Consecuencias
Desfile
Poema 12, espantapájaros, Oliverio Girondo
Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, se despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden, y se entregan.
Oliverio Girondo
http://www.youtube.com/watch?v=WmOLqDETnRw
Si todos fuéramos pobres
Tillverkas i Sverige(Hecho en Suecia)
Cuando los dioses se convierten en palabrotas (visto en Mi madre es un pez)
En breve(un breve generoso, relajado) la crítica aparecerá en koult.es. Me he encontrado esto y quería compartir.
"Me pongo una cerveza. Le digo.
No hay. Me dice. La madre.
Joder. Le digo.
Palabrota, palabrota. Dicen los niños.
Joder. Digo.
Palabrota, palabrota. Dicen los niños.
Cojones. Digo.
Palabrota, palabrota. Dicen los niños.
Palabrota, palabrota. Dicen los niños.
Plaza
La civilización
Sorpresa
Lo anunciaron en la radio, en la televisión, en las calles, en Internet y en los periódicos. En todos los lugares, a todas horas. Algunas personas pensaron que era la promoción de una nueva película, otros, un grupo musical. Por eso, cuando se dieron cuenta que el apocalipsis era otra cosa, el fin del mundo pilló a todo el mundo por sorpresa.
Bonilla
El record imprevisto

Aquella mañana yo quería lavarme bien, dejarme la piel bien tersa y suave porque nunca se sabe qué es lo que puede pasar. Aquella mañana, yo tenía que ir a trabajar, por supuesto, pero tenía prevista una reunión con los altos mandos, y bueno, ya se sabe cómo son los altos mandos. Así que, por si acaso había también una Alta manda por ahí, que me arreglara la vida además de darme un puesto un poco más cómodo, entré en la ducha como aquellos tíos raros que entraban en Lluvia de estrellas y se cambiaban por otros, (¿cómo cojones hacían eso?).
El agua apareció, como siempre, milagrosamente por la alcachofa con agujeros. Al principio fría, después mejor y luego ardiendo de cojones. Como siempre.
Esa mañana yo quería dejarme bien limpito, de verdad. Sacarme toda esa roña que había estado acumulando sin motivo aparente y demostrar a toda esa pléyade de encorbatados (y esperemos que también encorbatadas, o bueno, enfaldadas) ejecutivos que soy una persona decente que sabe exigirse y sacar lo mejor de uno mismo.
Eran las siete de la mañana, y ya se sabe; si tu compañero de piso tiene un apretón y tiene que entrar si o si, que el agüita está muy calentita y fuera hace un frío de cojones, o que te quedas dormido como un puñetero tablón bajo la pequeña lluvia. Y esto último fue lo que me pasó. Cuando desperté ya era tarde de cojones y ese grupito de cabronazos seguro que me despidiría por no haber ido a trabajar (fascistas).
Bueno, pues ya que estaba ahí debajo, me levanté, me puse cómodo, y me lavé por quinta vez el pelo. Hay que ver que gusto da enjuagarse los pelos con aquella espuma que se reproduce más y más hasta que ya te cae por el pecho o la espalda y la ves pasar entre tus pies directa al sumidero.
Parece que esos pequeños placeres no se van a acabar nunca. El agua debe reproducirse dentro de esas tuberías mohosas que penetran por todos lados las casas y los bares, porque si no no entiendo como millones de personas limpias puedan restregarse y limpiarse cada mañana en sus casas bajo un chorro ininterrumpido de agua cristalina sin que esta se agote. Joder, el agua debe follar como si no hubiera un mañana.
Mis perspectivas de vida en aquel momento no eran demasiado ambiciosas, (bueno, un poco de acondicionador no habría estado mal) y estar ahí, aguantando la caída de las gotas, era mi único plan previsto. Las suciedades se fueron cayendo poco a poco, descolgadas, por el agujero negro que las lleva a otro spaguetineante laberinto de tuberías y oscuridades que deben acabar en algún lado pobre pero limpio. Qué más da. Lo pobres no somos nosotros y nos quedan muy lejos.
Después de dos horas, y después de contundentes sacudidas de esponjas, geles y champús, mi piel empezó a encogerse y vi como mi dedo gordo empezaba a quedarse en contacto con el aire condensado del baño. Quizá ese retroceso dérmico fue el causante de que la ceja derecha empezara a desplazarse, como un pequeño felpudito móvil, sobre mi ojo y mi mejilla, para dar justo después un salto desde mi cara hasta el suelo de la ducha.
Sería ya la hora de comer. Lo que me extrañaba es que ni Teresa ni David hubieran querido entrar en el baño. Debe ser que tienen el estómago fuerte. Creo que más que yo, porque cuando empecé a escuchar los contundentes quejidos de mi tripa, empecé a oler los afrutados olores de los geles (los ocho que había) y de los champús (cereza, kiwi, miel) de otra manera. Empecé a desparramar aquellas fragancias multicolores en mi boca, a darme un festín, espachurrando los botes como un auténtico idiota, llenando mi tripa de glicerina y otras mierdas nada buenas. Al cabo de un rato, cuando mi tripa dijo basta, me caí lirondo al suelo.
Lo siguiente que noté fue el sonido de una respiración forzada a mi lado derecho. Luego, cuando abrí los ojos, joder, qué pivón entrando por la puerta. Al final va a merecer la pena tanto restriegue
Vicente Aleixandre
"¡Qué dirán las palmeras! ¡Qué dirán aquellas paredes blancas que se han desplomado súbitamente para que de su flor abierta surtamos tu y yo dormidos en su corola! ¡Qué dirán los músculos que nos hemos arrancado a manotazos tirándolos sobre las sillas!,
"Cuando contemplo tu cuerpo extendido
como un río que nunca acaba de pasar,
Como un claro espejo donde cantan las aves,
donde es un gozo sentir el día como amanece".
Aleixandre, Vicente: Vicente Aleixandre antología total, selección y prólogo de Pere Gimferrer, Seix Barral, Barcelona, 1977
El coco

Chema Madoz
Sus manos se clavan en mí espalda. Mueve todo. Me empuja, me dice. La lámpara se ha movido un poco de la mesa. Después la colocaré. Me acaricia y me duele. No, ahora no. Luis tiene que comer. Los dedos me fuerzan, me gusta, si un poco. Pero me duele. No, ya no me gusta. Ya, ya está bien. Para.
Ya no es como antes. De sus ojos no cae nada. Lo miro y ya no recojo nada. Mi sujetador está casi caído y el no para de empujarme y gritarme. Ya no escucho. Puede haber sido aquel golpe. Luis está en el salón. No vendrá. La televisión está muy alta. Me tumba en la cama. Me clava el reloj en el muslo. No, le he dicho que no. Que no siga, que después. Le prometo que después. Tendré que ordenar todo antes. Está todo descolocado. No me escucha.
Me baja las bragas. Y sus uñas se clavan en mis muslos. Me mancha, me pudre y me lastima. Luis me llama, lo escucho bajo el sonido de la televisión. No. Hijo, no vengas. Sus manos están por todos lados. Y me patea con sus ojos. Y me mata con su boca. Lo golpeo. Lo intento. Pero me agarra las manos. Ya no puedo hacer nada. Me devora. Y me remata cuando Luis entorna la puerta. Lentamente. Mirando, asustado, al Coco disfrazado de padre.
Ángel González
Visita desde otra dimensión
El fantasma de tu cuerpo es eterno y atraviesa mi casa
vacía
ensuciando las paredes y asustando al gato.
Mañana le voy a echar a patadas para que vuelva contigo
y con aquel señor trabajador
al que llamas cariño.
Ya no quiero que me lama las mejillas cuando estoy a punto
de alcanzarte en sueños,
no quiero que me siga
no quiero que me enseñe el hueco de nidos
de su boca putrefacta.
En algunas cosas es mejor que tu;
no deja pelos en la ducha
ni me abrasa el pelo por las noches,
pero su aliento me deja recuerdo a tierra,
a raíces muertas.
Es mejor que se vaya contigo,
yo no tengo hueco para más fantasmas
en mi cuerpo.
Niña pluma niña nadie, de Mar Benegas
Abeja

El sol era negro aquella madrugada en que Elisa empezaba a nacer de entre las sábanas de su cama.
Sus ojos parecían horizontes y pegados por el mismo oscuro que tapaba el amarillo del sol. Eran las 6 de la mañana. Demasiado temprano para la efímera Elisa.
A las 11 despertó por fin y se fue a su universidad. A estudiar.
Luis es un chico responsable y pudo abrir los ojos a las 7 con ayuda de una pala que tiene al lado de la cama. Ahora espera el rectángulo con ruedas que le vomitará cerca de su casa. Lee a Galeano. Y una abeja un poco despistada decide que no hay tanta diferencia entre los cuentos del uruguayo y las flores coloreadas.
Aterriza en una “mañana” y avanza lenta hasta un “rayo por la noche”.
Decide que es el néctar que necesita y sube al cielo cargando su cuerpo gordo pero feliz.
Tras volar un largo camino, cansada, llega, sin quererlo cerca de la cara de Elisa, la que sin motivo alguno, empieza a intentar golpearla.
La abeja, que en este caso podemos llamar Rebeca, decide inmolarse y clavar su corazón en la mejilla izquierda de Elisa, la que ante ese acto heroico, grita de dolor.
Aquel día Elisa aprendió más que cualquier día en la universidad, y además, quedó embarazada del libro que escribirá cuando tenga 37 años y tres hijos llamados Eduardo, Carlos y Nuria.
¡Te pillé!
Roi James
Tienes olor a papel desde la oreja izquierda
hasta el centro de los pétalos.
A mi no me engañas,
hueles a batallas
a yerba
a sangre de noche recién quemada.
Por favor,
hasta que vuelvas a la llanura de letras y huecos
déjame que yo te toque,
déjame que yo te sienta desnuda
bajo la punta redonda
de mi boli Bic.
Vacaciones pagadas

El semáforo se puso en verde, pero antes de que pudiera meter primera, levantar el embrague y pisar el acelerador, una chica joven lo llamó y en unos segundos ya estaba dentro.
Buenos días.
Buenas.
¿Me podría llevar a un sitio bonito, por favor?
¿Cómo?
Si, que si me podría llevar a un sitio bonito por favor.
Emilio había estado mirándola por el retrovisor desde que entró al coche, pero cuando la chica repitió la pregunta, se agarró del asiento y miró hacia detrás.
¿Es usted turista, o qué?
No, llevo viviendo en Madrid toda la vida y por eso quiero salir e ir a un sitio bonito.
Pero bueno, ¿Me estás tomando el pelo?
Los pitidos se abalanzaban sobre la conversación.
Bueno, si no quiere llevarme, ya busco a otro, dijo convencida la joven.
Emilio se dio cuenta que aquella mujer tendría más o menos su edad. Quién lo diría. La mala vida, el sobrevivir oliendo humo y aguantar a niños borrachos que vomitaban dentro del taxi de vez en cuando, le hacían aparentar unos cuarenta.
La chica agarró el abridor de la puerta, pero antes de conseguir tirar de él, Emilio dijo algo.
Vale, vale, yo le llevo a donde sea porque sino estos animales nos van a matar.
Antes de acelerar, pudieron ver un zapato que rebotaba a la izquierda del coche.
Bueno, entonces, un sitio bonito, ¿no?
Pues si. Quiero el sitio más bonito del mundo.
Joder, ¿Pero usted qué quiere, que le lleve al Caribe?, ¿No se ha dado cuenta que esto es un taxi?
Si, ya lo se, pero yo quiero ir a un sitio bonito. Cuando dijo esto, la chica sonrío ligeramente.
Bueno, lo primero. ¿Tiene para pagarme? porque si no tiene con qué pagarme no la llevo a ningún lado.
Si, si tengo para pagarle.
Muy bien. Entonces la llevo donde quiera.
Muy bien.
Pero primero, dígame su nombre.
Me llamo Isabel, encantada, ¿Y usted, es?
Emilio.
Muy bien, Emilio, pues vamos a perdernos entonces.
El primer destino fue el barrio de Estrecho donde creció Emilio. A Isabel no le gustó demasiado porque eran casas antiguas y llenas de ladrillos. El segundo lugar fue un pueblo a las afueras de la ciudad donde había pasado los veranos cuando era pequeño. Le enseñó el río donde se solía bañar, el camino donde buscaba bichos y el campo donde a veces dormía con los amigos.
Así, yendo de recuerdo en recuerdo, de sitio bonito en sitio bonito, pasaron los días de verano, durmiendo en cualquier lugar, mirando casi siempre hacia arriba, a las estrellas.
Cuando a Emilio se le acabaron los sitios bonitos que podía recordar, empezó a dejarse llevar para encontrar sitios nuevos.
Entre Isabel y Emilio empezó a surgir una cierta complicidad, cierta química. No sabemos si es amor, porque eso solo lo saben ellos, pero la idea de alcanzar ese lugar común les unía y les hacía más fuertes.
El verano acabó, pero ellos querían seguir viajando. Parecía ser que Isabel tenía con qué pagar la carrera y, sinceramente, Emilio estaba encantado.
La carretera parecía no tener fin y se propusieron recorrerla entera. Ninguno de los dos dejaba demasiadas cosas en Madrid, y no les importaba perderse juntos. Pronto se dieron cuenta que la gente no hablaba su mismo idioma y supusieron que habían salido de España. Esto no les incomodó y siguieron viajando.
Se pasaron la vida en la carretera, buscando ese lugar bonito al que nunca parecían llegar. La vida seguía para ellos y tuvieron hijos que crecieron y viajaron por el mundo, dejando a sus padres queriéndose en el Taxi.
Hubo un día en que Isabel cayó enferma. Era ya muy mayor, y el asfalto y el humo de los caminos perjudicaron sus delicados pulmones madrileños.
Lo siento mucho amor mío, le dijo Emilio, pero te tengo que cobrar la carrera, ¿Qué tienes para pagarme?
Mi vida entera, respondió Isabel con su último soplo de vida.











