¿De qué están hechos sus huesos para sujetar unos músculos imposibles?
La fe esquiva los golpes durante un tiempo, sigue en pie, sigue caminando, pero también la fe, que es un ángel y un camino, que es la amalgama de lo bello y lo imposible, también la fe termina siendo apaleada, escupida, atenazada y condenada al suelo.
Y el milagro de este ser vivo que es la fe se apaga deja en los ojos una pequeña marca:
la ceniza dolorosa de lo que fue, la herida de un futuro sin esperanza.
II
Quedará la pena, quedará la plenitud de lo perdido, las venas que fueron un cauce de futuros ahora son un atasco, un metal pesado, un silencio incómodo.
Quedará la pena, los arañazos de la fe sobre el mundo serán olvidados, todo sucederá a ras de suelo y habrá un nuevo continente hecho con escombros de luz, se llamará «Lo perdido».
Lo único que necesita un ser humano para ser poeta es:
tiempo
un cepillo
un recogedor
y que las palabras se posen en el suelo del cerebro,
que descansen, sin viento, sus alas de significado.
* hablas y ordenas lo líquido, tu lengua baila una coreografía en el teatro de tu boca, y alguien, desde un patio de butacas con forma de cerebro, recibe el escalofrío de entender.
* La piedra del significante, la lluvia del significado, y el poema será el cocodrilo que nazca en el charco.
* frotas unas letras con otras y sucede el fuego juego, pero, aún más importante, desaparece el frío.
* El lenguaje es un animal que no tolera ninguna silla de montar.
* Escribir poesía como quien cose lo dulce, como quien apaga el daño, como quien cierra un sobre con la lengua.
Y cuando menciono Naturaleza no hablo de los procesos vegetales o minerales tratados por el ser humano y convertidos en paisaje, ampliados o reducidos para quedar a la altura de una mano, en la proyección de un ojo o en el esquinazo entre un sofá y un miércoles. No. Menciono Naturaleza y me refiero a la voluntad rabiosa que queda lejos, en la oscuridad donde los pasos vacilan y no encuentran suelo, en el hueco dejado por Dios, en el hueco dejado por el hombre.
Y cuando menciono miedo sutil hablo de giro de cuello que enfoca lo cómodo y aísla lo desconocido. De la pimienta en el pecho que paraliza un sí y abre la puerta al camino, la autopista y los ascensores. No hay herida, no hay enfermedad ni daño, tan solo hay olvido. Porque hemos creado un escenario y no vamos a salir de él. Porque la curiosidad será ampliar el escenario pero nunca bajarnos de él. Siempre serán unas manos el origen de nuestros pasos, porque somos el objetivo de todos los mapas, el receptor del bisturí de los ingenieros.
Hace más o menos un mes mi pareja y yo terminamos de leer el libro Yeguas exhaustas, de Bibiana Collado (https://twitter.com/BibianaCollado) y, como hace tiempo que colaboro con el portal cultural Killedbytrend, pues escribí una reseña, que podéis leer aquí:
Bueno, pues el caso es que ayer la autora valenciana presentó el libro en Traficantes de sueños y, como no era una presentación de un libro de poesía sino una presentación de una novela (que muchos ya habíamos leído) se montó una charla muy interesante con Carolina León (https://twitter.com/carolinkfingers) preguntando y moderando y algunas personas del público preguntando. Lorena Mora (https://twitter.com/EnraizarteP), que es mi pareja y una gran y afilada pensadora, escritora y ser creativo, hizo algunas preguntas muy interesantes sobre el libro y, volviendo a casa, seguimos debatiendo el tema.
Como entiendo que no habéis leído el libro (os lo recomiendo, obviamente), os copio por aquí una sinopsis breve para poneos a tono:
Una madre, con los dedos rígidos de triar naranjas en un almacén y limpiar pisos de vacaciones de otros. Una hija, también con los dedos rígidos, pero de teclear papers, tesis y mil trabajos académicos. Y algo que no encaja. La sensación de que debería estar pasando algo que nunca llega a pasar. Este libro nos presenta un rosario de mujeres extenuadas. La falsa promesa del trabajo duro se hace añicos entre estas páginas mientras suenan Camela o Estopa.
Yeguas exhaustas es la historia de una hija que tiene una relación de pareja dañina, que piensa en las heridas del cuerpo, en las tremendas diferencias de clase y sus implicaciones, en el clasismo del «mundo de la cultura», en el acceso al mercado laboral, en la endogamia universitaria y sus laberintos… en definitiva, en el averiado ascensor social.
Esta novela trata de manera certera el paso del siglo xx al xxi en España a través de la propia experiencia: «Me exploro, investigo, reinterpreto pedazos de vida. Juego y cuestiono. Busco causas. Busco alivio. Busco cómplices». Y sin duda los encuentra.
En Yeguas exhaustas Bibiana Collado Cabrera nos lleva a situaciones vividas y sentidas como individuales que en realidad son colectivas. Tan bien contadas, tan reales, que por momentos se nos olvida que estamos ante una novela.en la web de Pepitas, la editorial del libro.
Lo ideal aquí es que pusiéramos un audio, o un QR o algo similar, para mostrar más verazmente la tensión de la charla, que fue emocionante, pero bueno, intento reflejarlo yo. Le diré a Lorena que lo revise antes, por si la cago. El caso es que Lorena y yo estuvimos hablando mucho sobre feminismo, complejos, clase pobre que deja de ser pobre, sobre la vergüenza de ser pobre, sobre el orgullo perdido de ser pobres. Y dijimos también que aquel que es pobre y consigue dinero sigue siendo pobre, que los ricos, ese lugar al que llega, esa atmósfera, no va a dejar que se integre porque sabe que no es realmente rico sino que el dinero va y viene y qué se yo. Y junto a esta palabra rico llegan otras como intelectual, profesor universitario, poeta, literato, académico y no, estas palabras tampoco respetan la escalera invisible de la meritocracia (esa palabra que es un lodazal), porque cuando llegas, al principio con vergüenza, pero poco a poco te empiezas a sentir cómodo en ellas por estudios, pasión, vocación, te das cuenta de que no perteneces del todo. Que en tu sillón cómodo no es solo que haya un zapato o libro puesto en punta que se te clava en el culo, sino que el sillón no es tan cómodo porque alguien se está encargando de quitarle el algodón poco a poco porque considera que tiene un culo muy gordo y PUEDE SENTARSE EN TODOS LOS SOFÁS.
Bueno, en realidad esto no lo comentamos ayer así, pero fue parecido. Y hablamos de la mancha que Lorena dice que los pobres se empeñan en limpiar y limpiar pero que no consiguen hacer desaparecer. También de que el pobre puede ser pobre pero sucio NUNCA. Y ahí le comenté yo la típica frase de «En mi hambre mando yo» que le soltó el jornalero al patrón y seguimos por ahí, hablando de conciencia, orgullo, que no todo son las perras y los billeticos pero que qué complejo es todo.
Parte 2 (17/4/23)
Venía yo del pueblo, alegre y caluroso, escuchando la radio de camino a Madrid cuando desde las Ondas me llegó a los oídos un tema que en su momento se instaló en el Neolítico de mis recuerdos musicales:
«en tu cocina tan prisionera de tu alma y tus dias con una rutina de una loca»
Pues era un tema de Andy y Lucas, que es, digámoslo así, ese «rincón oscuro pero querido» que no quiero mirar por vergüenza. Y ahora, ya en el metro, escribo esta entrada en el Metro madrileño y recuerdo cómo lloraba yo con esas letras de Andy y Lucas y qué sensible y vivo me sentía. Sé que no es lo mismo, pero me ha venido este tema a la mente porque el otro día Bibiana trajo a la presentación el tema de la música de nuestra adolescencia o preadolescencia gracias a Estopa y, sobre todo, Camela y cómo en el libro Beatriz se convirtió en fan, como ella misma dice, «para que su madre la quisiera». ¿Y qué ha pasado entre aquellas sensaciones de adolescencia y nuestras sensaciones posteriores?, ¿Es parte de la construcción de la identidad renegar lo propio por buscar lo ajeno?, ¿Es obligatorio para todos?
Y es que hay un vínculo con aquellas obras de arte que nos hicieron vibrar en algún momento. Y, aunque ahora seamos otros, seguimos siendo también los mismos. Y esa vergüenza por el pasado, ¿qué sentido tiene?
Angustia, tristeza, «sentimiento de condenado a muerte». Así es el día a día del escritor argelino/francés Albert Camus en esta novela de Berta Vias Mahou que publicó la editorial Acantilado. Pero el pesar de Camus no solo llega por la reflexión por el absurdo de la vida, por la presencia constante de la muerte o por el desengaño en el ámbito político, todas en un plano mental, ideológico o sentimental. La sensación de condenado a muerte le llegó a Camus por la sensación de no pertenecer a «ningún bando» gracias a su postura crítica, porque no se escondía ante unas siglas, una élite, una nacionalidad o una religión. Y, antes de nada, nunca se escondió de criticar la violencia. Una batalla constante por la dignidad a través de la crítica y la justicia. En palabras de la madre de Albert, Catalina, en la novela:
En cualquier caso, lo que me parece bien es que te atrevas a ser crítico. Hay que saber decir que no, aunque sin olvidarse nunca de la piedad.
Y es que la piedad es necesaria para abrigar la crítica, para hacerla humana, empatizar con ella. El punto de vista de Albert no es agresivo sino que busca tender lazos entre personas. Porque él mismo es un cruce de caminos (orígenes españoles, infancia en Argelia y madurez en Francia) y no entiende que el odio se expanda por ninguna bandera exceptuando la humana.
Este libro, publicado en 2012, demuestra el humanismo de Albert (Jacques en la novela, guiño a su obra El primer hombre) gracias al conocimiento que tiene Vias Mahou de su vida y de su obra, lo que le permite jugar con el lector, poniendo referencias (como la ya mencionada de Jacques, o el loro Calígula, con el mismo nombre de una de sus adaptaciones de teatro) y alejándose de lo que debería ser una narración lógica de estos últimos días para evocar un recuerdo de infancia o digresiones sobre Argelia y Francia o el elitismo de la intelectualidad parisina. Toda esta información sostiene y enriquece el texto, pinta de color a Camus, lo pone en relieve y en pie.
Podemos ver esta multiplicidad de referencias en los propios títulos de los capítulos:
Una memoria en sombras El bacilo de la peste Un vínculo misterioroso Los hijos de Caín Oscuras querellas Los guardianes del honor Eran y son más grandes que yo En nombre de la historia Un recuerdo impalpable El peligro del que nadie hablaba Una amenaza invisible Venían a buscarlo a él
Creo que este libro es el libro que ha escrito una gran admiradora de Albert Camus. Una persona que no acepta que esté muerto, que no acepta que muriera como murió, a manos de quien fuera o por azar. No, no lo acepta y este libro es una venganza, pero no ante ningún grupo, sino ante la propia muerte, ante todo el Camus que faltaba por vivir, ¡su persona!, más allá de sus obras.
Como otras grandes creadores/pensadores que murieron jóvenes, no podemos conformarnos con que la muerte se los haya llevado. Por eso escribimos sobre Lorca. Por eso escribimos sobre Lennon. Por eso escribimos sobre Camus. Por eso los mantenemos vivos y por eso le doy las gracias, profundamente, a Berta Vias Mahou, por traernos a Camus a la vida durante 200 páginas.
La última vez que nos vimos fue en el Ateneo Anarquista Lucía Sánchez Saornil, en La Cabrera, y nos vimos porque me habías contado que estabas ahí, en el Camping, viviendo con tu pareja, feliz de la vida, y yo te invité a participar. Aquel día compartimos poemas, un par de birras, y una charla maja sobre la vida, la poesía y las bondades de la Sierra. No te lo dije, pero desde que en 2011 te conocí como autor de Canalla, siempre admiré tu franqueza y tu generosidad conmigo aunque yo fuera un don nadie, un chavalín que acababa de sacar libro, que apenas había vivido nada. Y te doy las gracias, David, por tu generosidad, por tu poesía pero sobre todo por tu ejemplo.
Os dejo con el poema La autopista, uno de los que más recuerdo cuando pienso en David y su eterna melena:
LA AUTOPISTA ya que tanto insistes en que me lo corte voy a explicarte y será la primera y última vez que lo haga por qué llevo el pelo largo
llevo el pelo largo porque el ejército estadounidense ofrecía una recompensa de dos dólares por cada cabellera de indio que se le entregara y los que la cobraron así como los soldados y mandos superiores del ejército estadounidense llevaban el pelo corto o muy corto
llevo el pelo largo porque el ejército franquista en el patio de la casa en la que nací le rapó la cabeza a una de las mujeres de mi familia cuyo hombre acababa de ser fusilado por negarse a defenestrar niños de pecho republicanos y los soldados que le raparon la cabeza así como el resto de las tropas y mandos superiores del ejército franquista incluido el puto francisco franco llevaban el pelo corto o muy corto
llevo el pelo largo porque en el campo de concentración de mauthausen a los deportados españoles como ramiro santisteban el superviviente octogenario que me lo contó a los deportados españoles una vez a la semana los sábados les hacían lo que entre ellos se conocía como La autopista esto es les rapaban el pelo al cero desde la frente hacia atrás
la autopista
y más adelante cuando hitler estaba perdiendo la guerra con ese pelo se forraban las botas de los soldados alemanes
con ese pelo
y todos esos soldados alemanes como también los que los sábados colaboraban en el mantenimiento de la autopista junto con sus respectivos mandos superiores el hijo de la gran puta del fuhrer a la cabeza y junto con el resto del pueblo alemán llevaban el pelo corto o muy corto
llevo el pelo largo por otra razón también:
muchas de las mujeres que conozco me aseguran que con él así de largo estoy mucho más guapo y aparento muchos menos años de los que en realidad tengo
así que en vez de estar dándome la gaita a todas horas con que a ver cuando voy a que me corten el pelo mejor te callabas la puta boca eh y te dejabas crecer el tuyo
Si este libro fuera una cuerda de guitarra, la autora la haría vibrar, fibra a fibra, nota a nota, hasta el instante previo a romperse. Astillar el presente hasta arrimarlo al futuro, que pueda imaginar su extinción. Si este libro fuera una presa y también un derrumbe, la autora nos mostraría, con pelos, grietas, gritos y señales, la fragilidad del hormigón, la fragilidad del status quo, la fragilidad de lo cotidiano que esconde un océano de caos. Porque la escritora de este libro es la nota incómoda que chirría al hombre sin moral, la espina que hace chillar al gigante, pero también un consuelo para aquellos que presentimos la injusticia y no supimos ponerle nombre.
Y es que Limpia, de Alia Trabucco, es un relato incómodo, salvaje y natural. Que no se conforma, que no se relaja y cuya inquietud traspasa a la persona que sostiene el libro en sus manos para que no pueda relajarse en ningún momento. He tenido la sensación de haber leído una historia muy real, muy verdadera, muy necesaria. Y es que, bajo la superficie de lo moderno, lo actual, la banalidad del mundo virtual de internet y su inevitable nada, sigue sucediendo la vida. Y esta vida no es muy diferente a la vida que sucedía hace unas décadas. Aunque nos sorprenda y choque con nuestra propia comprensión de nuestra época, la novela Limpia, de Alia Trabucco, aún inédita, es una muestra de que es así. De hecho, ahora, escribiendo estas palabras, me sorprendo al darme cuenta de que esta novela, escrita en la segunda década del 2000, por una mujer de 39 años, no contiene en ningún momento referencia alguna (que yo recuerde) al mundo tecnológico o virtual. Sorprendente.
Y esta situación es posible gracias a su componente dramático. La tensión narrativa está cargadísima, constantemente. Es un libro cargado de electricidad humana y, de hecho, en algunos pasajes de la novela el autor recibe descargas que lo sacuden completamente. Trabucco me ha parecido una novelista valiente, precisa, que narra con descaro y herramientas que domina completamente, los sentimientos de la protagonista, pero también de una familia que, pese a ser extremadamente normal, nos resulta grotesca e incluso monstruosa.
Me ha parecido una novela adictiva, que se lee rápido, con necesidad, con hambre, pero que no pierde en ningún momento su acidez y su crudeza, dejando al desnudo a una sociedad (que no es la chilena, que es la nuestra, la de cualquier país occidental) que se basa en la hipocresía y en el dinero y sobre estos pilares construye sus normalidades. Unas normalidades que, como podemos ver en esta historia, están lejos de ser limpias.
La ciudad es una superficie en movimiento y en transacción monetaria. La ciudad no permite la pausa salvo para el consumo, el gasto, la entrega al Dios dinero. Mi hoy, 28 de enero de 2023, pero también tu pasado, hemos conseguido parar y no consumir. En un esquinazo de Lavapiés, rodeados de estímulos y llamadas a la compra, pudimos quedarnos parados, al sol de enero, a un sol de sábado y esperanza, y la alegría ha llegado a un punto que hemos podido volver a casa felices y vitaminados.
Me acaba de llegar a casa la reimpresión de la 2ª edición de El despertador de Sísifo, con prólogo de Alberto García Teresa. Un poemario que salió en 2018, en Lastura y que aún genera interés por aquí y por allá. Un libro sobre el trabajo, la explotación, Camus…
Hace un par de semanas comenté con un amigo lo importante que es tener una buena rutina semanal. Que el lunes sea piadoso, que el martes no te machaque demasiado: que Sísifo no solo arrastre la piedra sino que también pueda tumbarse a la bartola un rato. Sin culpa. Sin prisa. Que pueda usar la cabeza para pensar además de para decir sí. Que pueda usar los músculos para meter canastas, por ejemplo, además de para arrastrar el cuerpo por la jornada laboral, de la cama al escritorio, del escritorio a la cama.
Afortunadamente, el año pasado descubrí los cursos del Centro de poesía José Hierro. Hace tiempo que el impulso poético no sale tan potente como hace años y por eso pensé en inscribirme en algún curso de poesía para poder mantenerme en forma con las palabras, para recibir nuevos aires, escuchar voces de compañeros que estuvieran en búsqueda, compartir esa pasión, aprender con los demás, descubrir a nuevos poetas.
El curso se llamaba Pensar el poema, estaba dirigido por Azahara Alonso, y duró todo el curso académico, de octubre a junio. El curso consistía en unas lecciones de poesía y filosofía sobre diferentes conceptos que dan que pensar y dan que escribir (el trabajo, el tiempo, la muerte, etc.) . Porque precisamente en eso consistía el curso, recibir contenido teórico y práctico para que luego, después de darle vueltas y vueltas a la pecera de las ideas y de la escritura, pudiéramos pesar algún poema abisal para compartirlo en clase. Sorprendidos, temerosos e ilusionados por nuestro descubrimiento, porque en la mayoría de los casos (así lo veo yo), existe cierta inconsciencia en esta escritura poético/filosófica.
En este curso, además de unos compañeros talentosos y humildes, estaba la profesora, que supo cómo nutrirnos con las lecciones para que nos sintiéramos motivados para hacer poemas diferentes a los que solemos hacer, para poder salirnos de la escritura cómoda en la que los años de escritura nos han ido hundiendo. De hecho, en junio de 2022 terminé un poemario muy influido por los temas que tratamos en clase y que saldrá en algún momento a la luz (espero).
Este año 2022 he vuelto a apuntarme al curso porque, como decía al principio de este texto, es muy importante moldear la semana a nuestro antojo antes de que seamos moldeados por ella. Este año, mantener hábitos saludables para nuestro cerebro como escribir poesía o sumergirse en las teorías de Kant, Nietzsche o Bachelard, nos mantendrán en forma para que la suciedad de este mundo no nos lleve por delante. O al menos que tengamos una barricada de palabras para hacerla frente.
He estado leyendo –no mucho, la verdad, porque el hecho en sí es ínfimo comparado con el ruido que ha generado– la polémica que han generado las palabras de Sabina:
«Todas las revoluciones del siglo XX fracasaron y en el siglo XXI solo ha funcionado la del feminismo y lo LGTB... El fracaso del comunismo ha sido feroz, ya no soy tan de izquierda porque tengo ojos, oído y cabeza para ver lo que está pasando. Y es muy triste»
Particularmente ese:
«ya no soy tan de izquierda porque tengo ojos, oído y cabeza para ver lo que está pasando. Y es muy triste»
y es que, según mi punto de vista, hay desde hace tiempo una dicotomía dentro de la izquierda, que se basa en poner los fines por delante de los medios o los medios por delante de los fines. Así, básicamente. También podríamos irnos a la discusión entre Camus y Sartre sobre la condena a Bulgákov y la legitimidad moral de los gulags.
Y, en este sentido, para mi el dogma, el catecismo y el ideal comunista, anarquista, feminista o revolucionario hace tiempo que no los considero de izquierdas. Si tus reglas apuntan y exigen un disparo sobre parte de la población, –muchas veces literal– por no ajustarse a tu modelo teórico, ideal de sociedad, para mí no es considerado un modelo de izquierdas. Para mí, que me considero anarquista, el modelo ideal es el democrático. Un modelo justo, igualitario, fraternal, en el que la fuerza de los menos derrote a la fuerza de los muchos, pero a través de la razón, nunca de las bombas. Por eso siempre estaré en el lado de Camus, en el de Mayakovski o Lorca, pero también en el de Melchor Rodríguez.
Por eso, y volviendo a la polémica de Sabina para remedar lo dicho,
«ya no soy tan de izquierda porque tengo ojos, oído y cabeza para ver lo que está pasando. Y es muy triste»
Mucho mejor:
«soy tan de izquierda porque tengo ojos, oído y cabeza para ver lo que está pasando. Y es muy triste»
Porque sí, claro que es triste que se rompan las revoluciones, los anhelos de justicia contra el fascismo, el racismo y la injusticia, pero no podemos subirnos al trampantojo de la violencia para combatirlo. Porque no habremos conseguido nada, porque en el momento de acabar con otra vida para estar más cerca del objetivo no seremos libertadores sino tiranos, no seremos humanistas sino asesinos y ya nunca tendremos espíritu crítico sino una meta, un objetivo y un poder que conseguir... y defender.
La primera vez que vi a Miguel Martínez López fue un martes cualquiera, hace ya unos años, en los Diablos Azules. Recuerdo que no es que me gustara su poesía, es que me sorprendió. Fue rápido el paso de la risa de alguno de sus poemas al frío de la angustia existencial y luego alguna de sus imágenes poéticas me remató. Joder. Le pedí su nombre y lo busqué por Internet. Descubrí que tenía un blog, Mis pies de mono, donde publicaba sus poemas. Ahí quedó la cosa porque tampoco le volví a ver, o si le vi no lo recuerdo. Y hace unos meses, en este zoco digital que es facebook, descubrí que alguien iba a ir a la presentación del libro Mis pies de mono, de Miguel, en esa semana. No pude ir, pero sabía que ese poemario iba a ser un atlas del dolor, de la alegría, de la angustia humana.
Y no me equivocaba porque en este libro publicado por Bailedel solencuentras la agujeta enorme que supone hacerse mayor, como en el poema que inaugura el libro Cambio de asiento,
(...)
Guapos y valientes,
en el futuro atravesaremos
los campos, las ciudades,
sujetos a las crines de nuestro
caballo de acero.
(...)
Cómo imaginar
el asiento de delante
las mañanas de clínex y bostezos
la primavera gris de los semáforos.
(...)
Se puede decir que Miguel, desde la rutina y lo más opaco que te venga a la cabeza (hacer la compra, filosofar en la taza del váter, las axilas, los mosquitos del verano, el deambular mirando una manzana o al cielo) sabe desenrollar y multiplicar un paisaje rico y exacto. Digamos que pone la cantidad exacta de cocodrilo y de despertador, de risa y de muerte.
¿Y cómo no se va a admirar la poesía de un tío que escribe el poema Las palabras y las cosas? Ese poema que por supuesto quise, quiero y querré escribir porque consigue la magia de los poemas buenos y venenosos, que al leerlos crees que te han salido de dentro, que lo de fuera solo ha vuelto:
Yo no lo recuerdo
pero mi madre cargaba en brazos
cogía entre las suyas
mis dos pequeñas manos
que no eran manos todavía
que eran ruiseñores mudos y ni eso
que eran cabos sueltos
y me obligaba a tocar los objetos de la casa
uno a uno.
(...)
Y así te quedas, con cara de tonto y solo llevas treinta páginas del libro. La verdad es que es un libro currado, en el que aparece todo el mundo, incluido el currela (en el poema El extraordinario caso del hombre normal) que toma el café a tu lado cualquier mañana y que no leerá (creo) ningún libro de poesía porque no se siente identificado. (Pero en este si). También Miguel Martínez tiene la precisión o la alquimia o yo que sé de poder hacer imágenes poéticas como estas,
Llueve y es una catedral gótica/puesta boca abajo,
era tiernamente difícil/como el centro de un sudoku
Hoy el cielo limpio/como un portal recién fregado
Y ya veis, qué ojo tan normal y tan extraño tiene Miguel, qué dualidad (de puta madre) para seguir madrugando, desayunando, comiendo y viviendo y por otro lado, todo lo demás. El libro publicado por Baile del sol vale mucho menos dinero de lo que debería así que, antes de que alguien se de cuenta y se chive y suban el precio y a Miguel Martínez López lo pongan en altares y esas cosas y le regalen bolígrafos y cuadernos por las calles, id a comprarlo. Si no os gusta, leedlo de nuevo.
Aquí os dejo mi poema favorito de este librazo, que además me recuerda a mi poema preferido de tooooodos, el de La masa de Vallejo:
Es una excusa, básicamente. Poco más. Que sea el 24 de octubre o el 3 de junio, da un poco lo mismo. O no. No da lo mismo, porque fue un 24 de octubre, pero de 1992, cuando se destruyó la Biblioteca de Sarajevo, durante la guerra de los Balcanes. El que ataca la memoria, la humanidad que se recoge en una biblioteca, ataca a toda la humanidad. Sin importar el contenido de esos libros.
Intenté ser parte de esa comunidad de bibliotecarios heroicos que luchan por la lentitud y el sosiego en un mundo fugaz y pobre, en el que la información pasa silbando como balas de olvido. Sin embargo, y pese a que estoy en varias listas a la espera de ser llamado, no he podido ser bibliotecario.
Y es que las oposiciones son un proceso muy esclavo, muy castigador, y preferí la seguridad de un puesto de trabajo en la universidad (donde ahora trabajo) al sueño de custodiar y acompañar a libros y lectores.
Seguiré, eso sí, con la ilusión de que en un futuro próximo pueda volver a estudiar e incorporarme a una biblioteca. Mientras tanto, celebro a las bibliotecas, a los bibliotecarios y a todos aquellos que aún hoy, en este mundo de ansiedad y ruido, seguimos pensando en las bibliotecas como lugares sagrados.
Nacido en el año 86, me he comido, como vosotros, unas cuantas distopías, tanto en papel como en imágenes, sobre la lucha de la humanidad frente al poder. Ya sabéis, Matrix, Un mundo feliz, 1984…, relatos en los que un humano, EL HUMANO, a modo de iluminado de La Caverna de Platón, sale de la cueva, de la opresión, para descubrir la verdad y dar la turra a todos los que siguen ahí metidos viendo Telecinco en su pantalla plana o haciendo scroll hasta el inframundo en su Instagram.
Además, a esta lucha por la verdad y contra el poder, se ha unido en las últimas décadas la tecnología, los robots, en definitiva, la técnica al servicio del mal. Y esta capacidad que tenemos los humanos de producir máquinas –que es consustancial al ser humano ya que somos una especie «que crea cosas» y a través de esa creación evolucionamos y pudimos crear civilizaciones–, tiene el lado oscuro del no poder controlar ni entender en última instancia nuestra creación. Como doctores Frankestein perseguidos por su avidez de conocimiento. Y ese miedo, esa pulsión hacia lo desconocido, también guio a los mecanoclastas y luditas del siglo XIX, con su Capitán Swing a la cabeza, a romper los telares que les quitaban el pan de la boca. Lo decía bien clarito Samuel Butler en Destruyamos las máquinas:
«Llegará el día en el que las máquinas tomarán el mando efectivo sobre el mundo y sus habitantes. Mi opinión es que debemos proclamarle de inmediato la guerra a muerte. Toda máquina de cualquier tipo debe ser destruida por aquellos que deseen el bienestar de su especie».
Vivir contigo en los oleajes tibios de la noche, en los azulejos de la tarde, en la lentitud de las mañanas, en su café sin sabor, sus magdalenas sin sabor, su pezuña sin testigos.
Vivir contigo y orbitar tu boca, como satélite o cometa, vivir contigo en el collage de la luz, en su mosaico, en nuestra lentitud sincera de mangos y zanahorias. Vivir contigo y vivir conmigo, linde y trocha, recoveco en la ciudad de los gritos.
Podría decir que ayer, día 29 de septiembre de 2022, fue uno de los días más felices de mi vida. De esta manera mi crónica sería más redonda, brillante y poderosa. Pero faltaría un leve detalle, y es que sería falso: ayer no fue uno de los días más felices de mi vida. No.
Ayer estuve en Casa América en la presentación de la reedición de Anteparaíso, el poemario que Zurita escribió, sufrió y publicaron hace 80 años y que ha sido recogido y reeditado por Lumen. El caso es que ahí fui, solo, como me suele pasar en estos actos, aunque me encontré en el público con el poeta y profesor Gonzalo Escarpa y acompañaba a Zurita en la presentación mi amiga y poeta Sonia Betancort.
Zurita, con sus poemas poderosos:
Queridos poderosos, queridos humildes
Cuando todo se acabe quedarán tal vez estas algas sobrevivirán a las marejadas, a los siglos y a los sueños Como perdurarán a los poderosos, a los tercos de corazón y a los hombres que nos humillan estos poemas de amor a todas las cosas
La vida nueva, 1994
o por ejemplo:
In memoriam: ahogados La pizarra acaba de ser borrada en el ático y el viento desvela la luz de las estrellas. Alguien lo encontrará, alguien lo sabrá.
Y si en algún lugar de este planeta enorme se descubre la verdad, una franja de ella, secada, glaseada por el sol, quedará colgando de tu propia infamia.
Y nadie se verá beneficiado por ello.
-El poeta John Ashbery te habla suspendido sobre las cumbres de los Andes
Cree en tu dolor.
W.H.A.
Entonces se vieron los ahogados flotar sobre Chile
Arriba de las cumbres de los Andes suspendidos dejando caer sus brazos sobre el horizonte
Apozándose igual que gigantescas lagunas en el cielo de las llorosas montañas ondeantes girando con las grandes nevadas hacia el oeste
Hacia el cielo del Pacífico que se abría blanqueándose mientras la cordillera y el océano iban ascendiendo y éramos nosotros el sueño que se apozaba sobre los nevados Es que los vimos ahogarse de llanto nos gritan en los sueños los ahogados apozándose encima de las montañas como exiliadas islas mirándonos
es un tótem, un zahorí que encuentra metáforas y maneras de encajar palabras, pero si tengo que mencionar solo una cosa de Zurita (¿y por qué solo una cosa, quién da esa orden?) menciono su entrega, su paso adelante después de la frustración, su lucha, su «poner el pecho», que se dice por allá. Contra la dictadura, contra la muerte, contra el odio, poniendo su cuerpo, su presente y su belleza en juego para exponer la miseria del mal, como se puede ver en la nota al final de Anteparaíso:
Pues eso, que lo admiro, que ayer no fue el mejor día de mi vida porque conocí a, seguramente, uno de los poetas en lengua española más reconocidos (por premios y por popularidad) en la actualidad. El caso es que sí, a ver, había leído a Zurita y me habían emocionado algunos de sus poemas y verlo en persona me hizo ilusión. Entiendo el significado subversivo, la potencia y la humanidad que hay en sus actos performativos/poéticos, su lucha por la justicia y él como ser humano es embriagador, pero me niego a ser su fan, me siento compañero. Su humilde compañero, que ha encontrado muchos menos caminos que él, pero me reconozco en la misma búsqueda. Porque toca, busca, lo que yo quiero tocar y buscar. No se echa para atrás cuando yo sí que me he echado para atrás. Me fijo en él, en cómo pone el foco en un pedazo del mundo, real o fantástico, y lo expone hasta que queda pulido, a través de sus palabras o a través de su persona y así habla del todo, del amor, de la muerte o los asesinados. Que la vida te sonría, que no sufras más, querido Raúl, que las páginas y las lecturas te reconforten, te sanen y sean fértiles para futuros poemas. Que la sangre de la poesía chilena no solo hierva sino que cure, que sane.
Tuve la suerte de darle la mano, y darle las gracias, y escucharle hablar con Sonia Betancort y Javier Rodríguez Marcos de la creación, de lo sagrado, de la naturaleza. De cómo se atrapa o se dilucida una gota en una nube de misterio. Crearon un amoroso y sincero diálogo entre poetas entre unas rígidas medidas protocolarias que nos hicieron empezar el acto a las 19:00 (oh, ¿esto es poesía o qué es?) y nos hicieron terminar el acto sin que el público pudiera preguntarle nada a Zurita ni que este pudiera responder nada. Mal, porque todos lo estábamos deseando. Porque ayer hubo comunión entre poetas, comunión entre chilenos y comunión entre humanos. Gracias a Javier y a Sonia por la ternura y la cercanía con Raúl. A veces pasan estas cosas cuando se juntan poetas y poesía, otras hay rencores y envidias o cosas peores, pero ayer se pudieron ver otro mundo posible, un mundo de alamedas por donde pase el hombre librepara construir una sociedad mejor.
Nos informan de que en las últimas semanas se ha producido un extraño suceso en carretera de Colmenar Viejo dirección Madrid. Antonio Párpados está con Rodrigo Martín, responsable de la gasolinera ubicada en el kilómetro 23.
–Buenos días Rodrigo, ¿en qué consiste el susodicho suceso?, ¿usted lo ha presenciado? –Buenos días, sí, cada mañana. Pues debe ser que ahora con el calor y el trabajo, no sé, la gente anda más enfurecía y claro, con las ventanas bajadas y eso, pues se nota más, se siente. –Disculpe Rodrigo, pero no sé a qué se refiere. –Pues a ver. Que la gente está mu quemá y un poco más adelante ya se empieza a formar el atasco y a esta altura se empieza a escuchar: ¡¡¡Me cago en todoooooooooooooooooooo!!!, por ejemplo, o un ¡¡¡estoy hasta las nariiiiiiiiceeeeeeeees!!! –¡Oh! –Sí, sí, o se ponen a aullar como los lobos ¡¡¡aaaaaaauuuuuuuuuuuuuuuu!!!, sí, sí, que yo lo he visto y oído. Se agarran fuerte al volante y lo sueltan todo. –Entonces, ¿usted cree que es gente hastiada de la monotonía diaria, almas libres que desean desconectarse de la rueda del trabajo que gira y gira? –No, yo creo que es gente que está hasta los cojones de trabajar en verano.
Hoy tengo ganas de reflexionar sobre EL HACER. No el pensar, el desear o el imaginar, sino el HACER. Y, para hacer, pienso que tiene que haber un estímulo que provoque la acción y ahí entramos en esta dicotomía:
Voluntad y deseo. Y te pregunto, ¿crees que son contradictorios?, ¿son necesarios ambos?
Pero antes de que me respondas, voy a intentar definirlos para saber de qué estamos hablando.
Por un lado, el deseo: Mi interpretación del deseo, e intento que sea una interpretación rigurosa y a la vez compartida por la mayoría, es que el deseo es un estímulo impulsivo, que no negocia prácticamente con la razón (de su parte inconsciente) y que genera en nosotros una estimulación efectiva, rápida y a corto plazo. Movilizador, estimulante, placentero pero sin un placer real después de haberlo realizado.
Y por otro lado, la voluntad. Esta, que tiene mejor fama que el deseo, que se muestra como un reflejo de un hacer más «trascendente» y útil, alejado de lo práctico, de lo inmediato, podría decir que es un deseo de «baja intensidad mantenido en el tiempo» y sin tanta urgencia. No es un impulso, no es un acto placentero inmediato, no es azúcar para contentar a nuestras papilas gustativas sino que son legumbres (cuidado con las legumbres, ¡eh!) que nos permiten caminar, avanzar y crecer.
Ahora, ¿es posible que el deseo forme la voluntad?, ¿son antagónicos, complementarios o necesarios?
Mi opinión sobre este tema es que ambos son necesarios, pero es la voluntad la que va a hacernos crecer, aprender y sacar provecho. Sin deseo, sin la chispa, no tendremos la agilidad mental para que el mundo nos fascine y nos motive. Necesitamos esos pequeños «chutes de placer» que, pese a hacernos sentir culpables, nos hacen más digerible el día a día con su curro, con sus políticos ladrones, con sus desengaños.
Sin embargo, será la voluntad la brújula, la guía y el mantenimiento del deseo que nos justifica ante nosotros mismos cuando echamos la vista atrás y vemos pasar el tiempo. La voluntad es asediada, constantemente, desde fuera y desde dentro de nosotros mismos, por llamativos deseos que nos hacen desviar la mirada. En épocas en las que estamos con poca capacidad de estar serenos, con la voluntad confusa y algo perdida, es fácil que caigamos en consumir deseo sin parar que nos estimula pero que no nos conduce a nada más, es autoconclusivo y no deja provecho. Ejemplos de este «deseo rápido» son el tabaco, el alcohol, los videojuegos, las redes sociales o la telebasura. Acciones placenteras, que no necesitan una acción concienciada pero que nos satisfacen de manera inmediata pero que no nos llevan a ningún lado.
Sin embargo, y para terminar la reflexión, creo que es importante TENER UN PLAN.
Una voluntad que, pese a quizá no estar definida completamente, nos haga caminar en una dirección. A mí también me asaltan los deseos momentáneos (ahora me ha dado por jugar al Age of Empires II, imagínate) y estoy en la pelea. Sin embargo, no abandono mi plan. Esta pelea, que se desarrolla principalmente en nuestra cabeza, antes de hacer nada, es similar a meditar. Porque para mí meditar es pensar en una pared blanca, mi plan, mi camino y mi plan, pero no dejan de aparecer imágenes que la ensucian y la tapan, y que yo me empeño en esquivar y que podrían ser estos pequeños deseos del día a día (una partidita, un cigarro después de comer, etc...)
Al final, mi consejo (que te lo digo a ti pero me lo digo a mí también) es que no nos mintamos, que hagamos lo que nos haga bien realmente, lo que nos justifique interiormente y que, en último término, nos permita tener un arma frente a la muerte, que nos acecha siempre. Porque la muerte está, en algún lugar, esperándonos y no queda tanto tiempo para hacer lo que tenemos que hacer. Lo que sabemos que tenemos que hacer.
al que me acudí envuelto en nostalgia después de haber estado tantos años viendo a personas admirables responder cosas imposibles cada día. Y para que me viera mi abuela Paquita. Admito que aquellos sabios me producían cierta envidia, y con el paso del tiempo esa envidia se ha transformado en admiración por ir contracorriente del mundo en el que vivimos. Cuando todo está en la nube, cuando debemos ser ejecutivos y resolutivos, aún hay gente que decide seguir formándose en contenidos aparentemente inútiles que están en internet.
Fui a Saber y Ganar, como decía, y estuve en total 6 programas. Recuerdo con mucho cariño el tiempo fugaz que pude compartir con mi admirado Jordi y lo bien tratado que fui. Después de esta participación, el mundo de los concursos televisivos quedó olvidado para mí hasta que recibí un mensaje por Instagram en el que me invitaban a participar en un concurso de televisión española (que no conocía).
El caso es que dije que sí, ¿por qué no?, y después de un proceso de selección que buscaba un perfil extrovertido, atractivo para un público que busca estímulos y no conocimientos, fui seleccionado.
A David Leo lo conozco por su poesía, por los concursos en los que ha participado, y por la editorial en la que ha publicado Ultramarinos editorial. Por eso, por esa camaradería que tenemos los poetas, pensé que sería buena idea llevarle mi último poemario, Hogar, como regalo.
No voy a comentar nada del programa, os dejo el enlace aquí:
y comento mis impresiones.
Es verdad que me quedé con mal cuerpo por el momento «lanzamiento de libro» por parte de Rodrigo, el presentador, pero entiendo que había que dar espectáculo. Lo entiendo, pero fue incómodo, porque no deja de ser el resultado de un montón de tiempo, cariño y muchas más cosas y, bueno, siento que no todo vale. El caso es que lo entiendo, pero para nada comparto esta visión de «El conocimiento se tiene que modernizar», hay que sacarlo de las bibliotecas, que le dé el aire. Y puede ser que lo tengamos sacralizado, que yo sea una rara avis, y que cualquier grieta a esa supuesta aura inviolable nos chirría. Puede ser. Pero también puede ser que la televisión es lo que es y que, desgraciadamente, Saber y Ganar sigue siendo una excepción.
En esta última entrega del viaje a Colombia os quiero contar algunos detalles que me he encontrado en este hermoso país y no sabía muy bien cómo agrupar alrededor de un tema. También añado fotos curiosas que complementan lo que cuento:
• La ducha no suele tener dos mandos, uno para el caliente y otro para el frío, sino que hay uno solo, con la mezcla de temperatura ya hecha y…apáñate.
• Colombia es la fantasía de los amantes del dulce. Sobre todo en estaciones de bus, no sé por qué, existe un abanico de cosas azucaradas, rebozadas, aliñadas, que no acaba nunca. De hecho, hay un dulce que roza lo imposible que se llama helado frito. Helado frito, flipas. Afortunadamente también tienen su gran repertorio de frutas, para compensar, y de las que soy fan al 100%: guababana, lulo, tomate de árbol, guayaba, maracuyá (en la foto), nona, acai, gulupa, feijoa, chontaduro, guineos (en la foto), borocó, copoazú, mango, mamoncillo, etc. Las hormigas culonas, que en teoría están deliciosas, a mí no me sentaron del todo bien y me tocó pasar una noche en vela interrumpida por picor por todo el cuerpo y friegas de agua fría 😅
• Además de café, Colombia exporta flores y es porque rebosa de ellas, en cualquier parte del país las calles están llenas de flores variadas.
• Durante este viaje he estado leyendo varios libros, que me han ayudado a entender mejor Colombia: Guía de Lonely Planet, Los cuentos completos de García Márquez, Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galiano y La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile de Gabriel García Márquez.
• Me llama la atención lo estadounidense que puede ser un país como Colombia. No su folcror, no su imaginario, sino su actualidad, su día a día. Porque la colonización española es cosa de la historia, que llega hasta el presente, pero la verdadera colonización hace tiempo que es yankee. Camiones enormes, de marcas norteamericanas, ingenierías, baños y útiles cotidianos no tienen un estilo colombiano ni español, sino de EEUU.
Porque el modelo, al final, es el modelo de las películas, el triunfador, y además LATAM en general y Colombia en concreto ha sido dominada económicamente. Por las buenas o por las malas y pienso en golpes de estado, dictaduras, guerrillas y paramilitares, pero también cuchicheos y puñetazos en la mesa que provocan alzas de precios y cambios de gobiernos miles de kilómetros al sur...
¥ Bogotá es un parche
Tengo la suerte de poder quedarme en Bogotá en la casa de la familia de mi novia. Y esto no es baladí, porque compartir rutina con Sandra, Jeison, Luz Marina, Veitiere, Sharity y Lorena ha añadido una profundida especial y única a un viaje tan poderoso y único como ha sido este viaje a Colombia. Gracias por hacerme sentir uno más.
Ahora, sobre Bogotá, como ciudad, os cuento yo podría decir que he conocido Bogotá, pero eso no es cierto. He conocido la parte visible de la ciudad para alguien como yo, un turista, por mucho que lo quiera evitar, y que además es visto así por todos los habitantes de la ciudad.
El tema transporte es bastante pesado, lento, caro, casi siempre con atasco continuo y en algunos lugares también es peligroso. Y mira que a mí me gusta usarlo, porque creo que es la manera de conocer un lugar, pero preferimos usar una aplicación llamada DIDI que costaba unos 3 € aproximadamente (17.000 $ pesos colombianos) por viaje. Evitamos problemas y no nos arruinamos.
Otro de los focos de nuestros viajes fue el mundo libro, llamémoslo así, y de sus ecosistemas. Fuimos a bibliotecas públicas, privadas, librerías grandes, pequeñas y a venta callejera de libros. Trajimos buenos libros, curiosos, que os iré contando por aquí con un poco de tiempo... y sin prisas.