Islas divergentes

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Tela con los concursos de la tele

 al que me acudí envuelto en nostalgia después de haber estado tantos años viendo a personas admirables responder cosas imposibles cada día. Y para que me viera mi abuela Paquita. Admito que aquellos sabios me producían cierta envidia, y con el paso del tiempo esa envidia se ha transformado en admiración por ir contracorriente del mundo en el que vivimos. Cuando todo está en la nube, cuando debemos ser ejecutivos y resolutivos, aún hay gente que decide seguir formándose en contenidos aparentemente inútiles que están en internet.

Fui a Saber y Ganar, como decía, y estuve en total 6 programas. Recuerdo con mucho cariño el tiempo fugaz que pude compartir con mi admirado Jordi y lo bien tratado que fui. Después de esta participación, el mundo de los concursos televisivos quedó olvidado para mí hasta que recibí un mensaje por Instagram en el que me invitaban a participar en un concurso de televisión española (que no conocía).

El caso es que dije que sí, ¿por qué no?, y después de un proceso de selección que buscaba un perfil extrovertido, atractivo para un público que busca estímulos y no conocimientos, fui seleccionado.

A David Leo lo conozco por su poesía, por los concursos en los que ha participado, y por la editorial en la que ha publicado Ultramarinos editorial. Por eso, por esa camaradería que tenemos los poetas, pensé que sería buena idea llevarle mi último poemario, Hogar, como regalo.

No voy a comentar nada del programa, os dejo el enlace aquí:

y comento mis impresiones.

Es verdad que me quedé con mal cuerpo por el momento «lanzamiento de libro» por parte de Rodrigo, el presentador, pero entiendo que había que dar espectáculo. Lo entiendo, pero fue incómodo, porque no deja de ser el resultado de un montón de tiempo, cariño y muchas más cosas y, bueno, siento que no todo vale. El caso es que lo entiendo, pero para nada comparto esta visión de «El conocimiento se tiene que modernizar», hay que sacarlo de las bibliotecas, que le dé el aire. Y puede ser que lo tengamos sacralizado, que yo sea una rara avis, y que cualquier grieta a esa supuesta aura inviolable nos chirría. Puede ser. Pero también puede ser que la televisión es lo que es y que, desgraciadamente, Saber y Ganar sigue siendo una excepción. 

La corta pero intensa vida de un cigarrillo (2º premio en el certamen cultural literario de Miraflores de la sierra, invierno 2022)

 

Papier a cigarette, Alfons Mucha


Al principio, antes de ser seleccionado, me pasé más de mil vidas dentro de mi casa, apretado junto a mis hermanos. Lo malo es que con esa oscuridad nadie veía nada y nos creíamos todos iguales y nadie sabía muy bien quién era quién. Pasaba el tiempo y nuestra vida la pasábamos charlando. Solo eso.

Pero un día, se hizo la luz. Ante nosotros apareció ella, aquella enorme y superlabial boca que nos prometía una vida corta pero intensa. Ese día también fue triste porque sabíamos que algún día tendríamos que morir. Consumirnos.

Sabíamos que tras esa luz que nos iba a dar la vida, uno a uno iríamos yéndonos y perderíamos la amistad que habíamos trabajado durante tanto tiempo.

En apenas un día se fueron casi todos, y cuando llegó la noche, tan solo quedábamos tres compañeros y yo. Yo no sé qué estaría pasando ahí fuera con esos labios sugerentes, esa saliva pegajosa que prometía aspirarme todo, pero intuía que mi salida del cartón era inminente.

Esa noche, Irene, la propietaria del paquete de tabaco donde está nuestro amigo, camina hacia la casa de su novio Tomás. Tan solo les separan 3 calles, pero para el camino, se va a fumar un cigarro. Abre el bolso, busca el paquete de tabaco, lo encuentra, abre la tapita rectangular y escoge uno. No es nuestro amigo. El cigarro elegido surca el aire y se posa suavemente, como una caricia, en la boca de Irene, que, tras buscar de nuevo, encuentra el mechero. Enciende el cigarro, lo llena de luz y fuego. Lo crea y lo mata.

Sigue andando por la calle y ya está a punto de llegar a la casa de Tomás, cuando de repente, aparece un vagabundo que le pide un cigarro. Irene no puede decir que no fuma, porque lleva uno en la boca y se siente mal cuando piensa en mentirle, «pobre hombre». Al final saca otro cigarro rápidamente y se lo ofrece. No. Tampoco es nuestro amigo.

Tras unos pocos pasos, la chica llega a la casa de su novio. Llama a la puerta, y este le abre con una sonrisa en la cara. «Cuánto has tardado», dice él. «No he podido correr más», dice ella.

Pasan al salón e Irene deja la chaqueta y el bolso en el sofá. «A ver qué te parece lo que he hecho de cena», «a ver, a ver», dice ella. Mientras, en el paquete de tabaco, nuestro cigarro espera su turno y desea que la chica no lo haya olvidado.

La pareja cena un poco de sushi y bebe una botella de vino blanco. Con el tiempo los montaditos de arroz se van acabando y el nivel de la botella va bajando. Tomás, en un ataque de pasión y tras unas frases recurrentes, se levanta y, tras tambalearse un poco por el vino, coge a Irene en brazos y la lleva trastabillándose hasta el dormitorio.

Allí se desvisten y se besan, se acarician y se disfrutan. Cuando los gemidos acaban, Irene, desnuda, llega al salón y busca el bolso. Abre el paquete de tabaco, agarra con sus dedos aún calientes de placer aquel último cigarro, y se lo pone en la boca. Lo sujeta sensualmente con los labios ligeramente apretados, mientras vuelve a buscar el mechero en el bolso. Lo enciende y vuelve a la cama.

Para él fue una luz. Un resplandor mortal, un calor que le tocó sutilmente y le encendió. Su vida acababa de empezar.

El cigarro fue pasando de boca en boca. Los dedos lo estrujaban cada vez como en una caricia, como si aquel tubito fuera parte también del ser amado. Aspiraban cerrando un poco los ojos, disfrutando, sintiendo las volutas de humo y el aroma a tabaco.

Esto era la vida. Para esto aquellas manos en China recogieron mi interior y me crearon. Todo fue para esto. Y merece la pena. Ya soy casi más huesos que carne, pero qué intensidad, qué gusto, qué sensación, que cal…y justo ahí, en ese momento, antes del estremecimiento total, la chica tomó lo que quedaba de ese cuerpo ya casi todo naranja, y lo espachurró en el cenicero de la mesilla de la noche.

«¿Cariño, tienes por ahí más tabaco?»