Pues nada, aquí lo tenéis. Lo que todos estabais esperando, un pódcast de poesía 🎉. Bueno, aparte de la broma, a nosotros SÍ QUE NOS HACE ILUSIÓN este espacio llamado Tarumba. Es un pequeño pódcast en el que Lorena Mora y yo hemos volcado algunos poemas que nos gustan. Y poco más, la verdad. Que sois todos bienvenidos y que ojalá os guste la compañía que nos hemos buscado 😘.
Cada jueves subiremos nuevos capítulos. Estáis todo invitados, aquí os dejamos los capítulos:
En la película de Julio Medem, Los amantes del Círculo polar ártico, hay una escena en que Ana, (Najwa Nimri), espera a Otto (Fele Martínez) sentada en una silla, enfrente de un lago a las afueras de Rovaniemi, en Finlandia. En pleno Círculo polar ártico. Y es entonces cuando el sol de la medianoche baila en el horizonte y no llega nunca la oscuridad.
Cuando vi esta película, Laponia era un lugar extraño, poético, en medio de la nada. Y a través de ella, de las relaciones de sus protagonistas, en mi cabeza se formó otra imagen, pero también poética, extraña, donde se podría esperar cualquier milagro. Y yo también quería esperar un milagro.
En mi caso, no fue Rovaniemi sino la ciudad sueca de Jokkmokk, a siete kilómetros de la línea invisible del Círculo polar ártico. Es diecinueve de mayo y el pueblo está muerto. Los hostales, vacíos, apenas esperan tu llegada. Todo el mundo dice que es la peor fecha para viajar a Laponia, o más correctamente, a Sapmi, el territorio donde viven los samis, pero quizá sea la mejor para encontrar silencio y lugares salvajes sin oír a algún compatriota espetar un, joder, ¿Aquí vive Papa Noel, no?, o sin que haya una marabunta de turistas en busca de trineos de perros y hoteles de hielo.
Jokkmokk es un pueblo hecho a lo ancho, sin problemas de espacio. Las casas se dejan respirar unas a otras y las calles son largas y vacías. Visito el museo sami, uno de los más importantes de esta nación, y conozco su manera de vivir. Me doy cuenta de su respeto por la naturaleza, sus costumbres, cómo sobreviven al frío y a los animales, y también descubro como los suecos, los noruegos, los fineses y los rusos han ido minando su población y sus recursos hasta condenarles a abandonar el nomadismo y adaptarse a la manera de vivir de estos países. Los países nórdicos, son muy respetuosos con las otras culturas y con el medio ambiente, pero incluso ellos también tienen cosas de qué avergonzarse.
Y después de desinflar el mito verde y tolerante de los nórdicos, me lanzo a la carretera a buscar algo invisible; el Círculo polar ártico, a siete kilómetros al sur de la ciudad. Como en esta época no hay apenas turistas, no hay medio motorizado salvo el taxi que me pueda llevar hasta allí. No me gustan los taxis en Suecia, debe ser por el precio, así que decido ir andando y haciendo autoestop esperando que alguien me lleve. Siete kilómetros parece poco, ¿no? En una media hora seguro que estoy ahí. Además, seguro que me coge alguien antes…
La carretera es un corte negro de alquitrán en medio de verde y azul. Los bosques y los lagos son mayoría en casi toda Suecia, y aquí arriba, donde apenas vive gente todo el año, dominan casi todo el terreno. Aunque los paisajes son espectaculares, andar por carretera siempre es bastante pesado. Los pocos coches que pasan silbando a tu lado, te recuerdan que aquí arriba también hay civilización aunque a ninguno le de la gana de parar para llevarte unos pocos kilómetros. Sigo andando, pensando sin parar cuantos kilómetros llevaré, a qué velocidad anda una persona, qué hacen los peces de los lagos cuando se congelan, y así sigo con mis divagaciones hasta que veo, a unos veinte metros, un rebaño de renos que cruza la carretera. Y se quedan parados. Y me miran.
Y yo, como lo más parecido que he visto a unos renos han sido las vacas de mi pueblo, me quedo parado también. Por si acaso. Los renos, cuando llevan a Papa Noel de un lado para otro, parecen muy majos, pero cuando te encuentras siete u ocho en medio de la carretera, a “tiro de embestida”, pues da un poco de miedo, la verdad. Afortunadamente, tras mirarnos un rato más, uno de ellos vuelve al bosque y el resto le sigue. Menos mal, ya puedo seguir.
Después de una hora y media viendo paisajes increíbles, llego al Círculo. Y en el Círculo polar ártico, encuentro una fila de piedras pintadas de color blanco que indican la línea imaginaria, un cartel, unos baños, y un chiringuito cerrado. Como un idiota, me hago la foto obligada y me siento en una de las piedras a esperar a Anna, a Otto, o la vuelta de los renos. No viene ninguno, y solamente para una furgoneta llena de alemanes que quieren ir al baño. El Círculo polar ártico es un desierto, joder. Pero me gusta que no haya nadie.
Acostumbrado a la rutina de luces y espectáculo, donde cualquier evento necesita neones, flyers o publicidad para ser visto, encontrar un lugar autosuficiente y especial por sí mismo es una sorpresa. Incluso en el fin del mundo. Creyendo haber encontrado mi milagro particular, vuelvo a la ciudad. El viaje de vuelta se hace más corto y los pájaros que no dejan de gritar y hacer cabriolas me parecen el mejor espectáculo del mundo.
Para poder entender el concepto jamsession debemos ir al origen, al concepto mismo de poesía oral. Antes de nada, debemos delimitar las diferencias que podemos encontrar entre esta poesía oral y la poesía escrita —y, por extensión, de su expresión oral y la escrita— y qué características tiene cada una de ellas y su evolución hasta el día de hoy.
Hay que tener en cuenta que el lenguaje es, en primer lugar, oral y después escrito. Aparte de nuestra propia experiencia personal (nosotros mismos como habladores/escuchadores, nosotros mismos como escribidores/lectores, en ambos casos codificadores/descifradores), solo cabe tener en cuenta el hecho de que, si el Homosapiens tiene 40 000 años, la escritura tiene apenas 6 000. Por lo tanto, cuando hablamos de escritura, estamos hablando de una oralidad evolucionada, un paso más allá: «la lengua hablada y la signada son la manifestación básica o primaria del lenguaje, mientras que la lengua escrita (…) es secundaria[1]».
Además, en las sociedades anteriores a la escritura, el uso del verso recitado «suponía una manera colectiva de asumir el mundo: los textos recitados en voz alta no dejaban traslucir la separación entre palabras y todo era un continuum, incluida la identificación entre voz y cuerpo, del que el público participaba también como una única entidad[2]».
Pero la expresión oral tenía una tremenda limitación: no se mantenía en el tiempo. Al menos no de una manera física, objetiva y perdurable. El lenguaje oral permanecía en el imaginario colectivo gracias al intercambio de información entre los individuos de la comunidad, pero modificándose, cargándose de (y perdiendo) diferentes sentidos y significados.
Por ello se buscó fijar el lenguaje, hacerlo perdurable, homogenizarlo e inevitablemente limitarlo (en la escritura se pierden muchas características que enriquecen un mensaje, dado su carácter unificador y utilitario). La aparición de códigos de escritura sistemáticos «representó un inmenso paso adelante en la historia de la humanidad, más profundo a su modo que el descubrimiento del fuego o de la rueda: porque si bien estos últimos facilitaron al hombre el dominio de su medio ambiente, la escritura ha sido la base del desarrollo de su conciencia y de su intelecto, de su comprensión de sí mismo y del mundo que lo rodea[3]».
Pero este avance, pese a la importancia que le otorga Diringer, no contó con unanimidad desde sus inicios. De sobra es conocida la opinión de Sócrates (en boca de Platón) sobre este tema en los Diálogos de Fedro[4]:
Ella no producirá sino el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria; fiados en este auxilio extraño abandonarán a caracteres materiales el cuidado de conservar los recuerdos, cuyo rastro habrá perdido su espíritu. Tú no has encontrado un medio de cultivar la memoria, sino de despertar reminiscencias; y das a tus discípulos la sombra de la ciencia y no la ciencia misma. Porque citando vean que pueden aprender muchas cosas sin maestros, se tendrán ya por sabios, y no serán más que ignorantes, en su mayor parte, y falsos sabios insoportables en el comercio de la vida.
En el caso de la poesía, pese a que existiera el lenguaje escrito, la modalidad más extendida fue la oral hasta hace apenas dos siglos, ya que «este gran cambio de la poesía oral a la escrita producido en el siglo XIX es debido, en parte, a que con el romanticismo se intensifica el valor de la intimidad (…) y del lirismo íntimo[5]», privilegiando la visión personal del autor frente a la obra colectiva. La poesía oral era entendida como intercambio, acto colectivo, no tanto como expresión propia y limitada del autor.
Este hecho es muy interesante, pues tiene ramificaciones en otros ámbitos que alcanzan, incluso, al cómo se distribuye el "producto cultural" y que veremos más adelante en este trabajo, ya que la publicación o manifestación del poema configura inevitablemente su difusión y la recepción por parte de la audiencia/los lectores.
Es muy interesante también que entendamos la poesía oral como "poesía primaria", inicial, porque por la deformación de lo conocido parece que lo normal, lo primario, es la poesía escrita y publicada. Y en cuanto al tipo de manifestación que supone la poesía oral que trataremos en este trabajo, estaríamos hablando del segundo tipo de oralidad según la clasificación que Paul Zumthor hizo en su libro Introducción a la poesía oral[6]:
existen tres tipos de oralidad teniendo en cuenta el papel que juegan las influencias culturales: la oralidad pura, sin ningún tipo de contacto con la escritura, propia de las sociedades arcaicas, primitivas, desaparecidas hace tiempo; la oralidad mixta o secundaria, en la cual hay contacto con la escritura y con los medios de comunicación, de manera que este hecho la condiciona y matiza; y la oralidad mediatizada, donde la voz, el lenguaje, pasa a ser un vehículo exterior técnicamente moldeado por los medios. La voz, en todas las manifestaciones de la oralidad, se convierte en una característica esencial: la voz como vehículo expresivo, como objeto comunicador; el tono de la voz, la fuerza, las melodías, las imitaciones. Y esta voz va acompañada de los gestos, las miradas, los movimientos, de suma importancia cuando hablamos de oralidad.
[1] Martínez Cantón, Clara Isabel. El auge de la nueva poesía oral. El caso del poetry slam. Castilla. Estudios de Literatura 3, 2012, p. 387.
[2] Carbajosa, Natalia. Oralidad, jazz y poesía, Jot Down, 21-09-2016. Enlace disponible en: http://www.jotdown.es/2016/09/oralidad-jazz-poesia-ruth-weiss/
[3] Diringer, David. Writing (Ancient Peoples and Places), Thames & Hudson, 1962, p. 19.
Tenía que leer este libro. Estaba obligado a ello. Desde que me puse a leer cualquier cosa escrita sobre el trabajo y la explotación mientras preparaba mi El despertador de Sísifo (está muy feo que hable de un libro mío en la segunda línea de la reseña de otro libro ¿no? Pues me da igual), el explicar cómo actuamos frente al trabajo y cómo nos deja el ánimo en el cuerpo ha sido uno de mis temas preferidos, una obsesión. Supongo que cuando un tema se queda en tu cabeza durante tanto tiempo, cambiando de postura, con enfoques diversos y subtemas, es difícil eliminar esa memoria obsesiva definitivamente.
Por eso, este Aspiraciones de la clase media es un libro que encaja perfectamente en esa búsqueda de conseguir explicarnos qué hacemos esas 8 horas al día delante de un ordenador, una agenda, un horario, o unas órdenes. O, incluso, pensar, analizar y así crear una tabla que nos salve del naufragio que supone estar en paro.
Brenda Ríos, poeta mexicana, escribe un libro duro, poderoso, plomizo. Porque quizá ese decir no es solo una estética sino la única estética posible para hablar del curro. Como si para hablar del trabajo hubiera que entrar en la tormenta calma pero lacerante que supone tener una checklist siempre en la cabeza, un dominio de los tiempos, un nudo en el estómago que nos ubique en el lugar adecuado.
El libro está dividido en dos grandes secciones: la primera, homónima, y la segunda, Casa.
Esta división, muy básica y práctica, construye una dicotomía, un gozne, que, en teoría, evidencia el acantilado de la dureza del trabajo y endulza el territorio amigable de la casa. En teoría. Pero lo que yo puedo ver en este libro es que los poemas de Brenda no solo señalan la dureza del mundo y sus jornadas laborales, sino que es también en la intimidad donde se produce el desgarro y la desidia.
Sencillo y doloroso este inicio del poema Teoría de la evolución de la sección Aspiraciones de la clase media:
A mis 41 años siete meses de edad
busco empleo
nada del otro mundo
las cosas no salieron como esperaba
se empareja con la bella visión que Cortázar nos dio del Minotauro en Los Reyes y que Brenda Ríos desgrana en el poema Fiesta, de la sección Casa:
El minotauro no fue invitado a la fiesta
es más, tampoco es que lo odiaran, solo que a nadie
se le ocurrió que
seguía vivo.
Pero no solo, porque Casa no es un lugar idílico, un refugio para aguantar la lluvia de granizo del afuera que se supone que es el trabajo, sino que también en el hogar, en lo doméstico habita la necesidad y la angustia.
Creo que este libro, esta muestra de dolor y batalla, es un buen libro porque he sentido la soledad y la incertidumbre de alguien como yo que se pregunta por qué estamos así, porque estoy así, en una pregunta individualísima, y que muestra la distancia que sentimos algunos al ver que las personas a nuestro alrededor progresan, avanzan, crecen e incluso se reproducen mientras nosotros no, mientras nosotros seguimos peleando por mantenernos a flote.
como el que es alegre y vencido por el amor, Juan Carlos Mestre
En la tiranía de los ojos abiertos en la noche, en el imperio feliz de tu cuerpo por sembrar de ahoras, en la muchedumbre que nos habita, en el jolgorio del amor cruzando tus patas y mis patas el asfalto de la monotonía vencido por la ternura de nuestras raíces, en el pálpito de nuestros troncos antes del brote de la rama nueva, una confesión, un secreto de niños torpes y silenciosos.
Allí, en ese aparecer bajo la bruma te encuentro, allí, en el cruce donde pasamos a la acera de los conocidos, en la acera del mirarse a los ojos, en la acera donde un cuerpo es tan solo un pedazo de pan donde encontrarnos.
(En el libro Hogar, 2020: https://jorgegarciatorregolibros.wordpress.com/hogar/)
Una de las evidencias que resaltó la pandemia fue la necesidad que tenemos de lo cercano. Planeó la amenaza del desabastecimiento sobre nuestras cabezas mientras nos quedábamos pegados a una pantalla, a dos o a tres, y el mundo en pausa. Sin embargo, los productos necesarios, como un milagro, siguieron llegando a las tiendas. Porque vivimos en las ciudades y en los países del primer mundo, pero nos alimentamos y vivimos de lo que se produce en los terceros mundos, en un más allá, en las periferias, en lo que queda desenfocado, en la oscuridad.
Desde entonces, creo que somos muchos los que hemos reflexionado sobre la labor del alimentarse, que más que una labor debería ser un eje en cada gobierno del mundo y en cada persona. Sin embargo, cada vez está más deshabitada la idea del campesino, sus inquietudes, su hacer, los precios con los que nos alimenta y nos alimentamos.
Por eso, por ese creciente interés, el club de lectura Literatierra, de El Cuadrón, propuso en su última entrega que habláramos de este libro. Porque allí, en El Cuadrón, sí que viven y conocen de primera mano a qué velocidad crece la cebada, cuánto cuesta llenar el tractor o qué es un celemín.
Pero mucho antes de que la pandemia saltara de los libros de ciencia ficción a nuestro día a día, en 2017 Pepitas de Calabaza y Cambalache publicaron este libro titulado Vidas a la Intemperie, Nostalgias y prejuicios sobre el mundo campesino, de Marc Badal. En este libro, Badal pone el acento en la semilla, en el pan, en los planes económicos a gran escala y cómo han ido configurando (o no) a las clases campesinas.
En este libro Vidas a la Intemperie –que se lee casi sin darte cuenta, porque es ameno y no sigue una trocha clara, sino que va de aquí para allá, libremente, cogiendo y dejando temas– podemos ver la figura del campesino desde casi todas sus aristas: su perspectiva histórica, su lucha, silenciosa y silenciada, contra todo tipo de dominio e industrialización, desde sus maneras, sus habitares y su presencia en lo humano, en el paisaje y en sus utensilios. En definitiva, una panorámica sobre el campesino y su quehacer en este mundo tan digital y lejano que, sin embargo, aún sigue necesitando que se abone, se siembre, se riegue y se cultive la tierra. Y que se reconozca al campesino como se reconoce al profesor o al médico.
Es una cuestión de número, de estadística, de no poder abarcarlo todo. Pese a que existen la literatura, el cine y el teatro, es imposible conocer cómo vive todo el mundo en su intimidad. Y este conocimiento que yo busco y del que hablo en este reseña no se basa en una cuestión de cotilleo o de chisme sino de comprensión, de entender la vida, asir lo magnífico que es que sigamos vivos.
Lo que consiguen Begoña y Nadal en este El matrimonio anarquista, –propuesta evidente de oxímoron, que ya se encargaran de explicar a lo largo del libro– es afrontar la cotidianidad con honestidad. Con la máxima honestidad posible.
Porque el tiempo de los arquetipos, los modelos y las grandes estructuras del vivir ya hace tiempo que han mostrado sus miserias y los protagonistas de este libro, de este intercambio de cartas, es construir una vida sin miserias y honesta.
Supongo que es fácil llevarse al mundo propio las escenas que nos cuentan. Supongo que esa cercanía, esa fidelidad a los sentimientos hace que el lector no se sienta dentro de un libro sino dentro de una conversación con amigos. A veces, incluso da cierto pudor, por lo expuesto que está el daño, la felicidad, o un amor purísimo y cristalino.
No seré yo quien diga cómo se cierra el círculo para conseguir un auténtico matrimonio anarquista, pero lo que sí que diré es que lo que acarrea este libro es verdad. No es pretencioso, no busca sugestionar sea como sea al lector. Le expone sus días, sus cotidianidades, sus veranos, sus broncas. Como uno de esos audios largos de Whatsapp que te manda algún colega o aquellas charlas en extinción en las que algún amigo hacía de paracaídas a base de cervezas, cafés y cigarros.
Presentación de Hogar, en el teatro de Miraflores de la Sierra (2020)
La felicidad que dan los libros, la belleza de seguir el camino propio y encontrarte con amigos y compañeros. Porque la poesía no necesita público sino cómplices, no paseantes de puentes sino constructores de puentes, no compradores de libros sino vividores de libros.
Porque la muerte, la ansiedad, la soledad y la tristeza nos miran de frente y son una torre alta y poderosa, en los libros hay un refugio, un eco y una fraternidad que dé la espalda, al menos durante un tiempo, lo que dura una página, un libro o una biblioteca, a aquello que nos aprieta y nos ahoga.
Recuerdo que, cuando estaba terminando de ordenar poemas, maquetando por aquí y por allá, revisando las correcciones de Rocío Morenoo añadiendo el prólogo de Juan Bonilla, aún no estaba del todo seguro: «¿Será una locura autopublicar?, ¿y si me pego una hostia como un camión y me tengo que comer los libros?».
Afortunadamente, me lancé y ahora, tres meses después de que apareciera Hogar 🏠, ya os habéis llevado a vuestros hogares la mitad de los ejemplares. LA MITAD. La verdad es que no sé muy bien qué decir o cómo agradecéroslo. Es la primera vez que un libro mío se vende tan rápido y no estoy acostumbrado.
Sigo recibiendo vuestros pedidos a través de mi web (https://jorgegarciatorrego.com/) y solo quiero deciros GRACIAS, por estar ahí, por la lectura, la comprensión y la compañía.
Y como digo en mis dedicatorias, «esta es tu casa, pasa y ponte cómodo».
Celebremos la tilde bien puesta, las normalizaciones, los informes de lectura y las comillas españolas o de pico («») (por poner un ejemplo). Celebremos cuidar los textos, que digan lo que el autor quiere decir, cómo lo quiere decir y que ese sentido llegue al lector lo más fiel posible a lo que quiso decir el autor.
Me dedico a la corrección desde hace ya bastantes años, en parte gracias a mi propia autoformación y en parte gracias a las enseñanzas de @calamoycran, que cuenta con grandes profesores como @iciargom, que me han ayudado a ser un buen corrector (o eso espero).
Para mí ha sido una cuestión de tenacidad, de trabajo, de ponerle cariño a lo que se hace.
Y lo hago aquí, en https://jardinerodetextos.wordpress.com/, y si queréis pasar a saludar/seguir o lo que se os ocurra, sois muy bienvenidos.
Como regalo os cuento la historia de Titivillus, que era un pequeño diablo que, en la Edad Media, molestaba a los monjes que estaban copiando textos a mano. De hecho, todos estos errores de monjes y copistas estarían recogidos en un libro que se leería en el juicio final. Imaginad qué vergüenza.
precipicio y ventana dulce, ola recogida en el viento y todo caía.
Tu boca pequeña, escribo tu boca y en mi boca un latido, tu boca el territorio y mi boca los pies desnudos.
Tu boca suave, tu boca suave donde besar es coser donde besar es un columpio, donde besar es submarinismo, donde tu boca es un perfume y mi boca un lazo en tu corriente.
Reímos y nos besamos, tan llenos, rebosa mi boca con tu boca, regadera, animal marino, geometría de alga y espuma, tus labios donde siempre llegan olas, tus labios de palmera, tu labio 360 grados es mi cuerpo, tu boca como un pararrayos, refugio, jardín y refugio tu boca, lluvia horizontal, tu lengua y mi lengua cautivas en el océano, rodeadas, tus ganas y mis ganas, fricción de frutas, objetos delicados y rotos que quedan suaves al caminar tus dientes, recorrer tu boca a ciegas con los ojos de la lengua, te beso, te beso, te beso y estás aquí, tan pegada ya, tan pegada siempre a mi recuerdo que pongo en este blanco como una viva cicatriz de saliva, un recorrido de zahorí.
¿Qué buscar en tu lengua, qué buscar en tu boca, qué buscar en la oscuridad de tus ojos cerrados por el calor por el sol de tu boca?
Cierro los ojos para proteger las retinas, no quedarme ciego los ojos en la boca así buscarte y besarte, así empezar cada día, así empezar el mundo.
Hay quien se
levanta y se siente sucio, aplastado por el sudor, el frío, las pelusas o los
escombros del sueño. Hay otros que odian los baños públicos, otros no aguantan
usar cubiertos que no sean los de su casa. Hay personas para las que la suciedad se representa con una cucaracha, una
rata, o un político, depende. Y para corregir la suciedad, la sociedad (que
para algunos también es suciedad) ha creado insecticidas, guillotinas y otros
artilugios higiénicos. Entiendo que tú también tendrás una suciedad propia, un
rincón de mierda del mundo que eliminarías sin pensar o, al menos, esconderías
en algún sitio muy profundo. Seguro. Todos tenemos, creo, ese punto
filantrópico aunque difiera el objeto en cuestión.
Mi suciedad,
lo tengo claro, es el trabajo. El rumor de las teclas, la luz sospechosa de los
flexos y de las pantallas. Uf, todo lleno de mierda. Madrugar, coger el tren,
aguantar al compañero de curro que siempre grita. Pero todo esto no es lo peor,
lo peor, es, por así decirlo, la repetición.
Cada miércoles el mismo camino, cada martes, cada lunes, cada final de mes el
mismo salario que te salva y te condena. No encontrar la salida a esta ruleta
mortal de hámster. Trabaja, sé decente, cuida tu currículum, la trayectoria
profesional y demás muestras de óxido. Así, todo de golpe, repetido sin ruido y
sin escándalo, con sus hipos de vacaciones navideñas y veraniegas que solo
sirven para coger impulso y que joda más el madrugón del futuro. Perpetuarse,
anclarse, dejar tus sueños y tus viajes y tus amores que no tienes tiempo de
disfrutar, todo, a un lado. Ocho horas al día tragando el oxígeno exacto, la
ración que no rebase. Y no te quejes que podrías estar peor. La amenaza del
paro, del desempleo, del vagabundeo.
Pero en mi
mundo hay, al menos, un tipo de limpieza. Limpieza mental y apertura de puertas
y ventanas. Si yo fuera médico diría:
En el caso de que usted
sufra por las mezquindades y las estrecheces del trabajo debe usted visitar una
librería/biblioteca asiduamente hasta que los posos de roña del trabajo se
limpien, al menos temporalmente, de los rincones de su cuerpo. No escatime en
realizar estas visitas, ya que si esta situación se agrava, su cerebro puede
entrar en colapso y usted se convertirá en un ferviente consumidor de Telecinco
y otras enfermedades similares.
Yo lo
necesito. Es mi manera de decirme «joder,
serás el capullo que siempre dijiste que no ibas a ser pero, al menos, tienes
pasta para comprar libros que podrás leer cuando vuelvas a estar en paro».
Seré un capullo vendido al capitalismo pero, al menos, soy consciente. Soy
consciente de que no me rindo del todo, que esto es provisional, que el dinero
que obtengo lo estoy empleando en algo útil y limpio (o de las cosas más
limpias y útiles que he encontrado y que se pueden comprar) y esto me da una
tregua. Desintoxicarse, limpiarse, ducharse dándose una vuelta por los estantes
y decirte aquí estoy, rodeado de gente extraña como yo que escribía o escribe,
y que también sufrieron por el pasillo estrecho del trabajo, del sustento.
Solo un niño manchado de barro y risa. Mi mundo de palabras
escuálidas y olas de carne y voluntad para hacer un niño salvaje y bello. Ser
el canalón por donde la lluvia caiga y levante su curva fértil de aprendiz de
mundo. Abrirme los pechos destinados al ego para levantar toboganes míticos,
dejar que me atropelle con su triciclo a 10 kilómetros por hora.
Dejarme llevar por sus ojos a punto frescos como renacuajos.
Ser el bastón que se parta por la mitad para que él no toque nunca el suelo.
Tener un hijo como quien tiene un sueño. Dejar de ser yo
para que él pueda ser. Hacer lo contrario a multiplicarme, dejando que se
escurra por los huecos de mi tiempo.
Una niña que navegue todos los charcos y que sonría con cada
gota. Sus coletas de salvaje que imiten a Pippi Langstrum o las cataratas de
Iguazú. Un niño, una niña que corran tras la pelota del mundo y que no se
cansen nunca.
Enseñarle a leer. Abrir la puerta de un libro y que puedan
jugar todo lo que quieran, como en los pueblos. Como en los ríos que atraviesan
y se cruzan con las calles. Invertir todas mis arrugas en el ángulo de su risa.
Abrigarle y tener un nido para cuando vuelva cansado. Ser con mi novia un
pedazo de su pasado, la sujeción que le impida caer al suelo al hacer puenting, el trozo de tierra donde
empezar el brote.
Empezar a hablar de nuevo. Volver a mirar desde el ángulo
esencial de un niño. Desnudar mi historia de mi cuerpo y acercarme a su
aprendizaje con el teatro de lo ya vivido. Dar pasos para atrás y acompañar sus
primeros pasos y ser el cauce por donde salga al mar.