Decir hogar como quien dice amar y estar en el hogar, ser hogar, pertenecer. Y de repente no.
Por eso este libro, por el amparo y la poesía. Porque aún, pese al dolor, cosemos y hacemos trenza de lo posible y lo ideal. Aún tenemos el amor como antorcha al final del cuerpo. Aún. Sobre los escombros. Redescubriendo el mundo, haciendo camino y hogar, de nuevo 🌎✍⛺🏡🧶.
Hoy, 22 de septiembre, dos días antes de mi cumpleaños, se cumple un año de último libro, Hogar 🏠. Es un libro transparente. Transparente como un cristal afilado. Transparente como el agua de la ducha compartida. Transparente como las palabras no dichas y clavadas en el pecho. Transparente como el dolor, transparente como el amor.
Hacía tiempo que no hablaba de amor. Quizá sí de un amor de paso, de un mar de llevar a rastras por la semana mientras subes a un bus o haces horas extra. Pero aquí, en este Hogar, he querido mirar de cerca el amor. Mi amor. Mi desamor, lo que yo sentí y lo que yo siento al intentar atrapar este misterio que nadie entiende y que solo podemos disfrutar cuando nos sacude. No cuando lo analizamos y equilibramos y medimos de arriba abajo. No, solamente cuando nos sacude. Y yo, como fui sacudido, os cuento cómo fue. No os voy a mentir, hay dolor en este libro. Decepción, miedo y desasosiego. Pero también hay fe, hay músculo y hay pasión. Ojalá que os sintáis como en casa.
Nos enfrentamos a algo que no conocemos y esa incertidumbre nos alumbra el pecho. Porque el sol nos calienta más ahora que no sabemos cuánto tendremos que estar en casa, sin salir, sin ver a los amigos ni a los amores. Hemos mascado la soledad y la certeza de la enfermedad y no queremos que la vida pase de largo. Me rodeo de gente vital y sana y todos están apurando energías y sonrisas para celebrar el hoy, algo que nunca hicimos tan sinceramente como ahora. No sabemos qué pasará, pero sí sabemos que estar con los amigos (siempre con mascarilla y/o distancia, obvio) nos sube la barra de vida, como en los videojuegos, y esa barra será nuestro refugio cuando lleguen los días malos. Y mejor si no llegan.
Cojan semillas, buenos libros (no mierdas de pensamiento barato de usar y tirar rollo Mr Wonderful, no me sean cafres), beban agua, beban lo que sea, celebren, arrímense a los amigos y a la gente querida y acumulen buenos recuerdos. Es tiempo de celebrar la barricada.