Niña pluma niña nadie, de Mar Benegas
Abeja

El sol era negro aquella madrugada en que Elisa empezaba a nacer de entre las sábanas de su cama.
Sus ojos parecían horizontes y pegados por el mismo oscuro que tapaba el amarillo del sol. Eran las 6 de la mañana. Demasiado temprano para la efímera Elisa.
A las 11 despertó por fin y se fue a su universidad. A estudiar.
Luis es un chico responsable y pudo abrir los ojos a las 7 con ayuda de una pala que tiene al lado de la cama. Ahora espera el rectángulo con ruedas que le vomitará cerca de su casa. Lee a Galeano. Y una abeja un poco despistada decide que no hay tanta diferencia entre los cuentos del uruguayo y las flores coloreadas.
Aterriza en una “mañana” y avanza lenta hasta un “rayo por la noche”.
Decide que es el néctar que necesita y sube al cielo cargando su cuerpo gordo pero feliz.
Tras volar un largo camino, cansada, llega, sin quererlo cerca de la cara de Elisa, la que sin motivo alguno, empieza a intentar golpearla.
La abeja, que en este caso podemos llamar Rebeca, decide inmolarse y clavar su corazón en la mejilla izquierda de Elisa, la que ante ese acto heroico, grita de dolor.
Aquel día Elisa aprendió más que cualquier día en la universidad, y además, quedó embarazada del libro que escribirá cuando tenga 37 años y tres hijos llamados Eduardo, Carlos y Nuria.
¡Te pillé!
Roi James
Tienes olor a papel desde la oreja izquierda
hasta el centro de los pétalos.
A mi no me engañas,
hueles a batallas
a yerba
a sangre de noche recién quemada.
Por favor,
hasta que vuelvas a la llanura de letras y huecos
déjame que yo te toque,
déjame que yo te sienta desnuda
bajo la punta redonda
de mi boli Bic.
Vacaciones pagadas

El semáforo se puso en verde, pero antes de que pudiera meter primera, levantar el embrague y pisar el acelerador, una chica joven lo llamó y en unos segundos ya estaba dentro.
Buenos días.
Buenas.
¿Me podría llevar a un sitio bonito, por favor?
¿Cómo?
Si, que si me podría llevar a un sitio bonito por favor.
Emilio había estado mirándola por el retrovisor desde que entró al coche, pero cuando la chica repitió la pregunta, se agarró del asiento y miró hacia detrás.
¿Es usted turista, o qué?
No, llevo viviendo en Madrid toda la vida y por eso quiero salir e ir a un sitio bonito.
Pero bueno, ¿Me estás tomando el pelo?
Los pitidos se abalanzaban sobre la conversación.
Bueno, si no quiere llevarme, ya busco a otro, dijo convencida la joven.
Emilio se dio cuenta que aquella mujer tendría más o menos su edad. Quién lo diría. La mala vida, el sobrevivir oliendo humo y aguantar a niños borrachos que vomitaban dentro del taxi de vez en cuando, le hacían aparentar unos cuarenta.
La chica agarró el abridor de la puerta, pero antes de conseguir tirar de él, Emilio dijo algo.
Vale, vale, yo le llevo a donde sea porque sino estos animales nos van a matar.
Antes de acelerar, pudieron ver un zapato que rebotaba a la izquierda del coche.
Bueno, entonces, un sitio bonito, ¿no?
Pues si. Quiero el sitio más bonito del mundo.
Joder, ¿Pero usted qué quiere, que le lleve al Caribe?, ¿No se ha dado cuenta que esto es un taxi?
Si, ya lo se, pero yo quiero ir a un sitio bonito. Cuando dijo esto, la chica sonrío ligeramente.
Bueno, lo primero. ¿Tiene para pagarme? porque si no tiene con qué pagarme no la llevo a ningún lado.
Si, si tengo para pagarle.
Muy bien. Entonces la llevo donde quiera.
Muy bien.
Pero primero, dígame su nombre.
Me llamo Isabel, encantada, ¿Y usted, es?
Emilio.
Muy bien, Emilio, pues vamos a perdernos entonces.
El primer destino fue el barrio de Estrecho donde creció Emilio. A Isabel no le gustó demasiado porque eran casas antiguas y llenas de ladrillos. El segundo lugar fue un pueblo a las afueras de la ciudad donde había pasado los veranos cuando era pequeño. Le enseñó el río donde se solía bañar, el camino donde buscaba bichos y el campo donde a veces dormía con los amigos.
Así, yendo de recuerdo en recuerdo, de sitio bonito en sitio bonito, pasaron los días de verano, durmiendo en cualquier lugar, mirando casi siempre hacia arriba, a las estrellas.
Cuando a Emilio se le acabaron los sitios bonitos que podía recordar, empezó a dejarse llevar para encontrar sitios nuevos.
Entre Isabel y Emilio empezó a surgir una cierta complicidad, cierta química. No sabemos si es amor, porque eso solo lo saben ellos, pero la idea de alcanzar ese lugar común les unía y les hacía más fuertes.
El verano acabó, pero ellos querían seguir viajando. Parecía ser que Isabel tenía con qué pagar la carrera y, sinceramente, Emilio estaba encantado.
La carretera parecía no tener fin y se propusieron recorrerla entera. Ninguno de los dos dejaba demasiadas cosas en Madrid, y no les importaba perderse juntos. Pronto se dieron cuenta que la gente no hablaba su mismo idioma y supusieron que habían salido de España. Esto no les incomodó y siguieron viajando.
Se pasaron la vida en la carretera, buscando ese lugar bonito al que nunca parecían llegar. La vida seguía para ellos y tuvieron hijos que crecieron y viajaron por el mundo, dejando a sus padres queriéndose en el Taxi.
Hubo un día en que Isabel cayó enferma. Era ya muy mayor, y el asfalto y el humo de los caminos perjudicaron sus delicados pulmones madrileños.
Lo siento mucho amor mío, le dijo Emilio, pero te tengo que cobrar la carrera, ¿Qué tienes para pagarme?
Mi vida entera, respondió Isabel con su último soplo de vida.

de acaricias palabras
y aún así,
se te rompían las olas en tu frente
robusta,
cada vez que te nacía un poema.
Se te veían las golondrinas y la sangre bajo la ropa
bajo tu lengua vibrante.
Quieren hacerte una marca desde las alturas
un insípido bote de palabras
pero tu te retuerces en tus textos
y te brotan ríos carnívoros de las vocales
y muerte
de los puntos finales.
Cada vez que te miras en un espejo,
te reproduces en miles de nacimientos furiosos.
Cada vez que apareces en los ojos
la muerte huye de ti y te deja limpio
de etiquetas y letras pequeñas.
Aún tus libros acompañan la sangre
y estos laten
con la violencia de caricias
que almacenaba tu boca.
Mensaje de texto desesperado desde un bar inmundo a las 5 de la mañana

Me cortaré las venas
si me conviertes en tu amigo.
Si me deseas el bien
clávame ya
un puñal de ojos en el pecho
Y aprieta bien.
Date prisa porque las otras
que son cáscaras y cigarros mojados,
me saludan desde lejos con el paraíso
(efímero y sediento)
entre las piernas.
Date prisa,
porque hoy tengo sed
y las copas están baratas.
Date prisa porque se me están pudriendo las manos
que desean
acariciar
tu boca.
Quiero un amor que sea monoteísta, Batania
(Encontrado en http://neorrabioso.blogspot.com) Gran poema y gran blog!
Quiero un amor que sea monoteísta.
Que sea más puño que letra su sangre,
puño imperfecto y de furia su sangre,
que sea su sangre un puño demasiado.
Que me odie con asco monoteísta
y me ame con rabia monoteísta.
Que mate a los padres a golpes
y a golpes los padres arrasados,
amores sin creos ni reos de padres.
Quiero un amor que sea monoteísta.
Que nunca me llame a la puerta
si puede a pedazos destrozarla.
Que emita por Radio Nosotros
y al resto las nadas los ceros.
Que viva en Planeta Nosotros
y al resto jarabe petróleo cayendo.
Ya tuve un amor así. Me besaba
como si hubiera en su lengua un revólver.
Me amaba como si quisiera quedarse el amor
para ella sola. Ya tuve una mujer así.
Tan turbia y tan bella y tan
monoteísta.
Batania
La que era ella

El tacto del papel
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En forma
Alesio, de Ignacio García May
Mañana sábado 27, el domingo 28 y el lunes 29, a las 20.30, la compañía local Xexil body milk dirigida por Pedro García de las Heras (y en la que me incluyo) interpretará en la Plaza del pueblo de Torrelaguna la obra ALESIO, de Ignacio García May.
http://www.torrelagunaweb.es/pdf/2011/08/reparto_teatro_verano.pdf
Sal
No vengas con ese amor callado
sin sangre
que agoniza en tu boca.
Desparrama ya los ríos que golpean tu entrepierna
y coge aire
(las alas ya te asoman por las puntas del vestido).
No busques trabajo,
busca los truenos que chocan en tu piel y abre
abre todas las puertas,
abre tu piel y la mía
las calles y los sueños
y desgarra tres noches cada cama
en cada mirada.
Crítica literaria de Estrella distante, de Roberto Bolaño
En 1968, mientras los estudiantes levantaban barricadas y los futuros novelistas de Francia rompían a ladrillazos las ventanas de sus Liceos o hacían el amor por primera vez, decidió fundar la secta o el movimiento de los Escritores Bárbaros. Así que, mientras unos intelectuales salían a tomar las calles, el antiguo legionario se encerró en su minúscula portería de la rue Des Eaux y comenzó a dar forma a su nueva literatura. El aprendizaje consistía en dos pasos aparentemente sencillos. El encierro y la lectura. Para el primer paso había que comprar víveres suficientes para una semana o ayunar. También era necesario, para evitar las visitas inoportunas, avisar que uno no estaba disponible para nadie o que salía de viaje por una semana o que había contraído una enfermedad contagiosa. El segundo paso era más complicado. Según Delorme, había que fundirse con las obras maestras. Esto se conseguía de una manera harto curiosa: defecando sobre las páginas de Víctor Hugo, masturbándose y desparramando el semen sobre las páginas de Gautier o Banville, vomitando sobre Lamartine, haciéndose cortes con hojas de afeitar y salpicando de sangre las páginas de Balzac o Maupassant, sometiendo, en fin, a los libros a un proceso de degradación que Delorme llamaba humanización.
La verdad es que me acojona hablar sobre Roberto Bolaño. Por eso, quizá, uso sus palabras (Amén). Es como hablar de un Dios, de un tío exacto en sus imprecisiones y en sus temas por muy desconcertantes que puedan parecer y por muy nebuloso y volátil que pueda parecer él mismo: chileno, mexicano, español, inmigrante, superventas, emigrante, revolucionario, bohemio y erudito. Tiene de todo un poco y lo controla todo. En su novela Estrella distante, segunda novela del autor publicada por primera vez en 1996, Roberto muestra un mundo extrañamente perfecto y exacto. Se trata de un mundo sórdido, de clases de literatura, de oscuridad, de asesinos, de dictadura, de weones y chilenismos varios. No se trata de un edificio majestuoso como los creados por el chileno en Los detectives salvajes o en 2666, sus obras más celebradas, pero quizá sin novelas como Estrella distante no existirían las siguientes, las que le darían la inmortalidad.
Roberto nos muestra un Santiago de Chile partido por la mitad. Lleno de artistas y fascistas, de pobreza y de aristócratas. Pero en esa brecha que podría representar la Alameda, la avenida de los pobres y de los ricos, Roberto ubica la poesía. Porque para Bolaño la literatura, la poesía, está en todos los sitios. Un fascista escribiendo poemas en el cielo es poético, y mucho, pero también lo es un grupo de escritores realvisceralistas que defecan, se masturban y vomitan sobre grandes obras literarias. La poesía es para todos. Aunque sean unos hijos de puta.
Roberto Bolaño, en definitiva, se llena las manos de literatura, la amolda, la hace tan cercana que no podemos pensar en un personaje de Roberto sin que esté rodeado de libros y, sobre todo, de literatura.
Reseña de "Las venas abiertas de América Latina", de Eduardo Galeano
Si Bartolomé de las Casas escribió una Brevísima relación de la destrucción de las Indias, en el siglo XVI, lo que podemos encontrar en este ensayo del escritor y pensador uruguayo, Eduardo Galeano, podría ser una "brevísima relación de la explotación de América" desde el siglo XVI hasta la conteporaneidad del autor(el libro salió a la luz en 1971).
Lo que Galeano pretende es mostrar la cara B. La cara de los derrotados, de los desposeídos. Intenta restablecer, un poco, la justicia histórica, responder a los cañonazos y a la fuerza de la explotación con recuperación de la memoria. Y, pese al excelente resultado obtenido, el trabajo de Galeano no ha debido de ser fácil. Los pobres, los que no tienen nada, (los nadie, como él mismo los definió en un excelente poema), no dejan marca. No quedan en el registro de la historia. Se mueren sin gloria, sin nombre, en masa.
Lo que nos presenta el uruguayo es una lista, lo más completa posible, de los mayores desastres, las matanzas, los saqueos más importantes desde el descubrimiento hasta la actualidad. Y, para nuestro asombro, podemos comprobar como este relato de los hechos nos presenta una batalla cada vez más compleja, más oculta, entre ricos y pobres.
Lo que podemos sacar en claro de la lectura de Las venas abiertas de América Latina es, que si antes se conquistaba a caballo y con la lanza en ristre, dejando las cosas claras en cuanto a derechos humanos de los conquistados, en los últimos siglos la aparente legitimización de los nuevos estados creados, en su mayoría, a comienzos del siglo XVIII, y el crecimiento más menos progresivo de los países, ha ocultado una explotación y un dominio por parte de los intereses comerciales mucho más abrumador que el que sufrieron los que recibieron a colonizadores.
Todos somos minorías
oscuro
opuesto al Papa
y las sábanas fueron heridas
de suciedad.
Soy homosexual y tengo el culo rojo
de tanto amar,
de tanto creer en Dios.
Cada vez que toco una cama soy puta
reputa,
sucia puta de los cojones
y ellos me penetrarán rabiosos
con los calcetines puestos.
Cada vez que voy a la playa quiero ser turista
llenarme de sol y arena
pero me convierto en chabola de carne
sucio inmigrante
enfermedad
que se comerá a tus hijos y tu sueldo.
Si no fuera por mí mismo
por las esquinas y los palos
sería persona.
Si no fuera minoría,
si fuera un tío normal,
un tipo normal que se llena de babas e insulta
que se caga en los raros
y sueña con pegar a la mujer de su vida
si fuera así,
sería un tío de puta madre.
Producto
Eres tan fría, tan recta
que nunca llegas
que nunca alcanzas.
Concreta como un tornillo
como una madera sin carcoma
caminas por la calle perfecta
con el precioso erotismo
de una silla de IKEA.
Advertencia
Si quieres ser estatua de mayor
y evitar contratiempos
te propongo ser señora honrada
perfecto zapato de vestir
que siempre sabe
mantener las formas.
¡Pero cuidado!
Te convertirás en melocotón
si sigues así de suave.
Cualquier día de estos
en que la cama es una trampa
y el ojo un silencio
del sobaco te saldrá una flor
caliente y blanca
como tu sexo.
Tu recuerdo salta del espejo

Bacon, Retrato de George Dyer
Rebotará mi cara en el espejo
y pensaré en ti.
Desordenado y lleno de escombros
me nacerán en la cara
(como una maldición
o un suspiro)
dos granos con la forma exacta
de tus senos.
Yo nunca te lo pediría
pero mis condones
(infatigables amigos de calor y plástico)
en peregrinaje irán a tu casa
a suplicarte que vuelvas con ellos
que vuelvas
(por favor y de una vez)
conmigo.
Sed
A veces la carne tiene sabor a semáforo

se repite calle a calle
en la ciudad sucia
en que se ha convertido mi cuerpo.
La velocidad de los dedos es relativa
a la suavidad del cuerpo pero los coches
que tienen ojos pero que no miran
no mueren nunca de amor.
Siento que los atardecederes se venden en rastrillos
o se caen a la basura
de pura tristeza.
Así no vamos a ningún lado, dijo ella
Y fue verdad.
El semáforo seguía en rojo.
Como un explorador, Joaquín Sabina
Después de tanto tiempo al fin te has ido
y, en vez de lamentarme, he decidido
tomármelo con calma.
De par en par he abierto los balcones,
he sacudido el polvo a todos los rincones
de mi alma.
Me he dicho que la vida no es un valle
de lágrimas… y he salido a la calle
como un explorador.
He vuelto a tropezar con el pasado
y he decidido, en el bar de mis pecados,
otra copa de ron.
Y en otros ojos me olvidé de tu mirada
y en otros labios despisté a la madrugada
y en otro pelo
me curé del desconsuelo
que empapaba mi almohada.
Y en otros puertos he atracado mi velero
y en otros cuartos he colgado mi sombrero,
y una mañana
comprendí que aveces gana
el que pierde a una mujer.
Con el cartel de libre en la solapa
he vuelto a ser un guapo entre las guapas
chulapas de Madrid,
sólo me pongo triste cuando alguno,
en el momento más inoportuno,
me pregunta por ti.
Ella
El príncipe
El príncipe llora
solo
en su castillo.
El príncipe llora y piensa en putas y en puertos
en entradas calientes.
La puerta del castillo huele a cárcel
huele a sudor de armiño
semen corrompido.
Las lágrimas tienen audiencia
con el príncipe y sus ojos secos.
El príncipe sueña con palacios irreales,
llenos de sirvientas y vino,
llenos de dolor y vida.
Luz
Ya llegan las contracciones. La señora Flora siente su interior romperse y no puede hacer otra cosa que contraerse y apretarse la tripa por encima del jersey. Su marido, Pedro, va de un lado a otro de la casa intentando encontrar ayuda para su esposa. Hace dos minutos que Flora ha sentido las contracciones y él llamó justo después a la ambulancia. Están de camino. En su intento de ayudarla, ha traído a la cama toallas, una botella de agua, servilletas, trapos y a sus dos hijos pequeños que miran a su madre aterrorizados.
El instante es importante, pero a la vez trágico. Es evidente que una nueva vida va a nacer, pero el coste puede ser demasiado grande. Pedro vuelve a intentar acomodar, por decimoquinta vez, un poco mejor a su mujer en la cama. No lo consigue. Flora le aparta la mano con un movimiento casi demoniaco. Flora grita y grita y solo quiere sacar ese fuego de su cuerpo. Pedro empieza a pensar si no habría sido mejor llevarla al médico, haber tenido que soportar un viaje largo de diez minutos auxiliando a su mujer y tener que haber dejado a los hijos en casa de… El caso es que da igual. Lo hecho hecho está, y ya no se pueden cambiar las cosas. Seguro que la ambulancia está a punto de llegar.
Flora nota como su cuerpo duele y reclama un esfuerzo titánico de su parte. Los otros dos partos no fueron así de duros. Este viene fuerte. Se agarra a las sábanas y vuelve a gritar. Parece que ahí viene. Siente que aquí viene.
Llama a su marido y le dice que va a tener que ayudarla. Lo primero, que lleve a los niños a la habitación, son demasiado pequeños y no harán otra cosa que asustarse y molestar. Lo segundo, que llame a esa puta ambulancia de nuevo que va a dar a luz, joder.
Lo tercero, y último, que venga a ayudarla, que traiga más agua, gasas, y unas tijeras. Aquí viene. Las órdenes de Flora se cortan en ese momento y un golpe dentro de su bajo vientre le avisa que va a dar a luz. Ya está aquí.
Su pelo está empapado, y dibujos serpenteantes se forman en su frente. Pedro intenta ayudarla y calmarla, pero es imposible. Parece que la dilatación ha llegado a su punto máximo. Está al límite. Flora empuja, hace fuerza y siente como sus manos, sus brazos, sus pechos, y cada parte de su cuerpo empuja e intenta sacar a este nuevo ser al mundo. Sus fuerzas están al límite. Justo a punto de tropezar con un precipicio que representa el desmayo y el dejarse llevar. Sigue tentando a sus fuerzas, obstinada. Pedro la ayuda, empuja con ella, la intenta calmar y está con ella. No la ha dejado sola.
Parece que ya sale, ya sale, está saliendo, una superficie blanca ensangrentada aparece y Pedro y María cambian un poco su semblante y se miran por un segundo, no, menos de un segundo, porque aún no ha acabado, y primero hay que terminar de dar a luz, de empujar y de sufrir, y Flora, solo ella, es la que empuja, y es ella la que va a dar a luz, y es ella la que lo está haciendo, y aprieta todo su cuerpo y, por fin, ya está fuera. Ya lo ha hecho. Ya ha dado a luz.
Pedro no lo cree. Se siente afortunado. En los otros dos partos no pudo estar presente por culpa del trabajo, y ahora puede coger a su hijo en brazos y acunarlo y sentirlo cerca.
Busca entre las mantas, y recoge una bola blanca ensangrentada. ¿Qué es esto? Se da cuenta que tiene pliegues, que está arrugado. No es un niño, desde luego que no.
¡¿Pero qué es esto?! Lo abre poco a poco y al hacerlo se da cuenta de que dentro de él hay letras que dicen cosas. Instintivamente empieza a leer. Es un poema, parece:
Pasar la vida contigo
ha sido
es
y será un insulto
a cada alma,
que lucha y se mueve
para seguir viviendo.
Me estoy quemando
de mala manera
enlatada de cocina,
cama
llevo tu sombra en las cadenas.
La sangre me hará partir
buscar entre caminos pasados,
parados y resecos
huir,
y ponerte las cadenas
a ti,
carcelero de esencias que no sabe
hacer un huevo frito.
P.D-Te dejo. Por si no lo has entendido.




