Han pasado unos cuantos días ya desde que Donald Trump fue reelegido presidente del país más poderoso del mundo y quiero comentarlo porque me parece importante reflexionar sobre ello, más allá de que pueda o no estar equivocado y mi análisis esté acertado. Pese a esta presunción de inocencia previa ante la inexactitud, intentaré ser lo más preciso posible.
Creo que todos los que nos consideramos personas críticas, que no se adscriben a una forma de pensar «pase lo que pase», hemos alucinado con el triunfo de Trump en las elecciones. Y hemos alucinado porque vemos a este señor como un tipo peligroso, volátil, medio loco, imprevisible, machista, racista, idiota y obsesionado por el poder y el dinero. Un Ubu rey en toda regla, para los amantes del dadaísmo. Este podría ser un retrato hecho con palabras de lo que significa el señor Trump para este «nosotros» que no sé muy bien definir, espero que me entiendas.
Pero, más allá de nuestra visión crítica de esta reelección, está la postura de los estadounidenses. No voy a entrar en etiquetas, razas ni géneros, sino solamente en renta/capacidad económica. Para un estadounidense, criado con la esencia del hombre hecho a sí mismo, superpoderoso, capaz de todo, la situación de EEUU no era tolerable. Un país que, muy tímidamente, se había reconducido hacia la senda ecológica, con unas promesas de un tibio decrecimiento, lo que, en la mente del estadounidense medio era un empobrecimiento para él y su entorno, y esto no podía pasar. No se podía admitir que la curva creciente se tuviera que matizar o incluso invertir para, básicamente, poder existir sobre el planeta tierra. No, no se acepta. Como en la película No mires arriba, la realidad científica se impone pero es más fácil tomar la postura infantil de negar la evidencia. Y esto es lo que propone Trump: negar la evidencia. No aceptar el cambio climático, no aceptar la matización del crecimiento, la posibilidad de adecuar el objetivo del país al bienestar de sus habitantes. No. Se decide «tirar palante», no hacer caso de las indicaciones, que son vistas como indicaciones agoreras de una élite progre y gris, e intentar la heroicidad de «Hacer América grande de nuevo».
Es verdad que la alternativa de Kamala Harris tampoco es que fuera un giro de guion brutal, pero al menos sí que podía continuar esa leve matización económica de Biden. Por lo tanto el primer país del mundo del mundo occidental, el modelo en el que se miran tantos y tantos países, ha decidido no hacer caso a los expertos y seguir echándole más leña al fuego. Y, que nadie se equivoque, ha sido con el voto y el visto bueno de la gran mayoría de la población. Habrá que prepararse para las consecuencias de esta senda negacionista que puede llevarse todo por delante. Para empezar, las evidencias científicas y el sentido común.

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