Cerraba los ojos y escuchaba cómo corría el agua bajo la cama.
Como un sonajero frío en la garganta del verano,
como un viernes en las manos de una lagartija, como el horizonte para un gorrión recién desenfudado de alas o como se reconocen letras y calores en una lengua desconocida.
Cerrando los ojos entrábamos en la piscina del placer:
la caída de tu asfixia en mi asfixia,
cada dedo era un puente, ¿recuerdas?, cerrábamos los ojos, desaparecíamos, y luego había que volver a crearse con la arena caliente que era nuestro cuerpo líquido por el placer.
Tus manos fundidas a mi cuerpo y mis manos fundidas con tu cuerpo,
telaraña de color tierra y sudor,
así se formó esta arcilla que descansa en el recuerdo esperando que algún niño la rompa.
Reseña de Por qué he robado y otros escritos
En este Por qué he robado y otros
escritos (Pepitas de calabaza, 2018),
autobiografía de Alexandre M. Jacob, se nos muestra una vida disparada contra
una sociedad corrupta, opresiva y perfectamente normal, que provocan que el
protagonista deba utilizar el robo y la delincuencia como medidas sanadoras y
revolucionarias.
Hay un Por qué he robado que nos llama desde un tiempo pasado y agita su
mano para que lo miremos. El culpable de esta llamada en el tiempo es Alexandre
M. Jacob, que nos señala, nos invita, nos interpela. En este recopilatorio de textos
autobiográficos que ha publicado Pepitas
de calabaza en el que salvo el relato principal era todo inédito en
español, podemos encontrar robos, disparos, huidas y presidios, pero lo más
importante es lo que empuja estos actos, el motor que enciende un cuerpo que
lucha y se estrella contra un mundo torcido y deforme. Y este motor, pese a los
años, reluce. Jacob podría considerarse un anarquista, un rebelde que niega la
mayor:
los ricos no tienen que cometer delitos ni
crímenes, ya que roban y matan con el respaldo de las leyes, legalmente (…) no
matan a dos agentes de policía, exterminan patrióticamente a miles de
proletarios.
y es en esta época tan
posmoderna, tibia e indolora que los actos de Jacob y sus compañeros, «Los trabajadores
de la noche», rompen y evidencian nuestra pasividad. Sí, la nuestra, porque en
su manera de justificarse, de explicar por qué vive como vive, hay una llamada
clara al aquí y al cara a cara que podemos palpar en su lenguaje cercano y
cargado de evidencias políticas:
en cuanto tomé posesión de mi conciencia, me
dediqué al robo sin ningún escrúpulo. No caigo en la presenta moral de ustedes,
que ensalza el respeto a la propiedad como una virtud, cuando en realidad no
hay peores ladrones que los propietarios.
y es en sí mismo una llamada a
la acción, a paliar la injusticia aquí y ahora.
Alexandre M. Jacob es uno de los
«bandidos» más famosos de la historia. Negador de la propiedad privada y
ejecutor del «robo científico», causó gran revuelo en la sociedad francesa a
finales del siglo XIX.
La lectura de este Por qué he robado y otros escritos es
amena, ligera, y hace que pases sus hojas sin parar, queriendo saber qué le
pasaba al bueno de Alexandre y cómo lo llevaba a la práctica.
La necesidad de este ladrón no
es económica, sino de justicia. Y qué bien nos viene leer un relato así,
íntegro, sin miramientos ni peros en estos días en los que solamente roban los
que ya nos roban de manera sistemática y organizada y los pobres se consuelan
con la fantasía de una pequeña propiedad o veranear una semanita en la playa. «Qué
vergüenza», diría Jacob.
Ahora bien, es cierto que los
textos del final del libro, con declaraciones, textos varios y cartas pueden
ser algo densos por la multitud de detalles, pero también pueden ser un bosque
donde los caminos no dejan de empezar, y es que este libro, este río de letras
que se nos muestra, es tan solo una instantánea de una historia oculta donde
las callejuelas, la oscuridad, la lucha por una justicia propia y a la contra
son otra cara del mundo ordenado y en filas que se nos ha venido contando en la
escuela, en los medios, en la Historia con mayúscula y en muchos casos podrida.
Vendrá
vendrá un paso de baile rebotado contra las mesas del
delirio,
un paso de baile y un disfraz de golondrina.
Mi búsqueda de trabajo sepultada bajo la nieve
mi búsqueda de trabajo, yo sin abrigo
y haré altares en los montones de ceniza que fueron
cerraduras.
En los ángulos muertos de la casa,
detrás de las fotos,
allí creciendo el tropiezo de nuestros niños mesa sin
calzar,
inútiles en la belleza suave del error,
letra torcida
como si las vocales te miraran por la ventana,
enganchadas al perfume de la madera acariciada en tu mano.
Habrá un cementerio de volantes en nuestra lengua
un camino hambriento como la hiedra,
la profundidad de un bolsillo que esconde todas las
tristezas.
Solo un niño de barro y risa
Foto de Bernard Hermant
Solo un niño manchado de barro y risa. Mi mundo de palabras
escuálidas y olas de carne y voluntad para hacer un niño salvaje y bello. Ser
el canalón por donde la lluvia caiga y levante su curva fértil de aprendiz de
mundo. Abrirme los pechos destinados al ego para levantar toboganes míticos,
dejar que me atropelle con su triciclo a 10 kilómetros por hora.
Dejarme llevar por sus ojos a punto frescos como renacuajos.
Ser el bastón que se parta por la mitad para que él no toque nunca el suelo.
Tener un hijo como quien tiene un sueño. Dejar de ser yo
para que él pueda ser. Hacer lo contrario a multiplicarme, dejando que se
escurra por los huecos de mi tiempo.
Una niña que navegue todos los charcos y que sonría con cada
gota. Sus coletas de salvaje que imiten a Pippi Langstrum o las cataratas de
Iguazú. Un niño, una niña que corran tras la pelota del mundo y que no se
cansen nunca.
Enseñarle a leer. Abrir la puerta de un libro y que puedan
jugar todo lo que quieran, como en los pueblos. Como en los ríos que atraviesan
y se cruzan con las calles. Invertir todas mis arrugas en el ángulo de su risa.
Abrigarle y tener un nido para cuando vuelva cansado. Ser con mi novia un
pedazo de su pasado, la sujeción que le impida caer al suelo al hacer puenting, el trozo de tierra donde
empezar el brote.
Empezar a hablar de nuevo. Volver a mirar desde el ángulo
esencial de un niño. Desnudar mi historia de mi cuerpo y acercarme a su
aprendizaje con el teatro de lo ya vivido. Dar pasos para atrás y acompañar sus
primeros pasos y ser el cauce por donde salga al mar.
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