Islas divergentes

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Pasa ella y sus caderas y en la sombra de la calle aparecen helechos y tucanes.
la trenza de sus pasos deja ventolera y olor a piel tostada, como algún tipo de incendio.  
De toda la ciudad me llega a mi
de todos los desiertos, mis ojos
cualquier boca donde cambiar las brújulas mi norte
me llega trópico y se me caen los atascos y los miedos.

Me besa los días de tormenta y ya no sé dónde empieza
el labio
y dónde la borrasca caliente y húmeda.

Ella sujeta el corazón en el punto más tenso del arco
en la grieta más escondida de su vestido de labios
nunca una jungla tan roja, tan fértil de piernas
el susurro de su sonrisa emborracha el aire.

Ella es la escultura más valiente de Bernini

y con ella todos los poemas me salen peonzas o tambores


Desnudarse

Bernini, el rapto de Proserpina


Que caigan

fuerte

las ropas contra el suelo.

Que arrastren la lluvia de tu carne

tus ojos dormidos, y llenos de pestañas.


Que seas fuego

que revienta los plásticos

y el veneno de los coches.

Que la carne pida aire

y bosques para jugar.


Que caigan las máscaras

los botones y bolsillos,

y ardan

joyas y perfumes.


Que sientas cada ropa en tu espalda

como una losa que arrastra.


Y que rompas,

que salgas a la vida con el pecho y los dedos

rojos de placer.


Que sientas

que tu,

siempre has sido más que suficiente.