Islas divergentes

El artículo de Álvaro Cuadra: GAME OVER

Hace ya tiempo que mi profesor y amigo Álvaro Cuadra, me manda por mail algunos de sus interesantes artículos en los que reflexiona sobre conceptos que tienen que ver con la política, el arte, o la actualidad. Creo que su calidad justifica que los suba al blog y que les de un poco de la mucha más difusión que deberían tener. Empezamos con GAME OVER:

Por estos días, asistimos a la más profunda mutación del escenario político mundial en el norte de África. El epicentro es el Egipto de Hosni Mubarak. Una ola de protestas recorre el Magreb, alterando los cuidadosos equilibrios construidos por décadas. Quizás por ello muchos analistas de temas internacionales de atreven a comparar estos acontecimientos con la caída del muro de Berlín en la década de los ochenta.

Cientos de míles de ciudadanos egipcios siguen el ejemplo de sus hermanos tunecinos y han salido a las calles a protestar contra un régimen autoritario y corrupto encabezado por Mubarak. Las nuevas generaciones no están dispuestas a seguir marginadas en su propio país. La globalización de la información, de la mano de las redes sociales creadas gracias a las nuevas tecnologías han ido sedimentando una nueva percepción de sí mismos y del mundo que les toca vivir.

El clamor en las calles de El Cairo es fuerte y claro: Game Over. El reclamo debe ser entendido literalmente, por una parte significa poner término de manera inmediata al régimen de Mubarak, quien torpemente se aferra al poder utilizando formas de violencia callejera y artimañas de última hora. Lo cierto es que en una semana de protestas, el desprestigiado líder ha perdido la credibilidad y el apoyo de sus protectores: La Casa Blanca y las potencias europeas.

Pero hay más. Game Over significa, además dar vuelta la página a décadas de autoritarismo y avanzar hacia una sociedad más pluralista y democrática, con todos los riesgos que ello pudiera implicar. Esto cambia totalmente el panorama en el mundo árabe, un mundo políticamente fosilizado, regentado por dinastías o elites corruptas enriquecidas por petrodólares. En fin, un mundo que daba garantías a las potencias occidentales para asegurar los buenos negocios petroleros, el flujo de mercancías a través del canal de Suez y una paz permisiva hacia el estado de Israel. Game Over significa, ni más ni menos, reabrir el expediente de la “Pax Americana” en la región.

Es prematuro, todavía, delinear el nuevo mundo que está naciendo en el Magreb, pero no cabe duda de que cualquiera sea el alcance y la profundidad de los cambios que se anuncian, éstos serán determinantes en la política mundial de los próximos decenios. Por ahora sólo se pueden plantear inquietantes interrogantes sobre el tipo de gobierno que prevalecerá en una zona tan sensible del planeta y cómo van a reaccionar los Estados Unidos, Israel y la Unión Europea. Cabe preguntarse sobre el papel del Islam – en todos sus matices - en la nueva configuración política de dichas naciones y, más concretamente, cual será el decurso de la cuestión Palestina.

Lo que sí parece inevitable en el corto plazo es el ocaso de muchos regímenes mimados por intereses occidentales, que abusaron del poder de espaldas a sus propios pueblos. La frustración de muchos años se manifiesta hoy en las calles de muchas ciudades del mundo árabe con inusitada violencia. Aunque, por el momento, nadie sabe a ciencia cierta hacia donde conduce esta ola de protestas, no cabe duda alguna que se trata del fin de una época y el comienzo de otra muy distinta. Una época en que ya no es concebible gobernar de espaldas a las mayorías marginadas. Como en un videojuego: Game Over significa, precisamente, poner fin al injusto juego que se estaba desarrollando hasta el presente y reiniciar una nueva partida en el siglo XXI.


Lo de dentro y lo de fuera

Forges,

Aquella mañana Arturo se despertó con la luz encendida, la ropa puesta, y un libro sobre la cara. Sin darse cuenta, y aún antes que abrir los ojos, respiró y le llegaron los recuerdos de aquel libro de lengua de tercero, con esos textos que mandaba doña Irene leer en alto. También pensó en los rulitos de goma que se quedaban entre las hojas, imposibles de rescatar, o el tacto de los libros nuevos nada más salir del plástico.

Luego, con una extraña pesadez, levantó el libro de su nariz y se dio cuenta que era una novela de mierda.


Contratiempo

El doctor entró en mi habitación. Era alto, delgado y había algo siniestro en su mirada. Yo estaba ahí, tumbado en una cama pequeñita sin poder defenderme. Justo al cerrar la puerta, empezó a hablar.

Mire, lamento informarle que va a morir. Vengo de consultarlo con mis compañeros y hemos llegado a la conclusión de que a usted le quedan unos ochenta años de vida más o menos. Le irá bien, tendrá cuatro hijos y tres esposas, pero tenga cuidado con Elena. Esa mujer le hará sufrir mucho. Bueno, eso es todo. Espero que aproveche el tiempo que le queda”.

Yo no entendí nada de todo aquello, pero me di cuenta que según estaba hablando una leve sonrisa de mala leche le nacía en los labios. Terminó de hablar, abrió la puerta y se marchó, dejándome solo con la muerte. Luego me puse a llorar, pidiendo que me llevaran con mi madre.

La raya del pantalón



Ayax Barnes, ilustración del cuento "El pueblo que no quería ser gris"


Cualquier persona con uniforme
se convierte
automáticamente
en chaqueta o maceta.

Todo el que llora es un caníbal,
un tartamudo
un degenerado mental.

Almacenando tierra o pañuelos
la imaginación se escurre por la solapa
como una víscera rota
sucia
que se muere sin hacer ruido.

El grito, compilación iberoamericana de poesía 2010.


El grito; compilación iberoamericana de poesía 2010.
Compiladores, Mónica Gameros y Luis Carmona.
Cartopiés cartonera.
50 páginas
10 €








Cuando la gente dice que la poesía, que el arte en general está muerto, que ya no sirve para decir cosas, siempre intento llevarles la contraria. Intento decirles que no, que la poesía y el arte siempre luchan, que están ahí, moviendo las tripas, ocultos pero presentes. Y es que la poesía combativa, la que no aguanta y tiene que salir por algún lado, al final sale. Ya sea en un bareto de Malasaña o en las calles gastadas del D.F. Pero joder, la poesía al final aparece. Tiene que aparecer.Me resisto a convertirme en el miedoso sonriente/APAGADO/que quieren los dueños/de todo.R. Israel Miranda.

Hay editoriales que no se conforman con los nombres conocidos, y quieren saborear otras fuerzas, otros sentimientos. Son editoriales pequeñas, que dejan espacio a los que empiezan. Existen editoriales que intentan publicar a gente que empieza (cangrejo pistolero, o El gaviero entren otras) pero Cartopiés Cartonera es otra cosa. Para ponernos en situación, las cartoneras empezaron a brotar en las calles de Buenos Aires, ahí donde las monedas no abundaban y las ideas había que atraparlas y atarlas a un papel en blanco. La primera cartonera se llamaba Eloísa Cartonera y nació en 2003, y desde entonces, este nuevo tipo de editorial alternativa se ha expandido como una cerilla sobre unos cartones. Los materiales son básicos, cartones, materiales reciclados, y libros baratos. Esa es la base común de las cartoneras.

Actualmente hay editoriales en casi todos los países latinoamericanos, y en España, junto a la sevillana Editorial ultramarina & digital, que aúna el mundo del cartón y el digital, alborota la capital una editorial revolucionaria y alegre: Cartopiés cartonera. Nacida en mayo en Lavapiés, intentan otra manera de manejar el arte, de ser consecuentes con el potente mensaje que manejan; la poesía. son autogestionados, independientes, y quieren cambiar las cosas.

Cada libro es diferente, artesanal. Colectivamente han sido pintados, cosidos y mimados por los los miembros de Cartopiés. Este segundo libro, llamado El grito, sigue a Inla-Kesh(Eres otro yo), el primer volumen de poesía que nació en esta editorial.

Pero El grito, que es el libro que nos ocupa, es un libro que llama al arte, a la sublevación de lo latente ante lo opaco y gris. Una revolución ante lo falso, lo superficial y lo manido. Porque somos Salvajes dormidos en su instinto como dice Olmo Panatta. También poetas como Max Rojo (Premio Iberoamericano de poesía Carlos Pellicer 2009) o los coordinadores del libro, Mónica Gameros y Luis Carmona, sueltan sus lenguas en estas páginas para contagiar al lector de un sentimiento puro, que surge de abajo y que pretende escurrirse por todas las calles. Como dice Luis Carmona: Si se atreve a ser él mismo/ abierto en canal/no hace falta naufragar.

Y El grito en La Nave El Clown Milenario, un local ubicado cerca del metro Oporto, al sur de Madrid. Tomá ya. Acompañados por la música del Proyecto X, se leyeron poemas como el del mexicano José A. Santos Guede que conseguía paralizar las orejas: Algún encuentro fugaz/consigue orgasmar/la monotonía cotidiana/de la madrugada. Se podía comer, se podía beber, y se podía disfrutar de un chorro de arte que te golpeaba en el pecho y te decía que aún hay esperanza. Sergio Escribano, alias Pirata, entre otros poetas lectores, nos golpeó con sus poemas y su energía y nos dejó una especie de letanía que aún resuena...

Calle, somos calle/fuimos sombra/fuimos nombre/fuimos, somos y seremos/versos (besos y caricias). Dejamos sin agujas los relojes/radicales/somos rocas, intifada/somos lucha, grito/somos libres/somos cumbres/somos astros constelados.

Búsqueda en el fin del mundo


En la película de Julio Medem, Los amantes del Círculo polar ártico, hay una escena en que Ana, (Najwa Nimri), espera a Otto (Fele Martínez) sentada en una silla, enfrente de un lago a las afueras de Rovaniemi, en Finlandia. En pleno Círculo polar ártico. Y es entonces cuando el sol de la medianoche baila en el horizonte y no llega nunca la oscuridad. 

Cuando vi esta película, Laponia era un lugar extraño, poético, en medio de la nada. Y a través de ella, de las relaciones de sus protagonistas, en mi cabeza se formó otra imagen, pero también poética, extraña, donde se podría esperar cualquier milagro. Y yo también quería esperar un milagro. 

En mi caso, no fue Rovaniemi sino la ciudad sueca de Jokkmokk, a siete kilómetros de la línea invisible del Círculo polar ártico. 

Es diecinueve de mayo y el pueblo está muerto. Los hostales, vacíos, apenas esperan tu llegada. Todo el mundo dice que es la peor fecha para viajar a Laponia, o más correctamente, a Sapmi, el territorio donde viven los samis, pero quizá sea la mejor para encontrar silencio y lugares salvajes sin oír a algún compatriota espetar un, joder, ¿Aquí vive Papa Noel, no?, o sin que haya una marabunta de turistas en busca de trineos de perros y hoteles de hielo. 

Jokkmokk es un pueblo hecho a lo ancho, sin problemas de espacio. Las casas se dejan respirar unas a otras y las calles son largas y vacías. Visito el museo sami, uno de los más importantes de esta nación, y conozco su manera de vivir. Me doy cuenta de su respeto por la naturaleza, sus costumbres, cómo sobreviven al frío y a los animales, y también descubro como los suecos, los noruegos, los fineses y los rusos han ido minando su población y sus recursos hasta condenarles a abandonar el nomadismo y adaptarse a la manera de vivir de estos países. Los países nórdicos, son muy respetuosos con las otras culturas y con el medio ambiente, pero incluso ellos también tienen cosas de qué avergonzarse. 

Y después de desinflar el mito verde y tolerante de los nórdicos, me lanzo a la carretera a buscar algo invisible; el Círculo polar ártico, a siete kilómetros al sur de la ciudad. Como en esta época no hay apenas turistas, no hay medio motorizado salvo el taxi que me pueda llevar hasta allí. No me gustan los taxis en Suecia, debe ser por el precio, así que decido ir andando y haciendo autoestop esperando que alguien me lleve. Siete kilómetros parece poco, ¿no? En una media hora seguro que estoy ahí. Además, seguro que me coge alguien antes… 


La carretera es un corte negro de alquitrán en medio de verde y azul. Los bosques y los lagos son mayoría en casi toda Suecia, y aquí arriba, donde apenas vive gente todo el año, dominan casi todo el terreno.  Aunque los paisajes son espectaculares, andar por carretera siempre es bastante pesado. Los pocos coches que pasan silbando a tu lado, te recuerdan que aquí arriba también hay civilización aunque a ninguno le de la gana de parar para llevarte unos pocos kilómetros. Sigo andando, pensando sin parar cuantos kilómetros llevaré, a qué velocidad anda una persona, qué hacen los peces de los lagos cuando se congelan, y así sigo con mis divagaciones hasta que veo, a unos veinte metros, un rebaño de renos que cruza la carretera. Y se quedan parados. Y me miran.

Y yo, como lo más parecido que he visto a unos renos han sido las vacas de mi pueblo, me quedo parado también. Por si acaso. Los renos, cuando llevan a Papa Noel de un lado para otro, parecen muy majos, pero cuando te encuentras siete u ocho en medio de la carretera, a “tiro de embestida”, pues da un poco de miedo, la verdad. Afortunadamente, tras mirarnos un rato más, uno de ellos vuelve al bosque y el resto le sigue. Menos mal, ya puedo seguir. 

Después de una hora y media viendo paisajes increíbles, llego al Círculo. Y en el Círculo polar ártico, encuentro una fila de piedras pintadas de color blanco que indican la línea imaginaria, un cartel, unos baños, y un chiringuito cerrado. Como un idiota, me hago la foto obligada y me siento en una de las piedras a esperar a Anna, a Otto, o la vuelta de los renos. No viene ninguno, y solamente para una furgoneta llena de alemanes que quieren ir al baño. El Círculo polar ártico es un desierto, joder. Pero me gusta que no haya nadie. 

Acostumbrado a la rutina de luces y espectáculo, donde cualquier evento necesita neones, flyers o publicidad para ser visto, encontrar un lugar autosuficiente y especial por sí mismo es una sorpresa. Incluso en el fin del mundo. Creyendo haber encontrado mi milagro particular, vuelvo a la ciudad. El viaje de vuelta se hace más corto y los pájaros que no dejan de gritar y hacer cabriolas me parecen el mejor espectáculo del mundo.