Yo ya no sé quién soy desde que me habitas. Como aquellas
casas que invade la selva, las puertas reventadas por tus troncos hambrientos y
tus animales feroces haciéndose ovillos en mis esquinas. Me estás colonizando y
yo te dejo pasar con los cerrojos abiertos, como vírgenes a punto de
sacrificio. Mis cajones deshechos a tus pies para que puedas hacer la hoguera
que nos caliente. Tu civilización entra a caballo en mis caminos. Aún no he adaptado las pupilas a tu brillo y
solo veo reflejos de felicidad, tu luz entrando como pértiga en mi penumbra.
Siento lo mismo que la tierra cuando la siembran, cuando el
cauce calma la sed y vuelve a conocer a sus peces. Así te recibo yo en los días
de mañanas largas y camas eternas. Así nos frotamos la vida contra la frente,
contra el pecho, quitándonos toda la sal que nos dejó el mar de la tristeza.

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