Islas divergentes

Mostrando entradas con la etiqueta Los libros y el verano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Los libros y el verano. Mostrar todas las entradas

Los libros y el verano (1) Moby Dick

Libro para fondo de mochila, para hueco entre las cosas del camping, libro como tablón en la terraza acuática del verano. Moby Dick tiene algo que me ha hecho rescatarlo hoy, día 6 de julio de 2016, al menos 5 años después de haberlo leído, y que aún no termino de comprender del todo.

Lo primero que tengo que hacer, antes de empezar a hablar de esta persecución, esta obsesión, es admitir que hay partes de Moby Dick que no las he leído. Así. Venga, va, pues vaya. Sí, en ocasiones el señor Mellville se pone a describir los diferentes instrumentos del barco, o detallar los diferentes tipos de nudos marineros posibles y claro, es inevitable que tu mientras te pongas a pensar qué estará pasando con la ballena demonio. 

Todos conocemos la historia de Moby Dick, algunos con más zoom que otros, pero lo básico es reconocible por todos porque incluso ha salido en Los Simpsons: un capitán de barco se obsesiona con una ballena enorme y blanca y quiere cazarla por todos los medios. 


Vale, hasta aquí todo bien. Pero lo que a mí me hace recomendar que en este verano de 2016 leáis esta historia es la fuerza. La fuerza que se esconde en un mínimo porcentaje de la novela (sí, porque aunque no lo creáis, en esta novela se habla de muuuuchas más cosas que Ahab y la propia ballena), pero que hace que el resto del relato sea pertinente. Ahab, tío loco y pese a todo. Pese a todo empatizas con él y su obsesión porque todos hemos tenido irracionalidades que daban sentido al mundo. Todos hemos tenido un horizonte, una meta que nos hacía caminar-correr-viajar sin mirar atrás o a los lados, solo un posible chorro a lo lejos, un "por allí resopla" que justifique el viaje, los esfuerzos, los sacrificios. 

Siempre está al fondo. Nunca sabes cómo ni cuándo va a pasar el esperado encuentro, y esa espera, esa incertidumbre, esa emoción que a pesar del tiempo aún recuerdo de manera viva y cercana hacen que yo os recomiende este novelón clásico. 

Ojalá vuestro arpón aguante la embestida del relato.

Los libros y el verano (previa)

El pasado 20 de mayo publiqué un libro y, después de haber respondido muchas veces en el último mes la pregunta ¿Cuánto vale el libro? (bueno, tampoco tantas, seguro que menos de las que quisiera, pero aún así, bastantes), he empezado a darle vueltas como una hormigonera literario-mercantil al hecho de comprar libros. 

Sí. 

Ese acto que un porcentaje mínimo de la población hacemos impulsivamente y que nos supone un gasto periódico (pero gustoso). Y claro, me he puesto últimamente del otro lado y me he dado cuenta que mi libro cuesta mucho. A mí me ha costado. Mi libro vale mucho, a mí me ha valido y me vale. Entonces, ¿Por qué cuesta apenas 9€? (Por favor, no interpreten aquí autobombo oculto, el libro está bien, pero tampoco es para tanto)

Y ahí llega lamadredelcordero. ¿Son caros los libros? Supongo que el problema es que son caros si después de comprarlos no sabes qué hacer con ellos. Si no los vas a leer, son caros. Si no los vas a releer son caros. Si no los vas a vivir son caros, pero, ¿Cómo le explico yo esto a alguien que me dice que mi libro es caro? ¿Cuántas cervezas vale un libro? ¿Qué porcentaje de rellenar el depósito de tu coche es suficiente para comprar un libro? 

Y ahí estamos, en ese punto, en saber qué sentido tiene comprar un libro antes de recomendaros algunos libros que considero útiles, herramientas para aprovechar siestas a la bartola o tardes en terrazas de este verano que ya saca el látigo del calorcete. 


Porque claro, lo primero va antes.