Islas divergentes

Se te olvidó coger la fruta

Alfons Mucha

Que yo no soy un perro que te quiera por tu hueso, que yo soy el frutero que te acaricia y sueña tus mandarinas, pero tú no te das cuenta, que a ti dos uvas te bastan, dos nada más te llenan la gruta seca de la boca y no ves que tengo los labios llenos de fruta y que se me están pudriendo de espera, cayendo y rodando por el suelo sin que nadie, sin que tu, sin batalla. 

La pena es que a ti una manzana seca te llene el hueco más redondo de tu cuerpo, y vienes con tu cuchara de metal a por tu pieza, a matar el hambre minúscula que te llama, pero yo lo que quiero es que abras los cauces y chorrearte todo el viernes de melocotones, que no te quepan es lo que quiero, que engordes de sábado y de lluvia de mi cuerpo, que mis frutos no los aplasten los coches fríos de las carreteras, que sea tu hambre la culpable de que exploten y refresquen
alegres
tu boca.



Ya están aquí, los chicos del vertedero




Toño Benavides presentó el pasado sábado 10 de noviembre Los chicos del vertedero, en los Diablos Azules de Madrid. El libro, publicado por Canalla Ediciones , es el primer libro de poesía de Benavides, un gran ilustrador con una gran carrera en la mochila que le ha hecho ser reconocido internacionalmente con varios premios de la S.N.D. (Society of Newspaper Design): seis medallas de plata, una de oro y un reconocimiento especial del jurado por trabajos publicados en el diario El mundo del siglo XXI.

Pese a ser el primer poemario de Toño, su poesía conoce la noche madrileña desde hace años. En las jam poéticas y en diversos rituales, la fuerza en la palabra de Toño se ha podido ver como un extraño ejemplar que llevaba un puñado de pólvora en una mano, y un trozo de fuego en otra.


Los chicos del vertedero es una pedrada a un escaparate, un grito lleno de lágrima y rabia que desconecta los cables y agrieta las autopistas: Nosotros somos los Chicos del Vertedero, y no venimos a recitar poesía, venimos a dispararla. Un libro profético que nos trae un ecosistema olvidado, apartado de las ciudades para que no nos manche, y que ha sido invisible en nuestra poesía hasta que Benavides nos lo ha mostrado con este gran poemario.

Poesía que se queda grabada en el cerebro como la luna en la luna en la mente del perro por la fuerza de sus imágenes, por el lirismo de las mondas de naranja, de la suciedad, pero también de la tecnología y de la electricidad que no son vistas de manera decadente y opresora sino como entorno y contexto.



Pero, además de tener un universo propio en el que estas Troyas de niños, como dijo Batania, invaden las avenidas de una ciudad hecha pedazos, Toño Benavides sorprende con historias de amor grabadas a fuego en la tragedia En los controles de seguridad, los escáneres más avanzados aún no revelan la presencia de sustancias explosivas disueltas en la sangre de los viajeros. En cuanto despega, una pareja se reúne en el WC del avión. La cuchilla estaba oculta en la carcasa del teléfono móvil. Se abren las venas y juntan las muñecas. En la bola de fuego flota la última sonrisa de ambos.

Los poemas de Los chicos del vertedero no se caminan, se corren a 300 kilómetros por hora con los ojos cerrados/el corazón roto/y la cabeza en llamas, intentando coger aire en un entorno en el que Hombres, mujeres y máquinas compiten por sobrevivir en los pasos de peatones y que muchas veces recuerda a películas como Blade Runner y otras a la noche que aplastaba a Lorca en Poeta en Nueva York.

Los chicos del vertedero es un gran libro que explora, con un lenguaje mezcla de prosa y poesía, lleno de vitalidad e imágenes potentes, los arrabales de la ciudad, de la sociedad, para rescatar este ecosistema y reflejar la potencia y los caballos de de un futuro posible que siempre ha estado entre nosotros. 


Y quedarse parado no es cosa de un momento

Imágen de la película Aurora de esperanza (pinchar para verla en youtube)

Y quedarse parado no es cosa de un momento;
poco a poco se te funden los tendones y las piernas,
minuto a minuto se te pudre la fresa de tu lengua
y ya no hay agua
no hay refugio
y día a día se te adelgaza el ciervo de la noche y no sabes
que pasan los minutos y se te amontona el hambre
en el futuro
no sabes que hay termitas en tu cintura,
que hay termitas en tu salario
que hay termitas en el compañero de al lado
que hay termitas
hambrientas
en tus ojos vivos
que aún se mueven.

Quedarse parado no es cosa de un momento;

Las termitas muerden muy despacio.  

Con versando con Luis Oroz

Hace tiempo que no os traía ninguna entrevista de Paloma Corrales y el equipo de Veoguadatv con Paloma Corrales, y en este caso se trata de Luis Oroz, un poeta que, desde el instinto, recorre todo lo que le rodea. Aquí os dejo un muy buen poema que dedica a La Elipa, su barrio. Que lo disfrutéis. 


Ha venido a pedirme que regrese,
a inyectarme en la piel el botox transparente de su complicidad.
Trashumante dormida,
vuelve y desplaza su flexible gravedad de kilómetros
y va doblando el mundo
en el libro de mapas del deseo.
Allí, muda y distinta,
habla otra vez sobre una edad difícil,
entorna las ventanas de mi casa extrajera
y pregunta en voz baja;
como un rezo que absorbe la distancia y el tiempo,
como un secreto en la canción del aire.
-Y cruza una pelota sobre el aro de los remordimientos.
La nostalgia es un grito, le respondo;
una boca pequeña que te besa en los ojos
o una luz que modela alguna oscuridad de plastilina.
Conozco ese lugar;
esa calle sin suelo, esa casa sin huéspedes,
esa mesa de humo donde apoyar los brazos
que sujetan la historia,
y la torpe ambición de un exiliado
que surge de la tierra con sus manos estériles,
su anestesia de pájaros,
para tirar mil piedras contra el agua de la felicidad.
¡No voy a regresar!
pero puedes pedírmelo,
tu voz son cinco amigos jugando al baloncesto
en la estrecha canasta del oído.

Cristiano Ronaldo



Se te agita un toro herido en cada bota
un látigo de pólvora en cada pierna,
pero cuánta chatarra tienes en tu espalda
Demasiada curva
Demasiada colonia
Demasiado músculo golpeando los postes
y a los defensas,
y así no se llega,
así no se alcanza la fruta roja del gol
no te alcanza el fuego pequeño
de tu voluntad
de tu ego
de tu peinado
y acabas llorando solo
juguete roto
en el vestuario.



El raro


  Fotograma de la película Annie Hall, de Woody Allen


El que mira a los chicos
el que tiene granos como volcanes
el inocente
el que dice “macho” y le sale “coliflor”
el que corre como las chicas
el que no sabe jugar al fútbol
el que no sabe jugar a nada
el hambriento de amigos y de playa
el que tiene nudos en los brazos
nudo
en la lengua
pero un bolígrafo que escribe poesía
y jilgueros.

Los rotos


Transformar el imaginario boliviano, por Catalina Bartolomé


Ellos no supieron nacer en el centro de la sábana, crecieron fuera, aún más allá, con los pies saliendo por las ventanas cayendo, rotos, en las mansiones de basura. Son los rotos porque siempre tienen descomposición en las manos y se les ve fuera de juego, como a los juguetes negros.

Tierra seca lloran cuando no pueden alcanzar un trozo de manzana y se dejan las uñas largas para no echar de menos los espejos. Los rotos tienen un pájaro gris que les cruza el pecho como una pelusa y no conocen el paro porque siempre tienen lombrices en los pies con ganas de bailar.

Ellos están rotos porque los atropellamos con nuestros toros relucientes, los cortamos con nuestras tarjetas de cianuro azul y les damos los animales muertos que dejamos en las carreteras.

Nunca saben de qué color es la ducha en los grifos de oro y luchan para conseguir las patatas que nuestros niños usan como balones. Los rotos tienen ojos como faros de llamas, como gritos de viento y no dejan que nadie les compre el hambre al precio de mercado.