El grito, compilación iberoamericana de poesía 2010.
Búsqueda en el fin del mundo
¿Vienes?

Desenrédate la lluvia
de los ojos
y ven a jugar
despeinada y sola.
No tengo manzanas en las manos,
pero tengo manos
que se posarán en ti inquietas;
niebla de carne caliente.
No seas paciente
y siente
nada más verme.
Yo te curaré,
te acunaré,
como a un conejito cansado,
dispuesto.
Pero no te dejes los labios
protegidos
guardados
en la mesilla de noche
porque esta noche
tu boca
y mi boca
comerán nuestros cuerpos
tristes, solos
y aún fríos.
Antes del futuro imperfecto, Medardo Fraile
Antes del futuro imperfecto
Medardo Fraile
Páginas de espuma
Septiembre 2010
186 páginas
16 euros
La librería Alberti de Madrid recibió el pasado jueves la presentación de “Antes del futuro imperfecto”, nuevo libro de relatos del escritor madrileño Medardo Fraile. La librería acogió la presentación desbordada por seguidores y lectores que querían escuchar y ver al narrador.
Los cuentistas nunca han sido grandes estrellas, admiradas a gran escala, desbordantes, (salvo, quizá, los maestros Cortázar y Borges), sin embargo tienen un encanto íntimo y extraño y en esto, en crear ese encanto concreto, Medardo es un genio. Adscrito a la generación de los cincuenta junto a escritores como Gil de Biedma, Ignacio Aldecoa o Ángel González, es uno de los máximos representantes del cuento corto en España. Maestro de la narración del detalle, de lo real y cotidiano, Fraile maneja la anécdota y la ternura con elegancia y precisión.
Antes del futuro imperfecto se divide en dos. La primera parte, titulada “los cuentos de las aulas”, es una selección de cuentos que ya habían sido publicados previamente, (en un libro titulado cuentos completos, de Páginas de Espuma), donde nos muestra su particular mundo docente poblado con profesores y alumnos hechos de memoria y anécdotas. Entre estos cuentos podemos encontrar a la “señorita Oria”, perfecto ejemplar de profesora que ayuda a entrar en la adolescencia a los chavales, al padre Ciriaco y su peculiar manera de reprender a sus alumnos, o a Don Jenaro Seco, iniciador de niños en el extraño y a la vez cercano mundo de la filosofía. Los profesores, creadores de semillas y recuerdos, maestros en diferentes artes y disciplinas, aparecen en los cuentos con ternura y sencillez. Los niños, descubridores del mundo escolar, y por extensión, del mundo entero, aprenden y juegan sin pensar en ello. Seres inconscientes e inocentes que aún no imaginan el futuro imperfecto que les espera.
Después de terminar de leer esta parte, sin saber por qué, olisqueé las páginas del libro y me di cuenta que tenían el mismo olor, exactamente igual, que el olor de los libros del cole. Mejor dicho, el olor del recuerdo de los libros del cole. Ese olor a septiembre, a otoño, a deberes. Buen detalle de Páginas de espuma.
La segunda parte es más heterogénea y es aquí donde Medardo puede mostrarnos todos sus registros y valías: un divo inesperado que aparece en la Scala, un niño que es el rey de un gran y valioso sillón, la relación antagónica de una pareja que el amor (tan solo el amor puede) une, o la historia de “El Chori” que entretiene al juez que debe condenarle. Medardo Fraile une dos mundos, el del mundo antes de contaminarse, con esperanza aún, aunque desconocida, y el de un mundo de seres extraños y curiosos que caminan en un mundo maduro, e imperfecto.
Apaga la Tele, enciende tu mente
Aquella mañana Mario se despertó un poco revuelto. Le dolía la tripa y tenía la sensación de que las sábanas lo agobiaban. Era jueves, su día preferido, y Mario aún no se había levantado de la cama. Su madre fue a buscarle.
Hijo, ¿estás bien? Tienes mala cara.
Mamá, me duele la tripa. Al niño no le dio tiempo a decir nada más. Una arcada cobarde le llegó sin avisar. La segunda hizo que el niño vomitara y dejara la cama llena de devuelto.
Pero el vómito no era normal. Sobre el pijama del niño y la colcha de cochecitos se podían ver detergentes, ropa para jóvenes, una videoconsola, mujeres semidesnudas, coches, joyas, y algún jugador de futbol. Todo brillante y asqueroso.
El niño empezó a llorar. Su madre, asustada por ver así a su hijo, le abrazó e intentó calmarle con palabras suaves y acariciándole la cabeza.
Bueno hijo, no pasa nada, ahora te cambio, metemos las sábanas y las mantas a lavar y llamo al cole para decir que hoy no puedes ir. Eso si, hoy nada de televisión.
El niño se levantó de la cama con cuidado. Una vez de pie, su madre le quitó la parte de arriba del pijama por las mangas y se quedó de pie, con el pecho desnudo mientras veía a su madre recogiendo el vómito.
Mamá, ¿y qué hago si no puedo ver la tele?
Nada, tú no te preocupes que luego inventamos algo.
Diana metió el pijama, las sábanas y la manta en la lavadora. Luego cogió a Mario y lo llevó a la bañera donde le limpió un pie de modelo que se le había quedado entre los dedos de la mano.
Ala hijo, mira que limpito estás. Ya no tienes publicidad por ningún lado. Mario sonrió.
Diana le puso la ropa y fueron a desayunar. Un poco de zumo de naranja recién exprimido, unas tostadas con mermelada, y dos tazones de cola cao y galletas.
Una vez recogida la mesa, fueron al salón, se sentaron en el sofá y se quedaron mirando la tele apagada. A Mario le dio una pequeña arcada, pero no pasó de ahí. Eran las ocho de la mañana y Diana tenía que ir en media hora al trabajo. Pero hoy no iría al trabajo. Hoy no. Hoy tenía que quedarse con su hijo.
Diana miraba la televisión apagada mientras pensaba en algo. El reflejo de ella misma y su hijo en ese ambiente oscuro le dio un pequeño escalofrío, como si fueran algo irreal.
Venga Mario, que ya se qué vamos a hacer.
Ambos cruzaron el salón, el pasillo, y llegaron a la habitación de los trastos. Allí, en una estantería, estaba la caja de herramientas. Antes de salir, cogió una manta vieja.
Diana cargada con la manta y la caja de herramientas llegó al salón. Fue detrás de la televisión, la desenchufó, se sentó enfrente y puso la manta en el suelo justo enfrente de la tele. Mario la miraba sorprendido a unos pasos de distancia.
Diana le dijo a Mario que fuera detrás del sillón, que quizá fuera peligroso. El niño obedeció al momento.
La madre cogió la televisión, antigua y de plástico, y la tumbó encima de la manta vieja. Abrió la caja de herramientas y sacó un martillo. Lo miró y lo agarró con más fuerza, y dio un golpe seco y fuerte en el centro de la pantalla.
Esta, en vez de saltar por los aires, se contrajo y emitió un ligero quejido. Luego Diana fue quitando todo el cristal hasta que pudo ver perfectamente el interior. Ahí, revueltos con cables y lucecitas, pequeños seres se entrechocaban y gritaban furiosos. Había un conejito blanco que anunciaba un detergente, guerras, armas, niños llorando. También había un futbolista o un modelo, que encogido en una esquina lloraba sin parar. Dos coches deportivos tenían las ruedas pinchadas y en uno empezaba a salir humo. Un rebaño de modelos rubias y morenas se tiraban de los pelos. Había dos, ya calvas, que se habían cortado las venas y se desangraban poco a poco. Varios hombres con abdominales de acero echaban pulsos y a uno le habían arrancado el brazo.
El resto de pequeñas personas que se podían ver ahí dentro gritaba y aplaudía todo ese espectáculo mientras bebían y fumaban.
Diana, aún con el martillo en la mano, empezó a masacrar a aquella sociedad macabra que existía dentro de su televisión. Con apenas unos cuantos golpes, todos aquellos seres murieron dejando una sensación de bienestar en Diana.
Se dio la vuelta, y miró a su hijo. Estos ya no nos molestarán más, dijo.
Le cogió de la mano y fueron a la habitación a leer un cuento toda la mañana.
Robar, un cuento sin copyright
¿En qué piensas, amor mío?, de Stein Mehren
No quiero ser un poeta famoso
No admito
que la sangre solo corra por mis venas
que deje los bancos y el dinero
lejos de su furia.
No quiero,
atragantar mis poemas en público
mientras ellos miran sus relojes.
No quiero romper la lengua
hecha para llorar
y reír
en gigantes orgías de letras.
Sacrifico
mi garganta de pavo
la baba pedante en la boca
las manos limpias
que comprarán mis libros.
Quiero oler a semen.
Que la vida se cruja
que choree en cada acera
de mis poemas.
Que no talen el fuego del bosque
y construyan palacios
y campos de golf.
No quiero ser un poeta famoso
y tener
un poema cojo
un sumidero en las venas.
La señora Rojo, de Antonio Ortuño

La Señora Rojo
Antonio Ortuño
ISBN: 9788483930588
Precio (IVA incluido): 14 euros
Número de páginas: 112
Editorial: Páginas de Espuma.
Cuando empiezo un nuevo libro de relatos espero, desde el primer cuento, desde la primera página, esa fuerza, ese nihilismo que se ríe de los académicos, de las normas de escritura, de los escritores limpios y relucientes que solo saben decir nada. Cuando empiezo un libro, busco que me regateen. Que me despisten y que me conmuevan. Busco historias que digan cosas. Busco la ironía y la crítica que le salían a chorros a Vian o la intensidad que acerca y aleja de nuestro Hipólito G. Navarro. Y esta fuerza también la tiene Antonio Ortuño, escritor mexicano nacido en 1976 que ha sido publicado recientemente por Páginas de espuma con su colección de cuentos La señora rojo.
El libro se divide en dos partes. En la primera, titulada La carne, se narran historias crudas, sin ética ni piedad, pero ¿Qué piedad puede haber cuando "El Gordo Hijo de Puta" le hace cosas indecentes a tu novia? Ninguna, claro. El sadismo que se intuye en esta historia me recuerda, de lejos, a "Escupiré sobre vuestra tumba", de Vian. Pero no tan explícito. En el relato que da nombre al libro, La señora Rojo es una vomitiva pero inevitable tortuga que arruina, con tesón disimulado, a una familia entera.En las historias de esta primera parte, Antonio Ortuño conjuga el humor, la desesperación y la crudeza para conseguir una fuerza narrativa muy intensa. En esta primera parte encontramos también "Carne", nombre muy bien escogido para un relato que mezcla pornografía y sentimiento. Un silenciado pero profundo sentimiento que aparece cuando el protagonista se da cuenta que está enamorado de una invencible. Con lo que eso supone.
La segunda parte de La señora rojo se titula El Mundo y en ella los profesores se lían a tiros con los alumnos o los guardias de seguridad del aeropuerto se vuelven unos fanáticos(más aún si cabe) de la seguridad antiterrorista: "imagino que el niño de brazos que portean dos padres risueños puede haber sido atiborrado de algún líquido corrosivo y pernicioso que envenene la atmósfera; concibo posible que la matrona de cabellos nevados transporte un supositorio nuclear en el ano".
Y es en esta última parte donde aparecen los dos cuentos que más me gustan. El primero, Historia, me recuerda mucho a un relato corto de Kafka llamado Una hoja vieja. Y es que en el, como en la historia de Ortuño, el protagonista sufre una invasión a su país. Pero la invasión de Ortuño no es una invasión normal, es una invasión consentida, de gente rubia y admirada, y que de alguna manera me recuerda a nuestra situación actual.
El otro relato se titula Boca pequeña y labios delgados, y en ella un preso delicado y poeta, y que me recuerda mucho al personaje de Molina de El beso de la mujer araña, colabora porque no tiene opción con el carcelero que lo mantiene preso y que lo destruye poco a poco.
En definitiva, los relatos de Antonio Ortuño tratan muchos temas pero mantienen la carga de fuerza intacta, potente. Es una manera de narrar que no se olvida y las historias de La señora rojo llegan al lector y le golpean en la cara, dejándole con la nariz rota y sonriente por la calidad de sus relatos.
Sacrificio
La luz de la luna se extiende sigilosa y huidiza por las piedras de la plaza, por las caras de la gente, por sus mejillas hundidas de gente hambrienta y las convierte, por un momento, en calaveras. La plaza está llena, rebosa pobreza y rabia. Son casi las once de la noche en la plaza del pueblo, bajo la enorme torre de la iglesia y su afilada sombra.
En el centro de la multitud un cuerpo está atado, inmóvil a un mástil. Es el cuerpo de Tomás, el profesor de la escuela. En pocos minutos su cuerpo ancho y lleno de vida no podrá distinguirse del palo que lo sostiene. A las once se le va a prender fuego para demostrar a los presentes cuál es la costumbre que se debe aplicar a los que quieren enseñar al resto. Se ensañarían con él. El hereje moriría por fin.
Debajo de él, un espeso montículo de ramas y hierbajos secos lo sujeta y condena. La gente se impacienta. Siempre tan listo, tan orgulloso, tan altivo. Siempre lo sabía todo. Además, cuando volvía de la ciudad se convertía en alguien refinado y pedante que era insoportable. Menos mal que el señor Ferrán consiguió ejecutarlo. Todo el mundo le odiaba.
Atravesando la calle principal que lleva a la Plaza, se acerca el señor Ferrán, el banquero del pueblo, con la antorcha en la mano, poderosa. La luz del fuego rebota en el traje y deslumbra a la gente. Deslumbra a los ancianos con caras rotas y sucias, a jóvenes musculosos y sedientos, a las amas de casa aburridas. Camina orgulloso, sabiendo que va a hacer algo justo, necesario para el pueblo. "No se puede consentir que este hereje del capitalismo siga diciendo sandeces a nuestros futuros comerciantes", dijo en el juicio. Si, hubo juicio. En apenas veinte minutos se consideró culpable a Tomás por desobedecer reiteradamente las órdenes de la entidad económica del municipio, y además, enseñó a leer a dos niños textos no imprescindibles que no eran etiquetas de productos. Se le acusó y condenó en un tiempo record.
El banquero llega al borde de la plaza, mira al maestro un momento, ve su pobreza, su indecencia, su incapacidad económica para adquirir bienes y prende las ramas. Arriba, en el palo, Tomás ni se inmuta. El fuego crece, se multiplica en cientos de caras calientes que lo miran impresionados por su fuerza, por su pureza. El culpable va a morir. Desde la muchedumbre alguien grita: ¡Enseña ahora, hijo de puta!, se escuchan algunas risas desdentadas que se apagan con los primeros gritos de Tomás.
En una casa oscura, con las cortinas bajadas, una familia llora en una mesa pobre, de madera. En otros lugares niños y adultos se acuerdan un segundo de las letras, de cuando rozaban las aes y las bes con sus dedos índices mientras el señor Tomás les enseñaba el mecanismo suave de leer. Nadie hace nada.
Las llamas rozan al profesor que empieza a gritar. Los gritos chocan contra las paredes, contra las sucias orejas. En poco tiempo Tomás se convierte en un bloque negro, irreconocible. La gente siente alivio, tranquilidad. El mal está muerto, negro y seco por el fuego. Ahora son mejores. Ya no tendrán que temblar ante aquellos libros llenos de letras, llenos de ideas y de imágenes. Ya no temblarán cada vez que se abre un libro.
Exchange

Cuando aparece el billete por la rendija del cajero, el señor Sebastián siente una bola de pelo en la garganta, frío en las entrañas.
Luego observa, entero, el billete en sus manos. No es posible, se dice. El papelito, blanco y gris, no tiene números, tan solo una gran X en el centro de sus dos caras. Sebastián se angustia, necesita el dinero. Vuelve a meter la tarjeta, el pin, 200 €…de la rendija le sale esta vez una rodaja de chorizo. ¿¡Pero qué es esto!?
Coge la rodaja, el billete con valor X, y se los mete en el bolsillo. Sebastián necesita comprar la televisión de cuarenta pulgadas que acaba de ver en el escaparate de la tienda. Lo necesita ahora mismo. La que tiene en el salón tiene solo treinta y cinco pulgadas y los jugadores de fútbol se ven demasiado pequeños. Es muy incómodo para la vista. Sebastián, confundido, llega al mostrador de la tienda y se encuentra con una joven:
Hola, querría comprar la televisión de cuarenta pulgadas que tenéis en el escaparate.
Muy bien señor, ¿Cómo quiere pagar, con billete o con rodaja de embutido?
Sebastián busca en su bolsillo derecho y saca el chorizo. Con embutido, responde.
Muy bien, contesta ella, y se pierde tras el mostrador. Unos minutos después la joven vuelve con la televisión empaquetada con billetes de quinientos euros y dentro de una bolsa. Un momento señor, dice, se olvida el cambio. Sebastián, contento, coge la media loncha de mortadela que le ofrece la joven y sale de la tienda con su nueva televisión.





