Islas divergentes

25 de mayo

Por muy rodeados que estemos, algunos siempre estamos solos. Los raros, los diferentes, los que no encajamos. Y no es por vanidad sino por búsqueda, por necesidad. Porque la vida es muy corta para no decirlo, no hacerlo, no escribirlo. Y, pese a todo, compensa, alivia.

Y tú, que también escribes, que también te sientes diferente, que también sientes que aburres cuando hablas de tus poemas, que nadie entiende hasta dónde llegan tus metáforas y lo feliz que eres al escribirlas. A ti te digo que no estás solo, que tienes cerca a otros solos, como yo, y que si todos tienen bandera nosotros tenemos una hoja en blanco. Y si ellos hablan de fútbol y coches nosotros hablaremos de cómo acecha la muerte a Pizarnik o cómo es la telaraña de Juarroz. No dejes la poesía por ser normal, por encajar en los diálogos repetidos, por ser una pieza más de relaciones de mierda que nunca buscan escucharte, tan solo que les hagas sentir menos solos. Sigue jugando, leyendo, llegando más allá, por un camino que solo tú conoces porque está hecho de tus lecturas, de la unión de esos mundos.

Por si te sirve, a mí me interesa tu viaje, tu camino, las letras que has vivido y cómo, después de todo eso, has conseguido sacar esa flora y esa fauna que tenías dentro para hacer una historia, un libro, un poema que cambie tu vida y la de los lectores. Ya me dirás dónde te pillo el libro.

20 de mayo


Los más, los muy, los que gritan

miremos a quien se gana nuestra atención, a quien tiene que aportar algo de valor, no a los más, a los muy, a los que gritan. Como en el colegio, poner la atención en ellos nos va a hacer perder el tiempo, encabronarnos y terminemos en una espiral de odio con aquellos que no aceptan el diálogo y solo imponen el ruido. No merece la pena, ni el tiempo, ni la energía.

Pensemos en las enfermeras y enfermeros que siguen dejándose los cuernos en los hospitales para salvarnos y no salen dando gritos, ni insultando, y eso que se han jugado la vida y nos han salvado a nosotros. Tomemos su ejemplo, bajemos la cabeza y busquemos cómo acabar con el virus, no con nuestros (supuestos) enemigos. 

Pensemos en cómo crecer, es el momento, tenemos tiempo. Pensemos en toda la gente inteligente y valiosa que nos han dejado los relatos de sus vidas en libros. Seamos más humildes, acudamos a ellos para seguir aprendiendo, dejemos de hablar tanto y escuchemos a los demás, a aquellos que no necesitan gritar, a aquellos que se atrevieron a ser sinceros, honestos y valientes en su oficio de decir y ahí están, esperando en la estantería, mientras el ruido de los que gritan nos llega multiplicado por la televisión, las redes sociales e incluso la calle. Hagamos lo que nos nutre y nos hace sentir bien, no lo que nos mete en el barro. No sirve de nada y es bastante estúpido salir a la calle sin las condiciones sanitarias adecuadas para condenar el ruido (o el fascismo) porque nos convertimos en peligro para los demás. 

Basta ya de héroes y heroínas que solo buscan llamar la atención y dejar que crezca su ego. Pongamos nuestro foco, nuestra energía, donde puede dar frutos, no donde solo hay odio y estupidez porque de ahí no va a crecer nada.

19 de mayo




En esto de la poesía, como en todos los fregaos donde me meto, creo más en el aprendizaje que en la volatilidad extraña de la suerte, del destino, de la predisposición.

Por eso, me extraña que haya poetas de renombre que nunca hayan comentado a otros poetas, que no hayan dicho: «joder, leed a este o a esta poeta, mirad lo que hace, aprended como yo he aprendido», y entiendo que este mutismo puede suceder por dos razones:

O bien no lees y por eso no te sientes interpelado por otros, por esa empatía con el dolor, con la alegría, con el amor del otro. O bien, sí que los lees, sí que sientes esa empatía, pero interpretas que nombrarlos en redes, difundir su(s) hallazgo(s) puede menoscabar tu posición en la fila del reconocimiento público.

A mí no me importa compartir este poema o a esta poeta contemporánea o no. Debo este oficio a aquellos que me dijeron «¿Conoces a Roque Dalton?, ¿a Angélica Liddel?», y por eso no puedo apropiarme de esos tesoros. Necesitamos que más personas sean sorprendidas por la poesía. Da igual si es mía o es de otros. Compartamos lo que nos hace humanos, combatamos el ruido con fraternidad y empatía con la emoción del otro.

Estamos en al guerra de la atención. En la guerra del selfie y del yoísmo extreme. Pero algunos preferimos e intentemos que se lea, que se preste atención, a aquellos a los que admiramos. Convertir los espejos en ventanas, vamos, incluso con nuestros propios textos. Y en este sentido, al menos para mí, el tema de las citas no es anecdótico o una cuestión de verme respaldado. Para mí, cuando pongo una cita de alguien a quien admiro en un libro mío, lo que busco es que se creen alianzas, que el lector lea mi poema pero que tire de la hebra de ese verso que cito, que pueda disfrutar tanto como yo lo hice (¡o más incluso!).

16 de mayo

 

Arthur Siebelist


16 de mayo
Quince días dijeron y les creímos. Que paráramos la vida quince días y que luego ya, todo bien. Quién podría negarse a tal sacrificio minúsculo. Minúsculo de tiempo y de esfuerzo, ya que tan solo se nos pedía que nos quedáramos en casa. Tan a gusto. Confinados. Pero han pasado dos meses y parece que la situación no termina de aclararse. Y es normal, porque es una situación jodida y que no tiene una salida definitiva, o no la vemos.
El caso es que el confinamiento lo estoy pasando en casa de mis padres. En la habitación de la casa de mis padres, donde viví hasta los 20 años, cuando me fui a estudiar a Chile. Si la situación ya es extraña por sí misma, verme aquí, en la habitación de siempre, rodeado de mis tebeos, novelas y recuerdos a mis 33 años, parece que se me ha concedido una especie de purgatorio donde pesar lo bueno y lo malo de lo que he hecho en este tiempo. Sin embargo, tampoco me apetece ser tan pedante o trascendente y cuando cierro la puerta y me siento al ordenador me llegan fogonazos, nunca un todo.
Hoy, este fogonazo ha sido el de encontrar similitudes entre esta pandemia y e aquellos apagones de luz de mi infancia. Hay algo ahí de salvaje y de picor adolescente, de nerviosismo. Como si la vida estuviera más presente, con algo a punto de estallar. La incertidumbre del caos podríamos llamarlo, ¿no? todo transcurre como siempre, con sus lunes a domingos como siempre de trabajo y quedadas y lo que sea, y de repente el tren descarrila y búscate la vida. Tenemos que volver a armar el mecanismo. Buscar las velas. Buscar mecheros. Que todos estemos bien, los hermanos pequeños, las abuelas (me parecía increíble que en ese estado de preapocalipsis aún funcionaran los teléfonos), intentar entender qué ha pasado, por qué, hasta cuándo y si mañana habrá cole, si tengo que hacer los deberes y sí, si mi historia de amor que nunca ha sucedido por mi capuchón de vergüenza por fin podrá suceder. Y entonces piensas o rezas o sientes: «que vuelva la luz, por favor, que haya cole mañana, que pueda volver a ver a Elena» (yo rezaba al vacío, porque ya entonces no creía en Dios) y ahí venía mi sacrificio, el trueque:
«Si vuelve la luz le digo a Elena que si quiere ser mi novia». Y lo pensaba, te lo juro, como esos pactos pequeños y sagrados cuando íbamos en el coche con la familia «si hay más de veinte postes de la luz de aquí a casa de la tía, este año apruebo todas».
Hoy, en la pandemia del hoy, la del COVID-19, aún no sé qué sacrificio ofrecer al vacío de los pactos pequeños y sagrados, lo que sí que tengo seguro es que necesito volver a verte.