Islas divergentes

Reseña de The deep blue sea




Rachel Weisz, una de las actrices más sugerentes y talentosas de la actualidad, aparece tomando sopa y frente a ella, su suegra, hablando sobre su pasión por el deporte. Rachel Weisz, potente y fiera, levanta la mirada del plato e inicia la batalla:



-Me parece muy difícil ser apasionada con eso.

-Ten cuidado con la pasión, Hester. Siempre lleva a algo feo.

-¿Con qué lo remplazaría?

- Con cauteloso entusiasmo. Es más seguro.

- Pero más aburrido.



Y vuelta a comer la sopa mientras el marido e hijo, interpretado por Simon Russell Beale, nota cómo la sopa no quiere pasar por su garganta.  Glup.



La película donde aparece este diálogo genial es The deep blue sea, de Terence Davies. La historia trascurre entre la niebla de un Londres de los años 50, aún herido por la segunda Guerra Mundial y con el horizonte algo desviado. En este contexto de regeneración, de intentar ponerse de nuevo en pie, un matrimonio formado por Rachel Weisz y Simon Russell Beale trata de no ser excesivamente consciente de su aburrimiento existencial, sin embargo, y como se veía venir, Rachel Weisz conoce a un apuesto joven que le hace replantearse la velocidad a la que quiere vivir el resto de su vida. Hasta aquí, esta es una película más sobre un matrimonio con una gran diferencia de edad en la que el miembro más joven se ve atraído irremediablemente por una persona de su edad, mucho más atractivo que su pareja. Este argumento es sabido por todos, pero lo que no es sabido por todos es la presencia de Rachel Weisz en la película, ciclópea, enorme, con una actuación que convierte a esta película, de mediocre, en muy buena. Os recomiendo que vayáis a ver a Rachel Weisz, quiero decir, The deep blue see, al cine. Merece la pena.



Director: Terence Davies

Reparto: Rachel Weisz, Tom Hiddleston, Simon Russell Beale, Barbara Jefford

95 minutos

Reino Unido, 2011

Sin camino


Ramell Ross


Para qué abrir la camisa si todos tus labios
toda tu sangre de batalla
toda tu selva y tu savia
ya tan lejos.

Para qué salir a cazar si ya no hay tigre
caliente
en los cadáveres.
Ahora todos tus labios,
todos tus labios de lunes que amanece
de miércoles de frutas
labios de viernes que escuecen y se escapan
están más allá de las ventanas
y no vuelven.

Ahora tú con chaleco antibalas
Tú sin puñales de caminos
para mi
y yo aquí sentado sin sangre
y sin ti.

Feliz Navidad


Cuando llegaron las lluvias y los árboles del parque se quedaron secos y esqueléticos, en la televisión empezaron a poner a todas horas un anuncio perfecto:

"PONITRON, el Poni que hará feliz a su hijo. Relincha, corre, come azucarillos, y ni se caga ni se mea en la alfombra. No lo dude, el regalo de estas Navidades. Por tan solo 2000 pesetas tendrá en su casa un increíble PONITRON."


Teníamos la cantinela todo el día en la cabeza. Y claro, Amanda empezó a pedírnoslo. 2000 pesetas era dinero, pero Irene, mi mujer, me convenció: "bueno, los reyes del año que viene serán más flojos...una vez es una vez". Pues eso. Una vez es una vez. Y le compraríamos a nuestra querida hija un hermoso PONITRON made in China que recordaría toda la vida.


Quise que todo saliera bien y que no hubiera prisas de última hora así que, un día que pude salir un poco antes del trabajo, me escapé a un centro comercial a por el juguete. Estábamos a principios de Diciembre, pero el furor consumista ya había dejado temblando los estantes. Me empezó a entrar el nervio, el ansia, y solo veía competidores por todos lados. "Me cago en la hostia" pensé, "mi hija no se va a quedar sin su regalo". Caminaba cada vez más rápido por los pasillos del centro comercial, mirando con rabia a los padres, a las abuelas de mierda que creen saber qué es lo que quieren sus nietos.


Tenía miedo. Miedo de ser un padre de mierda. Un padre que no aprecia a su hijita regalándole el mejor juguete posible. Tenía miedo. Miedo, también de la cara de Irene y su tristeza, de nuestra decepción. Con los puños apretados atravesé el pasillo de las muñecas, el de los juegos de mesa y el de material de guerra infantil hasta que llegué al pasillo de "Superventas". Allí chillaba todo el mundo y un padre calvo y con mala leche, sacó a pasear su puño derribando a una hilera de abuelos que cayeron al compás del hilo musical.


Como yo no tenía tiempo de diversión, esquivé al calvo y a su puño con mala leche y busqué entre la gente al PONITRON de las narices. Por fin. Al final del pasillo pude ver la caja y me lancé como un loco a por ella. Pesaba bastante y me pareció que dentro algo olía muy mal. Como a gato muerto. Pensé que sería algún viejo, víctima de la ira del calvo.


Mientras corría hacia la caja registradora agarré las 2000 pesetas que tenía en el bolsillo, y se las lancé a la cajera con violencia. Cuando llegué al coche, respiré, por fin, después de diez minutos. "Joder, tengo al puñetero poni conmigo" pensé. Eso si, la vuelta a casa la tuve que hacer con las ventanillas bajadas porque algo apestaba en el coche. "Seguro que he pisado una mierda al salir echando hostias de ahí, pero bueno, merece la pena porque tengo el PONITRON para Amanda".


Llegué a casa y envolví rápido el regalo, temiendo que alguien viniera (aunque era imposible, Irene y Amanda habían ido a ver a los padres de Irene) y me pillara con la sorpresa. Después de envolverla, la guardé en el armario del pasillo. Un lugar profundo y que solo abrimos para sacar el árbol de Navidad, el trivial y los manguitos de Amanda. Dos semanas después Irene y yo fuimos, más tranquilos ya y sin carreras, a comprar el resto de regalos.


Los días pasaban e Irene seguía en el curro, trabajando poco y ganando mucho, yo al revés y Amanda con aquel imbécil de su clase, Tomás, que no dejaba de meterse con él. Salvo los resfriados y las cañas que me tomaba los viernes con los colegas, todo era más o menos igual. Esperaba con ansia el momento de ver la cara de mi hija al descubrir su regalo.


Y bueno, después de Nochebuena y Navidad, de la borrachera de Nochevieja, de tantas luces, de tanta alegría y tantos polvorones, llegó la noche de Reyes. Joder. Cómo apestaba el puñetero armario. Cuando Irene y yo fuimos a por los regalos a eso de las doce de la noche, notamos una hostia de olor fétido en la cara. A mi se me saltaron las lágrimas e Irene se fue corriendo a vomitar al baño. Era raro de narices porque aunque el armario era profundo, no había ni cañerías ni cosas raras que pudieran oler mal. No se. Irene y yo nos acojonamos. No era un miedo normal, era una especie de vergüenza y en aquel momento sentimos un dolor en la tripa muy raro, entre nervios y nauseas.


Aguantando la respiración y sin hacer ruido para que Amanda no se despertara, Irene y yo cogimos el regalo y la llevamos a nuestro cuarto. Estaba claro que había algo podrido, nauseabundo, dentro de la caja. Se suponía que tendría que haber un PONITRON ahí dentro con sus pilas y sus luces, hecho en alguna fábrica China, con la delicadeza de unos deditos pequeños e inocentes, con su pelo suave y su melena y su cola. Un poni que hiciera feliz a nuestra hija. Un poni que haría compañía a Amanda mientras nosotros nos íbamos a tomar algo, o a hacer el amor, o yo que se, lo que nos diera la gana. Un poni que cuidara y que quisiera a nuestra hija.


La caja estaba ahí, encima de la cama, y ni Irene ni yo nos atrevíamos a abrirla. El olor seguía siendo asqueroso y tuvimos que correr las cortinas y abrir la ventana. Al final fue Irene la que se atrevió a abrirla. Admito que mi supuesta mayor valentía como hombre de la casa se fue al garete. Irene empezó a rasgar con cuidado las líneas punteadas, pero cuando se dio cuenta que se resistía un poco, se puso nerviosa y empezó a rasgarlo todo con furia. Y abrió la caja.


Lo que había allí no era un PONITRON, ni tan siquiera un juguete. Lo que había allí era algo muerto. Algo que, terriblemente muerto, olía a niño chino de nueve años muerto desde hacía semanas. Un cuerpecito descompuesto, terrible, y que había sido colocado allí por error en el lugar de un precioso y suave PONITRON para mi hija de nueve años. Lo que yo más quiero en este mundo.

Encuentro en la carretera


                                                                                    KARL SCHMIDT -ROTTLUFF



Me acerco a ti con el mapa entre los dedos
el camino lleno de manos pero tú tan selva
tan muro sin persianas
tan tigre lleno de nudos que es imposible
alcanzarte.

STOP

"Prohibido pasar de 50
grados"

Eres dura como un espejo
pero poco a poco apareces
y ya masticas el asfalto
cuando estás nerviosa.

Vuelves y te pintas los labios de frutas y
todas las ventanas se te abren
sin que te des cuenta.

Tu cuerpo,
asediado de señales
mareado de rotondas
ve pasar el tráfico mientras tose
y tose
lleno de ganas.

Educación sentimental

Chema Madoz



Desde pequeño el amor en un cajón:
"Más vale pájaro casado que cien amantes volando".
Más valía, más vale
morder la jaula que cazar volcanes con la lengua.
Mejor usar muletas de labios
mejor tener, mejor atar
mejor criar un mar esclavo
en la pecera de la tripa.
No lo dudes y clava a tu amad@ al suelo
día a día a la cocina y los sillones.
Clava al suelo
(con enormes puntas de hielo)
la sombra de la cama
y asesina al tigre que se esconde
debajo.

Mejor parar y medir el calor exacto
necesario
que te ofrecen
y dar las gracias.

¿Para qué correr si cada persona tiene un final
un reposabrazos asesino,
un tropezón de jaulas
grises?

Escribe cartas de despedida a tus amantes y a tus labios,
cartas de hasta nunca a tus manos,
a la oscuridad suicida de otros cuerpos y vuelve al sillón,
enciende la tele y aguanta la respiración:
empieza a oler a podrido.

Hazme la guerra


Lauren Craste

No me dejes en paz.
Nunca.

Hazme mil guerras
de dedos
de agujeros,
miradas sin tregua.

No quiero estar en paz;
me asustan los bichos
suaves
que duermen en sofás y que me sorben el ombligo
y el alma.

Moléstame

Córtate las uñas cuando hacemos el amor,
y haz el amor,
cada vez que abra un grifo.

Pero si quieres dejarme en paz y te escuecen los pies,
y te llama el humo caliente de los cuerpos,
no rompas los puñales llenos
aún 
de sangre nuestra
y déjalos
a mano 
 
y sedientos de guerra. 

La superviviente

ENJEONG NOH


Tengo una colección de cadáveres,
atada al pie,
a las manos.

Todas son bellas y sonrientes,
pero tú, querida y amada cadáver,
estás aquí,
mirándome a los ojos.  

Madre


Madre y niño, Guayasamín



Si no te hubiera gustado leer,
ahora tendría martillos o piedras
en las manos.

Si no te gustara leer
sería un hombre normal,
un hombre que abre los cajones y encuentra cosas.

Un hombre admirable que confunde un cuello de mujer
con un jarrón o con un plato hondo.

Me diste el mejor arma del mundo,
27 balas,
y miles de zombies grises para disparar.

Si no te gustara leer,
si no tuvieras (y tuviera) ese hueco insaciable en la sangre,
no sería yo, 
no seríamos nosotros. 

¡Alto ahí!



Roberto Kusterle

Ahora
que solo nos quedan
cucharas y tijeras
te empeñas en ser caliente,
romper tu nariz contra mi pecho
tropezarte de ganas
en mi puerta.

Quédate ahí,
en el borde
estirando el tiempo
la mirada.

No agotes el calor
que se esconde en las ramas
de tu pelo,
y quédate ahí
siempre

en la memoria. 

Vida

Con 17 años, Rodolfo caminaba alegre por la vida. Su única intención era descubrir el mundo y enamorar a chicas guapas pero un día todo se torció.

Al salir de casa ese día para ir a por el pan, tuvo el presentimiento de que iba a morir. Se olvidó del pan, volvió a su casa a coger unas pocas cosas y se fue de casa. Rodolfo se pasó la vida viajando, huyendo, pero llegó el momento en que se cumplió su presentimiento. Rodolfo, con 82 años, murió en su cama rodeado de sus tres hijos, su esposa y sus cinco nietos.

*


Man Ray


Si no fuera por el limón que te nace
tan rojo
entre los labios
todo sería tan desierto,
todo tan piel
todo tan ceniza y tan madera seca.

Entre los labios, como un relámpago húmedo
tu lengua me indica el camino perdido a las algas
la vuelta al terreno viscoso
muscular
de la pasión.


Mañana 3 de diciembre, recital de Sextavocal en la Vitrina, Soto del Real



Mañana sábado me estreno con la compañía serrana de poesía Lasextavocal. Espero que podáis venir a acompañarnos, no por mi poesía sino por la calidad que tienen algunos textos de mis compañeros. Merece(n) mucho la pena. Por ahora os dejo aquí unos cuantos poemas a ver si consigo animaros.  Abrazos,

Si no fuera por el limón que te nace
tan rojo
entre los labios
todo sería tan desierto, 
todo tan piel 
todo tan ceniza y tan madera seca.

Entre los labios, como un relámpago húmedo
tu lengua me indica el camino perdido a las algas
la vuelta al terreno viscoso
muscular
de la pasión. 

Vegetación


La primera vez que vi tus ojos fue en aquel programa dedicado
a los leopardos.

Te escondías como un recuerdo,
entre pelícanos y tarzanes.

Me cazaste,
y tu generosa humedad de iguana me dio tres besos.

Te acercaste y fuiste dócil,
parque urbano con tus niños en bicicleta,
el césped rojo,
y tu lago de agua
aún tan caliente.

Yo te paseaba
te meaba en las esquinas alejadas
tocaba la tierra
y las escamas de tus peces.

Te acercaste tanto que ya no puedo dejarme cazar
fumarme los cigarros en tu césped rojo,
lamiendo y aspirando el humo
como si tuvieras
aún
savia en los árboles.

Raíces

Aquellas noches nos penetramos las raíces que no eran nuestras.

Aparecían por la noche en la oscuridad que atropellábamos
y los ojos abiertos.

Eran raíces que quemaban la ropa y la hacían montoncitos pequeños
de ceniza.

La noche,
tan cerca,
nos convertía en bestias hambrientas
y suaves.  

Vanesa Pérez Sauquillo en la Huelga



En el cuarto amarillo/los amantes encienden las/palabras. Y ayer 30 de noviembre, Vanesa Pérez-Sauquillo prendió con fuego abecedario La Huelga (Lavapiés, Zurita 39) con la cerilla que le entregó Rodrigo Galarza y su Museo Salvaje que organiza cada último miércoles de mes en este local. 

Vanesa recitó poemas escuetos, estrechos y profundos como cerraduras de sus cuatros libros ya publicados    (Estrellas por la alfombra 2001, Vocación de rabia 2002, Invención de gato y Bajo la lluvia equivocada 2006) y algunos otros aún inéditos. La poesía de Vanesa tiene luz, como ya dije en la crítica de versátil.es, y se trata de una poesía delicada, clara, que no choca con las palabras pese al conflicto, pese al dolor. Una poesía que fluye y que se puede enseñar a la gente que no entiende de poesía. A esa gente que odia la poesía pero que ama la vida. Esa gente que se reconocerán con la voz de Vanesa, con sus dudas, sus recaídas y con sus euforias. 

Y ahora os dejo un poema suyo que escuché ayer y sentí como dolía, como me agarraba, en primera persona:

dime,
si me frotabas
hasta romperme en hebras,
por qué nunca pasaste los dedos
a través.
Por qué no me agarraste.


Exorcismo fallido


Catalina Bartolomé

Ya no eres aquel animal tranquilo que me besaba desde lejos
con los labios fríos y los ojos calientes.

Eres un recuerdo y no te puedas frotar conmigo
no me quemas cuando te acercas
(porque ya nunca te acercas)
y echo de menos las quemaduras en el centro mismo
de la herida.

A veces la carne recuerda y me lleno de caricias extrañas
pero que huelen a ti.
Siempre vuelves
vengadora
y mi carne se hace nudos, se choca y te ladra con la noche en la boca
pensando en tus dedos ágiles
dulces
y llenos de espinas.

Mis recuerdos son tuyos y no puedo matarlos:

mis manos solo llegan hasta el borde exacto de mi carne.

Consecuencias



Incluso los del primero escucharon los gritos, los golpes. En el primero A subieron el volumen, en el B, se fueron a dormir un poco más temprano.

Más arriba, en el segundo, no había nadie. Estaban fuera cenando. En el tercer piso había miradas esquivas, de miedo, pero todo estaba bien, aún, en sus salones.

En el cuarto explotó un vaso contra el suelo. No pasa nada. Alegría, alegría con sonrisas forzadas mientras los niños se tuvieron que poner zapatillas. En el quinto una pareja estaba abrazada, sufriendo los golpes y aún más los gritos.
En el sexto nacían y morían los gritos, los golpes, y todo era dolor. Pero ella, en un descuido del dolor, consiguió escapar y bajar sangrando las escaleras, para pedir ayuda.
En el quinto sus golpes en la puerta juntaron más a la pareja. En el cuarto, su llamada llegó tarde. Los niños son lo primero, dijeron entre ellos. En los terceros y segundos tuvieron miedo, «¿quién será?, Nosotros no hemos hecho nada malo». Cuando ella llegó a los primeros, todo el mundo soñaba o veía la tele. La irrealidad siempre viene bien en estos casos.

A la mañana siguiente, la mujer del quinto piso tenía un ojo morado, en el cuarto, los niños gritaban y gritaban y sus padres solo podían llorar y pegarlos para que se callaran. En el tercer piso, a la mañana siguiente, había trozos de platos rotos por el suelo y algunas gotas de sangre. En el segundo seguían durmiendo, soñando con colores y formas diversas. Los del primero A, encontraron el suicidio de la televisión en el salón y en el primero B nadie pudo dormir. Los ojos no se podían cerrar.  


Escritores




Rafa Zubiría, No way home



Nos creemos reyes por coger un boli y escribir cosas raras.
Nos creemos dioses, pero aún somos aquellos niños feos
aquellos niños raros que tenían aparatos en la boca
y que sonaba chof
chof
cada vez que dábamos patadas a la pelota.

Tres insultos en la frente
y lágrimas rotas de niño solo.

Ellas eran tan guapas
y tu nuca nunca.

Qué raro, qué solo
qué granos viscosos de poesía verde en la frente.

No encajábamos
no encajamos
y chof cuando nos sentimos solos
chof cuando te miro a los ojos
chof cuando te imagino desnuda
tan lejos de mí. 

No encajamos y escribimos poesía,
arreglamos el tejado para que las piedras que el vecino nos tira no hagan chof en nuestras cabezas de niños solos.   

Poesía


Joan Brossa, Clau



Hacer un poema como si te rompieras un brazo
y se lo dieras a ella.
Hacer un poema, bajar las escaleras
y sentarse al lado de aquel que no puede subir.

Llenarte de hojas,
vivir despeinado y calvo,
tener las suelas llenas
los dedos gastados,
y que todo lo demás no importe porque huele a ella
mientras escribes el poema.

Pasado



Christies Lucian Freud


Ya nadie me hace fotos.
Ya nadie me dice que sonría
"qué guapo sales".
Salía.

Ahora nadie me mira a los ojos
escondida
tras un aparato mecánico
(qué cobarde eras).

Ya nadie se me acerca y me recuerda las sábanas que tenemos muertas.
Ahora los muertos somos nosotros,
lo nuestro. 

Mi madre es un pez


(Texto publicado originalmente en koult.es)




Como dice Rodrigo Fresán en su relato La sustitución de los cuerpos y que forma parte de esta antología familiar de Libros del silencio,tarde o temprano, siempre acabamos descubriendo que los otros nunca son como uno pensaba. Y es verdad, pero con la familia, pasa aún más.
Y por eso, porque la familia sorprende aunque la veamos todos los domingos, aunque nos haya criado, aunque nos haya dado azotes y nos haya enseñado a leer, había que dedicarle una gran antología de relato a este círculo que nos acompaña toda la vida. Y tenía que ser precisamente de relato para que cada autor pudiera crear una familia, un entorno y lo presentara en sociedad.
Sergi Bellver, un tío muy interesante que sabe estar en los sitios adecuados y con los proyectos adecuados (como aquel libro imprescindible que fue Chejov comentado) se dio cuenta de esta extraña cercanía-lejanía familiar y decidió, junto a Juan Soto Ivars, proponer relatos familiares a una selección de escritores bastante adecuada.
El entorno familiar, con sus madres cercanas y crispadas, como cuando se le pasaban las judías al fuego pero lejanas al mismo tiempo, padres que detrás de una supuesta dureza esconden agujeros y hermanos cabrones, es un flotador que nos ayuda y que también nos condena a veces. Un caldo de cultivo perfecto, una excusa fértil y muy bien elegida para esparcir.
Los que cumplen, Fresán, Jabois o Berta Marsé, por ejemplo. Los que no, los que han hecho un relato para cumplir y que me han decepcionado por anteriores libros con un nivel bastante alto son Ortuño y Candeira. Uno, el mexicano, ha hecho un relato plano que no llega, y el otro, una narración que repite (y agota) el recuerdo que tengo de su genial Antes de las jirafasPor otro lado, los que se han salido del tiesto, los que han cogido la propuesta y la han convertido en literatura son unos cuantos. Andrea Jeftanovic es una, medalla de oro por ese relato tan conseguido y Aixa de la Cruz y Paula Lapido la acompañan en un podio de escritoras amazonas. Salvajes y poéticas. Celso Castro también me gusta mucho, con ese tono de niño que rompe y Sergio Lifante escribe bien, tiene un buen relato, pero me deja inquieto. Otro escritor que me llega es Ricardo Menéndez Salmón que consigue atrapar el cansancio del matrimonio (¡casi nada!) y convertirlo en lógico, inevitable (como todos sabemos que en realidad es). Otro que lleva fuera del tiesto un tiempo es Olmos, que ya no sorprende a nadie sobre su calidad literaria pero si sobre sus relatos.
El resto de cuentos me parecen complementarios, no destacan pero acompañan a los textos que ya he mencionado. De alguna manera completan la foto de familia de unas grandes historias y ayudan a valorarlas en su justa medida. Una familia en la que no encaja, lo siento, Eduardo Mendoza. Me parece que su epílogo es demasiado plano, demasiado “esto ya lo he oído yo” y no, no encaja dentro de un libro lleno de historias desubicadas.
En definitiva, este Mi madre es un pez es un buen libro de relatos que no cansa pese a versar sobre un único tema y tener casi cuatrocientas páginas. Un libro con muchos caminos, con muchos discursos, con muchas madres y padres, con muchos recuerdos propios que el propio lector reencontrará en sus páginas.