Islas divergentes

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7:00

 

La procesión de los que esperamos el bus,
adorar la luz del móvil como si fuera una vela.


La intermitencia de la fe,
la certidumbre de patas cortas que es el WhatsApp,
su atronadora piscina de ruido.


Mirarse dentro los recuerdos para saberse uno y no otro,
cualquiera
de los que te acompañan en la fila.


Y pese a la búsqueda, no poder despejar la incógnita:
no saber si las personas del verbo nacen del yo
del nosotros
o del ellos.

(Disponible en https://lasturaediciones.com/product/el-despertador-de-sisifo-2a-edicion-ampliada/)

Segunda edición de El despertador de Sísifo, en Lastura

Hace dos años y medio yo no sabía nada de las oposiciones en las que ahora ando metido. No me planteaba meterme (ni loco) al estudio de 50 temas, 7 de ellos de legislación. Trabajaba y ahorraba, tenía trabajos más o menos esporádicos, trabajaba de corrector y de administrativo en donde pudiera/donde me quisieran.

En esa época mi lema era «Trabajar para sobrevivir/la poesía para vivir» y me conformaba con desperdiciar 40 horas a la semana con tal de que, después de salir de trabajar, pudiera ser libre. Tapaba parte del río para mantenerme a flote, no hundirme en la incertidumbre de no tener trabajo y, a la vez, seguía habiendo corriente que me mantenía vivo.

En esa aparente estabilidad escribí este libro, El despertador de Sísifo. En el hollín del transporte público, en las marcas de sudor en las paredes de la oficina, en un presente hecho de niebla y libros de poesía en los rincones.

Hoy, mucho tiempo después, mi vida ha dado un vuelco. El río corre suelto porque trabajo cada día por conquistar un horizonte llamado Bibliotecas que me hace feliz. Trabajo en la UAM, ya no existe el óxido y el sacrificio de las 8 horas y Lastura publica la segunda edición de este libro sobre trabajo y poesía que, sin embargo, habla de amor, como todo lo que escribo.

Os dejo parte del prólogo de mi querido Alberto García Teresa:

Jorge García Torrego elude la impostura porque habla desde dentro del conflicto, desde la anulación por el trabajo y también desde la angustia y la incertidumbre del desempleo. No es cuestión de autenticidad sino de que no existe otra posibilidad de enunciación, por más que intenten desplazarnos como imanes cánones de tradición o discursos del mercado, cuando nos siguen determinando el estómago y las manos desnudas. De ahí la honestidad y la valentía de esta propuesta. Porque no juega a los espejismos. Porque no se desliza por el autoengaño. Porque no renuncia, con su propia voz, a mirar la vida y ver cómo nos la roban.


Podéis encontrarlo pinchando aquí 

La poesía AÚN: Limpiarse

the Library at Night, Erik Desmazières

Hay quien se levanta y se siente sucio, aplastado por el sudor, el frío, las pelusas o los escombros del sueño. Hay otros que odian los baños públicos, otros no aguantan usar cubiertos que no sean los de su casa. Hay personas para las que la suciedad se representa con una cucaracha, una rata, o un político, depende. Y para corregir la suciedad, la sociedad (que para algunos también es suciedad) ha creado insecticidas, guillotinas y otros artilugios higiénicos. Entiendo que tú también tendrás una suciedad propia, un rincón de mierda del mundo que eliminarías sin pensar o, al menos, esconderías en algún sitio muy profundo. Seguro. Todos tenemos, creo, ese punto filantrópico aunque difiera el objeto en cuestión.

Mi suciedad, lo tengo claro, es el trabajo. El rumor de las teclas, la luz sospechosa de los flexos y de las pantallas. Uf, todo lleno de mierda. Madrugar, coger el tren, aguantar al compañero de curro que siempre grita. Pero todo esto no es lo peor, lo peor, es, por así decirlo, la repetición. Cada miércoles el mismo camino, cada martes, cada lunes, cada final de mes el mismo salario que te salva y te condena. No encontrar la salida a esta ruleta mortal de hámster. Trabaja, sé decente, cuida tu currículum, la trayectoria profesional y demás muestras de óxido. Así, todo de golpe, repetido sin ruido y sin escándalo, con sus hipos de vacaciones navideñas y veraniegas que solo sirven para coger impulso y que joda más el madrugón del futuro. Perpetuarse, anclarse, dejar tus sueños y tus viajes y tus amores que no tienes tiempo de disfrutar, todo, a un lado. Ocho horas al día tragando el oxígeno exacto, la ración que no rebase. Y no te quejes que podrías estar peor. La amenaza del paro, del desempleo, del vagabundeo.

Pero en mi mundo hay, al menos, un tipo de limpieza. Limpieza mental y apertura de puertas y ventanas. Si yo fuera médico diría:

En el caso de que usted sufra por las mezquindades y las estrecheces del trabajo debe usted visitar una librería/biblioteca asiduamente hasta que los posos de roña del trabajo se limpien, al menos temporalmente, de los rincones de su cuerpo. No escatime en realizar estas visitas, ya que si esta situación se agrava, su cerebro puede entrar en colapso y usted se convertirá en un ferviente consumidor de Telecinco y otras enfermedades similares.

Yo lo necesito. Es mi manera de decirme «joder, serás el capullo que siempre dijiste que no ibas a ser pero, al menos, tienes pasta para comprar libros que podrás leer cuando vuelvas a estar en paro». Seré un capullo vendido al capitalismo pero, al menos, soy consciente. Soy consciente de que no me rindo del todo, que esto es provisional, que el dinero que obtengo lo estoy empleando en algo útil y limpio (o de las cosas más limpias y útiles que he encontrado y que se pueden comprar) y esto me da una tregua. Desintoxicarse, limpiarse, ducharse dándose una vuelta por los estantes y decirte aquí estoy, rodeado de gente extraña como yo que escribía o escribe, y que también sufrieron por el pasillo estrecho del trabajo, del sustento.

No estamos solos.

Poesía vs Trabajo

digamos que necesitamos sobrevivir. Digamos que para poder llevar dinero a casa (ay, llevar a dinero a casa, como si esa casa fuera nuestra y no estuviéramos solamente de paso) hace falta hacer cosas que no nos gustan, que nos hacen tener sueño, que nos hacen estar malhumorados y ocupados. Pongamos que esto es así y que lo asumimos. Vale, ahora nos quedan 16 horas libres al día (como mucho).

Hay gente, todos los sabemos, que se dedican a lo que quieren. De verdad. Hay gente así. Gente que en lugar de bordear el curro se sumergen en él porque les encanta. Véase médicos, futbolistas, veterinarios, periodistas o cocineros o cualquier otra profesión que, a priori, no engancha tanto. Gente que recibe una remuneración a cambio de dedicar tiempo a hacer algo que les gusta, que les motiva.

Joder.

¿Y la poesía dónde queda?

Hace unos años, empecé a notar una pequeña mancha en el ojo derecho. La mancha aparecía siempre que enfocaba una pared blanca, como una aparición que se hacía visible solo en esos momentos pero que no me abandonaba nunca, camuflada en los colores oscuros. Con el paso del tiempo me he dado cuenta que dicha mancha sigue ahí, es como una grieta, diagonal, pero que cada día que pasa está menos presente.  
Digamos que la poesía aparece así y se queda en nuestro modo de ver el mundo. Se va asimilando, asumiendo. ¿Y con eso vale? ¿Nos conformamos con tener a la poesía para nosotros solos? No, claro que no. Queremos que todo el mundo sea partícipe de nuestra mancha, de nuestro modo de ver la realidad.

Pero la poesía no le importa a nadie. Al menos la nuestra. Lo que importa a quien lee poesía es LA PROPIA VISIÓN DE LA POESÍA. ESO. Todo lo demás son reflejos de este único modo de ver, el único que nos interesa.

Pero es que somos una minoría y no le importamos a nadie.



Para el mundo (ese montón de gente que está más allá de nuestros colegas, de nuestros “amigos” poetas y familia), la poesía es una puta mierda de hobby que tenemos algunos raros. Eso. Y si todo el mundo escribe, si todo el mundo tiene un blog, si cualquiera puede sacar su diario personal a la calle y ponerle un título cursi, ¿para qué tenemos la poesía? ¿Dónde la metemos? y, lo más importante, ¿por qué nadie tiene que pagar por la poesía que hacemos y que solo nosotros entendemos?