin del mundo. Creyendo haber encontrado mi milagro particular, vuelvo a la ciudad. El viaje de vuelta se hace más corto y los pájaros que no dejan de gritar y hacer cabriolas me parecen el mejor espectáculo del mundo.
contaminar el asfalto que cultiva la muerte, no dejar que su mala yerba me colonice.
Bañarse ahí, donde la memoria inunda la sed, donde se justifica el chapoteo en sangre de las agujas del reloj, su galope, la grieta donde florece la arruga.
Y ser, porque el otro crece en diluvio, boca repleta de «me gusta» donde naufragan los sabores.
Esquivar el perfil afilado, animal de jaula y código, pantano sin ahora ni mármol donde la piel se pudre.