Islas divergentes

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Consecuencias




Incluso los del primero escucharon los gritos, los golpes. En el primero A subieron el volumen, en el B, se fueron a dormir un poco más temprano.

Más arriba, en el segundo, no había nadie. Estaban fuera cenando. En el tercer piso, había miradas esquivas, de miedo, pero todo estaba bien, aún, en sus salones.

En el cuarto explotó un vaso contra el suelo. No pasa nada. Alegría, alegría con sonrisas forzadas mientras los niños se tuvieron que poner zapatillas. En el quinto una pareja estaba abrazada, sufriendo los golpes y aún más los gritos.
En el sexto nacían y morían los gritos, los golpes, y todo era dolor. Pero ella, en un descuido del dolor, consiguió escapar y bajar sangrando las escaleras, para pedir ayuda.
En el quinto sus golpes en la puerta juntaron más a la pareja. En el cuarto, su llamada llegó tarde. Los niños son lo primero, dijeron entre ellos. En los terceros y segundos tuvieron miedo, ¿Quién será?, dijeron. Nosotros no hemos hecho nada malo. Cuando ella llegó a los primeros, todo el mundo soñaba o veía la tele. La irrealidad siempre viene bien en estos casos.

A la mañana siguiente, la mujer del quinto piso tenía un ojo morado, en el cuarto, los niños gritaban y gritaban y sus padres solo podían llorar y pegarlos para que se callaran. En el tercer piso, a la mañana siguiente, había trozos de platos rotos por el suelo y algunas gotas de sangre. En el segundo, seguían durmiendo, soñando con colores y formas diversas. Los del primero A, encontraron el suicidio de la televisión en el salón y en el primero B nadie pudo dormir. Los ojos no se podían cerrar.  

Quiero un amor que sea monoteísta, Batania


(Encontrado en http://neorrabioso.blogspot.com) Gran poema y gran blog!


Quiero un amor que sea monoteísta.

Que sea más puño que letra su sangre,
puño imperfecto y de furia su sangre,
que sea su sangre un puño demasiado.

Que me odie con asco monoteísta
y me ame con rabia monoteísta.

Que mate a los padres a golpes
y a golpes los padres arrasados,
amores sin creos ni reos de padres.

Quiero un amor que sea monoteísta.

Que nunca me llame a la puerta
si puede a pedazos destrozarla.

Que emita por Radio Nosotros
y al resto las nadas los ceros.

Que viva en Planeta Nosotros
y al resto jarabe petróleo cayendo.

Ya tuve un amor así. Me besaba
como si hubiera en su lengua un revólver.
Me amaba como si quisiera quedarse el amor
para ella sola. Ya tuve una mujer así.
Tan turbia y tan bella y tan
monoteísta.

Batania

Apaga la Tele, enciende tu mente



Graffiti de Valparaíso, Chile

Aquella mañana Mario se despertó un poco revuelto. Le dolía la tripa y tenía la sensación de que las sábanas lo agobiaban. Era jueves, su día preferido, y Mario aún no se había levantado de la cama. Su madre fue a buscarle.

Hijo, ¿estás bien? Tienes mala cara.

Mamá, me duele la tripa. Al niño no le dio tiempo a decir nada más. Una arcada cobarde le llegó sin avisar. La segunda hizo que el niño vomitara y dejara la cama llena de devuelto.

Pero el vómito no era normal. Sobre el pijama del niño y la colcha de cochecitos se podían ver detergentes, ropa para jóvenes, una videoconsola, mujeres semidesnudas, coches, joyas, y algún jugador de futbol. Todo brillante y asqueroso.

El niño empezó a llorar. Su madre, asustada por ver así a su hijo, le abrazó e intentó calmarle con palabras suaves y acariciándole la cabeza.

Bueno hijo, no pasa nada, ahora te cambio, metemos las sábanas y las mantas a lavar y llamo al cole para decir que hoy no puedes ir. Eso si, hoy nada de televisión.

El niño se levantó de la cama con cuidado. Una vez de pie, su madre le quitó la parte de arriba del pijama por las mangas y se quedó de pie, con el pecho desnudo mientras veía a su madre recogiendo el vómito.

Mamá, ¿y qué hago si no puedo ver la tele?

Nada, tú no te preocupes que luego inventamos algo.

Diana metió el pijama, las sábanas y la manta en la lavadora. Luego cogió a Mario y lo llevó a la bañera donde le limpió un pie de modelo que se le había quedado entre los dedos de la mano.

Ala hijo, mira que limpito estás. Ya no tienes publicidad por ningún lado. Mario sonrió.

Diana le puso la ropa y fueron a desayunar. Un poco de zumo de naranja recién exprimido, unas tostadas con mermelada, y dos tazones de cola cao y galletas.

Una vez recogida la mesa, fueron al salón, se sentaron en el sofá y se quedaron mirando la tele apagada. A Mario le dio una pequeña arcada, pero no pasó de ahí. Eran las ocho de la mañana y Diana tenía que ir en media hora al trabajo. Pero hoy no iría al trabajo. Hoy no. Hoy tenía que quedarse con su hijo.

Diana miraba la televisión apagada mientras pensaba en algo. El reflejo de ella misma y su hijo en ese ambiente oscuro le dio un pequeño escalofrío, como si fueran algo irreal.

Venga Mario, que ya se qué vamos a hacer.

Ambos cruzaron el salón, el pasillo, y llegaron a la habitación de los trastos. Allí, en una estantería, estaba la caja de herramientas. Antes de salir, cogió una manta vieja.

Diana cargada con la manta y la caja de herramientas llegó al salón. Fue detrás de la televisión, la desenchufó, se sentó enfrente y puso la manta en el suelo justo enfrente de la tele. Mario la miraba sorprendido a unos pasos de distancia.

Diana le dijo a Mario que fuera detrás del sillón, que quizá fuera peligroso. El niño obedeció al momento.

La madre cogió la televisión, antigua y de plástico, y la tumbó encima de la manta vieja. Abrió la caja de herramientas y sacó un martillo. Lo miró y lo agarró con más fuerza, y dio un golpe seco y fuerte en el centro de la pantalla.

Esta, en vez de saltar por los aires, se contrajo y emitió un ligero quejido. Luego Diana fue quitando todo el cristal hasta que pudo ver perfectamente el interior. Ahí, revueltos con cables y lucecitas, pequeños seres se entrechocaban y gritaban furiosos. Había un conejito blanco que anunciaba un detergente, guerras, armas, niños llorando. También había un futbolista o un modelo, que encogido en una esquina lloraba sin parar. Dos coches deportivos tenían las ruedas pinchadas y en uno empezaba a salir humo. Un rebaño de modelos rubias y morenas se tiraban de los pelos. Había dos, ya calvas, que se habían cortado las venas y se desangraban poco a poco. Varios hombres con abdominales de acero echaban pulsos y a uno le habían arrancado el brazo.

El resto de pequeñas personas que se podían ver ahí dentro gritaba y aplaudía todo ese espectáculo mientras bebían y fumaban.

Diana, aún con el martillo en la mano, empezó a masacrar a aquella sociedad macabra que existía dentro de su televisión. Con apenas unos cuantos golpes, todos aquellos seres murieron dejando una sensación de bienestar en Diana.

Se dio la vuelta, y miró a su hijo. Estos ya no nos molestarán más, dijo.

Le cogió de la mano y fueron a la habitación a leer un cuento toda la mañana.