Islas divergentes

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Hermano pulpo, de Miguel Martínez López

 




Debe ser que, como Neruda, este ser limitado pero infinito que es Miguel «se cansa de ser hombre» y por eso decide lanzarse a descifrar la mente, los tentáculos, las pezuñas, los utensilios de cocina, las frutas o cualquier otro elemento humano o animal para no dejar ni un rincón sin verbalizar. Como dice Miguel en un poema de este libro: “recemos la oración del ‘no sé’ / construyamos iglesias / con forma de interrogación» porque es desde la humildad del no saber que podemos acercarnos, poco a poco, al saber”.

El horror vacui del sentir se multiplica y multiplica en Hermano pulpo de todas las maneras posibles y da la impresión de que, al igual que con el resto de sus libros, las obras de Miguel Martínez no se archivan en anaqueles sino que se deberían guardar debajo de la tierra, en la muela de un dromedario, sobre la curva de un pasamanos, en el auditorio de un hormiguero o quizá en la oscuridad misteriosa de los océanos abisales.

Pero, aunque este Hermano pulpo, ganador del decimoctavo Premio Leonor de Poesía 2024, sea un ejemplo de humildad desde el no saber donde el poeta no solo se pregunta y se sigue preguntando sobre los límites del universo, el autor también se explora a sí mismo, se moja, se mancha las manos de palabras y subjetivismo como un cirujano que se abriera el pecho en busca de Eurekas o sosiego existencial.

Y es que en este libro que tenéis o tendréis pronto entre las manos, este ser humano habla de sus miedos, de sus constantes vitales, de su sensación de vacío. Podría parapetarse sin problema en los juegos verbales de los cambios de máscaras para en realidad no decir, para no exponerse, pero es que Miguel Martínez López es voraz, lo quiere todo y por eso mira, huele y siente a través de cualquier objeto, pero también a través de sí mismo. Y sientes esa angustia, el lector acompaña en el juego pero también en la incapacidad, en la inutilidad, a veces, de la palabra, para corregir la vida. Porque, como decía al principio, Miguel Martínez es, antes de todo lo demás, un ser humano.


La poesía AÚN: Poemario Mis pies de mono, de Miguel Martínez López

 La primera vez que vi a Miguel Martínez López fue un martes cualquiera, hace ya unos años, en los Diablos Azules. Recuerdo que no es que me gustara su poesía, es que me sorprendió. Fue rápido el paso de la risa de alguno de sus poemas al frío de la angustia existencial y luego alguna de sus imágenes poéticas me remató. Joder. Le pedí su nombre y lo busqué por Internet. Descubrí que tenía un blog, Mis pies de mono, donde publicaba sus poemas. Ahí quedó la cosa porque tampoco le volví a ver, o si le vi no lo recuerdo. Y hace unos meses, en este zoco digital que es facebook, descubrí que alguien iba a ir a la presentación del libro Mis pies de mono, de Miguel, en esa semana. No pude ir, pero sabía que ese poemario iba a ser un atlas del dolor, de la alegría, de la angustia humana.


Y no me equivocaba porque en este libro publicado por Bailedel sol encuentras la agujeta enorme que supone hacerse mayor, como en el poema que inaugura el libro Cambio de asiento,

(...)
Guapos y valientes,
en el futuro atravesaremos
los campos, las ciudades,
sujetos a las crines de nuestro
caballo de acero.
(...)
Cómo imaginar
el asiento de delante
las mañanas de clínex y bostezos
la primavera gris de los semáforos.
(...)

Se puede decir que Miguel, desde la rutina y lo más opaco que te venga a la cabeza (hacer la compra, filosofar en la taza del váter, las axilas, los mosquitos del verano, el deambular mirando una manzana o al cielo) sabe desenrollar y multiplicar un paisaje rico y exacto. Digamos que pone la cantidad exacta de cocodrilo y de despertador, de risa y de muerte.

¿Y cómo no se va a admirar la poesía de un tío que escribe el poema Las palabras y las cosas? Ese poema que por supuesto quise, quiero y querré escribir porque consigue la magia de los poemas buenos y venenosos, que al leerlos crees que te han salido de dentro, que lo de fuera solo ha vuelto:

Yo no lo recuerdo
pero mi madre cargaba en brazos
cogía entre las suyas
mis dos pequeñas manos
que no eran manos todavía
que eran ruiseñores mudos y ni eso
que eran cabos sueltos
y me obligaba a tocar los objetos de la casa
uno a uno.
(...)
http://mispiesdemono.blogspot.com.es/


Y así te quedas, con cara de tonto y solo llevas treinta páginas del libro. La verdad es que es un libro currado, en el que aparece todo el mundo, incluido el currela (en el poema El extraordinario caso del hombre normal) que toma el café a tu lado cualquier mañana y que no leerá (creo) ningún libro de poesía porque no se siente identificado. (Pero en este si). También Miguel Martínez tiene la precisión o la alquimia o yo que sé de poder hacer imágenes poéticas como estas,

Llueve y es una catedral gótica/puesta boca abajo,
era tiernamente difícil/como el centro de un sudoku
Hoy el cielo limpio/como un portal recién fregado

Y ya veis, qué ojo tan normal y tan extraño tiene Miguel, qué dualidad (de puta madre) para seguir madrugando, desayunando, comiendo y viviendo y por otro lado, todo lo demás. El libro publicado por Baile del sol vale mucho menos dinero de lo que debería así que, antes de que alguien se de cuenta y se chive y suban el precio y a Miguel Martínez López lo pongan en altares y esas cosas y le regalen bolígrafos y cuadernos por las calles, id a comprarlo. Si no os gusta, leedlo de nuevo.

Aquí os dejo mi poema favorito de este librazo, que además me recuerda a mi poema preferido de tooooodos, el de La masa de Vallejo:

El poeta impuntual

El poeta vio una
puesta de sol
dulcemente hemorrágica
afiló sus lápices
muy rápido
y se sentó a escribirlo.

El poeta vio
a una mujer desnuda
siniestramente blanca
afiló sus lápices
muy rápido
y se sentó a escribirlo.

El poeta vio
a un niño devorando una chocolatina
despiadadamente puro
afiló sus lápices
muy rápido
y se sentó a escribirlo.

Por más que lo intentase
siempre llegaba tarde,
Siempre tarde
y la poesía de allí
se marchaba antes.

Cansado
el poeta se miró al espejo
afiló sus lápices
muy rápido

y se sentó a escribirnos.

Presentación de Miguel Martínez López en «A Vallecas en verso»



Andaba yo ilusionado por haber sido invitado al Centro Cultural Paco Rabal de Vallecas cuando apareció el majo de Miguel Martínez López, poeta, amigo y compañero en estos tejemanejes de las palabras. Y me escribió esta presentación que no puedo no compartir aquí junto a algunas fotos del evento:


DESCRIPCIÓN OBJETIVA:
Jorge García Torrego. Mide en torno a los 180 centímetros y pesa unos 70 kilos. Jorge García Torrego nació en Miraflores de la sierra, provincia de Madrid en 1986. Es licenciado en periodismo por la universidad San Pablo CEU Y tiene un máster en investigación y formación en literatura y teatro en el contexto europeo en la UNED.
Ha escrito los libros de poemas:
Ojo y ventana con Canalla Ediciones en 2014, Cercanías, Baile del Sol 2016, El ensayo Convivir poesía / conbeber poesía, El fenómeno poético de las jams sessions en el Madrid del siglo XXI, Amargord. Y su último y más reciente libro: El despertador de Sísifo con la editorial Lastura publicado en 2019
Más cosas objetivas no digo porque las descripciones objetivas son un rollo así que paso a la subjetiva.
DESCRIPCIÓN SUBJETIVA:
La primera vez que vi a Jorge fue en Diablos Azules hará casi 10 años, los dos sosteníamos una cerveza en una mano y en la otra unos folios temblorosos. Leíamos allí nuestros jóvenes e ilusos poemas. Éramos mucho más noctámbulos y un poco más guapos. En aquellos tiempos no había decenas de recitales a la semana, no existía Instagram y si decías en ciertos contextos que escribías poesía parecías un friki de otra época. Jorge tendría veintipocos años, pero yo solo con verle sabía que estábamos perdidos. Porque él ya tenía esa mirada. La mirada del entusiasmo. Entusiasmo viene del griego enthusiasmós y quiere decir llevar un dios dentro, estar poseído. Los griegos consideraban entusiasmados a los profetas, a los enamorados y a los poetas. Pero yo añadiría una categoría más. Los pirómanos. Jorge tenía cara de pirómano. La cara del pirómano que ha visto por primera vez el fuego. Esa fascinación primordial. A Jorge le había picado la araña de la poesía y ya estaba contagiado. Yo lo miraba con curiosidad y algo de miedo porque estaba empezando y veía en sus ojos el tamaño del monstruo.

Desde entonces hasta hoy hemos seguido al pie del bolígrafo, han venido más cervezas, más micros y la poesía nos ha hecho moderadamente infelices que diría Bolo. He podido escucharle y leerle muchas veces y ver cómo el poeta Jorge García Torrego crecía, pero siempre desde aquel impulso inicial. Eso es lo que más admiro en sus poemas, el impulso. No ha perdido el impulso. Ha subido la apuesta. No se ha conformado. Para mí entre todas las tensiones que atraviesan un poema hay una fundamental. El poema está siempre entre dos polos. Luego está el ritmo, que es la velocidad a la que uno camina hacia alguna dirección, pero direcciones en el fondo para mí solo hay dos:
Hacia el norte, dónde está la imagen centelleante, imprevisible, la belleza incendiada, los esguinces a la prosodia, el espasmo creativo. El lenguaje como un animal que se muerde a sí mismo.
Y hacia el sur, donde está el sentido, las palabras de la tribu, la deuda que tiene la poesía con el mundo real, con la vida, con maldecir y bendecir lo que nos pasa los martes en la oficina.
Pues bien, Jorge quiere ir al norte y al sur. Ese ha sido siempre su impulso. Quiere estar arriba y abajo. Ser el tigre que mata y la gacela muere. Llover mucho y ser el paraguas. Sabe que esto es un juego imposible y a lo imposible se juega con las reglas de lo imposible. Yo también quise eso. Yo también quiero eso. Crear belleza y que esa belleza nos alumbre, nos destruya y nos cobije. Eso es de una ambición desmedida. Eso es puro entusiasmo. Eso es bastante imposible. Lo peor de todo es que el cabrón, lo consigue.
Con ustedes Jorge García Torrego: