Paso a paso
La primera vez que vi tus ojos fue en aquel programa dedicado
a los leopardos.
La segunda paseabas por la calle
dando pasos como yo.
La tercera bailas y bailas
haciendo sangre
en mi cabeza.
La cuarta te pediré el teléfono,
seguro.
Desierto
Pasado fértil
Vivir muerto y morir inmigrante
club poético blogger que admita críticas feroces

La columna de Álvaro Cuadra (especial para ARGENPRESS.info)
Fortuito
La raya del pantalón
Fauna aérea
Cazador
Discusión a trozos
El manifiesto global de apoyo a las marchas del 15O que han firmado Naomi Klein, Noam Chomsky y Eduardo Galeano.
El manifiesto
Despertador, poema de Vanesa Pérez-Sauquillo
éste es mi contestador automático.
Para herir, simplemente, marque 1.
Para contar mentiras que me crea, marque 2.
Para las confesiones trasnochadas, marque 4.
Para interpretaciones literarias
producto del alcohol, marque 6.
Para poemas, marque almohadilla.
Para cortar definitivamente la comunicación,
no marque nada, pero tampoco cuelgue,
titubee en el teléfono
(a ser posible durante varios meses)
hasta que note que voy abandonando el aparato
a intervalos de tiempo cada vez más largos.
No desespere. Aguante.
Espere a que sea yo la que se rinda.
Le evitará cualquier remordimiento.
Gracias.
Pérez Sauquillo, Vanesa: Bajo la lluvia equivocada, poesía Hiperión, 2006, p.60
Consecuencias
Desfile
Poema 12, espantapájaros, Oliverio Girondo
Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, se despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden, y se entregan.
Oliverio Girondo
http://www.youtube.com/watch?v=WmOLqDETnRw
Si todos fuéramos pobres
Tillverkas i Sverige(Hecho en Suecia)
Cuando los dioses se convierten en palabrotas (visto en Mi madre es un pez)
En breve(un breve generoso, relajado) la crítica aparecerá en koult.es. Me he encontrado esto y quería compartir.
"Me pongo una cerveza. Le digo.
No hay. Me dice. La madre.
Joder. Le digo.
Palabrota, palabrota. Dicen los niños.
Joder. Digo.
Palabrota, palabrota. Dicen los niños.
Cojones. Digo.
Palabrota, palabrota. Dicen los niños.
Palabrota, palabrota. Dicen los niños.
Plaza
La civilización
Sorpresa
Lo anunciaron en la radio, en la televisión, en las calles, en Internet y en los periódicos. En todos los lugares, a todas horas. Algunas personas pensaron que era la promoción de una nueva película, otros, un grupo musical. Por eso, cuando se dieron cuenta que el apocalipsis era otra cosa, el fin del mundo pilló a todo el mundo por sorpresa.
Bonilla
El record imprevisto

Aquella mañana yo quería lavarme bien, dejarme la piel bien tersa y suave porque nunca se sabe qué es lo que puede pasar. Aquella mañana, yo tenía que ir a trabajar, por supuesto, pero tenía prevista una reunión con los altos mandos, y bueno, ya se sabe cómo son los altos mandos. Así que, por si acaso había también una Alta manda por ahí, que me arreglara la vida además de darme un puesto un poco más cómodo, entré en la ducha como aquellos tíos raros que entraban en Lluvia de estrellas y se cambiaban por otros, (¿cómo cojones hacían eso?).
El agua apareció, como siempre, milagrosamente por la alcachofa con agujeros. Al principio fría, después mejor y luego ardiendo de cojones. Como siempre.
Esa mañana yo quería dejarme bien limpito, de verdad. Sacarme toda esa roña que había estado acumulando sin motivo aparente y demostrar a toda esa pléyade de encorbatados (y esperemos que también encorbatadas, o bueno, enfaldadas) ejecutivos que soy una persona decente que sabe exigirse y sacar lo mejor de uno mismo.
Eran las siete de la mañana, y ya se sabe; si tu compañero de piso tiene un apretón y tiene que entrar si o si, que el agüita está muy calentita y fuera hace un frío de cojones, o que te quedas dormido como un puñetero tablón bajo la pequeña lluvia. Y esto último fue lo que me pasó. Cuando desperté ya era tarde de cojones y ese grupito de cabronazos seguro que me despidiría por no haber ido a trabajar (fascistas).
Bueno, pues ya que estaba ahí debajo, me levanté, me puse cómodo, y me lavé por quinta vez el pelo. Hay que ver que gusto da enjuagarse los pelos con aquella espuma que se reproduce más y más hasta que ya te cae por el pecho o la espalda y la ves pasar entre tus pies directa al sumidero.
Parece que esos pequeños placeres no se van a acabar nunca. El agua debe reproducirse dentro de esas tuberías mohosas que penetran por todos lados las casas y los bares, porque si no no entiendo como millones de personas limpias puedan restregarse y limpiarse cada mañana en sus casas bajo un chorro ininterrumpido de agua cristalina sin que esta se agote. Joder, el agua debe follar como si no hubiera un mañana.
Mis perspectivas de vida en aquel momento no eran demasiado ambiciosas, (bueno, un poco de acondicionador no habría estado mal) y estar ahí, aguantando la caída de las gotas, era mi único plan previsto. Las suciedades se fueron cayendo poco a poco, descolgadas, por el agujero negro que las lleva a otro spaguetineante laberinto de tuberías y oscuridades que deben acabar en algún lado pobre pero limpio. Qué más da. Lo pobres no somos nosotros y nos quedan muy lejos.
Después de dos horas, y después de contundentes sacudidas de esponjas, geles y champús, mi piel empezó a encogerse y vi como mi dedo gordo empezaba a quedarse en contacto con el aire condensado del baño. Quizá ese retroceso dérmico fue el causante de que la ceja derecha empezara a desplazarse, como un pequeño felpudito móvil, sobre mi ojo y mi mejilla, para dar justo después un salto desde mi cara hasta el suelo de la ducha.
Sería ya la hora de comer. Lo que me extrañaba es que ni Teresa ni David hubieran querido entrar en el baño. Debe ser que tienen el estómago fuerte. Creo que más que yo, porque cuando empecé a escuchar los contundentes quejidos de mi tripa, empecé a oler los afrutados olores de los geles (los ocho que había) y de los champús (cereza, kiwi, miel) de otra manera. Empecé a desparramar aquellas fragancias multicolores en mi boca, a darme un festín, espachurrando los botes como un auténtico idiota, llenando mi tripa de glicerina y otras mierdas nada buenas. Al cabo de un rato, cuando mi tripa dijo basta, me caí lirondo al suelo.
Lo siguiente que noté fue el sonido de una respiración forzada a mi lado derecho. Luego, cuando abrí los ojos, joder, qué pivón entrando por la puerta. Al final va a merecer la pena tanto restriegue
Vicente Aleixandre
"¡Qué dirán las palmeras! ¡Qué dirán aquellas paredes blancas que se han desplomado súbitamente para que de su flor abierta surtamos tu y yo dormidos en su corola! ¡Qué dirán los músculos que nos hemos arrancado a manotazos tirándolos sobre las sillas!,
"Cuando contemplo tu cuerpo extendido
como un río que nunca acaba de pasar,
Como un claro espejo donde cantan las aves,
donde es un gozo sentir el día como amanece".
Aleixandre, Vicente: Vicente Aleixandre antología total, selección y prólogo de Pere Gimferrer, Seix Barral, Barcelona, 1977
El coco

Chema Madoz
Sus manos se clavan en mí espalda. Mueve todo. Me empuja, me dice. La lámpara se ha movido un poco de la mesa. Después la colocaré. Me acaricia y me duele. No, ahora no. Luis tiene que comer. Los dedos me fuerzan, me gusta, si un poco. Pero me duele. No, ya no me gusta. Ya, ya está bien. Para.
Ya no es como antes. De sus ojos no cae nada. Lo miro y ya no recojo nada. Mi sujetador está casi caído y el no para de empujarme y gritarme. Ya no escucho. Puede haber sido aquel golpe. Luis está en el salón. No vendrá. La televisión está muy alta. Me tumba en la cama. Me clava el reloj en el muslo. No, le he dicho que no. Que no siga, que después. Le prometo que después. Tendré que ordenar todo antes. Está todo descolocado. No me escucha.
Me baja las bragas. Y sus uñas se clavan en mis muslos. Me mancha, me pudre y me lastima. Luis me llama, lo escucho bajo el sonido de la televisión. No. Hijo, no vengas. Sus manos están por todos lados. Y me patea con sus ojos. Y me mata con su boca. Lo golpeo. Lo intento. Pero me agarra las manos. Ya no puedo hacer nada. Me devora. Y me remata cuando Luis entorna la puerta. Lentamente. Mirando, asustado, al Coco disfrazado de padre.




















