Islas divergentes

Fuego y ceniza






Cuando nació tu cuerpo se inventaron el fuego y la ceniza,
se inventaron las camas frías
y los ojos antorcha.
Cuando llegaste
cerré mi niño en el recuerdo
para salir corriendo
a buscarte.
 No cabía tu melena en mis manos tartamudas,
no encajaba tu río de viernes, 
imposible tu lava en mi piscina vacía.

Nunca levantas el acelerador de la esperanza,
y a mí solo me queda aprender:

para alcanzar tu temperatura
hay que convertirse en fuego
y ceniza
y no preocuparse por la herida. 


Cuando estás o no




cuando estás me hierve el tigre y se me funden las sillas
y las cosas a medias.

Cuando estás me río de lluvia a cielo abierto
a tripa abierta y dedos abiertos pero cuando no
cuando no estás se me abren grietas
se me abre huracán de basura en la cocina
me ahorca la distancia
y tan cerca.

Cuando estás se nos desata el tiempo de las manos
y a quién le importa si ya estás, si estamos
y lo demás es paisaje.

Y cuando no estás, pero estás, mis manos caen al vacío
gritando.
Y cuando estás y yo no estoy, asesino animales rojos que te nacen en la boca
y que no vuelven.

Pues eso, que a ver si nos aclaramos,
porque así no se puede.

Mover la bola



Porque no tenemos un Dwight Howard que rompa la defensa de púas y policías del gobierno. Solo somos tiradores solos que nos escondemos en canchas en el bosque donde jugamos solos, con nuestra pelota y nuestra hipoteca embarazada a cuestas. Pero somos muchos. Tirando y fallando, tirando y hueso y aro, y perdiendo el día, los amigos, las oportunidades, siempre perdiendo. 
Cómo ganaremos el partido si no hay quien se deje la piel contra el ogro de la zona, nadie contra la bestia hambrienta de personales e impuestos, y nosotros con hambre, cero de doce y no ganamos el partido, sudor de lunes y lesiones y nadie, nadie llora de lágrimas de victoria.

Pero somos tantos, que no nos hace falta Howard que saque mineral en la zona. Es cuestión de mover la bola hasta que le salgan pelusas cansadas de la boca a todos los estrujadores de tableros, a los que imponen la triste regla que no deja jugar a la pelota en los bosques, a los besos en los baños sagrados de la risa y que solo quieren jugar ellos, y ellos, y ellos y para nadie más la pelota porque se enfadan, cogen su puta pelota, y nos suben los impuestos, nos aprietan la vida y nos ganan, nos ganan, nos rematan el partido. 

No tenemos miedo. Apretamos los puños y no, se nos desatan los tobillos pero no, no vamos a dejar que ganen los ogros de la zona. Somos muchos para tocar el tambor amarillo de la victoria y nadie podrá parar el mate en la cara de la necesidad y el deseo. 

El nacimiento de mi color rojo


Chagall, Les amants au ciel rouge


Después de tanto planear aterricé de golpe
en tu lengua.

La llegada no fue fácil
todo eran granos y quince años
pero estabas tú
al fondo de las clases y los niños.

Nunca más volveremos a atar
aquello que se escurrió de golpe.

Nunca más algo tan fresco
y tan cerca.

Nunca la sangre volverá a nacer de nuestros labios
como un enjambre de peces rojos.

Nunca más;
pero siempre en la memoria.


El oro en mi ojo




Fueron años de desenfreno en España. Mediados de los dos mil, mucha construcción, dinero por todos lados, y sin buscarlo, encontramos el Dorado que tanto perseguimos y buscamos en el nuevo mundo.

Qué fácil era todo. Teníamos políticos basura, economía basura, derechos sociales basura, industria basura y, sin embargo, teníamos un país de Champions League, un país élite, un país de bandera, orgulloso, potente. La vanguardia de la prepotencia. 

Nos convertimos en el foco, en el paradigma del milagro, la materialización de la magia económica. Se hacían estudios sobre España y nuestro no parar de crecer. Especula y vive bien, se decía. No hace falta que trabajes, llama a tu amigo el banco, hipotécate y vive a gusto. Date caprichos. Esto solo va para arriba. Los políticos pusieron en punto muerto el tren de la economía. Había que fiarse, mejor no tocar nada cuando funciona. 

Pero no funcionaba. A nuestras costas y aeropuertos llegaban cazadores de sueños. Venían exploradores a palpar el suelo. Luego vendrá la familia entera, decían. Tenían que comprobar El Dorado que habían visto en sus televisores por ellos mismos. 

Que había trabajo para todos, decían. Que se podía vivir como los europeos, decían otros. Y lo cierto es que no mentían. No mentían porque estas afirmaciones eran ciertas en parte. En una parte muy pequeña de personas que conseguían llegar a Europa, cruzando el estrecho, los peligros, las mafias. Era cierto y no, porque había otros muchos que no conocerían el Dorado. No conocerían trabajar bajo un plástico en el sur de España, a cincuenta grados de calor. No conocerían cómo se intuye que va a venir la policía, como salir corriendo con veinte bolsos falsos a cuestas. La mayoría, los que veían por la tele a futbolistas famosos, a los Eto´os y Drogbas multimillonarios, nunca llegarían. No habría nada de oro para ellos, no habría dorado ni utopías para los africanos. 

Tampoco para nosotros, los jóvenes españoles que creímos que estudiar una carrera, gastarte la pasta y el presente, garantizaría un futuro. Que hicieras prácticas, que te dejaras abusar un poco para meter la cabeza. El país iba de lujo mientras los del banquillo, los que nunca metíamos goles al final del partido ni del sueldo, hacíamos malabarismos para sobrevivir. Hipotecas a cuarenta años, trabajos basura, dos, tres, lo que hiciera falta. Era cuestión de tiempo que la suerte llegara a nosotros. 

Pero no llegó. Nos quedamos sin casa, sin papeles, sin futuro. Sin dorado. Supongo que nos quisimos creer el cuento. En este ocasión, El dorado que nos prometieron no había que buscarlo en las selvas sudamericanas, no había leyendas, no había misterio, tan solo había ilusión por seguir en la rueda sin caer, por no quedar apartado de la televisión de plasma, de tus amigos con mejores trabajos y mejores coches. Teníamos que cerrar los ojos y seguir creyendo.

Pero ahora os voy a hablar de mi dorado, de mi mundo perfecto, de mi utopía capitalista que creía intocable, Benidorm. 

Benidorm es una ciudad al lado de Alicante, en la costa española. Podemos decir que en España se tiene la idea de que quien va a Benidorm de vacaciones o es un viejo, o es extranjero, o es que no puede pagarse nada mejor. O las tres cosas. Así somos. Pero antes no éramos así. Yo soy de un pueblo cerca de Madrid y durante años disfrute junto a mi familia de esta ciudad con una sensación mezcla de esperanza y felicidad. Un recuerdo grato de mi infancia y de mi paso a trompicones a la adolescencia. Las máquinas tragaperras, las primeras miradas con las chicas, apretar la tripa en la playa para intentar marcar músculos que no existían (ni existen), el verano y sus calores, el mar, la adolescencia. Ese era mi Dorado particular, mi recuerdo perfecto e inalterable que se que nadie tiene la llave para joderlo. O eso creía. 

Todo transcurría perfectamente. Cada septiembre toda la familia iba a Benidorm a remojarse el culo, y cada vez a un sitio mejor, y cada vez mejor comida, y cada año algún regalito mejor. “Nos lo podemos permitir”, pensaban mis padres. Y se lo creían. Y yo también. Pensaba que esa cuesta abajo constante continuaría para siempre. Instituto, carrera, foto en marco caro en el salón de mi casa, orgullo para la familia, envidia para las amigas de mi madre, prácticas y una ligera explotación en algún trabajo afín a mis cualidades e intereses. Después de algún tiempo demostraría mi talento desbordante y me podría permitir enamorarme para toda la vida de alguna chica sencillita, que no me diera problemas. Nos meteríamos en hipoteca, me haría pasteles para cenar, veríamos los programas más grises de la tele con una sonrisa en los labios, tendríamos hijos como quien  tiene ropa nueva que lucir por la calle y, finalmente, iríamos a Benidorm, a intentar reproducir en esas personas pequeñas y recién hechas, esa excitante felicidad que su padre experimentó en esa ciudad de luz y sonido, de mar y bloques de pisos como monstruos. 

Así sería. Así debía ser. Así creí yo que iba a ser.  

Pero no fue. Todo se quedó a medias. Tuve carrera, idiomas, máster, conocí a la chica, pero mi talento no desbordaba, no daba la talla. No iba el primero, iba en el pelotón, como otros tantos. Veía, al fondo, a amigos con zancadas de grulla acercarse cada vez más a la meta, ascensos en trabajos, mientras que yo seguía en el pelotón. Y aquí sigo. Saliendo al día porque no me queda otra, porque se que mi Dorado ya no existe, que se rompió en algún lado y que no tengo ni idea de dónde están las piezas. Pero quedaba Benidorm. Mi querido Benidorm, esa ciudad donde descubrí que la piel de las chicas alemanas es más fina que la del melocotón, aunque no tocara nunca ninguna. Esa ciudad en la que pasear con tus padres podía ser, por última vez en tu vida, sinónimo de ligar. El lugar donde podía imaginarme estar en alguna película, con tantas luces, con la música que venía de todos lados, con aquella distancia fantástica con lo desconocido. 

Hace unas semanas fui a Benidorm por causas familiares. Parece que me reencontraba con un pasado que me debía algo y con el que tenía que verme de nuevo. Hacía cerca de diez años que no iba, así que mi último recuerdo de esta ciudad fue con quince, dieciséis años. La imagen que tenía de la ciudad no había cambiado tanto, aunque la viera con una perspectiva de alguien diez años mayor. 

Sabía que las sensaciones que había experimentado en aquellas calles, en aquellas playas, no las volvería a tener, pero aún así, no sé, guardaba cierta expectativa. 
Benidorm seguía igual, las calles, los edificios, el cemento, las carreteras, pero solamente había viejos. Personas viejas por todos lados, difícil ver a alguien de cuarenta. Qué decir de ver a gente joven. Bueno, yo creo que vi tres chicas en los cuatro días que estuve allí. Qué panorama, qué cementerio de elefantes, qué Parque de Atracciones de la vejez. Había gente de toda Europa, alemanes, franceses, ingleses, rusos,  italianos y Españoles, claro. Mis abuelos entre ellos. 

Me encontré en un aparcamiento enorme de cuerpos que ya no dan más, que dan la razón a la gravedad. Un lugar con fecha de caducidad, como dijo mi abuelo: Esto es lo más parecido a un desguace.

Y no se equivocaba. El desguace de todos nuestros sueños, de la riqueza europea y española que asombró al mundo. La crisis no es desajuste, no es desaceleración, no es derroche, o quizá sí, pero sobre todo es desguace, somos piezas gastadas, sin brillo, de un mundo Dorado que no supimos de dónde nos llego ni por qué se convirtió, de repente, en escombro. Nos convertimos en descombro.  

Así andaba yo por mi ciudad refugio, donde el recuerdo siempre sería más fuerte que el presente, la ciudad que veía gastada y en crisis como el resto de España, como el resto de Europa. 

Pero una noche, dando un paseo por el centro con mi familia, me encontré, por fin, detrás de todo el acero, de todo el hormigón, de toda la riqueza en huesos, de toda la avaricia destronada, de todo el capitalismo sin horizonte pero con caída, con mi verdadero Dorado, mejor que la piel de las alemanas, mejor que jugar con la arena de la playa, mejor que comer pizza un día si y otro también. LOS PUESTOS DE LIBROS Y CÓMICS USADOS. 

Aún recuerdo el olor, una mezcla entre polvo y años, entre placer y tiempo. Ahí descubrí la lectura como canal para conocer el mundo. Ahora me acuerdo, mi Dorado no es Benidorm, mi Dorado es la lectura. 

Ir con los que ganan es muy fácil



Hoy es el día en que las balas se lanzan contra las pistolas, en que la lógica se descoloca y la NBA no sabe qué hacer frente a los chavales del colegio. Hoy juegan el Real Madrid y el Estudiantes y puede que lo lógico no consiga aplastar el milagro. Esta tarde, a las 19:00, Estudiantes-Real Madrid, en la 1. 

El fondo de los cuadernos




Donde me escapaba mientras 2x2
mientras Bécquer, mientras Isabel la Católica,
mientras jaula.

Páginas de última fila,
de murmullo de tinta,
huidas de la luz
de su cuadrícula.

Nos metían ruido en nuestros cuerpos frescos
mapas podridos de la historia
cuando nuestra boca llena de chucherías
y peonzas.

Querían ordenar nuestra sangre en filas
ordenar los flequillos y las faldas
y no pudieron,
había lianas y compañeros
puertas de salida en los estuches y siempre,
siempre,
calor en la sangre y mortadelos en el recreo.  

Qué pena de colegio y qué alegría de escondite
qué alegría de dibujos
en el fondo fértil
del cuaderno.

La bestia parda II: Bo McCalebb

 Muchos nos quedamos flipando cuando vimos a este tío jugando con Macedonia en el Europeo 2011. Y es por eso que incluyo a este tío, nacido en EEUU pero nacionalizado macedonio, como una bestia parda, quizá más que el "brazos largos" de McGee u otros bicharracos que os voy a ir subiendo por aquí. Este tío mide como yo más o menos, 1,83 de na, y el tío entraba en la zona de España, con los Gasoles a los que les llegaba al pecho, y les hundía el balón en la cara, o les engañaba con varios rectificados. Y eso tiene mucho mérito. Es una bestia parda porque no se encoge y se la juega cuando se la tiene que jugar, porque hace todo bien: buen tirador, buen pasador, y, sobre todo, gran finalizador de bandejas/mates. Aquí os dejo una muestra de lo que puede hacer, sobre un pívot dominante como es Al Horford, jugador de los Hawks:


Además de sus condiciones físicas, de ser pequeñajo y compacto y de tener una técnica muy depurada, el tío encarnó perfectamente el papel de héroe. Se cargó a un país pequeño con Macedonia a la espalda y estuvo a punto de meter a una selección mediocre, con algunos jugadores buenos como Illievski, Pero Antic, en la final del europeo tras caer con España en las semifinales...un casi que no chafó el descubrimiento de una bestia en un cuerpo, aparentemente, normalito:



La única utopía es el pasado




yo tenía siete y los ojos como un ciervo
y ella era azul, llena de viento.

Fue la primera y rompió mi puzzle
guardando las piezas
más importantes
en los bolsillos de la chaqueta.

“Elia es más bonita que una flor”
escribí tras las cortinas,
para que ella apuntara su faro a mi vergüenza
para que apartara las hojas secas del patio
y bailara conmigo,
como si ya fuéramos mayores.

La única utopía que conozco es el pasado
y todas las piezas que ella me escondió
y que seguiré buscando.

La bestia parda I: JaVale McGee

 
Como muchos sabréis, soy aficionado al baloncesto desde hace ya años, tanto del mundo NBA, como de la ACB y de echar pachangas con colegas hasta que ya no poder màs. Por eso, porque me gusta el basket y, por ejemplo, me gusta la poesìa, voy a escribir de vez en cuando algunos textos sobre baloncesto pero intentando ir un poco màs allà, sin quedarme en el "bueno o malo" o forofismos que nunca tienen fundamento. Asì, sin màs rodeos, voy a inaugurar la secciòn LA BESTIA PARDA, que, señores y señoras, como habreìs podido suponer, hace referencia a los bestiajos màs salvajes del mundo del basket.
Y hoy toca el tìo del careto de ahì arriba: JaVale McGee:
 
 
 
No se, tampoco es que sea muy conocido este tìo, ha jugado en dos equipos que no son para nada punteros como Washington Wizards y los Denver Nuggets, donde juega ahora, pero es que es un tìo especial. Aparte de medir 2,13, que tampoco es una locura para la NBA, lo que de verdad llama la atenciòn de este tìo son los brazacos que tiene y un salto vertical que no veas. No es un pìvot clàsico, el tìpico tarugo sin pies que solo sube los brazos, es un jugador con velocidad(si, aunque muchas veces no le sirva para nada) y muy atlético. Con un tiro bastante regulero por no decir que no vale para nada (alrededor de 50% en tiros libres), es una muestra del jugador espectàcular por antonomasia: hace mates espectaculares subiendo el balòn un par de palmos por encima del aro, tapones bestiales y... cagadas de tamaño considerable pero que, al menos, hacen reìr al pùblico. Quizà McGee no te haga ganar un campeonato, pero aparte de su imponente presencia fìsica, te hace echar unas risas. Aquì os dejo con "Tragic Johnson", como le llamò Shaquille: