Acaba de aparecer Erosionados en la editorial Origami, una antología de poesía erótica (más o menos), dirigida por Adriana Bañares en la que aparecen dos poemas míos. Si ya formar parte, (aunque sea un poco) de esta prestigiosa y emergente(no, no son contradictorios) editorial, ya me hace estar muy contento, que haya sido bajo la edición de Adriana Bañares, una poeta que me parece una genia y que admiro, y acompañado por autores que admiro también como son: Paloma Corrales, Javier García Rodríguez o Sara R. Gallardo, pues no se, me hace sentir de lujo, la verdad.
Agradezco mucho formar parte de esta gran colección de deseos, caricias, lenguetazos y lenguetazas y otras diversas armas amatorias.
Aquí os dejo el enlace para que echéis un ojo:
Publicación en antología de poesía erótica "Erosionados", dirigida por Adriana Bañares
Ciudad
Los edificios son las vísceras de la tierra
gritando en silencio
expuestos al sol y al óxido de nuestro odio.
Escucho bostezar al tren cuando rompe la mañana
cansado de transportar pereza
no hay esperanza para lo que ya está muerto.
Si hubiera tan solo un hombre de plata en la ciudad
solo uno que cogiera los órganos goteantes de tristeza
y los metiera
a la fuerza
bajo los pies
ocultos al sol y sus enjambres de personas
qué alegría
de tierra y hierro reconciliado
caricia de gusanos y oro
esperanza para minerales moribundos.
Doblar tu ropa
Qué tristeza cuando no estás,
dentro
riendo entre camisetas y bragas.
Dejaste aquí tu cauce
y te llevaste la saliva
cuando no estás es el tamtám que me queda
tocar las cenizas
de tu piel de verano.
Doblo tu ropa cuando no estás
llamándote
a gritos
con mis manos.
Los cocodrilos nos quitamos la ropa
Jesús Román Brovia
Así,
entre la lengua y el roce del arroyo encontramos cocodrilos que no sentíamos,
que no mascábamos en las tardes de invierno cuando nos quitábamos los zapatos.
Los cocodrilos llegaron de golpe a nuestras papilas y ya no quisimos ningún
azúcar ni ningún chocolate: los cocodrilos eran paja para nuestra lengua de
rayo.
Poco
a poco se nos cayeron los dientes porque no mordíamos buscando el grito, porque
no buscábamos sangre en el bolsillo. Se nos cambió la piel, se fue volviendo
hierba fresca y los señores silenciosos que nos hacían nudos en el pelo se
fueron llorando a la parte de atrás de los armarios.
Los
gigantes que había entre nosotros fabricaron escaleras para que los pequeños
les dijeran, en el sillón de la oreja, caminos donde poder ir a tomar el sol
sin que ninguna arena se te caiga en la nariz, sin que ningún caracol te llene
de baba los pulgares.
Mientras
que los camiones pasaban rebuznando por nuestras carreteras, nosotros salimos
andando siguiendo las miradas de las puertas generosas, subiéndonos a los lomos
de los reyes gatos que gobiernan la noche a golpe de caricia y supimos que
algún día los tomates explotarían en nuestras bocas llenándonos de dicha la amapola.
Nuestros
cuerpos acaban más allá de nuestras manos y vamos descalzos por el medio de la
calle, esperando a que se suelten, a que se escapen todas las fieras que
andaban calladas por miedo a meter la pata.
Aquí
estoy, estamos, con las zapatillas de correr en la basura y un búho sin garra,
sin calcetines, un búho recién sacado de
la hoguera para que nos enseñe el azul tormenta de la noche.
Comentario de Encender una hoguera, de Jack London
Periférica nos trae esta propuesta
circular en la que se ponen frente a frente dos versiones del relato del
escritor estadounidense Jack London.
El relato, pese a ser breve en ambos casos, tiene una fuerza seca, brutal, que
paraliza y congela al lector como congeló al protagonista.
Y es que cuando la temperatura
desciende por debajo de cero cincuenta
o sesenta grados, los miembros se adormecen, el corazón pierde ritmo y
notas como tu aliento se hace sólido.
Jack London, conocido escritor
y aventurero de principios del siglo XX, y una de las figuras más sólidas de la
literatura norteamericana, conoció de cerca las agujas del frío, porque se vio
atraído por la fiebre del oro en el Yukón
(región al norte del actual Canadá, donde también transcurre la novela) a
finales de siglo, cuando era joven aún y ni siquiera imaginaba que llegaría a
ser un escritor tan importante.
El primer relato tiene fecha de 1902, y fue un
encargo de la revista Youth´s Companion.
En la narración, de apenas trece páginas, Tom Vincent, el protagonista, lucha
contra la naturaleza y el frío para poder llegar al campamento, donde le espera
el calor y la compañía de otros aventureros como él. Esta versión, más breve y
no tan dramática como la de 1908, nos presenta a un hombre corpulento,
confiado, que no teme enfrentarse a la nieve, al frío, a la congelación, porque
está seguro de que no tendrá problemas en llegar a su destino.
En el segundo relato, de 1908, y que fue publicado en la revista The Century Magazine, tiene mucha más
calidad y profundidad. El protagonista esta vez no está solo, va acompañado de
un perro, y además, su extensión, treinta y cinco páginas, permite a London una lucha más agónica con el
frío, más salvaje pero a la vez más detallista, porque nos muestra cómo se
fabrica la muerte, y cómo el hombre se paraliza ante la inexorable naturaleza.
Este Encender una hoguera por duplicado, como nos la presenta Periférica sorprende, es una gran
oportunidad para escritores, para que puedan ver las entrañas del relato y que
experimenten cómo se extiende una narración a la vez que se multiplica su
contenido.
Encender una hoguera como
única salida. Encender una hoguera es más importante que los dedos, más
importante que una mano, más importante que un pie. Encender una hoguera es
vivir o morir, tener un arma eficaz contra el frío o dejarse llevar. La
sensación de angustia y agonía que transmite Jack London en esta segunda
versión de Encender una novela es tan
concreta e inevitable que da miedo. Muy recomendable.
El hombre transparente
Mi patria es el aeropuerto
nunca he visto un árbol
soy el hombre acero sin mancha
el extranjero de emociones
me llamo velocidad y horizonte repetido.
He visto mujeres llorar derrota con todos sus músculos
hombres reír con fiesta de brazos y labios
pero yo soy mueble
soy ejecutivo y empresa
necesito ganar dinero para comprar nada
tengo prisa por no hacer nada
mataría por coger este avión donde no
va
nadie
y donde no me encontraré
con nadie
nunca.
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