aquí
nadie apunta a la muerte,
que no
contamine la lengua su silencio
que no
ponga sus paraguas reventados en nuestra puerta.
Pero la
muerte es una vena podrida que explota,
una esquina
el
vértice de una boca con miedo.
Está
aquí, la muerte es nadie y centro,
el eco
del esqueleto del pájaro.
Hay que
vigilar su velocidad de ausencia
que no se
ponga cómoda en los despertadores,
que no se
encapriche con tu pelo mitológico.
Algunas
personas sienten que se acerca la lluvia porque le duelen los huesos.
Así
siento yo la muerte,
escondida
en la arena de los espejos, con su tambor de silencio bajo mi ropa
soplando
la cerilla encendida de mi lengua.