Islas divergentes

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Los fluorescentes

 

Guillermo Lorca García

Los trabajadores salen por la noche con su cerbatana, su talega y entran en la selva descalzos, con los ojos transparentes. Son un peine en los mechones desconocidos de la jungla, callejuelas efímeras que se tragarán la oscuridad y sus ruidos. Como mineros lanzados a las pepitas oro, los ojos de sus cerbatanas miran, rastrean y encuentran luciérnagas como estrellas mundanas, como esquirlas de luz, como botones perdidos del día en la noche. Lanzan sus alfileres de sueño y aciertan, a veces, los cuerpos minúsculos y brillantes que quedan dormidos al instante. Después, las recogen con dos dedos y una oración, las guardan en sus talegas y vuelven a casa. La selva no guarda rencor y cierra los caminos abiertos, como un acordeón vivo, a la espera de una próxima canción.  

Antes de la mañana los trabajadores se levantan, se ordenan, se peinan, comen y salen hacia la fábrica. Algunos en autobuses, otros caminando, todos con las talegas llenas. Y la fábrica les saluda a lo lejos, con su presencia de cárcel, su alma de hogar infecto.

Cada trabajador llega a su puesto, lanza las luciérnagas a su mortero y el pilón de piedra machaca las golpea, las aplasta, y deja tan solo una arena de luz en el fondo, una playa de silencio y soles cansados. Después, abren una trampilla al fondo del mortero y alimentan el tubo del fluorescente hasta arriba.

Ese fluorescente será empaquetado, precintado, enviado y abierto muy lejos, en un lugar donde no existe la selva, donde la luz se esclavice, donde la luz sea utilizada como un látigo, donde las luciérnagas al fin obtengan su venganza.

Sucesos veraniegos

Nos informan de que en las últimas semanas se ha producido un extraño suceso en carretera de Colmenar Viejo dirección Madrid. Antonio Párpados está con Rodrigo Martín, responsable de la gasolinera ubicada en el kilómetro 23.


–Buenos días Rodrigo, ¿en qué consiste el susodicho suceso?, ¿usted lo ha presenciado?
–Buenos días, sí, cada mañana. Pues debe ser que ahora con el calor y el trabajo, no sé, la gente anda más enfurecía y claro, con las ventanas bajadas y eso, pues se nota más, se siente.
–Disculpe Rodrigo, pero no sé a qué se refiere.
–Pues a ver. Que la gente está mu quemá y un poco más adelante ya se empieza a formar el atasco y a esta altura se empieza a escuchar:
¡¡¡Me cago en todoooooooooooooooooooo!!!, por ejemplo, o un ¡¡¡estoy hasta las nariiiiiiiiceeeeeeeees!!!
¡Oh!
–Sí, sí, o se ponen a aullar como los lobos ¡¡¡aaaaaaauuuuuuuuuuuuuuuu!!!, sí, sí, que yo lo he visto y oído. Se agarran fuerte al volante y lo sueltan todo.
–Entonces, ¿usted cree que es gente hastiada de la monotonía diaria, almas libres que desean desconectarse de la rueda del trabajo que gira y gira?
–No, yo creo que es gente que está hasta los cojones de trabajar en verano.

La corta pero intensa vida de un cigarrillo (2º premio en el certamen cultural literario de Miraflores de la sierra, invierno 2022)

 

Papier a cigarette, Alfons Mucha


Al principio, antes de ser seleccionado, me pasé más de mil vidas dentro de mi casa, apretado junto a mis hermanos. Lo malo es que con esa oscuridad nadie veía nada y nos creíamos todos iguales y nadie sabía muy bien quién era quién. Pasaba el tiempo y nuestra vida la pasábamos charlando. Solo eso.

Pero un día, se hizo la luz. Ante nosotros apareció ella, aquella enorme y superlabial boca que nos prometía una vida corta pero intensa. Ese día también fue triste porque sabíamos que algún día tendríamos que morir. Consumirnos.

Sabíamos que tras esa luz que nos iba a dar la vida, uno a uno iríamos yéndonos y perderíamos la amistad que habíamos trabajado durante tanto tiempo.

En apenas un día se fueron casi todos, y cuando llegó la noche, tan solo quedábamos tres compañeros y yo. Yo no sé qué estaría pasando ahí fuera con esos labios sugerentes, esa saliva pegajosa que prometía aspirarme todo, pero intuía que mi salida del cartón era inminente.

Esa noche, Irene, la propietaria del paquete de tabaco donde está nuestro amigo, camina hacia la casa de su novio Tomás. Tan solo les separan 3 calles, pero para el camino, se va a fumar un cigarro. Abre el bolso, busca el paquete de tabaco, lo encuentra, abre la tapita rectangular y escoge uno. No es nuestro amigo. El cigarro elegido surca el aire y se posa suavemente, como una caricia, en la boca de Irene, que, tras buscar de nuevo, encuentra el mechero. Enciende el cigarro, lo llena de luz y fuego. Lo crea y lo mata.

Sigue andando por la calle y ya está a punto de llegar a la casa de Tomás, cuando de repente, aparece un vagabundo que le pide un cigarro. Irene no puede decir que no fuma, porque lleva uno en la boca y se siente mal cuando piensa en mentirle, «pobre hombre». Al final saca otro cigarro rápidamente y se lo ofrece. No. Tampoco es nuestro amigo.

Tras unos pocos pasos, la chica llega a la casa de su novio. Llama a la puerta, y este le abre con una sonrisa en la cara. «Cuánto has tardado», dice él. «No he podido correr más», dice ella.

Pasan al salón e Irene deja la chaqueta y el bolso en el sofá. «A ver qué te parece lo que he hecho de cena», «a ver, a ver», dice ella. Mientras, en el paquete de tabaco, nuestro cigarro espera su turno y desea que la chica no lo haya olvidado.

La pareja cena un poco de sushi y bebe una botella de vino blanco. Con el tiempo los montaditos de arroz se van acabando y el nivel de la botella va bajando. Tomás, en un ataque de pasión y tras unas frases recurrentes, se levanta y, tras tambalearse un poco por el vino, coge a Irene en brazos y la lleva trastabillándose hasta el dormitorio.

Allí se desvisten y se besan, se acarician y se disfrutan. Cuando los gemidos acaban, Irene, desnuda, llega al salón y busca el bolso. Abre el paquete de tabaco, agarra con sus dedos aún calientes de placer aquel último cigarro, y se lo pone en la boca. Lo sujeta sensualmente con los labios ligeramente apretados, mientras vuelve a buscar el mechero en el bolso. Lo enciende y vuelve a la cama.

Para él fue una luz. Un resplandor mortal, un calor que le tocó sutilmente y le encendió. Su vida acababa de empezar.

El cigarro fue pasando de boca en boca. Los dedos lo estrujaban cada vez como en una caricia, como si aquel tubito fuera parte también del ser amado. Aspiraban cerrando un poco los ojos, disfrutando, sintiendo las volutas de humo y el aroma a tabaco.

Esto era la vida. Para esto aquellas manos en China recogieron mi interior y me crearon. Todo fue para esto. Y merece la pena. Ya soy casi más huesos que carne, pero qué intensidad, qué gusto, qué sensación, que cal…y justo ahí, en ese momento, antes del estremecimiento total, la chica tomó lo que quedaba de ese cuerpo ya casi todo naranja, y lo espachurró en el cenicero de la mesilla de la noche.

«¿Cariño, tienes por ahí más tabaco?»

El dorado

Fueron años de desenfreno en España. Mediados de los dos mil, mucha construcción, dinero por todos lados, y sin buscarlo, encontramos el Dorado que tanto perseguimos y buscamos en el nuevo mundo.

Qué fácil era todo. Teníamos políticos basura, economía basura, derechos sociales basura, industria basura y, sin embargo, teníamos un país de Champions League, un país élite, un país de bandera, orgulloso, potente. La vanguardia de la prepotencia. 

Nos convertimos en el foco, en el paradigma del milagro, la materialización de la magia económica. Se hacían estudios sobre España y nuestro no parar de crecer. Especula y vive bien, se decía. No hace falta que trabajes, llama a tu amigo el banco, hipotécate y vive a gusto. Date caprichos. Esto solo va para arriba. Los políticos pusieron en punto muerto el tren de la economía. Había que fiarse, mejor no tocar nada cuando funciona. 

Pero no funcionaba. A nuestras costas y aeropuertos llegaban cazadores de sueños. Venían exploradores a palpar el suelo. Luego vendrá la familia entera, decían. Tenían que comprobar El Dorado que habían visto en sus televisores por ellos mismos. 

Que había trabajo para todos, decían. Que se podía vivir como los europeos, decían otros. Y lo cierto es que no mentían. No mentían porque estas afirmaciones eran ciertas en parte. En una parte muy pequeña de personas que conseguían llegar a Europa, cruzando el estrecho, los peligros, las mafias. Era cierto y no, porque había otros muchos que no conocerían el Dorado. No conocerían trabajar bajo un plástico en el sur de España, a cincuenta grados de calor. No conocerían cómo se intuye que va a venir la policía, como salir corriendo con veinte bolsos falsos a cuestas. La mayoría, los que veían por la tele a futbolistas famosos, a los Eto´os y Drogbas multimillonarios, nunca llegarían. No habría nada de oro para ellos, no habría dorado ni utopías para los africanos. 

Tampoco para nosotros, los jóvenes españoles que creímos que estudiar una carrera, gastarte la pasta y el presente, garantizaría un futuro. Que hicieras prácticas, que te dejaras abusar un poco para meter la cabeza. El país iba de lujo mientras los del banquillo, los que nunca metíamos goles al final del partido ni del sueldo, hacíamos malabarismos para sobrevivir. Hipotecas a cuarenta años, trabajos basura, dos, tres, lo que hiciera falta. Era cuestión de tiempo que la suerte llegara a nosotros. 

Pero no llegó. Nos quedamos sin casa, sin papeles, sin futuro. Sin dorado. Supongo que nos quisimos creer el cuento. En este ocasión, El dorado que nos prometieron no había que buscarlo en las selvas sudamericanas, no había leyendas, no había misterio, tan solo había ilusión por seguir en la rueda sin caer, por no quedar apartado de la televisión de plasma, de tus amigos con mejores trabajos y mejores coches. Teníamos que cerrar los ojos y seguir creyendo.

Pero ahora os voy a hablar de mi dorado, de mi mundo perfecto, de mi utopía capitalista que creía intocable, Benidorm. 

Benidorm es una ciudad al lado de Alicante, en la costa española. Podemos decir que en España se tiene la idea de que quien va a Benidorm de vacaciones o es un viejo, o es extranjero, o es que no puede pagarse nada mejor. O las tres cosas. Así somos. Pero antes no éramos así. Yo soy de un pueblo cerca de Madrid y durante años disfrute junto a mi familia de esta ciudad con una sensación mezcla de esperanza y felicidad. Un recuerdo grato de mi infancia y de mi paso a trompicones a la adolescencia. Las máquinas tragaperras, las primeras miradas con las chicas, apretar la tripa en la playa para intentar marcar músculos que no existían (ni existen), el verano y sus calores, el mar, la adolescencia. Ese era mi Dorado particular, mi recuerdo perfecto e inalterable que se que nadie tiene la llave para joderlo. O eso creía. 

Todo transcurría perfectamente. Cada septiembre toda la familia iba a Benidorm a remojarse el culo, y cada vez a un sitio mejor, y cada vez mejor comida, y cada año algún regalito mejor. “Nos lo podemos permitir”, pensaban mis padres. Y se lo creían. Y yo también. Pensaba que esa cuesta abajo constante continuaría para siempre. Instituto, carrera, foto en marco caro en el salón de mi casa, orgullo para la familia, envidia para las amigas de mi madre, prácticas y una ligera explotación en algún trabajo afín a mis cualidades e intereses. Después de algún tiempo demostraría mi talento desbordante y me podría permitir enamorarme para toda la vida de alguna chica sencillita, que no me diera problemas. Nos meteríamos en hipoteca, me haría pasteles para cenar, veríamos los programas más grises de la tele con una sonrisa en los labios, tendríamos hijos como quien  tiene ropa nueva que lucir por la calle y, finalmente, iríamos a Benidorm, a intentar reproducir en esas personas pequeñas y recién hechas, esa excitante felicidad que su padre experimentó en esa ciudad de luz y sonido, de mar y bloques de pisos como monstruos. 

Así sería. Así debía ser. Así creí yo que iba a ser.  

Pero no fue. Todo se quedó a medias. Tuve carrera, idiomas, máster, conocí a la chica, pero mi talento no desbordaba, no daba la talla. No iba el primero, iba en el pelotón, como otros tantos. Veía, al fondo, a amigos con zancadas de grulla acercarse cada vez más a la meta, ascensos en trabajos, mientras que yo seguía en el pelotón. Y aquí sigo. Saliendo al día porque no me queda otra, porque se que mi Dorado ya no existe, que se rompió en algún lado y que no tengo ni idea de dónde están las piezas. Pero quedaba Benidorm. Mi querido Benidorm, esa ciudad donde descubrí que la piel de las chicas alemanas es más fina que la del melocotón, aunque no tocara nunca ninguna. Esa ciudad en la que pasear con tus padres podía ser, por última vez en tu vida, sinónimo de ligar. El lugar donde podía imaginarme estar en alguna película, con tantas luces, con la música que venía de todos lados, con aquella distancia fantástica con lo desconocido. 

Hace unas semanas fui a Benidorm por causas familiares. Parece que me reencontraba con un pasado que me debía algo y con el que tenía que verme de nuevo. Hacía cerca de diez años que no iba, así que mi último recuerdo de esta ciudad fue con quince, dieciséis años. La imagen que tenía de la ciudad no había cambiado tanto, aunque la viera con una perspectiva de alguien diez años mayor. 

Sabía que las sensaciones que había experimentado en aquellas calles, en aquellas playas, no las volvería a tener, pero aún así, no sé, guardaba cierta expectativa. 
Benidorm seguía igual, las calles, los edificios, el cemento, las carreteras, pero solamente había viejos. Personas viejas por todos lados, difícil ver a alguien de cuarenta. Qué decir de ver a gente joven. Bueno, yo creo que vi tres chicas en los cuatro días que estuve allí. Qué panorama, qué cementerio de elefantes, qué Parque de Atracciones de la vejez. Había gente de toda Europa, alemanes, franceses, ingleses, rusos,  italianos y Españoles, claro. Mis abuelos entre ellos. 

Me encontré en un aparcamiento enorme de cuerpos que ya no dan más, que dan la razón a la gravedad. Un lugar con fecha de caducidad, como dijo mi abuelo: Esto es lo más parecido a un desguace.

Y no se equivocaba. El desguace de todos nuestros sueños, de la riqueza europea y española que asombró al mundo. La crisis no es desajuste, no es desaceleración, no es derroche, o quizá sí, pero sobre todo es desguace, somos piezas gastadas, sin brillo, de un mundo Dorado que no supimos de dónde nos llego ni por qué se convirtió, de repente, en escombro. Nos convertimos en descombro.  

Así andaba yo por mi ciudad refugio, donde el recuerdo siempre sería más fuerte que el presente, la ciudad que veía gastada y en crisis como el resto de España, como el resto de Europa. 

Pero una noche, dando un paseo por el centro con mi familia, me encontré, por fin, detrás de todo el acero, de todo el hormigón, de toda la riqueza en huesos, de toda la avaricia destronada, de todo el capitalismo sin horizonte pero con caída, con mi verdadero Dorado, mejor que la piel de las alemanas, mejor que jugar con la arena de la playa, mejor que comer pizza un día si y otro también. LOS PUESTOS DE LIBROS Y CÓMICS USADOS. 

Aún recuerdo el olor, una mezcla entre polvo y años, entre placer y tiempo. Ahí descubrí la lectura como canal para conocer el mundo. Ahora me acuerdo, mi Dorado no es Benidorm, mi Dorado es la lectura.

Errante

Rodaba y rodaba por los caminos. Mi casa la llevaba sobre las espaldas y no necesitaba más. Era joven e inquieto y nada se me resistía.Ni siquiera en el amor.
Ellos y ellas caían seducidos continuamente bajo mi embrujo sin salida posible.
Eran buenos tiempos. La yerba abundaba y no paraba de consumirla con todos mis amigos.
Mis días comenzaban cuando nacía la oscuridad. Me cargaba la casa al hombro, y me iba de viaje.Eran buenos tiempos.Ahora sin embargo tengo familia e hijos, pero sigo acordándome que yo en otra vida fui un caracol.



Relato de un naúfrago

Adrián, tumbado en la bañera, espera a que el agua se vuelva fría y mientras, fuma un porro y piensa en su vida. El humo revolotea por la habitación, y el chico  recorre mentalmente aquellos amigos de la escuela, algunos juguetes, la visita al parque de atracciones hace tanto tiempo con sus padres, la primera chica que besó. Esa sensación de humedad. Extraña y placentera al mismo tiempo.

Al pensar en aquel beso, recuerda a Laura. Y las tetas de Laura. Y la mirada de Laura y los abrazos de Laura. Pero Laura ya no está y no va a volver. Nunca volverá.

Adrián piensa en su vida y se da cuenta que desde hace un tiempo ha empeorado muchísimo. Ha empeorado hasta tal punto, que ahora, Adrián, con diecisiete años, tiene claro que no quiere vivir más. Va a suicidarse.

Sigue pensando, tranquilo, los felices recuerdos, las buenas personas que ha conocido, intentando, así, en el último momento, encontrar algo que le salve, que le ate a la vida. Si no, él, junto a su sangre, se escurrirá dentro de poco por el desagüe. Ya tiene preparada  la cuchilla al lado del cenicero y el mechero. Se imagina su muerte. La gente que dejará atrás, quien llorará por él y quien se alegrará, pero cree que nadie se alegrará.

Piensa en Teresa, la tutora, dando la noticia en clase y mirando acusadoramente al grupo de Ismael y sus amigos. Ese grupo que no paró nunca de molestarle. Adrián piensa que incluso ellos se sentirán mal, culpables. También piensa en su familia. Su madre. Su padre se fue hace mucho y seguro que ni se entera de que su hijo está muerto.

Piensa en su madre. Recuerda todo el tiempo que ha pasado trabajando, partiéndose la espalda limpiando escaleras. Y todo por él. Por su único hijo.

Y la imagina llegando al baño, viendo la sangre, chillando como solo chilla una madre que pierde a un hijo, tropezando y cayendo al intentar llegar a la bañera. Lo zarandearía un buen rato, intentando reanimarlo, hasta comprender que su hijo está muerto. Para siempre muerto. Al final le soltaría y se quedaría llorando, sola, vacía por dentro.

Pero lo peor no sería ese golpe, piensa Adrián. Lo peor serían las miradas. La mirada  de la madre a la habitación de su hijo muerto. La mirada al reloj cuando Adrián debería volver del instituto. La mirada al tiempo que pasa, exacto y lento. Su madre desearía tener una fuerza que ya se fue por aquel desagüe, y que nunca va a volver. 

Muchos años después, será una vieja amargada, sola y huraña que no hablará con nadie. Una persona destruida, desalojada de vida y todo por culpa de él, de Adrián, de aquel momento, de aquel instante de hundimiento y de claridad mortal.

Adrián piensa, piensa, “no puedo hacerle esto. Quizá yo merezca morir. Mi madre seguro que no”. 


Llega MUTOMBO, literatura en pelotas, suplemento deportivo del ZOMBIE JOURNAL

Buenos días a todos, mozos y mozas, aquí os presento (por fin diréis algunos) el MUTOMBO, literatura en pelotas, suplemento deportivo del ZOMBIE JOURNAL. Ayer Adriana Bañares alias Awixumayita Atiyamuxiwa mencionó al MUTOMBO en su programa de radio Fosfatina que podéis escuchar aquí. Mañana viernes estaré, a las 18:00, en el Centro Comarcal de La Cabrera para presentaros el ZOMBIE JOURNAL y leeros algunos poemas y cuentos del MUTOMBO. Si queréis pasaros por ahí seréis muy pero que muy bienvenidos. Aquí os dejo con la introducción del MUTOMBO y la portada:




MUTOMBO literatura en pelotas es un suplemento deportivo del periódico mundialmente famoso Zombie Journal. Esta escueta publicación pretende traer a nuestro hoy en día la fraternidad que teníamos en aquellos años en que nadie era de derechas ni de izquierdas, que te elegían en el cole después de haberlo echado a suertes y tú te dejabas los piños por salvar un gol, por ganar, y el recreo duraba tan  poco.



MUTOMBO quiere unir lazos entre la literatura y el deporte, entre el amigo feucho y con gafas y el guaperas musculitos que mete goles con las orejas. ¡NO! se acabó, ahora los gafotas meterán goles de chilena y los musculitos con risas Colgate harán multiplicaciones enormes sin pestañear y leerán libros sin parar. Se acabó, las guapas de clase estarán hechas un lío porque las cosas ya no están tan claras.



Hemos crecido pero aún deseamos que se les escape el balón a los niños que juegan a nuestro lado, no abandonamos nunca los balones que se caen detrás de los muros, somos los que nos rompimos los chándals porque el descampado estaba lleno de piedras o porque el asfalto nos lo había quemado. No dejábamos que nadie nos ganara. Éramos los mejores del pueblo, del barrio, y llorábamos cuando nuestro equipo perdía, el que fuera, porque aún creíamos en la victoria. 



MUTOMBO no trae victorias, trae a un delantero centro leyendo Mortadelos, un extremo derecha recitando a César Vallejo o a un portero dejándose las napias en el poste por salvar un poema de García Lorca.  



Aquí os lo dejo. Suerte, y que gane el mejor.






El oro en mi ojo




Fueron años de desenfreno en España. Mediados de los dos mil, mucha construcción, dinero por todos lados, y sin buscarlo, encontramos el Dorado que tanto perseguimos y buscamos en el nuevo mundo.

Qué fácil era todo. Teníamos políticos basura, economía basura, derechos sociales basura, industria basura y, sin embargo, teníamos un país de Champions League, un país élite, un país de bandera, orgulloso, potente. La vanguardia de la prepotencia. 

Nos convertimos en el foco, en el paradigma del milagro, la materialización de la magia económica. Se hacían estudios sobre España y nuestro no parar de crecer. Especula y vive bien, se decía. No hace falta que trabajes, llama a tu amigo el banco, hipotécate y vive a gusto. Date caprichos. Esto solo va para arriba. Los políticos pusieron en punto muerto el tren de la economía. Había que fiarse, mejor no tocar nada cuando funciona. 

Pero no funcionaba. A nuestras costas y aeropuertos llegaban cazadores de sueños. Venían exploradores a palpar el suelo. Luego vendrá la familia entera, decían. Tenían que comprobar El Dorado que habían visto en sus televisores por ellos mismos. 

Que había trabajo para todos, decían. Que se podía vivir como los europeos, decían otros. Y lo cierto es que no mentían. No mentían porque estas afirmaciones eran ciertas en parte. En una parte muy pequeña de personas que conseguían llegar a Europa, cruzando el estrecho, los peligros, las mafias. Era cierto y no, porque había otros muchos que no conocerían el Dorado. No conocerían trabajar bajo un plástico en el sur de España, a cincuenta grados de calor. No conocerían cómo se intuye que va a venir la policía, como salir corriendo con veinte bolsos falsos a cuestas. La mayoría, los que veían por la tele a futbolistas famosos, a los Eto´os y Drogbas multimillonarios, nunca llegarían. No habría nada de oro para ellos, no habría dorado ni utopías para los africanos. 

Tampoco para nosotros, los jóvenes españoles que creímos que estudiar una carrera, gastarte la pasta y el presente, garantizaría un futuro. Que hicieras prácticas, que te dejaras abusar un poco para meter la cabeza. El país iba de lujo mientras los del banquillo, los que nunca metíamos goles al final del partido ni del sueldo, hacíamos malabarismos para sobrevivir. Hipotecas a cuarenta años, trabajos basura, dos, tres, lo que hiciera falta. Era cuestión de tiempo que la suerte llegara a nosotros. 

Pero no llegó. Nos quedamos sin casa, sin papeles, sin futuro. Sin dorado. Supongo que nos quisimos creer el cuento. En este ocasión, El dorado que nos prometieron no había que buscarlo en las selvas sudamericanas, no había leyendas, no había misterio, tan solo había ilusión por seguir en la rueda sin caer, por no quedar apartado de la televisión de plasma, de tus amigos con mejores trabajos y mejores coches. Teníamos que cerrar los ojos y seguir creyendo.

Pero ahora os voy a hablar de mi dorado, de mi mundo perfecto, de mi utopía capitalista que creía intocable, Benidorm. 

Benidorm es una ciudad al lado de Alicante, en la costa española. Podemos decir que en España se tiene la idea de que quien va a Benidorm de vacaciones o es un viejo, o es extranjero, o es que no puede pagarse nada mejor. O las tres cosas. Así somos. Pero antes no éramos así. Yo soy de un pueblo cerca de Madrid y durante años disfrute junto a mi familia de esta ciudad con una sensación mezcla de esperanza y felicidad. Un recuerdo grato de mi infancia y de mi paso a trompicones a la adolescencia. Las máquinas tragaperras, las primeras miradas con las chicas, apretar la tripa en la playa para intentar marcar músculos que no existían (ni existen), el verano y sus calores, el mar, la adolescencia. Ese era mi Dorado particular, mi recuerdo perfecto e inalterable que se que nadie tiene la llave para joderlo. O eso creía. 

Todo transcurría perfectamente. Cada septiembre toda la familia iba a Benidorm a remojarse el culo, y cada vez a un sitio mejor, y cada vez mejor comida, y cada año algún regalito mejor. “Nos lo podemos permitir”, pensaban mis padres. Y se lo creían. Y yo también. Pensaba que esa cuesta abajo constante continuaría para siempre. Instituto, carrera, foto en marco caro en el salón de mi casa, orgullo para la familia, envidia para las amigas de mi madre, prácticas y una ligera explotación en algún trabajo afín a mis cualidades e intereses. Después de algún tiempo demostraría mi talento desbordante y me podría permitir enamorarme para toda la vida de alguna chica sencillita, que no me diera problemas. Nos meteríamos en hipoteca, me haría pasteles para cenar, veríamos los programas más grises de la tele con una sonrisa en los labios, tendríamos hijos como quien  tiene ropa nueva que lucir por la calle y, finalmente, iríamos a Benidorm, a intentar reproducir en esas personas pequeñas y recién hechas, esa excitante felicidad que su padre experimentó en esa ciudad de luz y sonido, de mar y bloques de pisos como monstruos. 

Así sería. Así debía ser. Así creí yo que iba a ser.  

Pero no fue. Todo se quedó a medias. Tuve carrera, idiomas, máster, conocí a la chica, pero mi talento no desbordaba, no daba la talla. No iba el primero, iba en el pelotón, como otros tantos. Veía, al fondo, a amigos con zancadas de grulla acercarse cada vez más a la meta, ascensos en trabajos, mientras que yo seguía en el pelotón. Y aquí sigo. Saliendo al día porque no me queda otra, porque se que mi Dorado ya no existe, que se rompió en algún lado y que no tengo ni idea de dónde están las piezas. Pero quedaba Benidorm. Mi querido Benidorm, esa ciudad donde descubrí que la piel de las chicas alemanas es más fina que la del melocotón, aunque no tocara nunca ninguna. Esa ciudad en la que pasear con tus padres podía ser, por última vez en tu vida, sinónimo de ligar. El lugar donde podía imaginarme estar en alguna película, con tantas luces, con la música que venía de todos lados, con aquella distancia fantástica con lo desconocido. 

Hace unas semanas fui a Benidorm por causas familiares. Parece que me reencontraba con un pasado que me debía algo y con el que tenía que verme de nuevo. Hacía cerca de diez años que no iba, así que mi último recuerdo de esta ciudad fue con quince, dieciséis años. La imagen que tenía de la ciudad no había cambiado tanto, aunque la viera con una perspectiva de alguien diez años mayor. 

Sabía que las sensaciones que había experimentado en aquellas calles, en aquellas playas, no las volvería a tener, pero aún así, no sé, guardaba cierta expectativa. 
Benidorm seguía igual, las calles, los edificios, el cemento, las carreteras, pero solamente había viejos. Personas viejas por todos lados, difícil ver a alguien de cuarenta. Qué decir de ver a gente joven. Bueno, yo creo que vi tres chicas en los cuatro días que estuve allí. Qué panorama, qué cementerio de elefantes, qué Parque de Atracciones de la vejez. Había gente de toda Europa, alemanes, franceses, ingleses, rusos,  italianos y Españoles, claro. Mis abuelos entre ellos. 

Me encontré en un aparcamiento enorme de cuerpos que ya no dan más, que dan la razón a la gravedad. Un lugar con fecha de caducidad, como dijo mi abuelo: Esto es lo más parecido a un desguace.

Y no se equivocaba. El desguace de todos nuestros sueños, de la riqueza europea y española que asombró al mundo. La crisis no es desajuste, no es desaceleración, no es derroche, o quizá sí, pero sobre todo es desguace, somos piezas gastadas, sin brillo, de un mundo Dorado que no supimos de dónde nos llego ni por qué se convirtió, de repente, en escombro. Nos convertimos en descombro.  

Así andaba yo por mi ciudad refugio, donde el recuerdo siempre sería más fuerte que el presente, la ciudad que veía gastada y en crisis como el resto de España, como el resto de Europa. 

Pero una noche, dando un paseo por el centro con mi familia, me encontré, por fin, detrás de todo el acero, de todo el hormigón, de toda la riqueza en huesos, de toda la avaricia destronada, de todo el capitalismo sin horizonte pero con caída, con mi verdadero Dorado, mejor que la piel de las alemanas, mejor que jugar con la arena de la playa, mejor que comer pizza un día si y otro también. LOS PUESTOS DE LIBROS Y CÓMICS USADOS. 

Aún recuerdo el olor, una mezcla entre polvo y años, entre placer y tiempo. Ahí descubrí la lectura como canal para conocer el mundo. Ahora me acuerdo, mi Dorado no es Benidorm, mi Dorado es la lectura. 

El internet de Morel




Influenciado por el cuento La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares



Morel era un niño callado, extraño. En la escuela los niños no le llamaban para jugar porque siempre estaba hablando de cosas raras; duendes, dragones y magia. El día de su undécimo cumpleaños, y viendo la afición de su hijo por quedarse en casa y no jugar con el resto de niños, sus padres le regalaron un ordenador por su cumpleaños. A partir de entonces Morel y su máquina se volvieron inseparables.

Durante los años de colegio e instituto, Morel pasó las tardes en su cuarto jugando al ordenador, peleando y viajando por lugares digitales llenos de píxeles y princesas, píxeles y monstruos, píxeles y juegos.

Pasó el tiempo y Morel creció. Se le pasó la adolescencia delante de una pantalla, y también se le pasó la oportunidad de jugar de manera real.

Ya con veintiún años, Morel empezó a preocuparse por su porvenir y se propuso inventar un videojuego para ordenador totalmente revolucionario. Consistía en que el jugador se introdujera en el juego de forma total: física, mental y emocionalmente.

Para aplicar su idea eligió su mundo favorito, el del videojuego Battle 3000. Este mundo virtual representaba un mundo fantástico plagado de duendes, hadas y bosques gigantescos.

El jugador, para introducirse dentro de aquel mundo, debía registrarse a sí mismo como un avatar independiente. Y para ello, su cuerpo debía ser analizado y comprimido a escala. Alteró la webcam que usaba para hablar con sus amigos seguidores del Bottle 3000 y consiguió elaborar un artefacto que lo reprodujo a escala reducida en un entorno digital.

Después pensó en el aparato Abdo Max de su padre para ejercitar los abdominales. Le cortó las ventosas que se ajustaban a la barriga y se las puso en la cabeza. Dos en la frente, otras dos en cada lado, y otras dos en la nuca.

Después unió las ventosas a unos cables que llevó hasta un puerto USB alterado que conectó al ordenador. A través de un software especialmente adaptado por él, consiguió transferir sus ideas al ordenador.

Por último, para enviar sus emociones al computador, Morel no tenía ninguna idea. La verdad es que las emociones no eran algo común en él. Pensó en lo que le hacía feliz: conseguir tesoros y monedas en Lortio, ciudad del puerto de Battle 3000, y lo que le ponía triste: ver morir a algún amigo digital. Sobre todo, aquella vez que Excalibur murió por esas flechas orientales lanzadas a traición.

Con estos pensamientos revueltos en la cabeza, volvió a ponerse las ventosas del Abdo Max y transfirió sus sensaciones. Como un nuevo Adán, el Morel virtual tardó poco tiempo en ser configurado. Aquí no existía el barro, y fueron los bits lo único que necesitó el pequeño Dios para hacer su doble perfecto y digital. Y, agotado, esa noche se fue a dormir.

Al día siguiente Morel se sintió liviano, muy liviano. Las manos se le clareaban y en su estómago se podía ver descomponiéndose el sándwich con queso que se había comido el día anterior para cenar.

Asustado salió de la habitación pero cuando llegó el baño ya solo le quedaba un pulmón, 3 uñas del pie derecho, los dos pezones, una ceja y medio codo. A los pocos segundos desapareció completamente.

El nuevo Morel, desprendido del mundo atroz y real, saltará, cabalgará y luchará por las selvas del mundo de Battle 3000 , feliz por ser eternamente aceptado.

Feliz Navidad


Cuando llegaron las lluvias y los árboles del parque se quedaron secos y esqueléticos, en la televisión empezaron a poner a todas horas un anuncio perfecto:

"PONITRON, el Poni que hará feliz a su hijo. Relincha, corre, come azucarillos, y ni se caga ni se mea en la alfombra. No lo dude, el regalo de estas Navidades. Por tan solo 2000 pesetas tendrá en su casa un increíble PONITRON."


Teníamos la cantinela todo el día en la cabeza. Y claro, Amanda empezó a pedírnoslo. 2000 pesetas era dinero, pero Irene, mi mujer, me convenció: "bueno, los reyes del año que viene serán más flojos...una vez es una vez". Pues eso. Una vez es una vez. Y le compraríamos a nuestra querida hija un hermoso PONITRON made in China que recordaría toda la vida.


Quise que todo saliera bien y que no hubiera prisas de última hora así que, un día que pude salir un poco antes del trabajo, me escapé a un centro comercial a por el juguete. Estábamos a principios de Diciembre, pero el furor consumista ya había dejado temblando los estantes. Me empezó a entrar el nervio, el ansia, y solo veía competidores por todos lados. "Me cago en la hostia" pensé, "mi hija no se va a quedar sin su regalo". Caminaba cada vez más rápido por los pasillos del centro comercial, mirando con rabia a los padres, a las abuelas de mierda que creen saber qué es lo que quieren sus nietos.


Tenía miedo. Miedo de ser un padre de mierda. Un padre que no aprecia a su hijita regalándole el mejor juguete posible. Tenía miedo. Miedo, también de la cara de Irene y su tristeza, de nuestra decepción. Con los puños apretados atravesé el pasillo de las muñecas, el de los juegos de mesa y el de material de guerra infantil hasta que llegué al pasillo de "Superventas". Allí chillaba todo el mundo y un padre calvo y con mala leche, sacó a pasear su puño derribando a una hilera de abuelos que cayeron al compás del hilo musical.


Como yo no tenía tiempo de diversión, esquivé al calvo y a su puño con mala leche y busqué entre la gente al PONITRON de las narices. Por fin. Al final del pasillo pude ver la caja y me lancé como un loco a por ella. Pesaba bastante y me pareció que dentro algo olía muy mal. Como a gato muerto. Pensé que sería algún viejo, víctima de la ira del calvo.


Mientras corría hacia la caja registradora agarré las 2000 pesetas que tenía en el bolsillo, y se las lancé a la cajera con violencia. Cuando llegué al coche, respiré, por fin, después de diez minutos. "Joder, tengo al puñetero poni conmigo" pensé. Eso si, la vuelta a casa la tuve que hacer con las ventanillas bajadas porque algo apestaba en el coche. "Seguro que he pisado una mierda al salir echando hostias de ahí, pero bueno, merece la pena porque tengo el PONITRON para Amanda".


Llegué a casa y envolví rápido el regalo, temiendo que alguien viniera (aunque era imposible, Irene y Amanda habían ido a ver a los padres de Irene) y me pillara con la sorpresa. Después de envolverla, la guardé en el armario del pasillo. Un lugar profundo y que solo abrimos para sacar el árbol de Navidad, el trivial y los manguitos de Amanda. Dos semanas después Irene y yo fuimos, más tranquilos ya y sin carreras, a comprar el resto de regalos.


Los días pasaban e Irene seguía en el curro, trabajando poco y ganando mucho, yo al revés y Amanda con aquel imbécil de su clase, Tomás, que no dejaba de meterse con él. Salvo los resfriados y las cañas que me tomaba los viernes con los colegas, todo era más o menos igual. Esperaba con ansia el momento de ver la cara de mi hija al descubrir su regalo.


Y bueno, después de Nochebuena y Navidad, de la borrachera de Nochevieja, de tantas luces, de tanta alegría y tantos polvorones, llegó la noche de Reyes. Joder. Cómo apestaba el puñetero armario. Cuando Irene y yo fuimos a por los regalos a eso de las doce de la noche, notamos una hostia de olor fétido en la cara. A mi se me saltaron las lágrimas e Irene se fue corriendo a vomitar al baño. Era raro de narices porque aunque el armario era profundo, no había ni cañerías ni cosas raras que pudieran oler mal. No se. Irene y yo nos acojonamos. No era un miedo normal, era una especie de vergüenza y en aquel momento sentimos un dolor en la tripa muy raro, entre nervios y nauseas.


Aguantando la respiración y sin hacer ruido para que Amanda no se despertara, Irene y yo cogimos el regalo y la llevamos a nuestro cuarto. Estaba claro que había algo podrido, nauseabundo, dentro de la caja. Se suponía que tendría que haber un PONITRON ahí dentro con sus pilas y sus luces, hecho en alguna fábrica China, con la delicadeza de unos deditos pequeños e inocentes, con su pelo suave y su melena y su cola. Un poni que hiciera feliz a nuestra hija. Un poni que haría compañía a Amanda mientras nosotros nos íbamos a tomar algo, o a hacer el amor, o yo que se, lo que nos diera la gana. Un poni que cuidara y que quisiera a nuestra hija.


La caja estaba ahí, encima de la cama, y ni Irene ni yo nos atrevíamos a abrirla. El olor seguía siendo asqueroso y tuvimos que correr las cortinas y abrir la ventana. Al final fue Irene la que se atrevió a abrirla. Admito que mi supuesta mayor valentía como hombre de la casa se fue al garete. Irene empezó a rasgar con cuidado las líneas punteadas, pero cuando se dio cuenta que se resistía un poco, se puso nerviosa y empezó a rasgarlo todo con furia. Y abrió la caja.


Lo que había allí no era un PONITRON, ni tan siquiera un juguete. Lo que había allí era algo muerto. Algo que, terriblemente muerto, olía a niño chino de nueve años muerto desde hacía semanas. Un cuerpecito descompuesto, terrible, y que había sido colocado allí por error en el lugar de un precioso y suave PONITRON para mi hija de nueve años. Lo que yo más quiero en este mundo.