Islas divergentes

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El calvario 1

Todo empezó una noche de chavalería, discoteca y pelo largo. Unas prisas inusitadas, provocadas seguramente por las ganas de cortejo, hicieron que saliera de casa con el pelo mojado. Ay, insensato. En diciembre, con un frío que helaba, mi frente navegaba las aceras como un Titanic. Pero yo también tuve mi iceberg. Llegué a la discoteca y me di cuenta de que se me había congelado el flequillo. Estalactitas. Yo, sin embargo, confiado y volátil, no hice demasiado caso.

Seguí varios años con pelo largo, a dos aguas, como un tejado clásico, o bien coleta o bien cinta de colores. Las posibilidades del pelo largo. Madre mía. Esta tercera opción fue la más conflictiva, creo. Llevar el pelo apretado durante horas no es un buen ejercicio capilar y su venganza fue mudarse, cambiar de aires, huir, la libertad.

Yo, desértico y nostálgico, añoro aquel tiempo de confianza y pelo largo. 

Calvario 0

 

Septiembre 2004
Junio 2020


Afortunadamente, ya tengo otra excusa para hacer el tonto y reírme de mí mismo. Porque el no tener flequillo tiene un pase y puedes jugar con ello, pero al afeitarme la cabeza un mundo de posibilidades se abre delante de mí. Si lo llego a saber me pelo antes, la de bromas y coñas que se ha perdido el mundo. Aún así, hay gente que se acerca a mí y, sin un pelo de vergüenza, me recomienda que me ponga pelo en Turquía, que me ponga un bisoñé o cualquier otra posibilidad estrambótica. Con lo fácil que es el no tener. El desapego de la calvicie, por favor, qué tranquilidad, que tacto y qué no necesidad de acomodar algo para gustar. Es así, no hay pelo, no hay nada que acomodar. ⁣ ⁣
Sin embargo, hubo un tiempo en el que mis manos podían hacer una coleta sin apenas dificultad, en la que mis ondulaciones capilares, combinadas con un buen combo de champú-acondicionador, hacían de mi cabeza un mundo de posibilidades a la espera de que una mañana rebelde o un viento curioso me dejaran el pelo con formas curiosas. Y a mí me gustaba, de hecho. ⁣ ⁣
Pero unos cientos de mañanas con pelos en la almohada después, aquí estamos. Y, comparando estas dos etapas, la con y la sin, me quedo con la sin. También es verdad que no me queda más narices, pero, después de 33 años en este mundo de pelos y pieles, me he dado cuenta de que, a aquellos y aquellas que me han hecho más feliz les importa bien poco la longitud de mis pelos de la cabeza y sí la capacidad de reírnos juntos.⁣ ⁣
Por lo tanto: amigos, amigas, queridos todos, preparaos para un mundo nuevo de coñas sin pelos en la lengua. ⁣ ⁣

Entrar en el bosque



 Henri Rousseu, Tiger in a tropical storm


Tu cuerpo manglar en la noche, dejarme caer, confiar que tu aullido me alimente. Somos los neandertales huidos de la tribu, atragantados de piel, descubriendo pliegues y yesca para hacernos lumbre. Coincidir y más allá. Borrarnos las fronteras, revuelto confuso, quedarnos dentro del otro, huesos molidos. 

Dejar mi cuerpo a la deriva, coger tu cuerpo a la deriva, las noches llegaban y morían y nosotros agricultores de semillas en la boca o enfermos de amor, plantas riendo hasta convertirse en Secuoya o cucharada pura de viernes 20 años. Nuestro escondite asimétrico se salvará de la paz de los cansados, de la lengua de madera ejecutiva.  

La noche nace en nuestros cuerpos y nos da de comer. Somos las cebras devorando a los leones, lanzar una piedra a un espejo. Corremos a sprint en cada beso que se nos escapa y abrimos el lenguaje para encontrar el ritual que se esconde. Me muerdes temblor de esquinas y en la oscuridad nuestras lenguas se dilatan como polillas confundidas. 

Voy y vengo, vas y vienes, y hay una isla cubierta de sábanas y verano, ponemos timbres en cada heiser que nos nace y no te vayas lejos, que mi boca es un naufragio si tu no le das cuerda. Nuestra respiración arrastra un olor a mar y no nos secamos. Vamos a nombrar este encuentro, llamarlo descubrimiento de américa o renacimiento de acuarelas, tú eliges.
Seremos susto cuando la grieta nos apunte, seremos ropa mojada y la casa cerrada, pero qué mierda importa nuestra derrota si ya nos multiplicamos por dentro. Qué importan nuestros huesos si ya nos quedamos sin aire en la cima, conociendo la víscera escondida, el origen músculo de nuestra poesía.

En tu cuerpo se esconde un pájaro

y voy a encontrarlo con mis manos.


Velocidades





Hay una velocidad que nos empuja hacia el borde, hacia el filo hambriento de los toros escondidos. Una velocidad que nos llena el pelo de hojas reventadas de aire, y hay otra velocidad que ordena los dedos en los cuerpos y no se mueven, ni siquiera un latido.
Me gusta la velocidad con la que se enamora el asesino, con la que mi salmón cruza tu cuerpo en diagonal y deja surco, la chute de gravedad y lengua pimienta de piquillo. Pero también hay una velocidad que acumula la mejor madera y deja que se pudra, la que pone cepos en todas las esquinas de la casa y de la cara, la que no puede comer a dos carrillos porque se desajusta de deseo.
Hay un encuentro en mí de lluvia que arde y de niebla sueca, en mis codos se mezcla la herida del tigre y el lamido del gato. Tengo las enredaderas voraces de mujeres y el silencio de la escritura y ya no sé si me nace un camino o me estoy desalojando de velocistas.
Y cómo saberlo si soy el hambre colmillo y el hambre que dibuja la línea de la presa, la pelusa horario de mi muerte y el terrorista que la llena de cuerpos y alegría. Soy la velocidad afilada y la velocidad cargada de otoños y qué miedo arrancar con el paso cambiado, qué desajuste de autopista y escondite en lo más volcán de la manga, cómo poder lanzarse de cuerpo o esperar el golpe y sin embargo no
hay
otra manera
y seguir respirando.

Despertar

El día acababa de romperse, seis de la mañana, el pueblo cuesta arriba y nosotros solo teníamos la fuerza para juntarnos. Su cuerpo se agitaba bajo la ropa como si tuviera un pájaro sin aire. No hacía frío, pero la gente se dejaba caer a sus casas, cansados de batalla o deshilachados. Ella y yo chocábamos de vez en cuando, borrachos o no, quién se acuerda ya, por el suelo las riendas de la conciencia. Demasiado tarde o demasiado pronto.

Era chilena y su piel lamida por un sol artesano. En su boca se detenían las palabras un momento, luego caían suaves, cantadas. Tenía pelo color tinta, hacía pulseras y collares y 25 años. Yo pelo largo y dudas, un cuerpo quince años abriéndose y la palabra desenfocada en los labios, como quien no sabe cómo y el qué debajo, levantado de manos.

El cansancio de la noche y nuestras bocas calientes, supervivientes de la metralla y los cubatas. Mi primera vez, mi primera vez, todos los finales de las películas chocando en mi cabeza, mi primera vez y no había más opción que aceptar el verano con las dos manos, pesado y líquido.

Ella era la frutería del supermercado y mucho más. Las modelos de la tele y uf, mucho más. La búsqueda en algún punto de la niebla, canción huida de una boca y yo pasé por ahí con mi jilguero suelto. Ella era carnaval ardiendo en medio de la estepa, imposible no dejarse llevar en su baile de vocales saladas y acantilado.
Recordaba mis besos con los potros silvestres de mi pueblo y no sentía vergüenza de nuestros pequeños manzanos, de nuestra regadera tranquila, nuestras esquinas, brazos y manos en escalera. Todo tan pequeño y escondido de lo adulto. Y ahora la hormiga que descubre el laberinto del metro y llora porque no le alcanza. Veinticinco años acumulando deseo y orquestas y yo con entrada reducida para el espectáculo inesperado del sudor.

Goteábamos el día confusos, murciélagos vacíos de cuerpo y yo no sabía aún el color brillante del sexo. La risa en la pechera y la cerveza corriendo. Pareja de escalones y Sudamérica ahí tan cerca, yo que no conocía el fondo de mi bañera ni el camino del bosque y Chile bienvenido, desparramado en mi cuerpo tirando todo al pasado.

Subimos el pueblo en tirolina con los ojos cruzados, subimos todo el cuerpo hasta llegar a la espuma y su casa. Abrió la puerta como quien deja caer el tirante de un sujetador, ella me hablaba rizos y me besaba frutas desconocidas. Naufrago me llegaban olas por todos lados y qué dulce y tren chocando su cuerpo. Nunca abrir un melón fue tan fácil. Nunca la boca tan en medio de todo, atravesada de flechas y los cuerpos y el cuchillo abriendo tan suave.

Yo juntaba maniobras de lengua montaña rusa, regate o ladrido, dependía de su curva y mi sorpresa. Estábamos desnudos y sentí su latido acercarse despacio, pidiendo permiso, y luego qué decir de la palta, del maní, del tomate de árbol, de la maracuyá y de sus besos. Cómo puedo deciros que mi primera vez fue en medio del mar. Mi primera vez lamí el Aconcagua con una sed de mil sales de Uyuni. Pero cómo deciros que no tuve miedo al vértigo, a las calles de Santiago de Chile abriéndose festival por su piel, paseando por debajo del equilibrio de su tanga. No me llega el abecedario para contaros sus habitaciones, sus jardines vírgenes al ojo. Cómo. Cómo explicar que no conocía el mar hasta que en ella me atraganté de Pacífico y cuando volví a tomar aire ella ya no estaba, tan solo el recuerdo de un viaje muy largo.

Madrid


Si al menos se acordara la lluvia de sus labios aún habría esperanza. Pero la lluvia golpea la ciudad sin memoria, cansada de inutilidad y humo triste. Agua sucia rompiendo intestino del metro y la gente llega tarde a su celda. Nada más. El concierto frenético de coches y sangre asustó a la tierra, se cerró de golpe y los gusanos y el cristal se reproducen bajo los edificios. Todos queremos nuestro agujero de tristeza pero no hay nadie que plante un olivo. Ni una sola cabra que escale los rascacielos cuchillo. Quien agarre algo en la ciudad es mejor que lo guarde, se acercan los osos hormigueros municipales a oler tu sobaco.



El Retiro pide ardillas para Reyes a los gorilas del Ayuntamiento que partieron sus ramas. Cualquier cordón de zapato tira al suelo a familias enteras, no hay salida de emergencia y es necesario ser gilipollas para disfrutar la película y el salario. Se ha visto a niños supervivientes en las grietas de la ciudad, pero solo pueden jugar a la pelota los hijos de las iguanas bancarias. El resto juegan con remolachas o lechugas podridas, huyendo de la economía que huele a boñiga.



Madrid empachada de plumas, y la tripa sigue vacía. Se amontonan los años en nuestra conciencia y aún no hicimos nada, los deberes se nos acumulan y la mochila nos tira al suelo. Estamos cansados antes de empezar. No hemos abierto la boca y ya se nos mete la mosca del miedo.



En Madrid se pide a Dios que no mueva una coma, que nadie sacuda la ceniza de las aceras que bastante tenemos ya con mirarnos a los ojos.



No hay ejército de indios que asome a lo lejos. Nadie nos salvará y flores por el suelo, pero si quieres yo te dejo sitio aquí, en mi barricada de poesía y ladrido. 




Ya está en la Calle ZOMBIE JOURNAL

Hoy, día 3 de enero con un frío que agarrota todo lo que se aventure a salir más allá de la bufanda, ha nacido ZOMBIE JOURNAL:



Zombie Journal es un periódico que murió hace años. Un periódico cotidiano, con sus noticias y fotos como otro cualquiera. Diario con sus idas y venidas, con su redacción y sus tiros a canasta en la papelera. Hasta que llegó la CRISIS DEL PAPEL. A medida que la crisis se comía los ingresos de los medios de comunicación como si estuvieran recién salidos del horno, Zombie Journal, como el resto de medios de papel, tuvo que reducir sus sueños y su tirada fue bajando y bajando y bajando y bajando hasta que ya no se pudo bajar más y se dijo a los empleados que bajaran al primer piso y allí ah, se me olvidaba. No vuelva mañana ni pasado. La rotativa no se cambiaba y un día llegó a tatarabuela, con sus tuercas centenarias y sus letras melladas. Se redujeron costes, los pilots por bics, las tintas chinas por tintas de calamar y, poco a poco, el periódico, que en algún momento fue ejemplo de buen hacer, con sus investigaciones y análisis internacionales, murió con estrépito y harakiris de llaves que ya no sirven, secciones ingeniosas que ya nunca más harán reír ni llorar.

Así pasaron los años, internet fue haciendo régimen a todas las publicaciones físicas, manchadas, olorosas, y llegó el momento en que ya nadie podía meterse ninguna revistilla ni ningún diario bajo el brazo porque, sencillamente, ya no existían. El estanquero ahí no se, yo ahora trabajo de diseñador web y el resto de la gente con sus pantallas, pantallitas, pantallotes por todos los lados sin que nadie ponga fin, sin que nadie desenchufe y agote todas las pilas mientras el papel se pudre en los cajones, en los contenedores de reciclaje, porque los ojos ya solo quieren leer el cristal, el plástico, la fría superficie perfecta.

Y en este momento dramático aparece Zombie Journal. Del fondo de una papelera de periódico, compuesto por noticias y fotos antiguas que tomaron forma y se pusieron de pie gracias al virus de la literatura. Aquí les dejo con las noticias infectadas de este querido periódico resucitado del papel, la tinta y el sudor de tantos periodistas que ahora están muertos o que han renacido como publicistas, putas de lujo, o políticos. O todo junto. Que lo disfruten.


A partir de ahora podéis poneros en contacto conmigo a través del blog, del FB o en persona en las presentaciones que vaya haciendo poco a poco. Podéis ir abriendo boca en la parte superior del blog, ¡nos vemos!

Mover la bola



Porque no tenemos un Dwight Howard que rompa la defensa de púas y policías del gobierno. Solo somos tiradores solos que nos escondemos en canchas en el bosque donde jugamos solos, con nuestra pelota y nuestra hipoteca embarazada a cuestas. Pero somos muchos. Tirando y fallando, tirando y hueso y aro, y perdiendo el día, los amigos, las oportunidades, siempre perdiendo. 
Cómo ganaremos el partido si no hay quien se deje la piel contra el ogro de la zona, nadie contra la bestia hambrienta de personales e impuestos, y nosotros con hambre, cero de doce y no ganamos el partido, sudor de lunes y lesiones y nadie, nadie llora de lágrimas de victoria.

Pero somos tantos, que no nos hace falta Howard que saque mineral en la zona. Es cuestión de mover la bola hasta que le salgan pelusas cansadas de la boca a todos los estrujadores de tableros, a los que imponen la triste regla que no deja jugar a la pelota en los bosques, a los besos en los baños sagrados de la risa y que solo quieren jugar ellos, y ellos, y ellos y para nadie más la pelota porque se enfadan, cogen su puta pelota, y nos suben los impuestos, nos aprietan la vida y nos ganan, nos ganan, nos rematan el partido. 

No tenemos miedo. Apretamos los puños y no, se nos desatan los tobillos pero no, no vamos a dejar que ganen los ogros de la zona. Somos muchos para tocar el tambor amarillo de la victoria y nadie podrá parar el mate en la cara de la necesidad y el deseo. 

Sobre el convertirnos en ventanas

 Detalle de La Libertad guiando al pueblo, de Delacroix

 
Ya no nos caben días enfermos en la tripa y se nos agolpan los niños al frente de nuestros ojos, pidiendo más, que pase la película de muertos que nos atornilla los pies al calendario, y ya va siendo hora de mudar la piel y germinar las carreteras.
 
En nuestro paraíso de silencio útil y de lengua automática, el impulso estaba mal visto por las señoras totémicas del orden, y por eso tuvimos que hacer nudo a nuestra carrera roja de jóvenes potros sin montura de otoño, ni correa.
 
Nos dijeron que no era fácil, que ellos lo intentaron pero todo fueron cerraduras, que ellos también tuvieron la piel fresca y llena de manantiales pero todo fueron ladrillos que cortaron el camino.
 
Que yo se que con una tele nos basta, que con un albornoz se viven cincuenta inviernos, y que una porción de amor es suficiente para no acercarse nunca al precipicio del posible, pero también se que ninguna tele nos salvará del ruido de rinocerontes que nos pesa en la espalda, ningún albornoz nos quitará el frío de nuestra piel egoísta de iguana y yo sé, que ningún amor por partes, por piezas, sin piel abierta, nos hará vivir con la ventana a en la punta de la lengua esperando lo posible como si fuera pan para nuestra tripa vacía. 
 
Por eso hay que ir preparando los músculos nuevos que nos lleven a la lluvia, los ojos que no saben tomar decisiones por ellos mismos y estas manos cansadas, lo sé, lo sabemos, de tropezar con todos los muebles de la casa y que lo único que quieren es meter en los dedos en todas las cuevas fértiles de la tierra.