Islas divergentes

¡Qué bonita está Madrid esta noche!


Compañeros,
sabemos que nuestro camino hacia el amor está lleno de vacío,
que solo hemos dado un pequeño paso en el camino de la libertad,
y también sabemos que la casta de la distancia tiene más medios
más dinero,
más mecanismos para la tristeza,
pero nosotros tenemos más ganas.

En la noche de hoy me acuerdo de cada uno de vosotros,
de todas aquellas partes  del cuerpo que se han quedado sin su abrazo,
a todos los órganos que pasan hambre,
a los labios, las manos, el pecho, los pulmones y tantos y tantos otros que formáis este cuerpo.
Gracias, compañeros, estamos haciendo Historia.

Estamos aquí, esta noche, para decir que estamos preparando la noche perfecta.
Que vamos a ponernos la piel de las grandes ocasiones,
que paso a paso nos acercamos a la victoria, a coger la mano de la fraternidad bajo las sábanas.
¡El cuerpo
unido
jamás será vencido!

Ya queda menos para que podamos cambiar la situación,
estamos un paso más cerca pero aún nos queda lo más complicado. 

Le digo a nuestra compañera la lengua que claro que sí, claro que volveremos a surcar las avenidas de su cuello,
le digo a los ojos que estamos en el camino correcto y que volveremos a bañarnos en su espalda.
Nos dijeron que no era posible.
Que dejáramos de soñar con atravesar los mares violentos de su pelo,
que éramos unos perroflautas del amor,
pero escuchamos a oscuras su risa y la seguimos sin dudarlo,
palpando los días y las calles.

Juntamos la voluntad de cambio con las nubes del hambre y la tuvimos en nuestros brazos,
como se tiene fiebre o se tiene la tristeza.

¡¡ Sí se puede!!
¡¡ Sí se puede!!
¡¡ Sí se puede!!



A todos vosotros os digo,
compañeros, compañeras,
que esta noche es noche histórica porque hoy,
ella,
ha creído en nosotros.

Y aquí estamos para recoger esta confianza y decir que:
“mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase la pareja libre para construir una relación mejor"

Muchas gracias compañeros.
La victoria es nuestra,

¡El cuerpo,
unido


jamás será vencido!

Geometrías


Yo era una línea recta,
un trayecto simple entre dos puntos.
Un recorrido lo más rápido posible y ella surgió del lenguaje de cuerpos de la ciudad para ser un vértice, un refugio.

Ahora soy tres puntos:
Nacimiento
Ella
Y la muerte, pero de este último no estoy tan seguro.

Ella es Jane Goddall enseñándome a hablar,
descubriéndome como eslabón perdido,
el primer animal de mi especie.  
Ella y el vértigo de su risa, un eco, que no se acaba. Soy la grupa donde ella galopa desnuda, la espuma de la ola de aquel mini de cerveza donde empezó el imán de los cuerpos.



Crece el territorio que somos, 
fertilizamos el vacío.

"Momento Meki", poetas unidos para levantar una escuela en Etiopía

Justo hoy se cumple un mes del evento "Momento Meki", en el que varios poetas nos juntamos en el Campo de la Cebada de la Latina, en Madrid, para, a través de nuestros poemas, donar todo lo recaudado para construir una escuela en Etiopía. 




Más de 40 poetas nos colocamos frente a las máquinas de escribir (en turnos, desde las 11:00 de la mañana hasta las 19:00 horas de la tarde). Después, la gente que se acercó a la plaza nos pidió poemas sobre los temas que quisieron... y esto fue lo que pasó:





Poesía vs Trabajo

digamos que necesitamos sobrevivir. Digamos que para poder llevar dinero a casa (ay, llevar a dinero a casa, como si esa casa fuera nuestra y no estuviéramos solamente de paso) hace falta hacer cosas que no nos gustan, que nos hacen tener sueño, que nos hacen estar malhumorados y ocupados. Pongamos que esto es así y que lo asumimos. Vale, ahora nos quedan 16 horas libres al día (como mucho).

Hay gente, todos los sabemos, que se dedican a lo que quieren. De verdad. Hay gente así. Gente que en lugar de bordear el curro se sumergen en él porque les encanta. Véase médicos, futbolistas, veterinarios, periodistas o cocineros o cualquier otra profesión que, a priori, no engancha tanto. Gente que recibe una remuneración a cambio de dedicar tiempo a hacer algo que les gusta, que les motiva.

Joder.

¿Y la poesía dónde queda?

Hace unos años, empecé a notar una pequeña mancha en el ojo derecho. La mancha aparecía siempre que enfocaba una pared blanca, como una aparición que se hacía visible solo en esos momentos pero que no me abandonaba nunca, camuflada en los colores oscuros. Con el paso del tiempo me he dado cuenta que dicha mancha sigue ahí, es como una grieta, diagonal, pero que cada día que pasa está menos presente.  
Digamos que la poesía aparece así y se queda en nuestro modo de ver el mundo. Se va asimilando, asumiendo. ¿Y con eso vale? ¿Nos conformamos con tener a la poesía para nosotros solos? No, claro que no. Queremos que todo el mundo sea partícipe de nuestra mancha, de nuestro modo de ver la realidad.

Pero la poesía no le importa a nadie. Al menos la nuestra. Lo que importa a quien lee poesía es LA PROPIA VISIÓN DE LA POESÍA. ESO. Todo lo demás son reflejos de este único modo de ver, el único que nos interesa.

Pero es que somos una minoría y no le importamos a nadie.



Para el mundo (ese montón de gente que está más allá de nuestros colegas, de nuestros “amigos” poetas y familia), la poesía es una puta mierda de hobby que tenemos algunos raros. Eso. Y si todo el mundo escribe, si todo el mundo tiene un blog, si cualquiera puede sacar su diario personal a la calle y ponerle un título cursi, ¿para qué tenemos la poesía? ¿Dónde la metemos? y, lo más importante, ¿por qué nadie tiene que pagar por la poesía que hacemos y que solo nosotros entendemos?

El vagón que transita mundo, de Olaia Pazos y Con versando, entrevista que le hizo Paloma Corrales

Ayer estuve viendo la obra de teatro de Olaia, El vagón que transita mundo, en el teatro del arte, en el barrio madrileño de Lavapiés. Después de verla, me quedó la sensación de haber visto a alguien que no es de aquí, sino de otro tiempo, otro espacio más limpio, más protegido. 



Es una desajustada, salvaje: libre. No mantiene el control en ningún momento porque las cosas buenas no mantienen el control. Olaia es otra cosa. Se mueve como acunada por un viento. Un viento que algunos hemos sentido alguna vez, pero que ella tiene dentro como los demás tenemos riñones, pulmones o recuerdos. Es una bestia y por eso hace lo que quiere. Pequeñita y rebelde. Amazónica y gallega y urbana y víctima. Heroína del nervio de la adolescencia camina, no, no camina, corre hacia adelante y nos enseña su viaje. 

Merece la pena, mucho. 

Y para que conozcáis a este animal de letras y brazos largos y hambrientos, aquí os dejo la entrevista que la periodista y poeta Paloma Corrales le hizo a Olaia en el bar Diablos Azules hace unos años:


Salir a fumar


“Uno busca a alguien que le ayude a dar a luz sus pensamientos, 
otro, a alguien a quien poder ayudar: 
así es como surge una buena conversación.” 
Friedrich Nietzsche






Llevamos ya varios años de ley antitabaco. En este tiempo he pasado por diferentes actitudes ante el tabaco (y ante esta ley, claro) que solo he conseguido revelar de manera sincera ante Vicente, mi médico, y que van desde el  “yo no fumo”, a “bueno, algún cigarro que otro”, o a “un par de cigarros al día”. Hasta ahora. He conseguido sincerarme conmigo mismo y ya llevo una semana sin fumar, evitando acompañar cualquier cerveza o café con el magnífico tándem que supone un cigarro (y más con el attrezzo perfecto que supone el terracismo con su calor y tal). 

En realidad, por mucho que el cigarro sea una simbiosis perfecta del café o la cerveza, hay algo que supera completamente a estos dos atractivos líquidos estimulantes: la conversación. Y, desde que se prohibió fumar dentro de los bares y las cafeterías, la charla, y más concretamente, la charla al fresco, se ha convertido en todo un fenómeno social. Digamos que el twitter analógico podría ser la unión de todas las puertas de los bares. 

El conversador de interior, frente a su colega al aire libre, se ha quedado limitado, replegado. Agarrotado por la música, las cuatro paredes y otras limitaciones. No puede desplegar todas sus dotes argumentales y fonéticas y se ve obligado a lanzarse al vicio del tabaco en la puerta. Es inevitable, además, porque los bares se han convertido en una excusa para salir a su puerta y apenas queda gente dentro. Para todos aquellos devotos del botellón que hemos sufrido de minis enfriados con nieve en el pueblo, persecuciones de motos policiales y otras hazañas inverosímiles, la conversación al aire libre tiene un toque mítico, único, que nunca podrá ser comparada con la charla de interior. De hecho, si alguien desconocido dentro de un bar te habla, te dan ganas de ir al baño o de pegarte al altavoz o salir corriendo, mientras que si alguien desconocido te habla en la calle, con un cigarro recién encendido, es imposible esquivar ese anzuelo. 

Una semana renunciando a enrollar el cigarro, pedir filtros a alguien porque ya no te quedan o se te han perdido o se te han olvidado en casa, y la siempre socorrida petición de fuego a discreción. 

Claro que renunciaré al cigarro (al menos, unas semanitas más), por todo eso del cáncer, el ahogarse y tal, pero cómo voy a renunciar a la charla de puerta de bar. No, de eso aún no se ha dicho que tenga nada malo, salvo, quizá, pillar algún resfriado en invierno. 



(se dice que le jaleo que se montó en Woodstock en 1969 empezó en una conversación a la puerta de un bar. Según fuentes nada claras, el señor Hendrix era el encendedor oficial)

Allí o aquí



A veces paso por la calle con los ojos no tan abiertos hacia afuera, hacia el día repetido que sea, ya puede ser lunes o miércoles o diciembre. Hay esos días que se repiten como conchas en la nieve, muy al fondo, en su recuerdo.


Y es en esos días extraños y escondidos cuando pienso que estoy yendo a las fiestas de mi pueblo. El esqueleto de mi pueblo se llena de chicas de Madrid, vienen los colegas, y es aquí donde el verano descansa. Aquí. Tendré diecisiete y hay trozos de electricidad oscura en el aire. Todos sabemos que es un pueblo como cualquier otro, que no somos nadie, que no somos mejores, pero estamos aquí y hoy lo pasaremos bien.


Alguien aparece. Alguien a quien hacía mucho que no veíamos. No existía mensajería instantánea y por eso las relaciones no se reblandecían y morían como ahora. Todo se interrumpía en Otoño, en lo alto, encrespado, y se mantenía así en el recuerdo, furioso. Y nos abrazábamos como nunca más nos abrazaremos. ¡Abrazos olímpicos en un pueblo pequeñísimo! No hacía falta decirnos nada, sonreíamos como descubridores del fuego y alguien preguntaba


¿Quién pone pasta para esta noche?


Nadie tenía pasta, ni casa, ni coche, ni horarios. Luchábamos contra la superficie de la normalidad con nuestras películas japonesas, alemanas o peruanas, yo qué coño se. Éramos extraños y no queríamos cambiar el mundo. Queríamos que el mundo se mantuviera así, en alboroto, a punto de empezarlo todo pero no aún. Celebrando el cambio que llegaría al día siguiente del domingo. Cuando la resaca nos deje movernos. 


Después cada uno volvía a su casa y la telaraña de los puestos callejeros, de la comida grasienta y perfecta nos atrapaba como aviadores ciegos. Nadie nos llamaba por teléfono porque no lo teníamos o lo teníamos en un cajón, para que no se perdiera. Éramos el río donde choca la lluvia. Así nos sentíamos. Buceadores de la adolescencia y os juro que apreté con fuerza los dientes. Os lo juro porque me muera ahora. Quise que se repitiera ese carnaval sincero y cuesta abajo. Quería ir con todos ellos, con todos y con todas, todos nosotros, veinte o treinta, qué más da, atravesando las calles y los años, camino al mejor parque del mundo donde dejarnos caer por el misterio del kalimotxo. Así, y las novias no eclipsaban el mundo que se nos abría. La mañana estaba lejos como los planes de pensiones. Teníamos la boca abierta para reír, para darnos enteros como animales en llamas.

dejar en paz los tiempos muertos

Montar en el metro, en el tren o en el bus tiene algo de pausa. Durante un rato (cada vez más con la falta de medios en los medios, mira qué cosas) tenemos que enfocarnos en un libro o en una aplicación del móvil o yo que sé, pero ¡ah!, si se te ha olvidado el móvil o el cuaderno o el libro, ¿qué hacer?

¿Que qué hacer? Pensamos en qué hacer como si nuestra vida fuera el agua de un cubo y estos pequeños tiempos muertos e “inútiles” la raja por donde se escapa nuestro “aprovechamiento”. ¿Qué hacer? Pues hacer lo que se ha hecho siempre, mirar a la gente, o el paisaje, o pensar en tus cosas o yoquésé.

Ya sé que cuesta. Yo soy el primero que se lleva diecisiete libros en la mochila porsiacaso. Por si acaso quiero leer ensayo, o poesía o esa novela que dejé a medias o vete tú a saber. Acumular pasajes brillantes de novelas ineludibles TODOELRATO, agota. Hay que dejar respirar un poco a la cabeza.

Parece una gilipollez, justificar el dejar de hacer cosas como algo novedoso o útil, pero es que joder, vale ya de tanta letra. La letra representa un mundo, ya sea ficticio o real, pero si nos centramos en esas letras no vamos a tener la capacidad para saltar por detrás y llegar a dónde nos quieren llevar.

Ya. Ya lo sé. Ya sé que nadie lee y que lo que se lee es una mierda, o que si el mainstream y Belén Esteban y tal. Lo sé y aun así he escrito este texto. Y no, no son cosas contrarias, está todo relacionado. Creo que, como vemos que hay tanta mierda “ahí fuera”, nos exigimos saber por todos. Por nuestros compañeros de oficina que preguntan en alto “¿paisaje es con ge o con jota?”, por todos aquellos que dicen orgullosamente “no, yo es que no leo mucho”. Y no, no es culpa nuestra. Nosotros leemos porque nos apetece y porque encontramos cosas que nos interesan, no por salvar el mundo.



Que el placer de leer no se nos haga una obligación, cojonesya
arrastrarse por el día hasta llegar al pozo de nuestros cuerpos
prueba olímpica sagrada donde dejamos atrás el cascarón de la piel
chocar con el almíbar de las verticales que nos recorren.

Lamer el musgo que crece en nuestros huesos
bajar a lo húmedo y liberar pájaros atrapados en la oscuridad.  

Cansarnos y descansarnos todo en la misma rama de hombro o de labio.
Salir a celebrar el zumo de nuestro amor con cerveza y amigos y bares sucísimos y alegres.
En la espiral de las calles nos dejamos llevar como peonzas líquidas, héroes en la caza del kraken de carcajada que atraviesa la profundidad abisal de la noche de Madrid.

Bucear en las grutas hasta quedar aparcados en las orillas cuando se secan los vasos.

Sujetos uno al otro en la resina de la lengua y llegar a nuestra casa,

atléticos de tendones y fiebre tropezamos con el hormigueo tropical que nos sacude y nos acerca al misterio, al descanso, a la barca que cruza la oscuridad y nos lleva desnudos a la mañana y a la resaca de las olas. 

Éramos el río donde chocaba la lluvia


A veces paso por la calle con los ojos no tan abiertos hacia afuera, hacia el día repetido que sea, ya puede ser lunes o miércoles o diciembre. Hay esos días que se repiten como conchas en la nieve, muy al fondo, en su recuerdo. Y es en esos días extraños y escondidos cuando pienso que estoy yendo a las fiestas de mi pueblo. El esqueleto de mi pueblo se llena de chicas de Madrid, vienen los colegas, y es aquí donde el verano descansa. Aquí. Tendré diecisiete y hay trozos de electricidad oscura en el aire. Todos sabemos que es un pueblo como cualquier otro, que no somos nadie, que no somos mejores, pero estamos aquí y hoy lo pasaremos bien. 
Alguien aparece. Alguien a quien hacía mucho que no veíamos. No existía mensajería instantánea y por eso las relaciones no se reblandecían y morían como ahora. Todo se interrumpía en Otoño, en lo alto, encrespado, y se mantenía así en el recuerdo, furioso. Y nos abrazábamos como nunca más nos abrazaremos. ¡Abrazos olímpicos en un pueblo pequeñísimo! No hacía falta decirnos nada, sonreíamos como descubridores del fuego y alguien preguntaba

¿Quién pone pasta para esta noche?

Nadie tenía pasta, ni casa, ni coche, ni horarios. Luchábamos contra la superficie de la normalidad con nuestras películas japonesas, alemanas o peruanas, yo qué coño se. Éramos extraños y no queríamos cambiar el mundo. Queríamos que el mundo se mantuviera así, en alboroto, a punto de empezarlo todo pero no aún. Celebrando el cambio que llegaría al día siguiente del domingo. Cuando la resaca nos deje movernos. 
Después cada uno volvía a su casa y la telaraña de los puestos callejeros, de la comida grasienta y perfecta nos atrapaba como aviadores ciegos. Nadie nos llamaba por teléfono porque no lo teníamos o lo teníamos en un cajón, para que no se perdiera. Éramos el río donde choca la lluvia. Así nos sentíamos. Buceadores de la adolescencia y os juro que apreté con fuerza los dientes. Os lo juro porque me muera ahora. Quise que se repitiera ese carnaval sincero y cuesta abajo. Quería ir con todos ellos, con todos y con todas, todos nosotros, veinte o treinta, qué más da, atravesando las calles y los años, camino al mejor parque del mundo donde dejarnos caer por el misterio del kalimotxo. Así, y las novias no eclipsaban el mundo que se nos abría. La mañana estaba lejos como los planes de pensiones. Teníamos la boca abierta para reír, para darnos enteros como animales en llamas. 



horror vacui

Parece que ya no quedan huecos. Todo se ha llenado de actividad y actividades. No se puede parar. No puedes esquivar esa penetrante y repetitiva sensación de estar perdiendo el tiempo, estar cada momento más cerca del fin, de la inactividad total. Y mientras tanto, solo importa cómo aprovechas el tiempo. Llenarlo de dinamismo, de aplicaciones de móviles, de películas, de música e, incluso, de libros. Parece que aprovechar el tiempo significa embutar la cultura, la formación, el amor, las amistades. Apretar todo bien, ponerle una goma al paquete para que no salte y aprovechar el tiempo. Si piensas en un día cualquiera, desde el momento en que te despiertas hasta el momento en el que cierras los ojos (porque incluso acostado también tienes que ser activo), no dejas nunca de hacer cosas. Esas rendijas, esos ratos “muertos” no serán “muertos” nunca más. Escribir el whatsapp mientras escuchas música mientras intentas leer un libro mientras abres el twitter y una página de internet. ¿Ratos muertos?
El aire es un lujo que no nos podemos permitir. No ser activo es morirse, dejarse morir mejor dicho. Si te mueres mañana, al menos, que no te digan que no aprovechaste la vida.
tenemos los ojos puestos en el espacio cercano y no podemos ver más allá. No podemos dejar de mirar la comida porque nos morimos de hambre. No podemos apartar la vista de la televisión porque nos desconectamos y eso es el fin. Dejarse llevar, dejarse vivir sin estridencias.
Lo cómodo te arrastra, la dificultad te levanta. 

Entrevista anónima 1


¿Cuál es tu mejor recuerdo de la infancia?
Bueno, no se si es el mejor pero es uno muy interesante, que me gusta mucho y en el que me he recreado algunas veces y es un barco pesquero que había abandonado en la playa de Huelva, cuando vivía en Huelva. Era un barco pirata en el que, bueno, no lo era no, pero era un barco en el que me podía subir, en el que investigaba, tenía aventuras. Molaba un montón, porque además mi vieja había montado una historia, y era de mi casa a la playa y vuelta, había personaje de cuentos que vivían en alcantarillas, en edificios abandonados y eso molaba un montón. Eso era emocionante.
¿Qué es para ti la cultura?
La cultura es todo lo que somos, para mi. Mis profesores se enfadarían por no recordar la definición de cultura que estudié hace dos años, pero la cultura es todo lo que somos, todo lo que transmitimos lo que nos identifica y lo que vamos conformando día a día. Es lo que construimos que nos identifica, como grupo humano. Y también lo que heredamos. Lo que construimos mezclado con lo que heredamos. Vamos modificando lo que heredamos para actualizarlo. Es que a veces no somos conscientes de que jugamos ese papel y se nos va de las manos.
¿Crees que se puede cambiar la sociedad, o es algo que no se puede modificar?
Pues depende del día que tenga (risas). Depende del día que tenga. Si, si se puede cambiar. De hecho cambia. A cada instante cambia, con cada decisión que tomas y cada cosa que haces la sociedad cambia. Lo que pasa es que a veces no sabemos, no tenemos la capacidad o la consciencia de decidir hacia dónde cambia ¿no? hacia dónde la cambiamos.
¿Crees que el amor es algo necesario, o se puede vivir sin amor? (amor entendido como pareja)
¿Dónde dices que va a salir publicado esto? (risas) ¿Quién lo va a leer esto? Yo creo que es importante y es una experiencia básica para conocerse a uno mismo y creo que está sobrevalorado. Y creo que está muy infravalorado aprender a vivir sin pareja, que creo que es una parte muy importante. No es como decía, tampoco me quiero poner redicho, pero en el libro de La abolición del trabajo en el que Platón decía que los trabajadores manuales no tenían tiempo ni para ejercer de ciudadanos responsables ni de amigos, pues creo que hay un cierto parecido con la pareja.
¿Qué opinas de la tecnología? móviles, ordenadores, whatsapp, ¿nos acercan o nos separan?
Hombre, con gente con la que no tienes posibilidad de compartir espacio físico evidentemente te acerca. Pero si dejas de cuidar o de participar en los espacios físicos en los que se comparte con las personas físicas por estar conectado con gente que no está en ese momento ahí, creo que te aleja de la gente más inmediatamente cerca. Creo que nos atomiza mucho, nos aliena. Te abstrae mucho de lo que tienes que hacer, en el momento en el que estás, en el sitio en el que estás. Y ya poniéndome tierno, te abstrae de a qué huele, a qué temperatura está el aire, qué textura tiene la mesa o el suelo, porque quieres estar en diferentes sitios hablando con diferente gente de diferentes temas y el que mucho abarca, poco aprieta.
En este momento de tu vida, ¿cuáles son tus necesidades con respecto a tus necesidades por cubrir?
Pues, mis prioridades ahora mismo son. Bueno, por decir algunas, que supongo que hay muchas. Hay algunas que son manifiestas y conscientes y otras que no. Pero hay una que me inquieta que es la realización personal. La realización personal y la construcción moral y la justicia en general.
¿Qué crees que necesita el mundo de nosotros los seres humanos?
Pues que lo dejemos en paz ya, que nos extingamos (risas) porque es que ya no va a dar abasto, tío. No lo se, yo creo que muchas cosas. Que cambiemos radicalmente, no, yo creo que el mundo necesita que cambiemos, que dejemos de interactuar con él como lo estamos haciendo ahora, no. Que seamos capaces de cambiar los paradigmas.
¿Cuánto hace que no introduces un cambio en tu vida prioritariamente para romper tu rutina? ¿Cuál fue el último?
Pues el último fue, bueno, quizá ha habido algún otro, pero así que me salte ahora mismo, que me venga a la cabeza, el dejar de fumar el lunes pasado. Dejar de fumar el lunes pasado ha sido un cambio voluntario, necesario, que rompe mi rutina, que rompe mi forma de vivir el día a día, de entenderla y de participar.
¿Cuándo fue la última vez que sentiste que te ponías a prueba o buscabas tus límites?
El sábado pasado con la bici (risas), lo pasé muy mal, si, si. Más allá del cansancio, más allá. Es una especie de meditación el deporte. Cuando realmente eres capaz de apagar la mente y luchas por respirar, por sobrevivir y llegar un poquito más lejos y te conviertes en una… no es una máquina pero si es un animal, eres una máquina animal, a quien le importa el momento, lo que estás haciendo, importa el momento, estás concentrado en ello y dejas lo accesorio de lado.
¿A qué te gusta dedicarte al margen del trabajo? ¿Qué te hace disfrutar, te inquieta o interesa?
Bueno, la bicicleta por supuesto, pero es algo demasiado obvio. La política, las relaciones humanas, una cosa que me fascina, y el aprender.

EL COMIENZO

Yo creía que todo esto sería más fácil. Ya sabéis, lo de la eme con la a ma, y todo eso. Algo mecánico y suave, que se pudiera seguir sin prestar demasiada atención. Como quien escucha la radio o quien se lava las manos. Pero la cosa se complicó poco a poco. En el colegio, el instituto, y en la vida de media distancia no se notaba tanto, pero para la corta distancia había que tener mucho cuidado; las palabras se afilaron.
Pudimos ver a nuestros hermanos llorar, a nuestros padres llorar, discutir, pelear. Las palabras se envenenaban. O se cargaban de palabras suaves y cálidas. Cuidado. Esto no te lo enseñan en el colegio. Te quitan las palabras peligrosas de la lengua y te dicen, ala, apáñate. Pero hay veces que eso no es demasiado y no se puede decirtienes los ojos llenos de niebla, por ejemplo, igual que se dice deme una barra de pan, por favor. Las palabras peligrosas no se aprenden en la escuela. No, no se puede, porque
el lenguaje es el camino que aprende el ciego.

Comentario de "La mirada del otro", obra de teatro en La Cuarta Pared


El próximo día 7 de mayo, y hasta el día 16 del mismo mes, vuelve a la sala Cuarta Pared de Madrid, la obra La mirada del otro, de la compañía Proyecto 43-2. Dirigida por Chani Martín, y con los actores Ruth Cabeza, Pablo Rodríguez y María San Miguel, La mirada del otro nos cuenta el proceso de sinceridad y valentía que supuso el encuentro en 2011 entre ex miembros de ETA y víctimas directas o indirectas de los ataques terroristas, con la preparación previa de mediadores.



Y con esa materia real, fresca e intensa, se ha creado La mirada del otro. El espectador entra dentro de la escena quiera o no quiera. La exposición de posturas es tan franca y tan sincera que nos encontramos del lado del asesino sin darnos cuenta. Y de la víctima, claro. Los regates del diálogo, trabajadísimo y muy buen interpretado y dirigido, no nos dejan acomodarnos en un punto de vista, sentarnos a mirar la obra desde un único punto de vista. 

Aitor era un chaval cuando le pusieron una pistola en la mano y le dijeron a quién matar. Pum, esta es mi tierra, mi refugio. Y veinte años después, después del silencio, después de la educación y la reflexión en la cárcel, llega la culpa y decide pedir perdón. 
Las cosas no se arreglan a tiros, decía el Aita, padre de Estíbaliz y víctima de ETA, de Aitor. Presencia durante toda la obra, articulador y plaza donde se juntan los enemigos. Estíbaliz, con el odio gastado después de tanto tiempo, quiere saber, quiere respuestas, quiere saber cómo alguien puede matar a otra persona sin apenas conocerla. Y se atreve a acercarse al asesino de su padre, al monstruo, y escucharle. 



Hay un proceso de acumulación en La mirada del otro. Según avanza la obra, la empatía con ambos actores crece a un ritmo similar. Somos víctimas y verdugos a partes iguales. Y esto es muy jodido de conseguir. El mérito de este equipo, tan amante del teatro en su nervio más potente e interno, es conseguir despejar a las personas de su plomo ideológico para que podamos verles la cara, la lágrima, la mirada. Se trata de un acto de sinceridad con una tragedia humana y cercana, mucho menos política que humana. La mirada del otro es un acto de reconciliación, de pacificación, muy necesario que podrá disfrutarse, como dije antes, del día 7 al 16 de Mayo en Madrid, en la sala Cuarta Pared.  





Este montaje es la segunda parte de una trilogía sobre Euskadi, de la compañía Proyecto 43-2.
Este grupo trabaja con la memoria colectiva y la convivencia con el otro, pretendiendo establecer una nueva forma de entender la realidad social utilizando como medio el teatro y el diálogo conjunto con el público.

Los nadies, de Eduardo Galeano

Sueñan las pulgas con comprarse un perro
y sueñan los nadies con salir de pobres,
que algún mágico día
llueva de pronto la buena suerte,
que llueva a cántaros la buena suerte;
pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy,
ni mañana, ni nunca,
ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte,
por mucho que los nadies la llamen
y aunque les pique la mano izquierda,
o se levanten con el pie derecho,
o empiecen el año cambiando de escoba.

Los nadies: los hijos de nadie,
los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados,
corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos,
rejodidos:

Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones,
sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos,
sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal,
sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies,
que cuestan menos
que la bala que los mata.


Gracias Eduardo, 



 

El dorado

Fueron años de desenfreno en España. Mediados de los dos mil, mucha construcción, dinero por todos lados, y sin buscarlo, encontramos el Dorado que tanto perseguimos y buscamos en el nuevo mundo.

Qué fácil era todo. Teníamos políticos basura, economía basura, derechos sociales basura, industria basura y, sin embargo, teníamos un país de Champions League, un país élite, un país de bandera, orgulloso, potente. La vanguardia de la prepotencia. 

Nos convertimos en el foco, en el paradigma del milagro, la materialización de la magia económica. Se hacían estudios sobre España y nuestro no parar de crecer. Especula y vive bien, se decía. No hace falta que trabajes, llama a tu amigo el banco, hipotécate y vive a gusto. Date caprichos. Esto solo va para arriba. Los políticos pusieron en punto muerto el tren de la economía. Había que fiarse, mejor no tocar nada cuando funciona. 

Pero no funcionaba. A nuestras costas y aeropuertos llegaban cazadores de sueños. Venían exploradores a palpar el suelo. Luego vendrá la familia entera, decían. Tenían que comprobar El Dorado que habían visto en sus televisores por ellos mismos. 

Que había trabajo para todos, decían. Que se podía vivir como los europeos, decían otros. Y lo cierto es que no mentían. No mentían porque estas afirmaciones eran ciertas en parte. En una parte muy pequeña de personas que conseguían llegar a Europa, cruzando el estrecho, los peligros, las mafias. Era cierto y no, porque había otros muchos que no conocerían el Dorado. No conocerían trabajar bajo un plástico en el sur de España, a cincuenta grados de calor. No conocerían cómo se intuye que va a venir la policía, como salir corriendo con veinte bolsos falsos a cuestas. La mayoría, los que veían por la tele a futbolistas famosos, a los Eto´os y Drogbas multimillonarios, nunca llegarían. No habría nada de oro para ellos, no habría dorado ni utopías para los africanos. 

Tampoco para nosotros, los jóvenes españoles que creímos que estudiar una carrera, gastarte la pasta y el presente, garantizaría un futuro. Que hicieras prácticas, que te dejaras abusar un poco para meter la cabeza. El país iba de lujo mientras los del banquillo, los que nunca metíamos goles al final del partido ni del sueldo, hacíamos malabarismos para sobrevivir. Hipotecas a cuarenta años, trabajos basura, dos, tres, lo que hiciera falta. Era cuestión de tiempo que la suerte llegara a nosotros. 

Pero no llegó. Nos quedamos sin casa, sin papeles, sin futuro. Sin dorado. Supongo que nos quisimos creer el cuento. En este ocasión, El dorado que nos prometieron no había que buscarlo en las selvas sudamericanas, no había leyendas, no había misterio, tan solo había ilusión por seguir en la rueda sin caer, por no quedar apartado de la televisión de plasma, de tus amigos con mejores trabajos y mejores coches. Teníamos que cerrar los ojos y seguir creyendo.

Pero ahora os voy a hablar de mi dorado, de mi mundo perfecto, de mi utopía capitalista que creía intocable, Benidorm. 

Benidorm es una ciudad al lado de Alicante, en la costa española. Podemos decir que en España se tiene la idea de que quien va a Benidorm de vacaciones o es un viejo, o es extranjero, o es que no puede pagarse nada mejor. O las tres cosas. Así somos. Pero antes no éramos así. Yo soy de un pueblo cerca de Madrid y durante años disfrute junto a mi familia de esta ciudad con una sensación mezcla de esperanza y felicidad. Un recuerdo grato de mi infancia y de mi paso a trompicones a la adolescencia. Las máquinas tragaperras, las primeras miradas con las chicas, apretar la tripa en la playa para intentar marcar músculos que no existían (ni existen), el verano y sus calores, el mar, la adolescencia. Ese era mi Dorado particular, mi recuerdo perfecto e inalterable que se que nadie tiene la llave para joderlo. O eso creía. 

Todo transcurría perfectamente. Cada septiembre toda la familia iba a Benidorm a remojarse el culo, y cada vez a un sitio mejor, y cada vez mejor comida, y cada año algún regalito mejor. “Nos lo podemos permitir”, pensaban mis padres. Y se lo creían. Y yo también. Pensaba que esa cuesta abajo constante continuaría para siempre. Instituto, carrera, foto en marco caro en el salón de mi casa, orgullo para la familia, envidia para las amigas de mi madre, prácticas y una ligera explotación en algún trabajo afín a mis cualidades e intereses. Después de algún tiempo demostraría mi talento desbordante y me podría permitir enamorarme para toda la vida de alguna chica sencillita, que no me diera problemas. Nos meteríamos en hipoteca, me haría pasteles para cenar, veríamos los programas más grises de la tele con una sonrisa en los labios, tendríamos hijos como quien  tiene ropa nueva que lucir por la calle y, finalmente, iríamos a Benidorm, a intentar reproducir en esas personas pequeñas y recién hechas, esa excitante felicidad que su padre experimentó en esa ciudad de luz y sonido, de mar y bloques de pisos como monstruos. 

Así sería. Así debía ser. Así creí yo que iba a ser.  

Pero no fue. Todo se quedó a medias. Tuve carrera, idiomas, máster, conocí a la chica, pero mi talento no desbordaba, no daba la talla. No iba el primero, iba en el pelotón, como otros tantos. Veía, al fondo, a amigos con zancadas de grulla acercarse cada vez más a la meta, ascensos en trabajos, mientras que yo seguía en el pelotón. Y aquí sigo. Saliendo al día porque no me queda otra, porque se que mi Dorado ya no existe, que se rompió en algún lado y que no tengo ni idea de dónde están las piezas. Pero quedaba Benidorm. Mi querido Benidorm, esa ciudad donde descubrí que la piel de las chicas alemanas es más fina que la del melocotón, aunque no tocara nunca ninguna. Esa ciudad en la que pasear con tus padres podía ser, por última vez en tu vida, sinónimo de ligar. El lugar donde podía imaginarme estar en alguna película, con tantas luces, con la música que venía de todos lados, con aquella distancia fantástica con lo desconocido. 

Hace unas semanas fui a Benidorm por causas familiares. Parece que me reencontraba con un pasado que me debía algo y con el que tenía que verme de nuevo. Hacía cerca de diez años que no iba, así que mi último recuerdo de esta ciudad fue con quince, dieciséis años. La imagen que tenía de la ciudad no había cambiado tanto, aunque la viera con una perspectiva de alguien diez años mayor. 

Sabía que las sensaciones que había experimentado en aquellas calles, en aquellas playas, no las volvería a tener, pero aún así, no sé, guardaba cierta expectativa. 
Benidorm seguía igual, las calles, los edificios, el cemento, las carreteras, pero solamente había viejos. Personas viejas por todos lados, difícil ver a alguien de cuarenta. Qué decir de ver a gente joven. Bueno, yo creo que vi tres chicas en los cuatro días que estuve allí. Qué panorama, qué cementerio de elefantes, qué Parque de Atracciones de la vejez. Había gente de toda Europa, alemanes, franceses, ingleses, rusos,  italianos y Españoles, claro. Mis abuelos entre ellos. 

Me encontré en un aparcamiento enorme de cuerpos que ya no dan más, que dan la razón a la gravedad. Un lugar con fecha de caducidad, como dijo mi abuelo: Esto es lo más parecido a un desguace.

Y no se equivocaba. El desguace de todos nuestros sueños, de la riqueza europea y española que asombró al mundo. La crisis no es desajuste, no es desaceleración, no es derroche, o quizá sí, pero sobre todo es desguace, somos piezas gastadas, sin brillo, de un mundo Dorado que no supimos de dónde nos llego ni por qué se convirtió, de repente, en escombro. Nos convertimos en descombro.  

Así andaba yo por mi ciudad refugio, donde el recuerdo siempre sería más fuerte que el presente, la ciudad que veía gastada y en crisis como el resto de España, como el resto de Europa. 

Pero una noche, dando un paseo por el centro con mi familia, me encontré, por fin, detrás de todo el acero, de todo el hormigón, de toda la riqueza en huesos, de toda la avaricia destronada, de todo el capitalismo sin horizonte pero con caída, con mi verdadero Dorado, mejor que la piel de las alemanas, mejor que jugar con la arena de la playa, mejor que comer pizza un día si y otro también. LOS PUESTOS DE LIBROS Y CÓMICS USADOS. 

Aún recuerdo el olor, una mezcla entre polvo y años, entre placer y tiempo. Ahí descubrí la lectura como canal para conocer el mundo. Ahora me acuerdo, mi Dorado no es Benidorm, mi Dorado es la lectura.

aquí



aquí nadie apunta a la muerte,
que no contamine la lengua su silencio
que no ponga sus paraguas reventados en nuestra puerta.

Pero la muerte es una vena podrida que explota,
una esquina
el vértice de una boca con miedo.

Está aquí, la muerte es nadie y centro,
el eco del esqueleto del pájaro.

Hay que vigilar su velocidad de ausencia
que no se ponga cómoda en los despertadores,
que no se encapriche con tu pelo mitológico.

Algunas personas sienten que se acerca la lluvia porque le duelen los huesos.
Así siento yo la muerte,
escondida en la arena de los espejos, con su tambor de silencio bajo mi ropa
soplando la cerilla encendida de mi lengua.