Islas divergentes

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Soy El Jueves

Llevaré unos diez años, más o menos, comprando #Eljueves. Algunas rachas con más intensidad y otras con menos. No podía leer #CharlieHebdo porque, entre otras cosas, no hablo francés con la facilidad que debería. Creo que, por trayectoria, estilo y calidad, son publicaciones similares (teniendo en cuenta las características del público francés y español, muy diferentes) y, por eso,  siento que el asesinato de estas 12 personas significa, de cierta manera, un asesinato a todos aquellos que nos hemos acercado alguna vez a este tipo de publicación irónica/humorística/crítica/democrática en cualquier idioma o cualquier parte del mundo.

No es un ataque a los que mandan, a los que están por encima, a los que imponen y no escuchan, a los que se pliegan a las imposiciones económicas de cualquier tipo que hable inglés y que tenga dos duros. No, no han atacado a los que controlan todo. Tampoco han atacado al rey, ese mismo que hizo cerrar dos veces la revista #Eljueves porque no le gustaba cómo salía en la portada. Sí, dos veces. La primera el 18 de julio de 2007, cuando La Audiencia ordenó retirar todas las revistas (120.000) de los estancos de toda España e investigar el suceso.


La segunda vez, hace menos de un año, en junio de 2014, (aquí toda la historia) y que supuso que la empresa editora de la revista "se bajara los pantalones" ante una portada de la revista y ordenara que la cambiaran por otra en la que salía Pablo Iglesias. Este decisión, como ya sabréis, supuso que la mayoría (y, en muchos casos) los mejores humoristas de esta revista histórica decidieran abandonar el barco del "derecho de cerrada-pernada" que imponían desde altas instancias.



Por ello, y porque #Eljueves también se ha reído de mí, por cultureta, poeta o lo que sea, defiendo la libertad de expresión. No MI libertad de expresión. Defiendo que #Larazón publique aunque, según mi opinión, pocas veces tengan razón. Defiendo que ABC publique o que cualquier programa tipo economía haga burlas a personas públicas que me resulten simpáticas. Defiendo la democracia porque soy demócrata, no porque en ella se diga lo que yo quiero oír, sino porque en ella todo el mundo se puede expresar.

Lo del miércoles no fue un ataque religioso, fue un ataque totalitario. Como totalitario fue Franco, Stalin, Sharon o todas las personas que en una democracia censuran a los que no opinen como ellos.Aquí no nos han puesto bombas, pero también han intentado borrarlos la sonrisa y la crítica.

China y su imán


La democracia baldía

Imagino a los chinos rebotados tras la caída del muro de Berlín y la URSS pensando “ahora vamos nosotros”, mecagoentó. Los imagino como estructura torpe, moviéndose lentamente y con pequeñas piezas que intentan hacerle caer (disidencia interior). Pero, en realidad, esta imagen de gigante patoso que cuida más la estética comunista que la realidad de interés hegemónico del mundo es falsa. La revolución ya había empezado antes, tras la muerte de Mao, el gran líder, en 1976. Con una economía relajada pero sustentada en un sistema dictatorial (por supuesto), China creó su propio modelo de socialismo-comunismo y puso un pie en el siglo XXI con las reformas que Deng Xiaoping, el sustituto de Mao, que pusieron, aunque ligeramente, al gigante rojo en el campo de la competitividad. Y nos jodieron la vida, claro.
Y fue entonces cuando millones de cabezas empezaron a bullir, a buscar una salida para alimentar a millones de bocas comunistas en una encrucijada que nos ha traído un Gólem que domina nuestro presente y futuro. Después de este momento de incertidumbre la cúpula comunista de china decidió cambiar su país y, de paso, cambiar el mundo.
Pues sí, cambiar el mundo, cambiarnos a nosotros más intensamente que lo que podría hacer cualquier presidente del Gobierno o cualquier mandatario de la Unión Europea. Más incluso que cualquier presidente de Estados Unidos o cualquier gran corporación.

Europa y la ruptura termómetro social

En el imaginario colectivo occidental (¿esto existe?), sobre todo europeo, los derechos sociales y laborales son una rémora, una conquista, una barricada, que ha ido sorteando el empuje del capitalismo. Estas medidas socialdemócratas (uf, qué gran palabra), vistas como una propuesta-espejismo para atraer a los izquierdistas menos fascinados por el polo soviético comunista después de la IIGM, eran un regulador de las protestas sociales en la vieja y maltrecha Europa. La cara del capitalismo se acomodaba, en parte, al pulso de la calle y ofrecía su cara más o menos amable. Y que nadie se saliera del capitalismo aunque se perdiera competitividad por las reclamaciones de más derechos. Pero este juego de lucha dentro del capitalismo, que en realidad beneficiaba tanto a manipuladores como manipulados, se rompió cuando desapareció el peligro comunista de la URSS y las protestas sociales se desinflaron de realidad para ser meros ladridos sin perro que pueda morder de manera efectiva. Y así, el cuerpo izquierdista de los países europeos y occidentales palideció de pronto y se quedó en el andamiaje. La representación teatral de una izquierda efectiva, autónoma, se vio horadada hasta el esqueleto con la pérdida del referente real (aunque ya la mayoría de la izquierda occidental se alejara del ideario soviético), dejando el campo abierto al capitalismo y a los partidos conservadores para hacer su juego de apretar y apretar y apretar a los trabajadores sin el miedo de la revuelta, sin tener que dar nada a cambio.

Y llegó China

Y en este juego teatral de derechos, de socialdemocracia y de neoliberalismo a chorro, China da un paso más y dice “os vamos a ganar con vuestras reglas”. Y se convierten en el gran matón del capitalismo. Los que más capacidad tienen para influir y para orientar la economía global, los que presionan el mercado por su lado más débil y abaratan todo. Copian todo. El empleo, el trabajo, las condiciones salariales se empobrecen hasta el escalón justo por encima de la pobreza. Millones de chinos trabajando con una idea en la cabeza, ser hegemonía mundial, y con una dirección política férrea y efectiva. Y esta es la palabra clave, la efectividad. La efectividad que, junto a la rentabilidad, hacen que China no necesite que sus ciudadanos disfruten de unas condiciones sociales de mínimos, ya que este tema ha dejado de ser una prioridad en cualquier parte del mundo hace tiempo. Por encima de los derechos sociales, de la libertad individual, de la democracia, se presenta la libertad económica, la capacidad de comprar y poseer, y en este juego los dirigentes chinos no son para nada de escayola. Tiran y sueltan una cuerda que parece que nunca se va a romper.

La crisis

Está claro que la crisis global no procede de un solo tropezón, sino de varios, de varias avaricias mal combinadas, de un dejar hacer negligente por parte de los gobiernos de los principales gobiernos mundiales, y una sobredimensión de la economía virtual sobre la economía real. Ajam. Esto está muy bien, pero creo que el martillo que suponen millones de chinos de verdad, en condiciones laborales inasumibles por el resto de países avanzados, con una dirección única, lineal, sin vicisitudes políticas, ha abierto una grieta que va a ser muy difícil salvar porque, ¿Cómo se puede competir con un país-continente de 1.300 millones de personas que no se quejan, que no votan y que solo trabajan? ¿Qué podemos ofrecer nosotros, los españoles, los europeos, los estadounidenses, incluso los alemanes, para competir con este gigante?
España ya lo ve, claro. Lo llevamos viendo tiempo, de hecho. La globalización se orienta hacia el lado más débil, y si, en otra época, los inversores internacionales orientaban sus fábricas hacia España por ser mano de obra barata dentro del mercado europeo, ¿para qué van a pagar ese plus, si pueden llevar su producción a China, o cualquier país africano o asiático que siga sus pasos? ¿No se trata todo esto, al final, de ser rentable, de ganar más, más, más?

Cuidado, porque nuestros beneficios sociales siguen estando muy por encima de los que tienen los chinos y están en el punto de mira de cualquier economista o político neoliberal. Es hora de luchar por no convertirse en chino.










El oro en mi ojo




Fueron años de desenfreno en España. Mediados de los dos mil, mucha construcción, dinero por todos lados, y sin buscarlo, encontramos el Dorado que tanto perseguimos y buscamos en el nuevo mundo.

Qué fácil era todo. Teníamos políticos basura, economía basura, derechos sociales basura, industria basura y, sin embargo, teníamos un país de Champions League, un país élite, un país de bandera, orgulloso, potente. La vanguardia de la prepotencia. 

Nos convertimos en el foco, en el paradigma del milagro, la materialización de la magia económica. Se hacían estudios sobre España y nuestro no parar de crecer. Especula y vive bien, se decía. No hace falta que trabajes, llama a tu amigo el banco, hipotécate y vive a gusto. Date caprichos. Esto solo va para arriba. Los políticos pusieron en punto muerto el tren de la economía. Había que fiarse, mejor no tocar nada cuando funciona. 

Pero no funcionaba. A nuestras costas y aeropuertos llegaban cazadores de sueños. Venían exploradores a palpar el suelo. Luego vendrá la familia entera, decían. Tenían que comprobar El Dorado que habían visto en sus televisores por ellos mismos. 

Que había trabajo para todos, decían. Que se podía vivir como los europeos, decían otros. Y lo cierto es que no mentían. No mentían porque estas afirmaciones eran ciertas en parte. En una parte muy pequeña de personas que conseguían llegar a Europa, cruzando el estrecho, los peligros, las mafias. Era cierto y no, porque había otros muchos que no conocerían el Dorado. No conocerían trabajar bajo un plástico en el sur de España, a cincuenta grados de calor. No conocerían cómo se intuye que va a venir la policía, como salir corriendo con veinte bolsos falsos a cuestas. La mayoría, los que veían por la tele a futbolistas famosos, a los Eto´os y Drogbas multimillonarios, nunca llegarían. No habría nada de oro para ellos, no habría dorado ni utopías para los africanos. 

Tampoco para nosotros, los jóvenes españoles que creímos que estudiar una carrera, gastarte la pasta y el presente, garantizaría un futuro. Que hicieras prácticas, que te dejaras abusar un poco para meter la cabeza. El país iba de lujo mientras los del banquillo, los que nunca metíamos goles al final del partido ni del sueldo, hacíamos malabarismos para sobrevivir. Hipotecas a cuarenta años, trabajos basura, dos, tres, lo que hiciera falta. Era cuestión de tiempo que la suerte llegara a nosotros. 

Pero no llegó. Nos quedamos sin casa, sin papeles, sin futuro. Sin dorado. Supongo que nos quisimos creer el cuento. En este ocasión, El dorado que nos prometieron no había que buscarlo en las selvas sudamericanas, no había leyendas, no había misterio, tan solo había ilusión por seguir en la rueda sin caer, por no quedar apartado de la televisión de plasma, de tus amigos con mejores trabajos y mejores coches. Teníamos que cerrar los ojos y seguir creyendo.

Pero ahora os voy a hablar de mi dorado, de mi mundo perfecto, de mi utopía capitalista que creía intocable, Benidorm. 

Benidorm es una ciudad al lado de Alicante, en la costa española. Podemos decir que en España se tiene la idea de que quien va a Benidorm de vacaciones o es un viejo, o es extranjero, o es que no puede pagarse nada mejor. O las tres cosas. Así somos. Pero antes no éramos así. Yo soy de un pueblo cerca de Madrid y durante años disfrute junto a mi familia de esta ciudad con una sensación mezcla de esperanza y felicidad. Un recuerdo grato de mi infancia y de mi paso a trompicones a la adolescencia. Las máquinas tragaperras, las primeras miradas con las chicas, apretar la tripa en la playa para intentar marcar músculos que no existían (ni existen), el verano y sus calores, el mar, la adolescencia. Ese era mi Dorado particular, mi recuerdo perfecto e inalterable que se que nadie tiene la llave para joderlo. O eso creía. 

Todo transcurría perfectamente. Cada septiembre toda la familia iba a Benidorm a remojarse el culo, y cada vez a un sitio mejor, y cada vez mejor comida, y cada año algún regalito mejor. “Nos lo podemos permitir”, pensaban mis padres. Y se lo creían. Y yo también. Pensaba que esa cuesta abajo constante continuaría para siempre. Instituto, carrera, foto en marco caro en el salón de mi casa, orgullo para la familia, envidia para las amigas de mi madre, prácticas y una ligera explotación en algún trabajo afín a mis cualidades e intereses. Después de algún tiempo demostraría mi talento desbordante y me podría permitir enamorarme para toda la vida de alguna chica sencillita, que no me diera problemas. Nos meteríamos en hipoteca, me haría pasteles para cenar, veríamos los programas más grises de la tele con una sonrisa en los labios, tendríamos hijos como quien  tiene ropa nueva que lucir por la calle y, finalmente, iríamos a Benidorm, a intentar reproducir en esas personas pequeñas y recién hechas, esa excitante felicidad que su padre experimentó en esa ciudad de luz y sonido, de mar y bloques de pisos como monstruos. 

Así sería. Así debía ser. Así creí yo que iba a ser.  

Pero no fue. Todo se quedó a medias. Tuve carrera, idiomas, máster, conocí a la chica, pero mi talento no desbordaba, no daba la talla. No iba el primero, iba en el pelotón, como otros tantos. Veía, al fondo, a amigos con zancadas de grulla acercarse cada vez más a la meta, ascensos en trabajos, mientras que yo seguía en el pelotón. Y aquí sigo. Saliendo al día porque no me queda otra, porque se que mi Dorado ya no existe, que se rompió en algún lado y que no tengo ni idea de dónde están las piezas. Pero quedaba Benidorm. Mi querido Benidorm, esa ciudad donde descubrí que la piel de las chicas alemanas es más fina que la del melocotón, aunque no tocara nunca ninguna. Esa ciudad en la que pasear con tus padres podía ser, por última vez en tu vida, sinónimo de ligar. El lugar donde podía imaginarme estar en alguna película, con tantas luces, con la música que venía de todos lados, con aquella distancia fantástica con lo desconocido. 

Hace unas semanas fui a Benidorm por causas familiares. Parece que me reencontraba con un pasado que me debía algo y con el que tenía que verme de nuevo. Hacía cerca de diez años que no iba, así que mi último recuerdo de esta ciudad fue con quince, dieciséis años. La imagen que tenía de la ciudad no había cambiado tanto, aunque la viera con una perspectiva de alguien diez años mayor. 

Sabía que las sensaciones que había experimentado en aquellas calles, en aquellas playas, no las volvería a tener, pero aún así, no sé, guardaba cierta expectativa. 
Benidorm seguía igual, las calles, los edificios, el cemento, las carreteras, pero solamente había viejos. Personas viejas por todos lados, difícil ver a alguien de cuarenta. Qué decir de ver a gente joven. Bueno, yo creo que vi tres chicas en los cuatro días que estuve allí. Qué panorama, qué cementerio de elefantes, qué Parque de Atracciones de la vejez. Había gente de toda Europa, alemanes, franceses, ingleses, rusos,  italianos y Españoles, claro. Mis abuelos entre ellos. 

Me encontré en un aparcamiento enorme de cuerpos que ya no dan más, que dan la razón a la gravedad. Un lugar con fecha de caducidad, como dijo mi abuelo: Esto es lo más parecido a un desguace.

Y no se equivocaba. El desguace de todos nuestros sueños, de la riqueza europea y española que asombró al mundo. La crisis no es desajuste, no es desaceleración, no es derroche, o quizá sí, pero sobre todo es desguace, somos piezas gastadas, sin brillo, de un mundo Dorado que no supimos de dónde nos llego ni por qué se convirtió, de repente, en escombro. Nos convertimos en descombro.  

Así andaba yo por mi ciudad refugio, donde el recuerdo siempre sería más fuerte que el presente, la ciudad que veía gastada y en crisis como el resto de España, como el resto de Europa. 

Pero una noche, dando un paseo por el centro con mi familia, me encontré, por fin, detrás de todo el acero, de todo el hormigón, de toda la riqueza en huesos, de toda la avaricia destronada, de todo el capitalismo sin horizonte pero con caída, con mi verdadero Dorado, mejor que la piel de las alemanas, mejor que jugar con la arena de la playa, mejor que comer pizza un día si y otro también. LOS PUESTOS DE LIBROS Y CÓMICS USADOS. 

Aún recuerdo el olor, una mezcla entre polvo y años, entre placer y tiempo. Ahí descubrí la lectura como canal para conocer el mundo. Ahora me acuerdo, mi Dorado no es Benidorm, mi Dorado es la lectura. 

La columna de Álvaro Cuadra (especial para ARGENPRESS.info)



La década de los ochenta marcó el advenimiento del neoliberalismo a escala mundial. De la mano de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, la receta parecía infalible. Se trataba de minimizar el papel regulador del estado y controlar las “variables macro económicas”, con ello se garantizaba el crecimiento de las naciones. Las sociedades de consumidores era la única forma de alcanzar el bienestar de las mayorías. Tras la caída del muro, los más entusiastas hablaban, incluso, del “fin de la historia”.

Como suele ocurrir con los delirios y supersticiones humanas, ha llegado la hora del desencanto. Hoy, las protestas de los indignados están tan globalizadas como los mercados y los medios de comunicación. En todo el mundo, los ciudadanos advierten que el mentado modelo neoliberal no produce el bienestar prometido sino que genera desempleo, crisis económica e injusticia social. Esto lo sabemos bien en Chile, emblemático país-dólar a escala latinoamericana desde los tenebrosos años de Augusto Pinochet, pero también lo saben en Nueva York, París o Roma.

La llamada globalización ha creado un “capitalismo casino” planetario que enriquece a las grandes corporaciones, sumiendo a las naciones en la miseria. Este fenómeno que se ha acentuado estos primeros años del siglo XXI ha tenido consecuencias culturales y políticas insospechadas. El desarrollo de una “Hiperindustria Cultural” – construida de redes e imágenes digitalizadas en tiempo real - ha engendrado lo que algunos llaman una “Cultura Internacional Popular”. La sociedad de consumidores, diseño antropológico y rostro cotidiano del neo capitalismo, posee, ahora, un alcance mundial. En pocas palabras: Los problemas de los ciudadanos de diversos países son, en lo fundamental, los mismos. Esto explica, en parte, que la indignación sea, también, global.

Un desempleado en Nueva York, un estudiante chileno o un trabajador en Grecia son víctimas de la misma humillación producida por un sistema económico y financiero profundamente injusto. Todos ellos sienten la represión de la policía como expresión última de sus gobiernos. Las imágenes de las manifestaciones de indignados en todo el orbe traspasan las barreras idiomáticas, pues más allá de las singularidades de cada cual hay algo que se comparte. Mientras el alza de un índice en Wall Street enriquece a alguna multinacional, en otro lugar del mundo un trabajador pierde sus derechos de salud o un estudiante ve como aumenta su arancel para proseguir estudios. Mientras una empresa aumenta su capital, un niño muere de hambre en África, un bosque es talado en Amazonía o una especie se extingue para siempre en el planeta tierra. En el mundo imaginario creado por la publicidad, lo único cierto es la humillación, el dolor y la indignación.

Hastío, por Álvaro Cuadra

Hace pocas décadas atrás, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, el planeta estaba dividido en dos bandos irreconciliables. El mundo asistía al siglo de las revoluciones y las contrarrevoluciones, en que cada país del orbe era apenas una pieza en el gran ajedrez de la política internacional de las grandes potencias. La Unión Soviética y los Estados Unidos estaban enfrascados en lo que se llamó eufemísticamente la “Guerra Fría”, que no por “fría” dejó de ser una “guerra”.

En todos los continentes surgieron líderes que reclamaban el padrinazgo manifiesto o implícito de uno de los dos gigantes. A decir verdad, nadie solicitaba credenciales de transparencia y democracia a los líderes que surgían por todo el Tercer Mundo. La norma fue más bien, al contrario, que en ambos bandos se apadrinó a figuras tan carismáticas como equívocas. En rigor, el discurso “ético político” era una cuestión prescindible, acaso exótica o extemporánea, de la que se ocupaban los rotarios y uno que otro intelectual tenido por díscolo.

El ocaso del socialismo real y las profundas transformaciones culturales que ha sufrido el mundo entero ha producido una nueva sensibilidad de masas. Las nuevas tecnologías han hecho posible que los medios de comunicación y las redes sociales hayan diseminado este “nuevo ethos” capaz de “catalizar” cambios sociales allí donde se dan condiciones de posibilidad. Las imágenes del nuevo mundo son aquellas sedimentadas por las sociedades de consumidores del mundo desarrollado.

Los medios de comunicación instan a todas las sociedades humanas a una “Cultura Internacional Popular”, estadio actual de un capitalismo libidinal mundializado, un discurso que conjuga el goce del consumo suntuario, la exaltación del individualismo hasta el narcisismo y un clima “democrático” mínimo que permita la expresión de la singularidad personal, a imagen y semejanza de las sociedades occidentales. En todos los rincones del planeta tierra, nadie quiere quedar fuera de esta vida prometida en cada “spot publicitario”, en cada imagen de cine, televisión o Internet.

Esta nueva Cultura Internacional de masas posee la fuerza deletérea de la seducción, una fuerza capaz de destruir las tradiciones más arraigadas o los regímenes más verticalistas. Esto fue cierto en el este europeo a fines de la década de los ochenta, y lo es hoy en los distintos países del norte de África. Las actuales insurrecciones en el Medio Oriente apuntan a regímenes claramente alineados a la derecha, como en Egipto, pero también a regímenes que apelaban a un discurso anticolonialista, como en Libia.

Más allá de las circunstancias políticas de cada país en que se están desarrollando estos cambios, su denominador común es el “hastío profundo” de las masas frente a una situación de sometimiento y pobreza. Más que a un renacer del fundamentalismo religioso, asistimos a un reclamo social, político y económico con matices culturales propios del mundo islámico. Este es, en primer lugar, un llamado de atención a los países desarrollados que en nombre del pragmatismo no han terminado de desmantelar sus estrategias de la Guerra Fría, sosteniendo o consintiendo, todavía, satrapías en muchos lugares del orbe. Se trata, también, de una advertencia sobre la vetusta y precaria institucionalidad política internacional en un mundo sometido a una mutación sin precedentes en la historia de la humanidad. Por último, es bueno recordar que el hastío profundo de masas en el Oriente Medio no es otro que el de millones de seres dispersos en todo el mundo pobre.


El artículo de Álvaro Cuadra: Egipto: El ojo del huracán

El actual reclamo norteamericano por una transición pacífica a la crisis egipcia está lejos de ser un gesto democrático y se inscribe en una nueva estrategia geopolítica para la región. Por de pronto, se ha neutralizado a las fuerzas armadas en dicho país, para evitar incendiar todo el Magreb. La salida será política o no será. Convengamos en que el presidente Mubarak es un cadáver político, pero que todavía puede ser un instrumento útil a los intereses occidentales.

La prestigiosa revista británica The Economist, plantea una interesante idea en torno a los acontecimientos en Egipto, en cuanto la actual crisis en Egipto ofrece una excelente oportunidad para promover reformas en la región, estancada por décadas en regímenes autocráticos. La verdad sea dicha, los niveles de pobreza extrema y la falta de libertades ciudadanas en Egipto y otras naciones de la región, resultarían inaceptables en cualquier país europeo y, ciertamente, en los Estados Unidos. No obstante, digámoslo con ruda franqueza, las grandes potencias occidentales que han enarbolado la bandera de los Derechos Humanos y las reformas políticas en cada oportunidad que les favorece directa o indirectamente, silencian esta protesta si existen intereses económicos o militares de por medio. Tal ha sido el caso con varios regímenes del Oriente Medio, desde Sadam Hussein a Hosni Mubarak. Mientras un mandatario o reyezuelo sea el “hombre fuerte” al servicio de las inversiones extranjeras y dócil a las estrategias de los imperios político-financieros, a nadie parece importar el coste político y humano para pueblos enteros.

Para la Casa Blanca, la cuestión es clara: Se trata de crear las condiciones para una apertura democrática controlada que garantice su presencia hegemónica en la región y muchos de los equilibrios geoestratégicos alcanzados. Así, cualquier transición democrática debe contemplar la ratificación de los tratados de paz con Israel, el libre flujo de mercancías por el canal de Suez y garantías explícitas a las inversiones extranjeras de las grandes corporaciones en dicho territorio. La peor pesadilla sería la irrupción de un nuevo Irán en la región. Los Estados Unidos promoverían, de este modo, elecciones libres en el más breve plazo, mantendrían la cuantiosa ayuda militar y ampliarían el apoyo político a la naciente democracia, convirtiendo a Egipto, como lo ha sido el Chile post dictatorial, en una nación modelo para todo el Magreb.

Tal como ha señalado Hillary Clinton, asistimos a una tormenta perfecta en todo el Oriente Medio. Las nuevas generaciones no están dispuestas a seguir sumidas en la exclusión y la pobreza que alcanza niveles que bordean el 40% en país de alrededor de 80 millones de habitantes. Es claro que se requieren urgentes reformas, pero al mismo tiempo, la ecuación geopolítica es tan compleja que el camino se augura difícil y no todo lo rápido que se espera. Ante una oposición dividida, las elites y el ejército, con el apoyo estadounidense, apuestan a una transición programada, lo cual significa ganar tiempo y calmar a las masas con placebos, preparando el terreno para un eventual recambio democrático en septiembre del año en curso.

Si bien Egipto es, por estos días, el ojo del huracán, lo cierto es que el reclamo del pueblo egipcio expresa un estado anímico compartido por la mayoría de los pueblos de la zona. Por tanto, no es impensable un efecto de contagio que ponga en jaque a varias autocracias de la región. Por ello, el desenlace de la actual crisis es crucial, en la medida que de ella surja un modelo de sociedad tal que conjugue las justas aspiraciones de los pueblos a una vida digna y los intereses estratégicos de las potencias involucradas.

Las autoridades iraníes insisten en que estamos ante una nueva “conciencia islámica”, no obstante, pareciera que el reclamo se aproxima más a fundamentos sociales y económicos. Lo que se está reclamando es más la frustración de una mayoría tan indignada como menesterosa frente los beneficios de una modernidad globalizada que un retorno teocrático al estilo de Irán. En este sentido, el “peligro islámico” parece más una coartada de las elites gobernantes que una realidad política tangible.

Cualquiera sea el curso de los acontecimientos, es indudable que este corresponde, en rigor, al pueblo soberano de Egipto, más allá de los poderosos intereses en juego y del poder mediático, diplomático y político de las potencias occidentales. La situación actual puede ser descrita como la de un mandatario aferrándose al poder contra la voluntad mayoritaria de su pueblo, pero también, como la voluntad de las potencias occidentales, Estados Unidos en primer lugar, de aferrarse al poder que han detentado en la región por décadas. Washington sabe perfectamente que cualquier desequilibrio derivado de la actual crisis en las tierras del Nilo puede tener consecuencias catastróficas en su mapa geopolítico, o como suelen decir en
Washington, un riesgo inaceptable para su seguridad nacional.

El artículo de Álvaro Cuadra: GAME OVER

Hace ya tiempo que mi profesor y amigo Álvaro Cuadra, me manda por mail algunos de sus interesantes artículos en los que reflexiona sobre conceptos que tienen que ver con la política, el arte, o la actualidad. Creo que su calidad justifica que los suba al blog y que les de un poco de la mucha más difusión que deberían tener. Empezamos con GAME OVER:

Por estos días, asistimos a la más profunda mutación del escenario político mundial en el norte de África. El epicentro es el Egipto de Hosni Mubarak. Una ola de protestas recorre el Magreb, alterando los cuidadosos equilibrios construidos por décadas. Quizás por ello muchos analistas de temas internacionales de atreven a comparar estos acontecimientos con la caída del muro de Berlín en la década de los ochenta.

Cientos de míles de ciudadanos egipcios siguen el ejemplo de sus hermanos tunecinos y han salido a las calles a protestar contra un régimen autoritario y corrupto encabezado por Mubarak. Las nuevas generaciones no están dispuestas a seguir marginadas en su propio país. La globalización de la información, de la mano de las redes sociales creadas gracias a las nuevas tecnologías han ido sedimentando una nueva percepción de sí mismos y del mundo que les toca vivir.

El clamor en las calles de El Cairo es fuerte y claro: Game Over. El reclamo debe ser entendido literalmente, por una parte significa poner término de manera inmediata al régimen de Mubarak, quien torpemente se aferra al poder utilizando formas de violencia callejera y artimañas de última hora. Lo cierto es que en una semana de protestas, el desprestigiado líder ha perdido la credibilidad y el apoyo de sus protectores: La Casa Blanca y las potencias europeas.

Pero hay más. Game Over significa, además dar vuelta la página a décadas de autoritarismo y avanzar hacia una sociedad más pluralista y democrática, con todos los riesgos que ello pudiera implicar. Esto cambia totalmente el panorama en el mundo árabe, un mundo políticamente fosilizado, regentado por dinastías o elites corruptas enriquecidas por petrodólares. En fin, un mundo que daba garantías a las potencias occidentales para asegurar los buenos negocios petroleros, el flujo de mercancías a través del canal de Suez y una paz permisiva hacia el estado de Israel. Game Over significa, ni más ni menos, reabrir el expediente de la “Pax Americana” en la región.

Es prematuro, todavía, delinear el nuevo mundo que está naciendo en el Magreb, pero no cabe duda de que cualquiera sea el alcance y la profundidad de los cambios que se anuncian, éstos serán determinantes en la política mundial de los próximos decenios. Por ahora sólo se pueden plantear inquietantes interrogantes sobre el tipo de gobierno que prevalecerá en una zona tan sensible del planeta y cómo van a reaccionar los Estados Unidos, Israel y la Unión Europea. Cabe preguntarse sobre el papel del Islam – en todos sus matices - en la nueva configuración política de dichas naciones y, más concretamente, cual será el decurso de la cuestión Palestina.

Lo que sí parece inevitable en el corto plazo es el ocaso de muchos regímenes mimados por intereses occidentales, que abusaron del poder de espaldas a sus propios pueblos. La frustración de muchos años se manifiesta hoy en las calles de muchas ciudades del mundo árabe con inusitada violencia. Aunque, por el momento, nadie sabe a ciencia cierta hacia donde conduce esta ola de protestas, no cabe duda alguna que se trata del fin de una época y el comienzo de otra muy distinta. Una época en que ya no es concebible gobernar de espaldas a las mayorías marginadas. Como en un videojuego: Game Over significa, precisamente, poner fin al injusto juego que se estaba desarrollando hasta el presente y reiniciar una nueva partida en el siglo XXI.