Islas divergentes

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Preguntas de un obrero que lee


Joan Brossa


¿Quién construyó Tebas, la de las Siete Puertas?
En los libros figuran sólo nombres de reyes.
¿Acaso arrastraron ellos los bloques de piedra?
Y Babilonia, mil veces destruida,
¿quién la volvió a levantar otras tantas? Quienes edificaron
la dorada Lima, ¿en qué casas vivían?
¿Adónde fueron la noche
en que se terminó la Gran Muralla, sus albañiles?
Llena está de arcos triunfales
Roma la grande. Sus cesares
¿sobre quiénes triunfaron? Bizancio,
tantas veces cantada, para sus habitantes
¿sólo tenía palacios? Hasta en la legendaria
Atlántida, la noche en que el mar se la tragó, los que se ahogaban
pedían, bramando, ayuda a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él solo?
César venció a los galos.
¿No llevaba siquiera a un cocinero?
Felipe II lloró al saber su flota hundida.
¿No lloró más que él?
Federico de Prusia ganó la guerra de los Treinta Años.
¿Quién la ganó también?
Un triunfo en cada página,
¿Quién preparaba los festines?
Un gran hombre cada diez años.
¿Quién pagaba los gastos?
A tantas historias, tantas preguntas.

Poesía


Joan Brossa, Clau



Hacer un poema como si te rompieras un brazo
y se lo dieras a ella.
Hacer un poema, bajar las escaleras
y sentarse al lado de aquel que no puede subir.

Llenarte de hojas,
vivir despeinado y calvo,
tener las suelas llenas
los dedos gastados,
y que todo lo demás no importe porque huele a ella
mientras escribes el poema.

Vegetaciones




Joan Brossa, la massa del temps




La primera vez que vi tus ojos fue en aquel programa dedicado

a los leopardos.

Te escondías como un recuerdo,
entre pelícanos y tarzanes.

Me cazaste,
y tu generosa humedad de iguana me dio tres besos.

Te acercaste y fuiste dócil,
parque urbano con tus niños en bicicleta,
el césped rojo,
y tu lago de agua
aún tan caliente.

Yo te paseaba
te meaba en las esquinas alejadas
tocaba la tierra
y las escamas de tus peces.

Te acercaste tanto que ya no puedo dejarme cazar
fumarme los cigarros en tu césped rojo,
lamiendo y aspirando el humo
como si tuvieras
aún
savia en los árboles.