Islas divergentes

Reseña en Eldiario

 Daniel J. Rodríguez acaba de publicar una reseña sobre mi último libro, Hogar, en Eldiario de Murcia. La comparto, ojalá os guste tanto como a mí:

Ojo y ventana (2014/2020)

(📸de Frank Horvat)

Ojo y ventana, el primer libro, los primeros pasos, las primeras luces. La luz que rebota en los ojos, en las pieles, en las calles. Poemas, búsquedas, hallazgos. Lo miro hoy, con cierto miedo, vuelvo a aquel que fui en 2014 y antes y siento vergüenza, miedo, pero también agradecimiento por haberme atrevido a escribir poemas y que otro yo, alguien insospechado y desconocido, fuera posible. Gracias siempre a Inés, a Roberto, a Elvira Amor, a Ignacio Armada y a tantos escritores y seres que se emocionan y motivan y que sin ellos este libro no sería posible.

Fotografía
La que tiene los ojos llenos de medusas
la que de su piel tres litros de leche
de azúcar,
la que enciende las luces
la que entró en mí,
con los ojos por delante y ya no hay puerta de salida
ni ceniza ni moscas en la fruta.

La que está aquí,
creciendo circular como una selva,
el animal que no se acaba
que no se rinde
y su pelo lleno de escondites.

Y estaba yo, en aquellos años, aprendiendo francés, leyendo lo de aquí, lo de allá y lo de acullá y llegué al bueno de Arthur Cravan. Aquel boxeador poeta que cautivó y enamoró a Mina Loy, la gran artista modernista. Pues resulta que, además de ser poético, el tipo escribió un texto en prosa que, de alguna manera, se podía interpretar como una biografía poética. Yo, como el niño que apunta 🌚con su cohete de juguete a la luna, intenté hacer algo parecido (la creación hunde sus raíces en la admiración, creo 🌱)

Ahí va:

Tengo veintisiete grietas en la casa de mi niñez-Mis poemas son tijeras, a veces están llenos y otras tienen hambre-De pequeño quise ser ardilla, pero ser ardilla no da trabajo-Yo tengo una pierna llamada Miraflores y un brazo olivo de Torrelaguna-De niño era neandertal y feliz-Prefiero el desobecedario al abecedario-Aprieto los dientes para que no se me escape la vida-Sin amigos me siento un pez en la niebla-No conozco a ninguno de mis huesos, son muy tímidos-Mis padres son la A y la Z de mi cuerpo- Leer estos poemas solo en caso de incendio-Mi disfraz preferido es el de Himalaya-He tenido más vidas que un ministro pero menos que un dromedario-Vivo en verano lo que escribiré en invierno-Mis mejores poemas no están aquí, los tiene ella guardados por su cuerpo-Si me miran por rayos X encontrarán una canica-Cuando escribo me fijo en las ventanas, que son las primas de pueblo de los espejos-A mí me llegan los poemas como fuegos artificiales. Un día me muero del susto- Este libro no necesita WIFI-Me siento paralítico cuando no recuerdo una palabra-Estudié periodismo, pero debería haber estudiado para ventrílocuo, mi trabajo actual-Nací OVNI pero me puse este disfraz para no asustar a mi familia-Mis ríos se están secando, se alejan las nubes juveniles-Este libro no tiene nada que ver con el cerebro-Cada vez soy más rico y la gente más transparente-Mis recuerdos son peces cada vez más borrosos-Solo soy el dibujo del puzle-Tengo corresponsales en cada ojo-Quiero ser verbo-Soy más de servir que de obedecer-Yo quiero ser nosotros-No sé nada, lo siento.

Y lo social, lo colectivo, el vivir no solo en nuestra piel sino en la piel común. El 15M era un sueño aún sin rasgar y creímos, creamos y fuimos personas esperanzadas. También en la poesía. Por eso, poemas así, inflados de ingenuidad pero también de humanidad y sinceridad, brotaban en aquella época. Aunque ahora me den cierta vergüenza...por no ser aquello que soñé, hace tiempo, en un libro llamado Ojo y ventana.

Sobre convertirnos en ventanas

Ya no nos caben días enfermos en la tripa y se nos agolpan niños frente a los ojos, pidiendo más, que pase la película de muertos que nos atornilla los pies al calendario, va siendo hora de mudar la piel y germinar las carreteras.

En nuestro paraíso de silencio útil y lengua automática, el impulso estaba mal visto por las señoras totémicas del orden, por eso tuvimos que hacer nudo a nuestra carrera roja de jóvenes potros sin montura de otoño, ni correa.

Nos dijeron que no era fácil, que ellos lo intentaron, pero todo fueron cerraduras, que también la piel llena de manantiales, pero todo fueron ladrillos cortando el camino.

Yo sé que una tele nos basta, que con un albornoz se viven cincuenta inviernos, y una porción de amor es suficiente para no acercarse nunca al filo del colmillo, pero también sé que ninguna tele nos salvará del ruido de rinocerontes que pesa en la espalda, ningún albornoz quitará el frío de nuestra piel egoísta de iguana y yo sé que ningún amor por partes, por piezas, sin piel abierta, nos hará vivir con la ventana en la punta de la lengua esperando lo posible como si fuera pan para tripa vacía.

(2014)

Para Ojo y ventana tuve la suerte de que la cubierta la hiciera una gran artista y amiga llamada Elvira Amor Melones. Este libro, sin su capacidad de mirar distinto, no sería el mismo. Mil gracias por ayudarme a abrir nuevos horizontes conmigo 😘☀

Posibilidad

Si tuviera un corazón bisonte
dónde meterlo aquí no me cabe
no se rompe contra los campos
no sangra de indio ni de primavera
¡se me muere de triste
de ceniza!
Si tuviera un corazón bisonte
robaría todos los besos relámpago
el vino cordillera de vuestra noche
me quitaría los brazos, las piernas, para dejarle espacio,
dejarle que corra,
que embista mi piel y mis fronteras
que se moje de lluvia y de amarillo
y descanse en mi cuerpo
a sus anchas.
Si tuviera un corazón bisonte...

Ella

Acariciaba el café con la cuchara
llenándolo de círculos,
de caminos,
y yo quería ser café
que marcara en mi piel
todas las idas y venidas
que le diera la gana.
Había días en que se acercaba a mí,
bajaba las escaleras de mi cuerpo
soltando ríos de labios
y encendiendo todas las luces.
Estuvo cerca pero nunca fue mía,
nunca para siempre.
Después de quemarse volvía a su frontera de miércoles
a su piel de ventanas cerradas,
a su piel
siberiana esquiva,
y me dejaba allí tirado
con los cerezos desplegados
y los pies desnudos.

y por llevar la contraria, el prólogo, de Ignacio Armada, al final:

El libro se llamaba Almas ardiendo, y lo había traducido y prologado Gregorio Marañón. Fue el primer poemario que vi en mi vida, siendo diminuto yo y enorme él, flotando ambos en la inmensidad del hogar familiar. Con el tiempo, las proporciones se invirtieron, y entonces descubrí que su autor se llamaba Leon Degrelle, y que era más conocido como fundador del partido rexista belga, un hombre que repetía orgulloso que una vez Hitler dijo que, si hubiese tenido un hijo, le hubiese gustado que se pareciese a Degrelle.

La poesía de Degrelle no llegaba muy lejos, pero resulta una macabra ironía que titulase su poemario así después de haber vestido el uniforme de las Waffen-SS. Y ahora, cuando uno piensa ya que él último libro de poemas leído va ser el postrero, cuando podemos pensar que la Poesía es hoy sólo ceniza de almas ardiendo, aparece Jorge García Torrego, que sólo sabe vestir el uniforme de poeta, y trae unas páginas en las que el fuego de la realidad consume voraz el espacio para que las palabras se arrastren y tiendan en la página.

¿Qué sabemos de Jorge García Torrego? Sabemos que, como todos somos, él es una sombra. Una sombra que se proyecta sobre las palabras. Una sombra que escribe desde la penumbra de lo cotidiano, que es siempre luz que se filtra por una persiana para calentar y no quemar. Escribe sabiendo que el poema amplía perfiles y los desdibuja, como ocurre con el mundo bajo la zona de negrura. Como en los viejos folletines radiofónicos, con la voz de Orson Welles resonando en las tardes oscuras, escuchamos en alguna parte que “la Sombra sabe”. “¿Quién conoce la maldad que acecha en el corazón de los hombres? Después del anochecer, cuando la ciudad se llena de sombras, los gángsters entran en acción. La Sombra, maestro en el arte de descubrir crímenes, pone todo su ingenio en la lucha contra los caudillos de los bajos fondos ¡La Sombra sabe...!”.

Y Jorge, como la Sombra, nos cuenta una parte de lo que ha averiguado contemplando la noche y el bajo fondo de la realidad. Nos lo cuenta en algo que podemos llamar versos, o de cualquier otra forma, pues es más una cuestión de ética que de métrica.

Nosotros también sabemos algo. Sabemos que Jorge ha vivido cerca de una cárcel y aún más cerca del aire y de las sierras. Sabemos que su madre sabe hacer el gazpacho con plenitud solar, y que su abuelo Antonio lee ahora a Lorca, descubriendo la poesía con la pasión con la que dicen que un antiguo romano empezó a aprender griego con ochenta años, puesto que uno nunca sabe en qué momento esto acaba, y qué puede ser útil en el Otro Lado. Hay que estar preparados. Y además, la Poesía, al contrario que el resto de nuestros aprendizajes, nos sirve siempre para el ahora, sin importar el mañana. Tal y como escribe Jorge García Torrego.

Sabemos todo esto porque en una lejana, lejana galaxia, hace mucho, mucho tiempo, Jorge y yo ocupamos el mismo aula durante unos meses, en ese juego en el que todos pierden llamado universidad. Allí entreteníamos el tiempo hablando y examinando sobre Periodismo, Cultura y otras falacias vitales. Examinamos nuestras complicidades. Hablamos sobre creadores y auras frías. Debatimos una vez y otra sobre las posibilidades de la obra de arte y su originalidad en el tiempo en el que existen copias perfectas y multiplicables al infinito.

Pero resulta que la Poesía es hoy el único espacio en el que la obra literaria reelabora su aura, quizá porque cada vez se compra menos, y por eso, se imprime menos. Si Jorge copiase sus poemas varias veces -no a modo de castigo, que quede claro-, seguirían sus palabras, de urbanita maldito, conservando su aura de resplandor en la nieve. Este poeta, con aspecto de noble matutero transalpino, con mirada de viaje interior y verbo nerudiano sólo hasta lo justo, ha comprendido como pocos el verdadero proceso histórico de la Poética: de lo sacro a lo narrativo, de lo narrativo a lo metafórico, y ahora, o bien volvemos a narrar, o sólo contaremos anécdotas versificadas que cabrán en una pantalla de teléfono móvil. Por eso este poemario narra experiencias, sin apartarse de la capacidad de la lírica para trastocar los emblemas de cada elemento de la realidad. Como en el T.S. Eliot de los Cuatro cuartetos, en esta obra de título surreal pero pulso eterno, Ojo y ventana, se recrea el verso eliotiano: “Vieja piedra para edificio nuevo, vieja madera para hogueras nuevas / viejas hogueras para cenizas, y cenizas para la tierra, que ya es carne”.

Y es que al final, la Poesía siempre sabe manotear en la superficie del naufragio, y encontrar maderos nuevos a los que aferrarse, como este libro. Maderos nuevos para elevar milenarios fuegos hasta las Alturas. Paul Dirac, uno de los casos más radicales de autismo genial en la Historia de la Ciencia, mantenía que en Física se intenta decir a la gente las cosas de una manera tal que comprendan algo que nadie antes sabía. Y que, en el caso de la Poesía, la finalidad es exactamente la opuesta. No obstante, su principal descubrimiento en el mundo cuántico se representaba como el Mar de Dirac, un océano infinitesimal de partículas en el que los positrones creaban huecos. Un mundo de rara poesía. Y difícilmente comprensible.

Tal vez todo sea más sencillo. Al vate galés Dylan Thomas, en el transcurso de una encuesta, le hicieron una pregunta aparentemente compleja: qué era para él la Poesía. Thomas mantenía que había empezado a escribir porque se había enamorado de las palabras antes de saber lo que significaban, que amaba aquellas formulaciones del lenguaje cuando las escuchaba por primera vez; sonidos melodiosos que reproducía y formaban entonces parte de él. Y respondió: “Yo sólo leo poesía por placer. Leo sólo los poemas que me gustan. Cuando los encuentro, entonces lo único que puedo decir es "Los hallé" y leerlos por placer. Lea los poemas que le gusten. No le preocupe que sean "importantes" o perdurables. Después de todo, ¿qué importa lo que la poesía es? Lo que importa es el movimiento eterno que está detrás de ella, la vasta corriente subterránea de dolor, locura, pretensión, exaltación o ignorancia”.

En fin, creo que este libro, estos versos que se avecinan, son poesía, y creo que T.S. Eliot, César Vallejo, Oliverio Girondo y Dylan Thomas estarían de acuerdo. Y muy probablemente Leon Degrelle no. Y Marañón querría diagnosticar a Jorge. Y Paul Dirac nadar con él en un mar de partículas. Nosotros nos conformaremos con leer lo que escribe, porque en Jorge García Torrego se está manifestando de alguna forma una coherencia del ser y del estar, del escribir y del sentir. Un aura ardiente. Y podemos calentarnos las manos y el alma arrimados a sus versos.

Ignacio Armada Manrique

Los baños de Plaza Castilla, el mito

 

Hacía tiempo que no pensaba en esto, quizá por mi mala memoria o quizá por mi salud mental. Pero el caso es que volví a pensar en Plaza Castilla, no la de ahora, sino la de antes, y sus baños medievales.

Nos ubicamos en 2006-2008, por ejemplo, y Madrid era una ciudad bastante diferente a la que es hoy. Mi entorno era de pueblo, de pueblos del norte de Madrid, y Plaza Castilla era algo así como un cuello de botella por el que había que pasar para acceder al Madrid de los botellones, las chicas y la cultura. Sí, también de la cultura. Porque en una época preinternet aún importaba la cultura, como algo limitado y misterioso.

A lo que iba.

Plaza Castilla era el lugar donde empezaba el día, después de una hora de viaje y atasco, y donde terminaba el día los fines de semana. Desde ahí nos lanzaban de vuelta al pueblo con algo más de dolor en el hígado, experiencias más o menos satisfactorias y una frustración más o menos creciente por no poder quedarnos en Madrid, evitarnos el bus.

Y en los recovecos del día estaban, siempre, a punto de fundirse por los meados nocturnos y el calor del sexo salvaje, sucio y poderoso, los baños de Plaza Castilla.

Parte 2

Bueno, sí, ya sabemos que no era South Park, pero lo que voy a contar es algo gore también y no había otro GIF que me cuadrara más. Bueno, al lío.

Estaba yo contando que bajar a Madrid empezó a volverse costumbre gracias a, mi caso, el bus 725 (línea de Madrid a Miraflores, con demasiados pueblos entremedias) y el 197 (línea de Torrelaguna a Madrid, e igual, con demasiados pueblos entremedias, incluso más aún que en la 725). Estos buses, que cortaban la mañana, la niebla, la oscuridad, pero se quedaban atrapados en el tiempo y no terminaban nunca de concluir su viaje, eran vehículos llenos de azar. Siempre pasaban cosas.

A ver, como leísteis en la primera parte, hace poco se me jodió el coche y no hubo más narices que subirme al 725, y es que fue un viaje en el tiempo. Los asientos siguen siendo delictivos, menos amplitud que en Ryanair, la comodidad sigue siendo un lujo y los conductores de hoy en día siguen creyendo que llevan entre los dedos un cubilete y no a seres vivos. Eso sí, el caso es que aluciné cuando vi que habían PUERTOS USB. Flipé. Y es que los autobuses que yo conocí, que nosotros vivimos, eran una caja de sorpresas. La mayoría de ellas pochas. Carcasas sin atornillar y que caían de los techos porque sí, luces que funcionaban o no, cinturones de seguridad que estaban o no, incluso pulsar el botón rojo de PARADA SOLICITADA era un acto de fe, pues no siempre funcionaba.

A ver. Seremos justos y no echaremos toda la culpa a los señores del Consorcio de transporte, porque los gañanes que solían subirse a los buses eran seres con la testosterona, la idiotez y la inconsciencia en empate técnico. Y la zona cero del mal eran las últimas filas del bus, como habréis podido imaginar, un lugar sin ley en el que el de mechero podía servir de brocha, una colección de lardos, con colores, texturas y humedades era nuestra particular pinacoteca y todo lo rompible roto o a punto. Podemos decir que entrar en esos buses era un salto a otra dimensión. A una peor, eso sí. Esto que cuento de los buses, rollo casi épico, con cierto halo de nostalgia, no quiero que se lleve a confusión: ERAN Y SON UN ÑORDO COMO LAS TORRES KIO. Y ahora más, con el palitroque ese que ya me dirás tú.

Parte 3

Pues sigo, una semana más, con el tema este de la nostalgia del horror, representado por los baños de Plaza Castilla y su ecosistema de orina y ocultismo. Porque al final, lo que sentíamos muchos chavales que pasábamos por estos baños, o por necesidad (que nos estábamos meando / cagando) o por curiosidad, era recibir el mundo homosexual de una forma asquerosa, medio perversa y con miedo. Porque la España o el Madrid de aquellos años y el Madrid de ahora no tienen nada que ver y la homosexual da cuenta de ello. Sé que sigue habiendo palizas, muertes y vejaciones por homofobia. Pero es que en aquellos años (hace unos 20 años, aproximadamente) la cosa era todavía mucho peor.

Los baños de Plaza Castilla, que eran una especie de baños de festival a las 4 de la mañana o los baños de los Uruk Hai después de las fiestas de su pueblo, eran un territorio hostil desde antes de entrar. Tenías que ir, para empezar, mirando cada poco tiempo el reloj para no perderte el bus, que en aquella época pasaba como cada hora, aproximadamente y perderlo suponía a veces morir de frío en el intercambiador, otras de calor y la mayoría de las veces, de aburrimiento.

El segundo paso era coger aire y, con ese aire más o menos limpio, tenías que entrar rápido, sin pensar, sin detenerse, sin hacerse preguntas, ni mucho menos hacérselas a nadie, encontrar un lugar esquinado, con un solo frente vulnerable y empezar a mear (digo mear porque cagar en ese antro era como cagar en el desembarco de Normandía). Había que ser rápido, efectivo y no ser curioso. Aún tengo algunos flashes de aberraciones de aquel baño rondándome la cabeza, muestras de arte corporal bastante innovadoras.

El tercer paso era mear lo más rápido posible, sin acercarte mucho al meadero, para no mancharte CON NADA pero tampoco demasiado lejos para que nadie te viera NADA. Esa distancia justa te podía salvar la vida.

Por último, con la misión cumplida, NO había que pasar por el lavamanos. El agua en esos baños fue siempre una quimera e intentar lavarse las manos podía interpretarse como alguna señal rara o vete tú a saber.

El último recuerdo que quiero compartir (sé que no está siendo agradable, lo siento) es el de un sitio aún peor. Porque los baños de Plaza Castilla se cerraban en algún momento de la noche y, algunas personas, decepcionadas o enfadadas, habían decidido mear en un esquinazo al lado de la puerta. Esta tradición, declaran algunos arqueólogos, viendo el nivel de corrosión del metal, podría llegar hasta la época de El Cid Campeador.

Ahora se habla mucho del MacroProyecto de Madrid Chamartín Norte, o algo así, que seguramente cambie nuestras vidas a mejor y para ser más europeos y tal, pero para siempre quedará en nuestra memoria (qué remedio) el haber sobrevivido a aquellos baños del infierno, a nuestra propia mili del asco.

Pues sí, estos eran aquellos valientes guerreros de los que os he hablado

Diseño de Convivir poesía, conbeber poesía (2021)

 

En 2015 estaba yo terminando el Máster Universitario en Formación e Investigación Literaria y Teatral en el Contexto Europeo en la UNED cuando, para terminarlo, tuve que hacer un trabajo de investigación sobre un tema novedoso (lo que se suele llamar un TFM).

Como estaba bastante cansado ya del Máster, estaba viviendo a tope el fenómeno de las #jamsessions en Madrid y tampoco se me ocurría otro tema novedoso, decidí hacer la investigación sobre lo que estaba viviendo y ayudando (muy poquito) a construir: la poesía oral en el Madrid del siglo XXI.

Ese TFM fue bien, acabé el Máster y busqué editorial. Todos los que hemos leído poesía en España conocemos a la editorial Amargord. Por cosas buenas (Zurita o Gonzalo Millán, entre otras grandes voces) y por cosas malas. A mí me habían ofrecido publicar con ellos en 2010 un libro de cuentos por unos 300 € y dije no, aún era así de romántico, ya ves. En esta ocasión, ya en 2018, y como también tenían un sello en Latinoamérica, decidí tragar un poco mis dudas y escrúpulos y tirar palante pero, eso sí, con mil ojos en el contrato y en todo lo que acordara con ellos. De todos modos, agradecí y agradezco que confiaran en mí.

Salvo la cubierta (flipante, por cierto), de Gsús Bonilla, la edición del libro fue bastante desastre, poco profesional, frustrante y decepcionante. Pero hubo trabajo por su parte, eso sí que se lo reconozco. Y también el aporte esencial de las fotografías de Federico Romero y Carmen Lafuente, que llevan al libro a otro lugar mucho más importante.

El caso es que aquella edición acabó con burofax, incumplimiento de contrato (por su parte) y el libro se quedó en tierra de nadie (en teoría). Nunca recibí 1€ por la venta de ese libro aunque, a día de hoy, se siga vendiendo. Decidí pasar y tirar por mi cuenta.

Y, por eso, en 2021 decidí rescatar este libro, pionero en tratar el fenómeno de la poesía oral en Madrid/España. Con este diseño quise darle una nueva vida, pero también con nuevas entrevistas y contenido interesante, que pongo en la siguiente foto. 😊

Como comentaba en la anterior publicación, esta segunda edición del libro venía para rellenar un hueco que había quedado vacío. Y, por eso, intenté que fuera el mejor libro posible. Os adjunto aquí el índice:

Además de los mencionados en el índice, conté para esta edición con el prólogo de mi admirado @albertogarciateresa, a quien le agradezco mucho su apoyo y generosidad.

Y, para terminar, quiero decir que no me gusta crear polémica. Pero no soy un cínico ni un cobarde y, cuando alguien hace mal las cosas, se tiene que decir. Como dije en la primera publicación, siempre agradeceré a los editores que han confiado en mi poesía, entre ellos Chema de Amargord, lo que no apoyaré es que se haga en términos injustos.

Quise que el diseño de la cubierta de esta reedición no fuera «otra cubierta más» y, por eso, me costó mucho encontrar el diseño que reflejara el lugar de creatividad, pasión y también aleatoriedad que es (o debería ser) una #Jamsession. Además, quería que no fuera solamente visualmente atractivo, sino que fuera útil, que hubiera información interesante. Por eso, la cubierta interior tiene el índice incluido, para que se pueda ojear fácilmente qué es lo que esconde el libro...

Las marcas que veis de cercos de vasos, con vino, son marcas reales. Pensé en insertarlas con un diseño pillado por internet, pero creí que el efecto sería más real y más auténtico así (y además el vino estaba muy bueno! 😂😍)

Y, como dice esa servilleta que tomé prestada de algún bar (durante varias semanas fui comparando servilletas hasta que encontré la que me encajaba).

Gracias por su visita

 De pequeño dibujaba mapas, Mortadelos y retratos. Lo que me quedaba a mano y lo que no, lo que me fascinaba, lo que quise emular para aprender de ello. Las narices, los cabos, las gafas de Mortadelo. Y ahí sigo, aprendiendo. Porque el garabateo inconsciente en el cuaderno desde las últimas filas del colegio/instituto/universidad/trabajo no lo he abandonado nunca y, hace un par de años, decidí dar el paso, hacer un curso de diseño gráfico (gracias a mi querido Paco Rosco siempre ) e intentar poner en imágenes lo que sentía. Tener más herramientas.

He tenido la suerte de poder contar con editoras Lastura, Baile del sol y Canalla ediciones que han querido apoyarme y dejarme que el libro no solo fuera palabras, sino también imágenes, y aquí vais a poder ver los resultados.

En este caso tenéis el diseño de la cubierta, interior y exterior, de Hogar (2020), mi último libro hasta la fecha.

Una pequeña reflexión sobre el libro Hermana muerte, de Thomas Wolfe (pre-reseña y reseña)

 

Estoy leyendo el libro Hermana muerte, de Thomas Wolfe, y publicado por Periférica (muy bien editado, por cierto, como siempre) y he caído en reflexionar sobre una visión que me ha llamado la atención. El libro –que aún no he terminado– muestra al individuo, frágil, mortal y momentáneo frente al monstruo de la ciudad, ese gigante ciego y poderoso que aplasta a las células sensibles que lo habitan sin piedad.
Hermana muerte está publicado originalmente en 1968, en su versión en inglés y en España en 2014 mucho más tarde. El caso es que hay una apreciación, una descripción, que me ha llamado la atención.
Yo nací en el año 1986 y llevo toda la vida leyendo novelas de ciencia ficción y/o políticas que buscan la redención del individuo frente al gigante sociedad, frente al gigante trabajo o al gigante Estado. esta dualidad que he podido ver en obras como Un mundo feliz, Momo, 1984 o V de Vendetta hablan de una persona, un individuo singularísimo y único, que consigue con su rebeldía emancipar al todos. La base de la distopía, su tensión argumental, afilada como un arco.

Y en el libro que me ha traído aquí, delante del ordenador en esta tarde de infierno de junio de 2022, cuando podría estar tomando un helado o bañándome en un río es expresar mi curiosidad, que llega a malestar, incluso, por saber qué opinaban aquellos que no se rebelaban, que seguían el camino marcado, que no destacaban. Porque ser héroe es muy cansado, hay cierto malditismo en aquel que no puede quedarse callado y no deja ninguna injusticia por denunciar. Porque los héroes son una centella, no tienen ni tendrán nunca rutina, pero, por eso, más allá de los héroes, ¿qué pensaban aquellos que no se rebelaban?, ¿Se pueden sus pensamientos, sus sensaciones, en las novelas o contenidos culturales de los años 50, paradigma del cartonpiedrismo social? Creo que no.

Creo que, al menos en mi caso, que ya tengo 35 años, que ya he probado a llevar la antorcha del heroísmo de la verdad, con su fatiga y su fuego, y que ahora ya no. Que ya no me movilizo, que hace meses que dejo de pagar la cuota del sindicato, que ya no. Que, como me dijo un amigo hace poco, «has pasado de pagar la cuota de la CNT a pagar la suscripción a Netflix». Por eso me gustaría saber qué pensaban aquellos que se acomodaban, que no querían líos, que miraban a otro lado. Cómo se justificaban sus vidas, cómo no temían la muerte y azar perverso. Cómo dejaron de querer ser héroes, en qué lugar, cómo y cuándo decidieron rendirse. Y por qué me parezco tanto a ellos.

–¿Y qué pasa, que no vas a contar nada más del libro?
–¿Te parece poco lo que acabo de contar? De todos modos, llevo 30 páginas... cuando lo acabe podré contaros...o no. 

Parte 2


Ha pasado un tiempo desde que terminó este libro y, a diferencia de la sensación o resto que me deja la lectura, Hermana muerte o, mejor dicho, el final del libro, me hace sentir que algo pasó. Porque estaba yo dentro de esa lectura, siguiendo un orden lógico de las cosas hasta que de repente en algún lugar se abrió un ventanal y la poesía lo inundó todo, y me arrostró a mí, al hermano muerto, al hermano vivo, a Thomas Wolfe e incluso a Jude Law, que iba a hacer una película sobre Wolfe. Solo digo que lo leáis y os dejéis arrastrar. 

Ya no, poema de Idea Vilariño

 

Ya no

Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era de verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.
Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir.

Idea Vilariño

Amigo

Cuando alguien me mira y me dice una verdad,

no la verdad, sino una verdad,
una verdad hecha con trozos de muela y coágulos de nudo de garganta,
una verdad hilo de aire entre piedras,
una verdad escondida de las luces y los aullidos,
una verdad como pájaro herido envuelto en una servilleta de la cocina y recogido en unas manos,
digo
que cuando alguien me mira y me dice una verdad
yo puedo llamarle amigo.


con mi buen amigo Manuel Álvarez Ugarte.




¿Recordáis aquel tiempo de vendaval y besos, lenguas y nervios, adolescencia y sudor?

 

¿Recordáis aquel tiempo de vendaval y besos, lenguas y nervios, adolescencia y sudor?

¿Recordáis aquellos besos olímpicos y maravillosos que nos hacían entrar en otra época, en otra edad del cuerpo, otra edad del sentir?

Yo sí, aún los recuerdo. Y recuerdo la temperatura tropical que, húmeda, hizo quemadura en el baúl nebuloso de mi memoria.

Aquí hay una especie de mapa de aquellos besos. Es un mapa que publiqué en mi último libro y que forma parte de todo un hogar, todo un mundo acogedor (pero tramposo).

(Aquí dejo el puentecillo para que podáis comprarlo, que lo estáis deseando - https://jorgegarciatorrego.com/hogar/).

Sean ustedes, personas besantes y tropicales, bienvenidas a este oleaje:

Tu boca,

precipicio y ventana dulce,

ola recogida en el viento y todo caía.

Tu boca pequeña,

escribo tu boca y en mi boca un latido,

tu boca el territorio y mi boca los pies desnudos.

Tu boca suave,

tu boca suave donde besar es coser

donde besar es un columpio,

donde besar es submarinismo,

donde tu boca es un perfume y mi boca un lazo en tu corriente.

Reímos y nos besamos,

tan llenos,

rebosa mi boca con tu boca,

regadera,

animal marino,

geometría de alga y espuma,

tus labios donde siempre llegan olas,

tus labios de palmera,

tu labio 360 grados es mi cuerpo,

tu boca como un pararrayos,

refugio,

jardín y refugio tu boca,

lluvia horizontal,

tu lengua y mi lengua cautivas en el océano,

rodeadas,

tus ganas y mis ganas,

fricción de frutas,

objetos delicados y rotos que quedan suaves al caminar tus dientes,

recorrer tu boca a ciegas con los ojos de la lengua,

te beso, te beso, te beso y estás aquí,

tan pegada ya,

tan pegada siempre a mi recuerdo que pongo en este blanco

como una viva cicatriz de saliva,

un recorrido de zahorí.

¿Qué buscar en tu lengua,

qué buscar en tu boca,

qué buscar en la oscuridad de tus ojos cerrados por el calor

por el sol de tu boca?

Cierro los ojos para proteger las retinas,

no quedarme ciego

los ojos en la boca

así buscarte y besarte,

así empezar cada día,

así empezar el mundo.

Elvira Daudet y su calle (la echo tanto de menos...)

 

En Cuenca, una mujer enciende un cigarro en su ventana mientras mira cómo en la acera se arremolina un grupo de gente. Cada vez más. Era 17 de septiembre de 2016 y Elvira Daudet se dirigía a una calle recién estrenada con su nombre para encontrarse con amigos y admiradores. Estaba llegando la poeta rubia que tiene tantas flechas en su poesía, tanta intensidad, tanta humanidad sincera y cruda.  

Y es que Elvira Daudet, la periodista que trabajó en varios periódicos (ABC, el Independiente y Pueblo), que entrevistó a Dalí durante varios días o que escribe sus poemas intensos y cercanos como puñaladas de vida, tuvo por fin su calle en su ciudad natal, Cuenca.

Este septiembre de 2016, quizá demasiado tarde, se inauguró por fin la calle. Digamos que ya era hora que su ciudad natal reconociera a una de sus habitantes más íntegras y talentosas. Pero antes que os cuente qué pasó ese día en Cuenca, os traigo del brazo a Elvira para que la conozcáis.

Elvira escribió su primera novela a los 10 años, su primer artículo a los 14 y su primer libro de poesía amorosa a los 17, y muchos años después, aquella mañana en Cuenca dijo aquí estoy. Aquí sigo estando. Al igual que aquella tarde en la que entró elegante y temblorosa en el café Gijón y dijo a unos poetas escondidos bajo el gris de la dictadura, “soy Elvira Daudet, soy poeta, y quiero publicar este libro”. Era el año 59 y Elvira Daudet entraba en la piscina de la poesía sin ningún cuidado, rompiendo la calma tan innecesaria y asfixiante de un franquismo gris ceniza.

Así estuvo toda la vida. En la vanguardia, delante, viendo qué pasaba y contándolo a los demás. La quilla, el faro y el mascarón que recibía todas las alegrías y todas las penas. De las crisis aparecieron sus poemarios. El primero El primer mensaje, después de la crisis de la pubertad. Su segundo libro, publicado en 1971, publicado cuando su matrimonio empezaba a romperse es Crónica de una tristeza. El tercero, El don desapacible, publicado en 1994, es según la propia autora el más triste de todos porque es la crisis de orfandad por la muerte de sus padres.

Elvira Daudet sigue su día a día, periodista, corresponsal entre los años de plomo italianos, recogiendo las letras del día a día como un malabarista a la vez que ella escribe en la oscuridad el dolor propio y el dolor de los demás.

El poeta tiene un sistema inmunológico muy débil y todo le hace daño.

Seis años después, la diputación de Cuenca publica su cuarto libro de poemas Terrenal y marina, en el que la enfermedad y la muerte miraron a la cara de Elvira pero no pudieron con ella y su poesía. Y ahí estaba, luchando en el olvido, cuando Jaime Alejandre y la editorial Cuadernosdelaberinto recuperó la letra mayúscula y olvidada en el cajón de muchos de Elvira para sus HazVersidadespoéticas, volviendo a poner sus poemas en papel. A partir de este momento, y apoyada en la amistad y el buen trabajo de editores, poetas y amigos, Elvira ha conseguido contactar a través de internet con multitud de personas en todo el mundo. Su poesía directa, sincera, sin “paños calientes”, ha contaminado a miles y miles de lectores.

Un año después Elvira vuelve a publicar con CuadernosdelLaberinto. En este

caso es Laberinto Carnal, en el que a través de un camino de dolor y escollos nos dibuja un sincero pasaje a la integridad y la libertad:

...Y hay mujeres sencillas, con los ojos de agua

y la carne de harina,

que aman, trabajan, paren, se deshojan

aferradas a un sueño...

Elvira Daudet estaba (y sigue estando) en racha. La gente joven se le acerca, la gente mayor quiere compartir su palabra. Todo el mundo quiere escucharla y leerla. Participar en su verdad. Poco después se publica una antología de su obra poética, desde su primer poemario de 1959 a 2012, en este caso en Alacena Roja, y su presencia en los ámbitos poéticos, tanto presenciales como digitales, crece.

Y es en este momento cuando Elvira Daudet toca la fibra de un dolor que, si bien ya había sido pulsada en otras ocasiones, en este momento retumba con una potencia continua y casi insoportable. Es 2012, y Elvira publica su libro más doloroso, Cuaderno del delirio, en el que cuenta cómo el amor esconde los abismos de la pena y la soledad de una manera brutal y exacta. Cuando leí este libro tuve que comentar cada poema. Aquí os dejo el comentario.

Después de este dolor vino la editorial Lastura a acoger y dar hogar a dos nuevas antologías de la gran poeta rubia:

Antología poética (1959-2012) y Antología poética (2012-2014).

Y después de darnos un largo paseo por la poesía y la vida de Elvira, volvemos a Cuenca, a la calle Elvira Daudet, a los lectores y amigos que fuimos a celebrar un pedazo de tierra que llevará por siempre el nombre de la poesía. 

La mujer de la ventana llamó por teléfono y seguramente le comentó a alguien cercano, incrédula, que estaba viendo cómo se inauguraba una calle, su calle. Y que para más Inri allí estaba ella, Elvira, saliendo de un coche como salen los poemas.

Así es como llegó Elvira Daudet a su homenaje, a la inauguración de su calle. Poetas y amigos nos juntamos como palos de una cabaña para acogerla, maestra y conocedora de todos los sabores.

Al igual que aquel día en que Elvira entró en aquel Café Gijón imponente, este soleado 17 de septiembre nos quedamos todos sin habla. Después de abrazos y alguna lágrima, fuimos a la RACAL (Real Academia Conquense de las Artes y las Letras) donde leímos poemas de Elvira o dedicados a ella.

Todo este homenaje fue posible gracias a sus amigos Paloma Corrales, Rafael Soler, Jaime Alejandre, Juana Vázquez, sus hijos y nietos, Enrique Gracia Trinidad, Lidia López, Paco Caro, Ana Ares, José Luis Torrego…y otros muchos que espero que si leen esto me perdonen el olvido (ya saben cómo somos los poetas). 

Todo este sarao terminó como terminan estos homenajes, comiendo y bebiendo rodeados de amigos y arropando a la homenajeada.

Pero esto no es todo…

echando de nuevo un ojo a este artículo pienso, “qué aséptico te ha quedado, tío”. Y es que no hago justicia a Elvira, a aquel día ni a su poesía. Para intentar corregir este error quiero hablar de Elvira desde más cerca.

Con Elvira no hay términos medios. O la quieres o su sinceridad te asusta. A mí, por suerte, me pasó lo primero. En el hoy en día que nos cuentan, en el del miedo, en el que solamente puede ser un “todos contra todos”, aún hay gente que acuna. Hay gente que escucha. Y Elvira es una de esas personas. Encontrar una persona así de sabia y cercana es una suerte.

El primer día que nos encontramos, después de la presentación de un libro de Neorrabioso, flipé. Nos presentó una amiga en común, Paloma Corrales, y no sabía muy bien cómo reaccionar. Admiraba como un grupie a Elvira desde que escuché su entrevista (aquí), pero no conocía a personas mayores que pudieran ser amigas mías, que pudiéramos tener temas en común y a la vez que fuera accesible. Pero con Elvira fue diferente y desde aquel día hasta hoy estamos unidos por palabras en negrita y profundas que no se pierden por el tiempo.

En su poesía se nota esta capacidad de hacer “zoom sentimental”. Se acerca donde tienes la grieta (o la alegría) y ahí se queda, compartiendo. Y para acabar quiero compartir uno de los poemas de Elvira Daudet que más me gustan:

PALABRAS PARA UN SPOT DE TVE

No me hagas daño, amor, porque me duele

que seas tú, a quien amo como nadie amó nunca,

el que me parte el alma cada día,

sin que te apiade ver como me deja

el vino que conviertes en mi sangre.

Destrozada en el suelo,

como un plato de loza hecho pedazos,

sin dignidad ni luz en la mirada;

un montón de basura abandonada.

Fría como una muerta, que aún respira

con el fin de maldecir haber nacido un día

para albergar la pena incontenible

que tu presencia amada siempre deja.  

(Del libro Laberinto carnal)

Me gustan las mujeres manos grandes como manzanos mamíferos en flor, refugio de pájaros cansados

Me gustan los hombres que aguantan un gallo en la lengua para que no se despierten las nubes. Me gustan los animales de dos patas que tocan el xilófono en una espalda, con los dedos más meñiques y silenciosos de la historia.

Me gusta tu traje guardabosques, tu llave para la jaula del tigre que siempre pierdes, que nunca sabes en qué boca dejaste. Vivan sin lombrices ni sombra los hombres que ríen y dejan caer todos los cuchillos y no importa qué insulto llega a tu casa no importa. Que sigan saltando los jóvenes con ojos a tres cuerpos por segundo, a tres olas por cintura, borrachos en cada acantilado.

Me gustan las bocas abiertas que esperan la lluvia en verano tu dedo índice como inicio del mundo la llegada al perdón de las guerras al descanso del miedo de la sangre
me gustas tu
la enemiga de todos los mapas
que no te alcanzan.

Poema incluido en mi libro Cercanías:

las lenguas son un mapa

Joseph-Lorusso


Alquimia de piel y negrura, palimpsesto del ayer y del mañana, somos sendero fuera de las calles y sus grises, hacemos la plegaria para evocar al mito, ancla y tallo del mundo vegetal que compartimos. Por tu calor estoy ciego, porque mis ojos no ven los esquinazos de lo necesario, de lo que hay que hacer, de sus estrategias, solo en tu cuerpo puedo moverme libre, sin moratones ni aguantar el aire. Porque debo en tu cuerpo no, en tu deseo no, en mi deseo te encuentro.

Porque estamos en la pecera de la habitación y desde aquí el mundo se sujeta, se ampara, se hace habitable. Porque seremos el camino al margen, su residuo, su temperatura que no cumpla las estadísticas sigo vivo. Porque el deber me ahoga yo debo acudir a ti, traquea, sistema respiratorio funcional, branquia donde hago las paces con el vivir, donde la pausa me alimenta.

Reflexión sobre la poesía

 

Xul Solar

En esto de la poesía, como en todos los fregaos donde me meto, creo más en el aprendizaje que en la volatilidad extraña de la suerte, del destino, de la predisposición.

Por eso, me extraña que haya poetas de renombre que nunca hayan comentado a otros poetas, que no hayan dicho: «joder, leed a este o a esta poeta, mirad lo que hace, aprended como yo he aprendido», y entiendo que este mutismo puede suceder por dos razones:

O bien no lees y por eso no te sientes interpelado por otros, por esa empatía con el dolor, con la alegría, con el amor del otro. O bien, sí que los lees, sí que sientes esa empatía, pero interpretas que nombrarlos en redes, difundir su(s) hallazgo(s) puede menoscabar tu posición en la fila del reconocimiento público.

A mí no me importa compartir este poema o a esta poeta contemporánea o no. Debo este oficio a aquellos que me dijeron «¿Conoces a Roque Dalton?, ¿a Angélica Liddel?», y por eso no puedo apropiarme de esos tesoros. Necesitamos que más personas sean sorprendidas por la poesía. Da igual si es mía o es de otros. Compartamos lo que nos hace humanos, combatamos el ruido con fraternidad y empatía con la emoción del otro.

En un tren, poema de Hogar, 2020

 

Adrian Tomine

En un tren,
todo comenzó con un viaje,
viaje repetido y tú,
bocanada de río en el coágulo del trabajo, en su textura de barrizal.

Viaje tu cuerpo y mi cuerpo,
diálogo de corrientes y peces.

Y así acaba el viaje,
estación seca y recuerdo del agua en la tierra como estrías,
arañazo,
dolor de verano rajando este invierno que ya se acaba.

7:00

 

La procesión de los que esperamos el bus,
adorar la luz del móvil como si fuera una vela.


La intermitencia de la fe,
la certidumbre de patas cortas que es el WhatsApp,
su atronadora piscina de ruido.


Mirarse dentro los recuerdos para saberse uno y no otro,
cualquiera
de los que te acompañan en la fila.


Y pese a la búsqueda, no poder despejar la incógnita:
no saber si las personas del verbo nacen del yo
del nosotros
o del ellos.

(Disponible en https://lasturaediciones.com/product/el-despertador-de-sisifo-2a-edicion-ampliada/)

Cultivar el vacío, Cercanías (2016)

 

Desnudos de Dios y su canción enferma como lluvia de abejas.
Destruimos las instrucciones del misterio sagrado y no es fácil construir un mapa.
El bien y el mal son un trabajo del colegio de tu hijo,
cosas de niños,
ideas impecables e inútiles.

Dios es el silencio a todas nuestras preguntas,
el frontón donde chocamos de cabeza,
una rotonda sin salida.

Nosotros somos la sagrada humanidad despertando de la siesta y encontrando sangre entre las sábanas.
Encontrando hermanos muertos y la gravedad vertical de la herida,
tumores negros como magnolias infectadas,
la resaca de nuestro intento de olvidarlo todo y volver al aullido,
no conocer el frío de la soledad.

No tenemos tiempo, ya es casi tarde,
en las esquirlas de la felicidad encontramos a Dios,
el sabor intermitente en la lengua,
hacer pie un segundo,
y seguir preguntando.

Hace 12 años

 

En la película de Julio Medem, Los amantes del Círculo polar ártico, hay una escena en que Ana, (Najwa Nimri), espera a Otto (Fele Martínez) sentada en una silla, enfrente de un lago a las afueras de Rovaniemi, en Finlandia. En pleno Círculo polar ártico. Y es entonces cuando el sol de la medianoche baila en el horizonte y no llega nunca la oscuridad.

Cuando vi esta película, Laponia era un lugar extraño, poético, en medio de la nada. Y a través de ella, de las relaciones de sus protagonistas, en mi cabeza se formó otra imagen, pero también poética, extraña, donde se podría esperar cualquier milagro. Y yo también quería esperar un milagro.

En mi caso, no fue Rovaniemi sino la ciudad sueca de Jokkmokk, a siete kilómetros de la línea invisible del Círculo polar ártico. Es diecinueve de mayo y el pueblo está muerto. Los hostales, vacíos, apenas esperan tu llegada. Todo el mundo dice que es la peor fecha para viajar a Laponia, o más correctamente, a Sapmi, el territorio donde viven los samis, pero quizá sea la mejor para encontrar silencio y lugares salvajes sin oír a algún compatriota espetar un, joder, ¿Aquí vive Papa Noel, no?, o sin que haya una marabunta de turistas en busca de trineos de perros y hoteles de hielo.

Jokkmokk es un pueblo hecho a lo ancho, sin problemas de espacio. Las casas se dejan respirar unas a otras y las calles son largas y vacías. Visito el museo sami, uno de los más importantes de esta nación, y conozco su manera de vivir. Me doy cuenta de su respeto por la naturaleza, sus costumbres, cómo sobreviven al frío y a los animales, y también descubro como los suecos, los noruegos, los fineses y los rusos han ido minando su población y sus recursos hasta condenarles a abandonar el nomadismo y adaptarse a la manera de vivir de estos países. Los países nórdicos, son muy respetuosos con las otras culturas y con el medio ambiente, pero incluso ellos también tienen cosas de qué avergonzarse.

Y después de desinflar el mito verde y tolerante de los nórdicos, me lanzo a la carretera a buscar algo invisible; el Círculo polar ártico, a siete kilómetros al sur de la ciudad. Como en esta época no hay apenas turistas, no hay medio motorizado salvo el taxi que me pueda llevar hasta allí. No me gustan los taxis en Suecia, debe ser por el precio, así que decido ir andando y haciendo autoestop esperando que alguien me lleve. Siete kilómetros parece poco, ¿no? En una media hora seguro que estoy ahí. Además, seguro que me coge alguien antes…

La carretera es un corte negro de alquitrán en medio de verde y azul. Los bosques y los lagos son mayoría en casi toda Suecia, y aquí arriba, donde apenas vive gente todo el año, dominan casi todo el terreno. Aunque los paisajes son espectaculares, andar por carretera siempre es bastante pesado. Los pocos coches que pasan silbando a tu lado, te recuerdan que aquí arriba también hay civilización aunque a ninguno le de la gana de parar para llevarte unos pocos kilómetros. Sigo andando, pensando sin parar cuantos kilómetros llevaré, a qué velocidad anda una persona, qué hacen los peces de los lagos cuando se congelan, y así sigo con mis divagaciones hasta que veo, a unos veinte metros, un rebaño de renos que cruza la carretera. Y se quedan parados. Y me miran.

Y yo, como lo más parecido que he visto a unos renos han sido las vacas de mi pueblo, me quedo parado también. Por si acaso. Los renos, cuando llevan a Papa Noel de un lado para otro, parecen muy majos, pero cuando te encuentras siete u ocho en medio de la carretera, a “tiro de embestida”, pues da un poco de miedo, la verdad. Afortunadamente, tras mirarnos un rato más, uno de ellos vuelve al bosque y el resto le sigue. Menos mal, ya puedo seguir.

Después de una hora y media viendo paisajes increíbles, llego al Círculo. Y en el Círculo polar ártico, encuentro una fila de piedras pintadas de color blanco que indican la línea imaginaria, un cartel, unos baños, y un chiringuito cerrado. Como un idiota, me hago la foto obligada y me siento en una de las piedras a esperar a Anna, a Otto, o la vuelta de los renos. No viene ninguno, y solamente para una furgoneta llena de alemanes que quieren ir al baño. El Círculo polar ártico es un desierto, joder. Pero me gusta que no haya nadie.

Acostumbrado a la rutina de luces y espectáculo, donde cualquier evento necesita neones, flyers o publicidad para ser visto, encontrar un lugar autosuficiente y especial por sí mismo es una sorpresa. Incluso en el fin del mundo. Creyendo haber encontrado mi milagro particular, vuelvo a la ciudad. El viaje de vuelta se hace más corto y los pájaros que no dejan de gritar y hacer cabriolas me parecen el mejor espectáculo del mundo.

Poema publicado en La Galla Ciencia 8 🐓, en 2017

 Estar,

contaminar el asfalto que cultiva la muerte,
no dejar que su mala yerba me colonice.

Bañarse ahí,
donde la memoria inunda la sed,
donde se justifica el chapoteo en sangre de las agujas del reloj,
su galope,
la grieta donde florece la arruga.

Y ser,
porque el otro crece en diluvio,
boca repleta de «me gusta» donde naufragan los sabores.

Esquivar el perfil afilado,
animal de jaula y código,
pantano sin ahora ni mármol donde la piel se pudre.

2015 - Poema inédito

En las entrañas de Lavapiés huelo el sudor de los jugadores,
olor a marihuana y a mar.

Aquí, en el piso inferior de la basura de Madrid,
donde se acumula la mierda de los perros y los ojos machacados por el viaje de los látigos.

Baloncesto como trozo de madera con termitas en el océano.
Balsa rota e ilegal, pero balsa.
Aquí se juega en el centro de la litrona rota.

Aquí agarras el nervio de Lavapiés,
pero poco,
da calambre y arde.

Aquí, en el Parque Casino de la Reina,
futuro de España y vergüenza del presente blanco.

Aquí se juega baloncesto y reggaetón y coca y chocolate manoseado con susurro para turista.

Donde se celebra el sol en la cancha del esfuerzo,
mezcla de músculo y red para los peces sin mar ni aire.

La línea del triple es una frontera para el policía, para el euro,
dentro alternamos el hambre y los codos,
celebramos la cancha como conquista,
como huida hacia dentro, escondidos del paisaje telaraña de Madrid.

Aquí, mi casa, el centro del hueso de Madrid.
Aquí, en el peligro, en la mezcla de hambre y moderneo, aquí, en el juego del niño negro y el niño chino y el niño paquistaní y el niño dominicano y el niño senegalés y el niño español.
Aquí, donde juegan el niño y el niño.

Aquí, en el desguace, en el equilibrio,
donde aún resiste la esperanza.

 

Naturaleza poética, libro colectivo

 

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es img_9287.jpg
La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es img_9286.jpg

Participar en esta Naturaleza poética, bosque de letras imaginando por Miguel Ángel Vázquez / La imprenta, me ha hecho mucha ilusión. No solo por todos los grandes poetas con los que comparto ramas y hojas, sino por la savia del libro: La naturaleza.

El concepto de esta antología pone el acento en un tema olvidado por la poesía. Porque el mundo natural no solo está «para ir de puente o de vacaciones» sino que es la base de todo tipo de vida, incluso, fíjate, la humana❗️.
Y reflexionar sobre ello nos alimenta a todos 🌱🌿🌳

Aquí tienes el enlace para comprar el libro: https://asociacion-la-imprenta-estrategias-y-artefactos-cultura.sumup.link/producto/naturaleza-poetica-5

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es img_9284.jpg
La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es img_9285.jpg



7-2021

 

Me atraganté de horizonte, de mapas, de palabras y ojos ajenos. Otros idiomas, otras pieles, otros colores. En la mudez geográfica que sentí en mi adolescencia, en mi parálisis ideológica en forma de pueblo, yo soñaba camino y viaje, pulpas distintas en la boca. Cambiar mi corazón pequeño y tosco de jaras y guijarros por un corazón de alondra o imposible. Fueron varios países, varias casas, la caries de la muerte yo la tapaba con siembra del mundo: lagos, montañas, ciudades, cigarros, alcoholes, amigos y amores, el reverso del mapa.

Y en el hoy, en el presente cercano que habito, en la lupa que vivo por el día a día en el pueblo, aprendo los nombres de los pájaros, la pausa del rizoma o el caminar del musgo. De lo pequeño a lo grande, de lo grande a lo pequeño, así el caminar es fértil.

Cercanías y Batania

 Hace 6 años apareció un libro llamado Cercanías. Fue mi segundo libro, estaba yo a estallar o estallando de amor y felicidad y fue en mi admirada editorial Baile del sol. En la misma editorial en la que habían publicado, entre otros, Ana Pérez Cañamares o Gsús Bonilla pero, sobre todo, mi admirado y querido Roque Dalton. Imaginad mi alegría. Y en esta ceguera feliz no se me ocurrió otra cosa que pedirle el prólogo a uno de mis poetas preferidos, en ese momento, seguramente, el que más.

Para mí Neorrabioso /Batania fue una gran vía de descubrimiento en este mundo de la poesía. Pensé que no se podía mezclar la metáfora aventurera con la realidad actualísima pero sí, ese hallazgo es posible y Batania ha dado cuenta de ello muchas veces. Lo sagrado del lenguaje más elevado con lo sagrado, también, de la cotidianidad más fresca. Qué fácil es decirlo y qué difícil es conseguir esta alquimia.

Para mí fue muy importante aquel prólogo, aquella opinión positiva desde alguien que no solo escribía poemas que me motivaban, sino que había leído tanto y que me decía: «chaval, vas bien, sigue escribiendo». Y aquí sigo, 6 años después, buscando nuevas vetas, nuevos elementos químicos y nuevas vivencias para hacer poemas. Siempre le estaré agradecido.

Libro Cercanías:

https://jorgegarciatorregolibros.wordpress.com/cercanias-2/


Por la dignidad del pueblo Saharaui, contra el olvido

 

Son tiempos bastante feos. Pensamos que después de la pandemia habríamos aprendido a comportarnos entre nosotros, los humanos. Pero parece que no. Se empiezan guerras, se silencian desigualdades, sigue el odio. Y ojalá que no hiciera falta. Pero hay una puñalada, un dolor, que a algunos nos hace no mirar hacia otro lado (ojalá que a ti tampoco).

La última puñalada a la dignidad del pueblo Saharaui necesita una respuesta. Sé que solo somos poetas, que no podemos hacer mucho más, pero nuestra palabra puede ser altavoz y ayuda en forma de donación.

El 9 de abril, en Madrid, en la la Imprenta que capitanea Miguel Ángel Vázquez, haremos un recital de poesía, con sorteo, rifa, y otras sorpresas. Podéis participar como poetas, como asistentes o lo que se os ocurra. Escribid un mensaje a recitalsahara@gmail.com para organizar un poco y orientaros.

¡Sois todos bienvenidos, sois todas bienvenidas!

(El 100% de los beneficios irán destinados a FEMAS (http://femas-sahara.org/)

Compartid y que la fraternidad haga florecer un desierto