Islas divergentes

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7-2021

 

Me atraganté de horizonte, de mapas, de palabras y ojos ajenos. Otros idiomas, otras pieles, otros colores. En la mudez geográfica que sentí en mi adolescencia, en mi parálisis ideológica en forma de pueblo, yo soñaba camino y viaje, pulpas distintas en la boca. Cambiar mi corazón pequeño y tosco de jaras y guijarros por un corazón de alondra o imposible. Fueron varios países, varias casas, la caries de la muerte yo la tapaba con siembra del mundo: lagos, montañas, ciudades, cigarros, alcoholes, amigos y amores, el reverso del mapa.

Y en el hoy, en el presente cercano que habito, en la lupa que vivo por el día a día en el pueblo, aprendo los nombres de los pájaros, la pausa del rizoma o el caminar del musgo. De lo pequeño a lo grande, de lo grande a lo pequeño, así el caminar es fértil.

Carcoma

 Pedro Ruiz
 
En el mapa azul de los derrotados sus manos ocupan un África volcán con cerrojo entre el estómago y el cuello. Como un búfalo dormido. Como un grifo que aguanta una respiración de océano. En el kilómetro 3 de la fiebre de los hombres-balcones bullen tormentas de pan y morro fino, como vacas huérfanas del verde o de sus mugidos a la luna. 

En el canalón de sus cejas se acumula un rascasótanos húmedo y un reloj con prisa y sin piedad. Los derrotados, los ladridos menos perro, el salario más impuesto, con sus gafas para bucear un mar que les llega a los tobillos del deseo. Juan o Pilar, Antonio o María, potentes como coches caídos a mil nacimientos por segundo de un árbol de pueblo con las manos calientes en la tripa. Lanzados al engranaje en su furia y su hambre. Vómito caliente de las casas altas de los ricos puntiagudos y sin entraña propia.

¿Alguien conoce la lágrima del que se rompió al nacer?

Una vez un apretón de manos destrozó un castillo sin ojos. Se tomaron las habitaciones como quien descubre Australia o un carnaval y se celebró el cuerpo en las camas cerradas de los reyes muertos. El grito era circular y subía como un huracán, pero dejaron una corona de cucarachas en el suelo sin quemar y ahora todos buscamos el estante más alto de la avaricia. Nadie perdona al que tropieza con los cables pelados del progreso. Nadie guarda una península de su cuerpo una sábana de rocío, es imposible, y su tasa de cambio es de treinta metros de melancolía. Los niños trompeta y avispa quieren llegar al músculo de la H mayúscula que sale en la televisión, y no les importa que la lluvia no tenga ninguna H en ningún idioma. Son ellos los que nacen con el cuello oblicuo por la historia, por el mordisco tenaza de la historia que, como una garrapata se agarra al pasado y les bebe su sangre misteriosa.

Tan destrozados pero en el fondo del río de nuestras arterias hay un violín hundido que no se oxida, y que suena un balanceo rojo de las lenguas encendidas. Después de cien martillazos nace una flor, pero a ver quién guarda su nariz en la época de los golpes y los lobos.




Entrar en el bosque



 Henri Rousseu, Tiger in a tropical storm


Tu cuerpo manglar en la noche, dejarme caer, confiar que tu aullido me alimente. Somos los neandertales huidos de la tribu, atragantados de piel, descubriendo pliegues y yesca para hacernos lumbre. Coincidir y más allá. Borrarnos las fronteras, revuelto confuso, quedarnos dentro del otro, huesos molidos. 

Dejar mi cuerpo a la deriva, coger tu cuerpo a la deriva, las noches llegaban y morían y nosotros agricultores de semillas en la boca o enfermos de amor, plantas riendo hasta convertirse en Secuoya o cucharada pura de viernes 20 años. Nuestro escondite asimétrico se salvará de la paz de los cansados, de la lengua de madera ejecutiva.  

La noche nace en nuestros cuerpos y nos da de comer. Somos las cebras devorando a los leones, lanzar una piedra a un espejo. Corremos a sprint en cada beso que se nos escapa y abrimos el lenguaje para encontrar el ritual que se esconde. Me muerdes temblor de esquinas y en la oscuridad nuestras lenguas se dilatan como polillas confundidas. 

Voy y vengo, vas y vienes, y hay una isla cubierta de sábanas y verano, ponemos timbres en cada heiser que nos nace y no te vayas lejos, que mi boca es un naufragio si tu no le das cuerda. Nuestra respiración arrastra un olor a mar y no nos secamos. Vamos a nombrar este encuentro, llamarlo descubrimiento de américa o renacimiento de acuarelas, tú eliges.
Seremos susto cuando la grieta nos apunte, seremos ropa mojada y la casa cerrada, pero qué mierda importa nuestra derrota si ya nos multiplicamos por dentro. Qué importan nuestros huesos si ya nos quedamos sin aire en la cima, conociendo la víscera escondida, el origen músculo de nuestra poesía.

En tu cuerpo se esconde un pájaro

y voy a encontrarlo con mis manos.