Islas divergentes

Crítica del libro "Amor malo y feroz", de Larry Brown.


(enlace de koult.es)

"No tengo ni idea de dónde salió la idea de escribir ni cuál fue el motivo de que empezara a hacerlo, pero ahora es una parte más de ella, como los brazos o la cara. Según ella ya no es cuestión de si va a tener éxito. Es sólo cuestión de cuando
”. Como la protagonista del cuento La aprendiz, Larry Brown autor del sur de Estados Unidos, (1951-2004), debió empezar a escribir de manera espontánea e inevitable entre cervezas y colillas apagadas. Paralelo al estilo, al realismo sucio desarrollado por Faulkner, Carver o Bukowski, Brown narra con graciosa y seca precisión los regateos de la vida, del amor. Habla de lo que supone intentar renacer para personajes acabados, borrachos, que pegan a sus mujeres y que salen en busca de algún tipo de amor. De resarcirse y dar algo, aunque poco, bueno al mundo.

Además, gracias a la precisa traducción de Luis Ingelmo, los insultos y las frases hechas más complejas encajan a la perfección en nuestro idioma. Creo que nunca se valora a los traductores pero estos recrean la historia, es necesario que transformen sin transformar. Difícil trabajo que, sin embargo, el señor Ingelmo ha hecho perfectamente. Recuerdo el intento de conversación de un borracho muy borracho, que podía apenas hablar, y cómo Ingelmo se las ingenió para convertir sonidos guturales que pretendían ser palabras, en letras donde el lector pudiera olerle el aliento al personaje.


Cuando empecé a leer su colección de cuentos me preparé para las rancheras y las botas de punta, pero también para las más que seguras borracheras en eternas y delgadas carreteras que van a ninguna parte. Parece que las gringos que caminan por extensas llanuras sin trabajo, con los sobacos sucios, y escupiendo por el colmillo, son un paisaje habitual en la literatura de los autores de finales de siglo de la primera potencia mundial. Si este decadentismo no es tan patético es por culpa de artistas como Larry Brown. Su estilo no adorna. Su estilo llega rápido y desde lo cotidiano. Pega fuerte y no deja mancha. Narra con pasión, con fuerza, pero no hace escándalo. Hace daño; llega al lector sin grandes artefactos verbales. Frases como “luego enterraré al perro, por hacer algo” o “entré a coger un martillo y acabé con el sufrimiento del conejito”, demuestran el mundo de Larry Brown. Es un mundo gris, manchado, de personajes derrotados, difíciles, alimentados por cerveza y a punto de dejarse morir en cualquier sitio, que sin embargo, no lo hacen nunca. Están agarrados a la vida como garrapatas.


El libro se divide en tres partes. En la primera ocho cuentos nos dibujan, dejan la silueta del antihéroe que propone Brown. Hombres siempre, paralelismos del propio autor, que deambulan de un lado a otro, beodos perdidos, pero pretendiendo hacer, de algún modo, el bien. Buscan en el fondo de sus vasos y en el fondo (más fondo y más físico posible) de las chicas de los bares de carretera, algo parecido a la felicidad, que al día siguiente se convertirá en resaca y alguien deprimente a tu lado, en tu cama. Al lado del vómito seco y las latas vacías.


En la segunda parte Brown nos presenta un relato extra, una anomalía dentro del libro. Se trata del macabro juicio que le hacen a un plagiador que ha sido torturado previamente habiendo sido obligado a fornicar con una mujer horrenda. La sensibilidad del escritor, (aunque sea plagiador también), se expresa en la parte final del relato al ser juzgado y presumiblemente, condenado por el contenido de sus textos.


La última parte de Amor malo y feroz, es una novela corta, de apenas cien páginas, en la que el autor desarrolla una de las vidas presentadas en la primera parte del libro. Narra la historia del señor León Barlow, (juego de iniciales que suele hacer Brown. Sus personajes protagonistas suelen tener las mismas iniciales que él), un escritor fracasado y alcohólico que manda relatos por correo a todas las revistas literarias que puede, y que acaba de separarse de su mujer, Marilyn, que tiene la custodia de sus dos hijos. La narración avanza, el protagonista tropieza, cae muchas veces, solo o con su mejor amigo Monroe, pero siempre se levanta. En sitios desconocidos y sin dinero en los bolsillos, pero se levanta, con una tenacidad y una voluntad que nunca tendrán nuestros queridos ni-nis.


La vida es cruel para los personajes de Brown. Todo duele, nada es fácil y la derrota es inevitable. O quizá no. Quizá, en el fondo de la basura y de las Budweiser quede algo de luz. Desde luego que en la literatura del señor Brown si la hay y alumbra mucho.

Crítica de Ni uno menos, de Zhang Yimou

Mientras volaban cohetes y fuegos artificiales por un Pekín pletórico y maquillado temporalmente por el furor olímpico, Zhang Yimou, el organizador del acto, recolector de pequeños éxitos, triunfaba por primera vez a escala mundial. Y es que lo que Yimou había hecho anteriormente para conseguir ser el encargado de la ceremonia de los JJ.OO, eran obras íntimas, cuidadas, humanas.

Seguramente al lector o al cinéfilo le suenen La casa de las dagas voladoras o Hero, películas grandilocuentes, pero también con cierto cuidado de las relaciones entre los personajes y, en definitiva, películas hechas a lo grande, con presupuesto, y con capacidad para generar un espectáculo. Las peleas por los aires y los relatos históricos de la China épica, conmueven y entretienen a partes iguales, pero Yimou es un artesano de los sentimientos.

Mucho antes de los actos de Pekín de dos mil ocho, y antes también de los efectos especiales de Las dagas…, Yimou había creado historias como Vivir, El camino a casa, La linterna roja y, sobre todo, Ni uno menos. Y es que Ni uno menos es una película especial, sin duda. Está hecha con pasión contenida, pasión cuidada y reflejada al máximo en una actriz como la copa de un pino (Wei Minzhi).

La película, como la mayoría de las películas de Yimou, se desarrolla en una aldea en las montañas de la China pobre, las antípodas de la entonces futura y casi incomprensible China olímpica. Por orden del alcalde, una niña de trece años, (Wei Minzhi y que, al igual que la mayoría de actores, no era actriz profesional al hacer la película), debe sustituir un mes al maestro para dar clase a los niños del pueblo, pero no solo eso. El maestro, temiendo que los niños abandonen la escuela para buscar trabajo o para ayudar a sus padres le promete a Wei que por cada niño que se quede en el aula le dará diez yuan. El revoltoso Zhang Huike, contradiciendo la voluntad del maestro, se va a la ciudad a ganarse la vida provocando que la sacrificada Wei luche por hacerle volver al aula.

Para los que creemos que la educación debe ser un mecanismo de cambio, un trabajo vocacional y esencial para una sociedad que pretende ser cada vez mejor, la lucha mostrada por Wei en esta película es digna de admiración. Cuando la educación actual pretende ser la sala de espera para acceder a empresas deshumanizadas y sin ningún tipo de trato humano, películas como esta hacen que el aciago futuro que nos presentaba Pink Floyd con Another brick in the wall, tenga una vía de escape, aunque sea en una aldea pobre y perdida en la lejana China.

Grito humano



El grito romperá el neón

los huesos

que aún nos queden.


Manos desnudas

y vivas

nos golpearán

con rabia

con justicia

hasta que seamos

lo que fuimos:


manos desnudas

y vivas.

Cacharrería



(perdón por el vídeo pero quería ilustrar de todas maneras y no me dejaba cargar imágenes...)


La vi en el metro, tras un diario gratuito, y me llamó la atención. Las llamas naranjas que aparecían en la portada, conjuntaban muy bien con sus ojos grises de humo espeso. Era pequeña, delgadita, y de vez en cuando sacaba la cabeza de la publicidad que leía para ver el nombre de la parada.

En uno de esos vistazos me descubrió mirándola y cayó rendida. Eso creo yo. Bueno, luego el resto es lo de siempre, unas miradas, unas palabras tímidas, torpes, y al rato acabamos en mi piso. Yo tendría que haber ido a trabajar, pero no lo pensé. Ya iría al día siguiente. De todos modos, tenía toda la vida para hacerlo.

Tania, que era como se llamaba ella, no hablaba demasiado. La mayoría de las palabras tontas que dijimos antes, fueron en realidad mías. Ella asintió a todo. Incluso cuando le pregunté la hora. La mayoría del tiempo se tocaba las rastas o se recolocaba alguno de sus piercing.

Como yo tenía bastante curiosidad por esta chica, la llevé directamente a la habitación. No creía que le interesaría el resto del pisto. Bueno, el baño si, pero la consideraba lo suficientemente no estúpida como para encontrar un baño en un piso de treinta metros cuadrados.

Cuando abrí la puerta de la habitación, me di cuenta que no había hecho la cama. Bueno, eso que nos ahorramos, dijo ella entre dientes. Luego me empujó violentamente a la cama, aparentemente en un acto de pasión porque se pasó un poco y me caí al suelo por el otro lado. Me subí inmediatamente y me metí entre las sábanas. Ahora viene lo mejor, pensé.

Tania, mirándome creo que sensualmente, se empezó a desnudar. Lo primero, dejó el periódico gratuito en la única silla del piso. Te lo regalo, dijo. Muchas gracias. Luego se quitó el abrigo, las botas de cordones atados con nudos marineros que su tío Orland, noruego le enseñó cuando era una cría. Lo siento, se disculpó, pero es que son los únicos que se hacer. Luego me despertó, y me dijo que seguía con el striptease, estriste, o lo que fuera eso.

Se desenroscó los dos piercing rosas que tenía en las aletas de la nariz, la cadena de titanio que tenía en sus labios (superiores), los siete aros de la oreja izquierda, los cuatro de la derecha, tres anillos de la mano izquierda y uno solo en la derecha, ¿Y por qué uno solo?, le pregunté, es que estoy casada. Luego las lentillas de color humo que me mostraron sus ojos verdaderos. Eran de color azul tormenta, preciosos. Se quitó las pestañas de mentira, el piercing de la lengua, dos pulseras de cuero de la mano izquierda, una de hilo peruano de la derecha, los calcetines, los pantalones, el jersey con las mangas recortadas, una tuerca y dos muelles que tenía en las rastas, la camiseta con la imagen del Che, claro, el sujetador, los cuatro piercing que tenía en el ombligo, uno encima del otro, un colgante con la hoja de marihuana, el de la virgen de su pueblo, la cadena que un día le regaló su marido, las bragas culotte, el tanga, y por fin, bendito sea Dios, se quedó desnuda.

Yo había empezado a leer la montaña mágica de Tomas Mann y la había terminado. Ahora leía el Quijote y estaba a punto de acabar, pero cuando la vi desnuda, puse el recuerdapágina y lo dejé en la mesilla. Era espectacular el montón de cosas a su lado. La miré de arriba abajo, y me llevé una desilusión. Era blanca y preciosa, pero al fin y al cabo, era como todas las demás. Solo carne.

Después de las expectativas que tenía pensé que esta no sería una persona como el resto. Pero lo era. Aún así, y para darme morbo, le pedí que por favor se volviera a poner los piercing y los muelles de las rastas, pero me dijo que ella era muy natural y que para hacer el amor tenía que estar completamente desnuda. Se enfadó, se vistió mientras yo me terminaba el Quijote y escribía este cuento, y cuando estuvo vestida de nuevo se fue dando un portazo que sonó a reproche y chatarra.


Los juegos

Aquellas tardes en el pueblo las pasábamos jugando al fútbol donde Rancho, casi a las afueras del pueblo. El campo era muy grande y al portero siempre le metíamos demasiados goles. Nos juntábamos unos cuantos, pero siempre éramos más de cuatro. Los que nunca faltábamos éramos Pancho, Sebas con su hermano Juan y yo, Pablo. Aunque los fijos éramos nosotros cuatro, solíamos ser un montón y teníamos, al menos, para echar partidos de tres contra tres.


Entre los chavales del pueblo nos llevábamos bastante bien, y excepto por alguna pelea por las chicas o por el fútbol, nunca pasaba nada malo. En el pueblo no había peligro y las madres nos dejaban pasar todas las tardes fuera, aunque siempre estaban preparadas en casa para hacernos unos sándwich de nocilla o mixtos.


Si no íbamos al campo de Pancho, nos colábamos en el campo de fútbol de colegio, pero esto solo lo hacíamos cuando íbamos con los mayores porque Tobías, que tenía muy mala leche, se pasaba algunas tardes a por algo que se había olvidado, o quizá tan solo para ver si nos pillaba.


Como el tiempo iba pasando y nosotros seguíamos yendo a jugar, fuimos teniendo más y más juegos, y éramos cada vez más niños.


Una vez, pusimos cada uno veinte duros y nos juntamos en el campo de Pancho para hacer un torneo. El equipo ganador se llevó un balón nuevo, que compró Manu, uno de los mayores, un día que fue a Madrid con sus padres.


Yo no tenía demasiadas esperanzas en mi juego, porque, básicamente, era bastante malo. En realidad, a mi lo que me gustaba era jugar con los amigos y ganar para pasarlo bien, pero si no ganábamos, pues nada, qué le íbamos a hacer. No era plan de ponerse a malas por eso.


Un Octubre, justo cuando empezamos el colegio, estábamos un poco desilusionados, porque las clases eran una censura para nuestros partidos e incluso ya habían empezado a salir algún arbusto por el campo que siempre estaba bien cortito de tanto jugar.


Un día en clase, Andrés, un niño un poco raro y que los chavales decían que era rico, y que casi nunca venía a jugar, nos dijo que habían puesto una máquina tragaperras en el bar El Ocho. Casi nadie le hizo caso porque esa semana hacía muy buen tiempo y ni por asomo, íbamos a dejar de ir a jugar al fútbol por meternos en un bar a jugar a una maquinita. Además, este Andrés no era muy popular, la verdad.


Pero, aunque seguía haciendo buen tiempo, cada vez venían menos niños al campo. Al final, el jueves, cuando solo quedamos los cuatro de siempre, cogimos el balón y fuimos a ver qué pasaba en ese bar.


Antes de entrar, ya escuchábamos los gritos de los niños y pensamos que, a partir de entonces, ya nada sería igual. Entramos y vimos como César y Luis, dos de los mayores, jugaban un partido entre Italia y España. El resto de niños, unos ocho o nueve, miraba. Solo miraba. Después de ese día, todo fue peor.

Descuido

Los valores personales, Magritte



Una señora acuna un teléfono;




“Ay cariño, deja de llorar


Donde va a parar,


Mucho mejor


Un teléfono de metal”




El niño en el jardín,


Juega con un ternero rojo,


Un alacrán


Le enseña a sumar.

No era pintor


Ya en el colegio, Ramón, el pintor, hacía dibujos extraños. Fueron pasando los años y mientras sus compañeros de clase se dedicaban a la abogacía, la tauromaquia o a la ingeniería industrial, Ramón seguía pintando aquellos seres extraños y tristes.

Pasaron los años, y no se pudo dedicar a la pintura profesionalmente porque nadie lo apreciaba. Así, viéndose sin oficio, se hizo panadero. Mientras se hacía el pan o en su casa, Ramón dibujaba aquellos rostros tristes, secos, enjutos, que a nadie le gustaban. Pasaron los años y un día llegó algo terrible. La guerra. Ese día Ramón salió a la calle y se quedó paralizado. Ramón no era pintor, Ramón era profeta.

Soledad

Estoy solo,
rodeado de champús, cremas,
frías cucharas.
Tras la ventana
melenas,
de finas antenas
me amenazan,
me limitan
y me ofrecen el partido.

Los botones,
(refugio de pulgares y
vientos huídos),
se esconden
y lloran
trozos de hilo
y sangre.

Inmigración en el siglo XV





-Yo te bendigo en nombre de la Reina Isabel, Castilla…Y algo se movió entre la maleza y apareció alguien.

-Ehh, un momentito, por favor. Buenas tardes, a ver, los papeles.

-¿Pero cómo que los papeles? Yo soy Cristóbal Colón, y he llegado a estas lejanas tierras…

-Me parece muy bien, Cristóbal. Yo me llamo Toparu, y soy agente de inmigración. Encantado. Vamos a ver, me enseña usted su pasaporte y le dice a sus amigos que hagan lo mismo. En segundo lugar, debe usted aparcar las carabelas en otra cala, porque estamos en fiesta y solo está permitido hasta las trece horas.

-Pero es que nosotros venimos a conquistar estas tierras para la gloria de Castilla y de su majestad la Reina Isabel.

-Vamos a ver, que no nos estamos entendiendo usted y yo. Los papeles, y por favor, dígale a sus amigos que dejen de mirar las tetas de nuestras mujeres.
-Mire, usted no entiende. Nosotros debemos cristianizar y humanizar estos lugares para la gloria de nuestro señor Jesucristo. Aunque sea por la fuerza.
-No hombre no, tampoco es eso. Yo he venido aquí a pedirle los papeles y eso, pero es más una formalidad que otra cosa. Es que mire, nosotros aquí estamos bastante tranquilos, entonces, para una vez que pasa algo, pues, claro, hay que aparentar que se hace algo porque si se entera el jefe que no les he pedido la documentación y todo lo demás…menuda me lía. Por eso, tampoco vamos a perder la cabeza, ¿no? venga, vamos a tomar algo al bar del Unset, que pone unos rones que no veas.
-Me parece bien, pero luego os conquistamos en el nombre de Dios, de Castilla y de la Reina Isabel.
-Que si, pesado, que si…

Mecanismo


Álbum Hombre del traje gris, de Joaquín Sabina


A Don Pedro, una mañana, cuando iba al trabajo, se le paró el reloj. Don Pedro, sin notarlo, siguió caminando y a los pocos pasos se le paró la muñeca, los dedos de la mano y la sangre se escapó más allá del codo izquierdo. Don Pedro, angustiado, no podía parar. Debía ir a trabajar.

Los músculos d los brazos y del pecho se desinflaron y cayeron al fondo de la piel con un estrépito de almohadas vacías. La sangre, cada vez menos roja y caliente, huyó despavorida hacia el centro del cuerpo. Su cuello se quebró, sus órganos, poco a poco, se relajaron y pararon echando humo y sangre por todos lados. Luego se quedaron quietos, desactivados, sin pilas.

Y Don Pedro, que debía ir a trabajar aquella mañana, se quedó parado, desarmado. Un montoncito de cosas frías en la acera.

Comentario de El ilusionista


  Título original: L´illusionniste
  País: Francia, 2010
  Director: Sylvain Chomet
  Guión: Sylvain Chomet, Jacques Tati
  Fotografía: Animación
  Duración: 90 minutos
  Estreno en España: -
  Distribuida por: Django Films

Paseando hace unas semanas por París, me di el lujo de ver una película en francés. En principio, iba a ser una apuesta arriesgada porque ante una película en francés suelo acabar con dolor de cabeza y con la sensación de entender menos francés que antes. Esta vez fue diferente. En los carteles del cine, como obra del propio mago protagonista de la película, aparecía una imagen animada del excéntrico y espigado Jacques Tati. 


Y es que Jacques Tati, el mejor cómico francés del siglo veinte, ha vuelto a las pantallas. Y no hace falta que se abroche de nuevo su gabardina, que se ponga su sombrero y encienda su pipa tras golpearla varias veces con el zapato. Ha vuelto a la pantalla en forma de animación gracias a Sylvain Chomet, el director de la galardonada Bienvenidos a Belleville (2003).

Chomet, admirador confeso de Tati y a quien ya hizo un guiño en Bienvenidos… ha cuidado la historia con un mimo exquisito. Y no es para menos. Desde 1961, el guión de El ilusionista estaba en el olvido. Jacques Tati, tras estrenar en 1958 Mi tío, tuvo que dejar aparcado el proyecto ya que no contaba con la coproducción prevista por parte de los checoslovacos. 

Y cincuenta años después, El ilusionista ha vuelto a la vida y lo ha hecho con un gusto por el detalle, por las formas, que bien merece ser calificado de “Miyazakiesco”. El gusto por el dibujo, por los paisajes, por lo manual, salta a la vista del espectador que no echa en falta las ortopédicas gafas de tres dimensiones. Lo artesano rules.
Es una película pequeña, delicada, hecha con cuidado y con paciencia. Aquí no veremos explosiones ni avatares, sino trucos remendados cientos de veces y una vida dedicada al arte, con todo lo que ello supone. Tampoco se trata de una historia feliz ni fantástica. Veremos y palparemos la tristeza del payaso, pero también lo extraordinario de la casualidad cuando esta es inesperada. Tati era un admirador del cine mudo, y este es un pilar básico en sus películas. 


La película trata del viejo ilusionista Tatischeff, (nombre real de Tati) y cómo debe encontrar su hueco en un ambiente artístico que lo va dejando aparte, aparcado, parado. Tatischeff podría ser un paralelo al artesano de La caverna de José Saramago. Personas desfasadas, que aún no son automáticas y que son personas y cometen fallos. 

Tatischeff debe reciclarse y adaptarse para terminar actuando en bares de poca monta o estar dispuesto a viajar a la lejana Escocia para seguir con su trabajo. Allí, en un pequeño pueblo donde la electricidad es celebrada por todo lo alto, conoce a la pequeña Alice quien dará un giro a su manera de ver el mundo, e incluso a sí mismo.


LA FELICIDAD DE LOS OGROS, de Daniel Pennac


Daniel Pennac es un autor complejo y quizá por ello La felicidad de los ogros es un libro en progresión. Sobre todo en su comprensión.

Los primeros capítulos son un auténtico embrollo de personajes, situaciones, pensamientos, lugares…
Pero aunque parezca raro, a medida que va avanzando el texto, todo este embrollo se va asentando y el lector acaba por asimilar este vaivén y al final se deja llevar. Y mucho.
Cuando entras en el mundo de Pennac, no puedes salir. Al menos en este libro.
Después de este enrevesado planteamiento, el autor plantea y desmenuza en parte ese universo. Lo justo para enganchar al lector y a la vez, permitir que siga enganchado.
Y así va el libro caminando, muy ligero pero también muy entretenido. Y muy gracioso.

A lo largo de la novela (y sobre todo en esta parte), te ríes bastante. Hay situaciones muy chistosas.
Y después de este planteamiento, viene el plato gordo.
El autor nos presenta el nudo de la historia. El embrollo. Y aquí es donde todo el mundo cae rendido.
Una historia muy entretenida donde aparece un personaje principal (Benjamin Malaussene) genial.
Creo que no me he llevado tan bien nunca con un personaje de una novela.