Islas divergentes

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Viernes


Jacek Yerka


Con qué pereza
con qué ceniza se me mueren los viernes y ni rastro
ni jugo de la naranja roja
que ayer me llenaba la semana,
que ayer me salvaba de los lunes y los minutos
y ahora
que ya no hay cuchillo en el salario
que ya no hay prisa
que ya no hay orden
que ya no hay trabajo
que ya no valgo
y se me pudre de óxido
de domingo
la naranja negra
de mi futuro.

La civilización



Jacek Yerka


Un puñado de abejas bailaban en tus mejillas
pero a nosotros no nos importaba.

Imposible ver nada con aquel ritmo de cascadas,
aquel encuentro de selvas y cuchillos.

Todo era normal pese a ser diferente;
tener a cada paso menos cuerpo y más caballos locos
en las manos.

Pero los caballos poco a poco se fueron calmando y se convirtieron,
de repente,
en simples muebles de oficina
en dedos
en angostos cinturones y las ganas por abrirlo todo
(por morderlo todo y probar todas las sangres)
se fueron,
de una en una
a la fría fila del paro.  

Vacaciones pagadas




Emilio tamborileaba en el volante una canción desconocida que sonaba en la radio. Primero con la mano derecha y luego un poco con la izquierda. Se fijó en la salida del supermercado y pensó que, antes de que llegara a la señal de ceda el paso, a la mujer se le romperían las bolsas de plástico que marcaban sus dedos bastante rollizos.

Era mediodía, pleno Julio, y Madrid se fundía entre humos y cristales. Se había ido mucha gente, si, pero la que quedaba aún seguía siendo demasiada. La señal pasó y la mujer siguió su camino sin darse cuenta de nada. Emilio, fumando en el taxi, se miraba en el espejo y se atusaba el poco pelo que le quedaba. Emilio aún era joven, eso se decía, y no era normal que con treinta y dos años estuviera así. Su melena de hace años había desaparecido, y solo le quedaban unos pelos delgados y frágiles con poco futuro.

El semáforo se puso en verde, pero antes de que pudiera meter primera, levantar el embrague y pisar el acelerador, una chica joven lo llamó y en unos segundos ya estaba dentro.
Buenos días.
Buenas.
¿Me podría llevar a un sitio bonito, por favor?
¿Cómo?
Si, que si me podría llevar a un sitio bonito por favor.
Emilio había estado mirándola por el retrovisor desde que entró al coche, pero cuando la chica repitió la pregunta, se agarró del asiento y miró hacia detrás.
¿Es usted turista, o qué?
No, llevo viviendo en Madrid toda la vida y por eso quiero salir e ir a un sitio bonito.
Pero bueno, ¿Me estás tomando el pelo?
Los pitidos se abalanzaban sobre la conversación.
Bueno, si no quiere llevarme, ya busco a otro, dijo convencida la joven.
Emilio se dio cuenta que aquella mujer tendría más o menos su edad. Quién lo diría. La mala vida, el sobrevivir oliendo humo y aguantar a niños borrachos que vomitaban dentro del taxi de vez en cuando, le hacían aparentar unos cuarenta.
La chica agarró el abridor de la puerta, pero antes de conseguir tirar de él, Emilio dijo algo.
Vale, vale, yo le llevo a donde sea porque sino estos animales nos van a matar.
Antes de acelerar, pudieron ver un zapato que rebotaba a la izquierda del coche.

Bueno, entonces, un sitio bonito, ¿no?
Pues si. Quiero el sitio más bonito del mundo.
Joder, ¿Pero usted qué quiere, que le lleve al Caribe?, ¿No se ha dado cuenta que esto es un taxi?
Si, ya lo se, pero yo quiero ir a un sitio bonito. Cuando dijo esto, la chica sonrío ligeramente.
Bueno, lo primero. ¿Tiene para pagarme? porque si no tiene con qué pagarme no la llevo a ningún lado.
Si, si tengo para pagarle.
Muy bien. Entonces la llevo donde quiera.
Muy bien.
Pero primero, dígame su nombre.
Me llamo Isabel, encantada, ¿Y usted, es?
Emilio.
Muy bien, Emilio, pues vamos a perdernos entonces.
El primer destino fue el barrio de Estrecho donde creció Emilio. A Isabel no le gustó demasiado porque eran casas antiguas y llenas de ladrillos. El segundo lugar fue un pueblo a las afueras de la ciudad donde había pasado los veranos cuando era pequeño. Le enseñó el río donde se solía bañar, el camino donde buscaba bichos y el campo donde a veces dormía con los amigos.

Así, yendo de recuerdo en recuerdo, de sitio bonito en sitio bonito, pasaron los días de verano, durmiendo en cualquier lugar, mirando casi siempre hacia arriba, a las estrellas.
Cuando a Emilio se le acabaron los sitios bonitos que podía recordar, empezó a dejarse llevar para encontrar sitios nuevos.

Entre Isabel y Emilio empezó a surgir una cierta complicidad, cierta química. No sabemos si es amor, porque eso solo lo saben ellos, pero la idea de alcanzar ese lugar común les unía y les hacía más fuertes.

El verano acabó, pero ellos querían seguir viajando. Parecía ser que Isabel tenía con qué pagar la carrera y, sinceramente, Emilio estaba encantado.
La carretera parecía no tener fin y se propusieron recorrerla entera. Ninguno de los dos dejaba demasiadas cosas en Madrid, y no les importaba perderse juntos. Pronto se dieron cuenta que la gente no hablaba su mismo idioma y supusieron que habían salido de España. Esto no les incomodó y siguieron viajando.

Se pasaron la vida en la carretera, buscando ese lugar bonito al que nunca parecían llegar. La vida seguía para ellos y tuvieron hijos que crecieron y viajaron por el mundo, dejando a sus padres queriéndose en el Taxi.

Hubo un día en que Isabel cayó enferma. Era ya muy mayor, y el asfalto y el humo de los caminos perjudicaron sus delicados pulmones madrileños.

Lo siento mucho amor mío, le dijo Emilio, pero te tengo que cobrar la carrera, ¿Qué tienes para pagarme?

Mi vida entera, respondió Isabel con su último soplo de vida.

A veces la carne tiene sabor a semáforo

Jacek Yerka



Esta eternidad coagulada

se repite calle a calle

en la ciudad sucia

en que se ha convertido mi cuerpo.


La velocidad de los dedos es relativa

a la suavidad del cuerpo pero los coches

que tienen ojos pero que no miran

no mueren nunca de amor.


Siento que los atardecederes se venden en rastrillos

o se caen a la basura

de pura tristeza.


Así no vamos a ningún lado, dijo ella

Y fue verdad.

El semáforo seguía en rojo.

¿En qué piensas, amor mío?, de Stein Mehren


Jacek Yerka


Amor mío, ¿en qué piensas?
En nada, (O) En ti. Contesto
Pienso en la soledad del amor
Pero no lo digo. Pienso en esa soledad
que arrastramos a través de los abrazos
Pienso que hace daño amar
Pero no lo digo
Un gran amor que muere
y la marea que se retira, o el lecho de un río
canalizado y sin agua
En eso pienso
Pero no lo digo. Si tú me abandonas ahora
yo no te abandonaré jamás. Pero en eso pienso.

Me duele tanto, en medio de nuestro amor
No te acerques a mí. Ámame. Acógeme
Desaparece. No me dejes nunca. Eso pienso
Cuando muere un gran amor
se transforma en una luna de terror que se levanta
por encima de todo amor posterior de los amantes.

En eso pienso. ¿En qué piensas?
En ti. En nada. En el fondo de esta ciudad
veo un rostro, ciego, tembloroso
presa de una soledad salvaje. Dolor.

Poema de Stein Mehren