Islas divergentes

Quizá los influencers sí que estaban desnudos- 24/08/2026

Hace días que intento estar fuera del alcance de las noticias y aún así no he podido escapar del nuevo mantra: «La caída de los influencers». Uf, qué pesadilla. Pero quiero aprovechar este boom sorprendente para contarte cómo veo esta supuesta bajada a los infiernos para estos chavales que hasta hace un par de días vivían en el paraíso. Para empezar, hay que tener en cuenta que agosto es el mes del becario por excelencia. Y el becario, por un tema de edad, está más cerca del contenido influencer que sus compañeros titulares de los medios. Por eso imagino que algún chaval espabilado sacó el tema ante la necesidad de llenar contenido y el resto de medios se han subido al carro por no quedar mal y porque básicamente no se sabe muy bien cómo tratar y cómo evaluar este mundo de chavales ególatras y flipaos que te dan lecciones de todo nada más salir de la adolescencia.

Como yo lo veo, estos influencers son los hijos del usuario-creador del internet 2.0 (¿os acordáis?) en el que se democratizaba la información y por lo tanto se derretían las antiguas jerarquías y todo se tenía que volver a plantear desde 0, todo mucho más justo, fresco y avanzado. Lo viejo empezó a mirarse con desconfianza, lo nuevo con entusiasmo, y estalló el 15 y aquella horizontalidad en la que todo era posible. Unos cuantos años después de dicho proceso, y sin rastro de teoría o planteamiento político, filosófico o sociológico, los influencers son autores de contenido consumible y bien digerible que genera interés en una audiencia que quiere pasarlo bien, no rallarse mucho y pasar el rato. Esto es en términos generales, claro, que ya sé que hay influencers que hacen contenido elaborado, pero no son la norma. De la erudición que nos iba a traer internet han salido momentos memorables como los unboxing de paquetes de pipas o subnormalidades del estilo.

Pues el caso es que ahora estos generadores de contenidos ya no caen bien porque ganan mucho dinero, viven fuera de la realidad y ya no son creíbles. Vaya. Que grandes marcas (las de siempre) hayan aupado y dejado caer a según qué influencer parece que es la clave, pero no se toca mucho este tema. Porque, por lo que sea, un divulgador de ciencia o historia no va a ser aupado por grandes marcas mientras otros contenidos menos exigentes y sensacionalistas van a tener menos problemas para encontrar apoyos.

Vale, en un mes cumplo 40 años y seguro que la edad guía mis dedos para escribir esto pero, ¿dónde están los influencers de más de 40 o 50 años? Personas que han dedicado toda su vida a estudiar un tema, a vivir, a equivocarse... ¿no sabrán más que un chaval de 18 años que acaba de terminar una formación para especular en bolsa? O, llamadme loco, en los miles de años que la humanidad ha empejado hasta aquí, ¿no habrá alguna persona con más capacidad de influir y que ha quedado en fosforito en la historia sobre otros millones para que estemos haciendo caso al primer listo que aparece en redes? Hasta hace no mucho tiempo había un maestro que enseñaba. Ahora se ha dado la vuelta pero claro, ¿quién va a ser el maestro en la materia de la superficialidad, la rapidez, la tecnología y lo volátil? Está claro que un sabio no, sino un advenedizo o un necio. Yo mismo intenté hacer un canal que pretendía difundir poesía...así que también tiro piedras a mi tejado. 

Como yo lo veo, parece que algún becario se ha dado cuenta de que QUIZÁ los influencers sean solo humo y mucha pasta en publicidad y todo el mundo ha empezado a preguntarse si estamos siguiendo a las personas adecuadas:



Reseña de El oficio de ser frágil, Celia Bsoul

 

 

Pincha en la imagen para ir a la reseña)

 

La Imprenta. Madrid. 2026

El último libro publicado por la editorial madrileña La imprenta es El oficio de ser frágil, de Celia Bsoul. Es un libro breve, con un diseño simple, y en él, la joven escritora nos despliega un mapa del daño. Su daño, claro, pero es que su daño personal está conectado al daño genérico (si se pudiera dar un dolor genérico, compartido) gracias al micelio que compartimos, llámese tiempo, llámese ilusión, llámese relaciones personales.

«Alguien borró la línea

entre el mundo y su peligro,

este fue mi primer oficio:

dibujarla»

dice la autora al inicio del poemario y podemos sentir que esta línea sigue hasta el día de hoy. Que la protagonista muestra cómo falló esa distancia y la vida pinchó, hizo daño, y muestra la herida ya sin sangre, pero aún con dolor.

Lees y relees los poemas y te das cuenta de que Bsoul no hace un espectáculo del daño, tampoco un ejercicio de exuberancia de la resiliencia, ella simplemente se abre poderosa, cuenta, y honesta contra un papel que aguanta a duras penas su catarata de cicatrices cosidas, heridas recientes o abismos de nostalgia. Os seré sincero: puedo decir que tengo la suerte de ser amigo de la autora desde hace unos 12 o 13 años, y leyendo el libro me he sentido culpable por no haber estado más cerca de la amiga que sufrió o que sigue sufriendo. Pero imagino que esta sensación será similar, incluso, aunque no conozcas a la autora, porque lo que invoca Celia no es ni siquiera empatía ante lo que duele sino un alegato por la fraternidad y la compasión. Una especie de «te entiendo» o un «estuve ahí» o un «gracias por contarlo». Porque Celia está en proceso, se sincera, y nos apela:

«Para aprender mi nombre

necesito mucho más tiempo del que puedes darme,

del que debo concederme.»

El oficio de ser frágil consta de 10 fragilidades, que además de estructurar el poemario de una manera sencilla y efectiva —a tener en cuenta la bonita iconografía de cada sección, obra de Javier Olivares— en sus títulos podemos encontrar imágenes poéticas muy sugerentes que os comparto aquí y que, de hecho, funcionan perfectamente como un nuevo poema (cuidado con la número 6. Duele):

La fragilidad nº1 es tener un nombre.

La fragilidad nº2 es tener un cuerpo.

La fragilidad nº3 es tener un cuerpo y que otros lo utilicen sin pedir permiso.

La fragilidad nº4 es podarte cada mañana hasta convertirte en un bonsái.

La fragilidad nº5 caer por el hueco que se abre entre los apellidos.

La fragilidad nº6 es doblar y guardar con cuidado, en un cajón, la palabra madre.

La fragilidad nº7 es ser un gorrión, oír pisadas y no huir.

La fragilidad nº8 es tratar al amor como a una fiera y no intentar domesticarla.

La fragilidad nº9 es componer una belleza con una suma de parches.

La fragilidad nº10 no es.

Estas debilidades o abismos acechan a la poeta y, como la aluminosis, ponen en peligro la estabilidad del edificio: Familia, amor, identidad, trabajo, muerte son parte de esa enfermedad que compartimos. Pero ella resiste. Bsoul ha tenido la valentía de mirar de frente a ese miedo con tantas caras y contarnos cómo es, qué ha hecho para combatirlo.

Y quizá, una pista, en la contracubierta:

«Tengo un nuevo oficio: consiste en amontonar trocitos de luz y fingir un sol».

 


Reseña de Música popular, de Juan Bello Sánchez

 



Liliputienses. 2026

El nuevo libro del poeta Juan Bello Sánchez (1986), Premio de Poesía Joven RNE en 2014, se titula Música Popular y ha sido publicado por la editorial cacereña Liliputienses. Es un libro pequeño, cabe en la palma de una mano no muy grande, pero sus poemas rebosan significados y no acaban nunca de cerrarse. Y es que lo que consigue el escritor gallego con pinceladas como esta:

«Una sensación de asombro

Una mujer riega las plantas de su terraza

con una pequeña regadera de plástico.

Las plantas sienten algo,

sin entender. Después

se pierden en el aire»

es llevar al lector a una realidad que no está acostumbrado a habitar, desarticula su mundo porque Bello Sánchez no habla de un mundo ordenado y asumible, abre la puerta a pequeñas situaciones despegadas del mundo lógico. Imagino, querido lector, que estarás pensando: «vale, otro libro de haikus, con ese rollo filosófico oriental», pero no es eso. O no es eso solo, al menos. Música popular no se cierra a ningún horizonte.

Alrededor de 60 poemas, diminutos, de unos 5 o 6 versos, Juan juega con las coordenadas esenciales de nuestro mundo, como puede ser el tiempo:

«Perro Negro

El hombre lanza una pelota de goma

con todas sus fuerzas.

Lo que el perro trae de vuelta,

en la boca,

es el pasado»

o los sentidos:

«Deseo de realidad

Lo real se construye a partir del tacto.

Mirar es engañar a la mano»

Entre otras, para desajustarnos el mundo y hacernos reflexionar sobre él.

Esta propuesta de Liliputienses y Juan Bello, a través del ingenio, la incertidumbre, sostener la lógica sobre el papel, crea un mundo único a través del desajuste de las leyes que rigen en cada poema y con ello se puede entender cierta complicidad con el lector, porque siento que el autor y el lector comparten este pequeño puente cómplice y único que se crea y se destruye en cada texto.

Me parece muy valiente que el poeta haya decidido apostar por esta belleza incómoda, a paso cambiado, como hicieron antes que él Octavio Paz y William Carlos Williams, por ejemplo. ¿Y por qué se titula Música popular este libro? Pues yo siento que tiene más de música que de popular, una música que une los pedazos de una realidad oculta y que muchas veces se nos escapa. Pero también es popular porque cualquiera está atravesado por las diagonales que tensan el libro, nadie escapa a sus ejes y por lo tanto todos somos partícipes del juego de cambiar las reglas.

Me despido de esta breve reseña con este y que sirve como resumen de lo que ha significado para mí la lectura de Música Popular:

Todo está roto

La verdad es un jarrón.

Un jarrón puede caer al suelo

y romperse.

Si junto los pedazos

obtengo otra cosa.

La memoria es asimétrica.