Mi calavera está 37 años más cerca, isla de mármol y sueño, mar en pausa para que navegue la barca de mi cuerpo.
Se han desinflado los misterios
y las nubes ya nunca dicen nada. ¿Qué hemos hecho con el tiempo? Miramos atrás y ¿qué rescatamos de la tormenta de olvido? ¿Qué escombro es este que guardamos como reliquia? Somos manchas en el silencio de la Historia, tenemos arena en las manos de aquellas victorias que no fueron, aguantamos derrotas que nos empujan hacia abajo y sin embargo qué bellos y únicos nuestros vertederos.
Y de todo el humo de lo dicho, polvo estrellado en la curva del cráneo, no quedará nada salvo unas manos vacías en un andén, y una ventana abierta en la intemperie.
Manoseado el tiempo y mezclado el murmullo propio con el del amigo,
crece la montaña de cadáveres de pipas, pero también las tardes, las noches, en compañía.
Conversar es el centro de la pipa, el cogollo en la plaza del pueblo o cualquier parque. Dar vueltas por los lugares de siempre y sacar las palabras y la cercanía. Juntarse para comer pipas, el ritual del amigo,
oh pipa, oh pipa blanca y salada,
invoca aquellos tiempos hasta aquí, haz que vuelvan los conversadores de la Tijuana, los que no contaban el tiempo y el horario se escurría a nuestros pies, derrotado por nuestros labios resecos.
En el párrafo cerrado e inhóspito de los que hablan telediarios, tú y yo bajo el agua, jugando a la simbiosis, mudos y sordos, sin palabras ciertas hasta que llegó el baile, tu falda y tu cadera escribieron palabras ciertas en un cuaderno llamado reggae.
Llega septiembre y la palabra inicio nos sobrevuela como globo inalcanzable que nos hace torcer el cuello, plegarnos a la nostalgia. Llega septiembre y seguimos, intentamos que la palabra inicio vuelva a emocionarnos, pero el chicle de la vida YA HA SIDO MASCADO y solo queda seguir MASCÁNDOLO, hacer minería de sabor y rescatar las vetas que aún se esconden en el día a día. Porque septiembre siempre olerá a cuadernos nuevos, a contar los veranos a nuestros amigos, a primera lluvia de novedad después de meses de calor y monotonía, pero tenemos que buscar en el hoy, en el mañana, los nuevos sabores que nos harán levantarnos cada mañana. Lanzar la esperanza hacia el horizonte para luego ir a buscarla con los ojos llenos.
El pasado 13 de abril, en el Centro Comarcal de Humanidades
Cardenal Gonzaga de La Cabrera, se celebró y se jugó el II Maratón de Impro Sierra Norte. Pero, antes de nada, ¿qué es eso
de la impro? Pues te cuento que la impro (improvisación) es una técnica teatral
en la que, a partir de unas indicaciones simples, una acción teatral comienza,
con ganas de probar y sin miedo a que “salga mal”. Se basa, más que nada, en
pasarlo bien, en divertirse sin miedo “al fracaso”, al “qué dirán” y a tantos
otros frenos que sobre todo hemos ido acumulando de adultos. Es, básicamente,
una burbuja de tiempo y espacio en mitad de la adultez para volver a ser un
niño.
El encuentro fue organizado por la Asociación P.L.A.Y. (https://asociacionplay.org/ en
internet), que lleva ya unos cuantos años trabajando en la Sierra Norte.
Coordinado por París Uki y Verónica Regueiro el Maratón también contó con el
apoyo de múltiples actores de compañías de improvisación de varios lugares de
España como Zaragoza, Madrid, o Tenerife, además de todo el público que acudió
al Centro y que fue invitado a participar en cada actividad (y que se lanzaron
al escenario con poca o ninguna timidez, la verdad).
Y os cuento que el encuentro fue un éxito. Y no solo porque
las entradas se acabaran días antes del evento, sino porque el maratón duró 6
horas (desde las 16:00 horas hasta las 22:00), con sus pausas y sus piscolabis,
y a nadie se le hizo pesado porque entre carcajada y carcajada el tiempo pasó
volando. A mí en particular me pareció muy divertido porque en ningún momento
tenía la sensación de saber lo que iba a pasar, porque me sentí identificado
con el actor que hace un momento estaba a mi lado en la butaca y que un segundo
después estaba haciéndome reír sobre el escenario o porque alucinaba con la
rapidez mental de algún improvisador para sacar la risa donde no la esperaba.
Llevo un par de meses de gira con mi último libro, mortal. En este tiempo me he cruzado con bastantes personas que se han excusado por no ir a las presentaciones porque «no les gusta la poesía, no la entienden», y otras excusas del mismo tipo. Yo siempre les digo que no pasa nada, que es normal y que no tiene nada de malo. Lo que sí que pasa (y esto os lo cuento aquí a ti, que lees el Senda Norte) es que te estás perdiendo la oportunidad de descubrir mundos nuevos que, si no lees poesía, pasarán de largo.
Sé que cuesta, que los poetas a veces (no pocas) nos ponemos exquisitos con nuestras metáforas y nuestro lenguaje no siempre claro y luminoso, pero hay algo, una especie de honestidad secreta, que los lectores pueden descubrir debajo de tantas letras y que, literalmente, te puede cambiar la vida.
De hecho, me pongo mi ejemplo: hasta los 20 años no leía poesía, no la entendía. Había tenido que estudiarla, pero no, no entraba. Me gustaba leer, leía bastante, pero la poesía siempre se había quedado al otro lado, no me atraía porque me parecía costosa y difícil. Sin embargo, un día, pensando que se trataba de un libro de relatos, encontré el libro que me cambió la vida: Se llamaba Altazor, lo escribió Vicente Huidobro en 1931, y de alguna manera estaba jugando con las palabras:
Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor. Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental. Lanzaba suspiros de acróbata. Mi padre era ciego y sus manos eran más admirables que la noche. Amo la noche, sombrero de todos los días. La noche, la noche del día, del día al día siguiente. Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer. Tenía cabellos color de bandera y ojos llenos de navíos lejanos.
Empecé a leer y no pude dejarlo. Y hoy, 17 años después, con varios libros de poesía publicados, puedo decir que mi vida habría sido mucho más triste, mucho más superficial y simple si no me hubiera atrevido a seguir leyendo aquel libro que encontré por azar.
Han pasado 23 años desde que en 2001 llegó a la televisión la familia Alcántara, protagonista de la Serie Cuéntame y que ha retratado la mayor parte de la historia reciente de nuestro país. Aunque no hayas visto la serie en su totalidad (verla entera es más una cuestión de empeño, por su extensión y porque ha sido bastante irregular durante estos años) seguro que conoces a estos personajes: Antonio, Merche, Inés, Toni o Carlitos. Ya forman parte, como Mortadelo y Filemón (Ibáñez, descansa en paz, genio), Fortunata, Sancho o Tino Bravo, de nuestra historia común.
Y es a este término, historia común, a donde me gustaría enfocar este pequeño texto, aprovechando la despedida de Cuéntame. Porque hoy en día estamos en un mundo completamente fragmentado en el que cualquier persona que se pone detrás de una pantalla decide inmediatamente qué contenido ver.
Hoy tenemos muchísimas plataformas para ver series y películas (Netflix, HBO, Disney+, Filmin, Amazon Prime…), los canales de televisión de siempre pero a la carta, lo que quieras y cuando quieras, también Youtube, con un número de vídeos casi infinito… pero esta gran variedad hace que sea tan difícil poder hablar con amigos o familiares sobre la última serie o película que nos haya gustado. Qué queréis que os diga, yo lo echo de menos, y pienso que mi infancia habría sido peor si la mayoría de mis amigos no hubiéramos visto lo mismo (Bola de Dragón, Pippi Calzaslargas, Oliver y Benji…) y nuestras relaciones con otros compañeros habrían sido mucho más difíciles.
Hoy en día de vez en cuando me veo desde fuera hablando con amigos o familiares y qué queréis que os diga, es una conversación de besugos:
– ¿Has visto la serie Afterlife?
– No, no la he visto, ¿Dónde está?
– En Netflix.
– Pues no, ni idea. Yo te recomiendo Fleabag, que está en Amazon Prime, buenísima, tío.
– ¿Fli qué?
– Fleabag, es en inglés.
– Buah, ni idea, no me suena.
Y por eso echo de menos poder hablar con mi Madre o incluso con mi abuela de lo que le pasó a Inés en el último capítulo de Cuéntame. Porque tengo la certeza de que lo han visto, porque les interesa, porque se reconocen y me reconozco y también porque llevamos viéndolo todo la vida y hemos mejorado nuestra relación en ese encuentro en la cultura. Y no, no creo que eso pueda pasar con la última serie noruega que acaba de salir en Filmin.
Sé que Cuéntame no es la mejor serie de la historia, que seguro que hay otras mucho mejores en HBO, Netflix, Filmin etc., pero yo sé que he perdido algo con el final de la familia Alcántara y que va a ser imposible recuperarlo al engancharme a otra serie. Gracias, queridos vecinos de la familia Alcántara, aunque os hayáis mudado, siempre os recordaremos.
Presentación de mortal – 4 de enero, jueves, a las 18:30 horas en @elrinconverdemiraflores de Miraflores de la Sierra.
Este primer recital de mortal será en mi pueblo, en mi querido Rincón Verde. El lugar donde tomamos cañas, donde todo el mundo ya conoce a Kiwi, donde comemos y celebramos, donde estamos con la familia, los amigos, la gente querida. Qué bien y qué afortunado me siento por haber vuelto al pueblo y por hacer comunidad en este rincón.
En esta primera presentación, cercana, verbenera y calentita, leeré algunos poemas de mis anteriores poemarios y de mortal, por supuesto. Estáis todos invitados a compartir este primer alumbramiento de mortal.
Las correcciones, los diseños, las comas, las tipografías son el taller de la literatura para que pueda correr sana y salva por los libros y qué necesario es que los mecánicos que ajustan, pulen y afinan las letras sean personas con oficio, que sepan dónde tocar, dónde apretar y dónde poner cuidado. Tengo la suerte de que en Lastura, la editorial que publica mortal, saben cómo poner a punto el libro. Gracias a Lidia, gracias a Isabel, gracias a Ana.
2. Diario para un libro que nace – *20/12/2023
Esta especie de prisa por publicar, por mostrar lo escrito en soledad, con paciencia y sin urgencia, es un contrasentido total. En este libro, mortal, hablo sobre la pausa, sobre medir el tiempo, sobre pesar lo que importa y apartar lo que no y, sin embargo, parece que solo existe un embudo para mostrar estos poemas y es un embudo que me obliga a apabullar y a estar presente para que todo el mundo compre y lea este libro. Pues no. Este libro caerá por su propio peso en las manos de aquellos que quieran leerlo, que tengan las ganas y la fe por encontrar valor en lo que escribo. Lo demás será ruido (un poco es necesario, lo admito), pero no hemos venido a eso.
3. Diario para un libro que nace – *21/12/2023
Pasan los años y pasa también la esperanza de «ser alguien en el mundo de la literatura». Esto, que parece obvio, con cada libro nuevo que no tiene una repercusión enorme, que no gana premios, se hace evidente. Es cierto que, al dedicarme al mundo de la poesía, donde somos 4 poetas y 3 lectores de poesía, las oportunidades de obtener repercusión o ese «éxito», menguan. Como decía, pasan los años, se acaba esa posibilidad de «ser alguien» pero no termina la necesidad de decir, de buscar palabras nuevas para atrapar lo que nos sucede a diario y se nos escapa. La poesía, que es efímera y eterna, tiene este poder que yo descubro al leer a otros poetas: no se acaba. Porque los poemas que nos gustan nos gustarán por siempre y para siempre, por recuerdo y porque encontramos fibras nuevas que se nos habían escapado en lecturas previas. Por eso escribo ahora, porque lo necesito y porque busco escribir poemas que acompañen a mis lectores (algunos hay, y en este rincón les doy las gracias) ahora pero también en el futuro. Por eso nace mortal y por eso tengo mucha ilusión en que quieras conocerlo, aunque yo nunca sea «aquel escritor reconocido» de fular y pipa que se supone que todo escritor debe aspirar a ser.
4. Diario para un libro que nace – *23/12/2023
Estos días navideños y de final de año estoy esperando que lleguen los libros a mi casa. Ya han llegado a la casa editora, @lastura.ediciones, y ahora unos pocos viajan a mi casa. Antes de verlos en mis manos, no puedo evitar sentir la incertidumbre de ver los poemas que, abandonados hace tiempo en un .doc, en un .pdf, ahora ya están perdidos de mí para siempre y qué serán ajenos y a la vez propios. ¿Seguirán diciendo lo que decían cuando los solté?, ¿habrán crecido?, ¿Llevarán erratas entre los dientes?, ¿gustarán estos poemas tan extraños, tan sobre la muerte, tan antipoéticos? No tengo respuestas a estas preguntas, solo puedo seguir escribiendo para responder en otros poemas, en otros libros, en futuras incertidumbres. Y, por ahora, sigo esperando. Si queréis, podéis pedirlos en la web de Lastura: https://lasturaediciones.com/product/mortal/
5. Diario para un libro que nace – *24/12/2023
Hoy se celebra la Nochebuena, salgo de la cueva en la que vivo, (que en parte es una cueva real, porque trabajo en un archivo) y no sé muy bien qué postura tener ante este mundo que celebra, que se junta, mirando para otro lado lo que sucede no solo en infiernos lejanos como el de Gaza, sino en infiernos cercanos como enfermedades mentales de vecinos, dolores y pobrezas en las calles que caminamos y que no nos afectan. Hace tiempo que tengo dañado el sentimiento de esperanza con la humanidad, pero seguir confiando en la literatura, escribiendo libros pero sobre todo leyéndolos, es mi manera de confiar aún en este mundo que se deshace, se encabrona y que entiendo cada vez menos. Pero, como decía, queda la literatura. El otro día estaba con mi chica en el 725, el bus que conecta mi pueblo con Madrid, y terminaba de leer Vivir peor que nuestros padres, de Azahara Palomeque. En este libro, que recomiendo por su completo y honesto análisis del mundo en el que vivimos, hay un islote de esperanza en los agradecimientos que me conmovió hasta el punto de tener que leérselo en alto a mi novia y escribir a la autora por redes sociales para decirle algo así como «gracias» y «enhorabuena». Y para mí, hoy, este es el sentido de la Navidad donde me reconozco esperanzado y aún con fe por un mundo mejor. En los libros, siempre en los libros, pero que ese viaje sea compartido con otros. Que la fraternidad viaje en páginas y sentimientos de compasión, empatía y amor.
6. Diario para un libro que nace – *25/12/2023
He estado pensando en mortal y en las razones por las que lo escribí. Me ha tocado explicar su contenido unas cuantas veces en estos días, pero en este texto me voy a referir a los autores que vinieron antes de mí y que me influyeron con su poesía y están citados de alguna manera en el libro. Ahí van:
Inger Christensen, Carlos Piera, Alejandra Pizarnik, Raúl Zurita, Jesús Montiel, Aurora Luque, Gonzalo Rojas, Macedonio Fernández, Jorge Luis Borges, Jorge Teillier, Hérib Campos Cervera, Franscisco de Quevedo, Lorena Mora Pineda, Isla Correyero, Julio Cortázar, César Vallejo, Federico García Lorca, Olga Orozco, Joaquín Pasos, William Blake, Alberto Rivas, Francisca Aguirre, Jorge Enrique Adoum, Roberto Juarroz (x2) y Diego Gutiérrez.
7. Diario para un libro que nace – *26/12/2023
¿Qué sentido tiene escribir un libro (nadie lee libros) de poesía (aún menos) sobre la muerte (…)?, ¿tiene que ver solo con un tema de ego?, ¿este libro está destinado a coger polvo sin ser abierto siquiera?, ¿cuántas personas leerán realmente estos poemas?, ¿cuántas personas me preguntarán que por qué sigo escribiendo?, ¿por qué necesito publicar estos poemas en un libro, no es suficiente que aparezcan en redes sociales?, ¿estaré a la altura de la confianza de mis queridas editoras de Lastura?, ¿mortal y sus poemas serán un recuerdo poderoso para algún lector futuro o quedarán ahí, mudos como una balda o una pieza de cerámica traída de recuerdo de algún lugar lejano y exótico?, ¿harán llorar a alguien?, ¿harán reír?, ¿servirán para recordar a alguien que ya no está?, ¿servirán para recordar a alguien olvidado, pero vivo aún?
8. Diario para un libro que nace – *27/12/2023
Y, como muestra, un botón. Poema número 51:
Si tuviera un trozo de madera por escribir, o un hueco en la tierra, o una telaraña por explicar, podría decir que en mis manos el tiempo daña por su peso, no por su filo.
El tiempo, mi tiempo, –el escurrido placer que sorbo de los minerales y los ojos, ese alarido silencioso que no me deja guardar las frases ni los sacapuntas–, me araña con su mirar distraído y me destruye.
No es necesaria la épica para hundir a un hombre, tan solo esta agricultura del daño, este huerto con las ramas secas de la memoria, las calles destruidas para siempre, la falta de manos en la escalera del sí, hacer de la faringe una flauta para tocar la música imposible que nos junte de nuevo.
Como muchos sabéis ya, hoy día 12/12 aparece mi nuevo libro, llamado mortal, así, en minúscula. Porque minúsculo es también el espacio que tenemos, el cuerpo que tenemos, nuestra presencia sobre la tierra. Como habréis imaginado, es un poemario que habla sobre la muerte. Pero no es un libro triste o pesimista, sino que busca, al enfocar la muerte, diferenciar el grano de la paja, lo superficial de lo real, para tener una vida mejor, con más sentido, más consciente.
Obviamente, el tema del libro está relacionado con el COVID. Y no solo la propia enfermedad, sino una especie de tristeza que se ha quedado, una incertidumbre por un futuro que da miedo y que mucha gente piensa que es mejor no explorar, que es mejor lo malo conocido.
Para intentar romper ese miedo, que también es mío, nace mortal. Porque el tiempo es uno, se acaba, y yo, como el maestro FGL:
Yo no quiero ser más que una mano,
una mano herida si es posible.
Federico García Lorca.
En el libro hay poemas más potentes, otros más sutiles. He seleccionado este, el número 51, para que lo conozcáis un poco:
Si tuviera un trozo de madera por escribir,
o un hueco en la tierra,
o una telaraña por explicar,
podría decir que en mis manos el tiempo daña por su peso, no por su filo.
El tiempo,
mi tiempo,
–el escurrido placer que sorbo de los minerales y los ojos, ese alarido silencioso que no me deja guardar las frases ni los sacapuntas–,
me araña con su mirar distraído y me destruye.
No es necesaria la épica para hundir a un hombre,
tan solo esta agricultura del daño,
este huerto con las ramas secas de la memoria,
las calles destruidas para siempre,
la falta de manos en la escalera del sí,
hacer de la faringe una flauta para tocar la música imposible que nos junte de nuevo.
Digamos que no fue nada importante, que hoy no hay portadas de periódicos reflejando lo que vivimos ayer en el Teatro del Barrio, pero a mí sí que me gustaría contar mis impresiones sobre lo que nos ofrecieron Esther Peñas y María Negroni ayer en el Teatro del Barrio de Madrid y cómo lo sentí.
Para empezar, entré en la sala bastante impactado por ver un teatro lleno para ver y escuchar a una poeta. Me pareció ilusionante, así os lo digo, esperanzador.
Para seguir, me gustaría hablar un poco de Esther Peñas, que hizo la presentación de la poeta invitada. Esther fue delicadísima, precisa y generosa en imágenes para mostrar a Negroni. Fue hermoso presenciar cómo nos hizo partícipes de su entusiasmo, no solo de la poesía de María Negroni, sino de la propia relación humana, poética que, como un chispazo, a veces sucede con la lectura o la conversación. De hecho, cuando Esther terminó su presentación, la autora argentina se quedó sin habla, un poco abrumada por el cariño y el alago sincero de su compañera de escenario. Fue tierno ser partícipe de esta amistad y admiración sincera.
Nunca había visto a María Negroni. Ni siquiera en vídeo, y lo primero que sentí fue su delicadeza. Como si estuviera sujetada por pilares débiles pero convencidos, que dejaran salir una voz que habla y hablará sobre la esencia de las palabras, su materia imposible. Hizo una lectura de 3 o 4 poemas de 4 de sus libros y luego contestó algunas preguntas, pero la sensación que tuve al escucharla fue que compartía su duda por el lenguaje. Esto es lo que más me gustó. A diferencia de otros poetas que buscan analizar, abrazar y exprimir la palabra, María Negroni admitió en sus poemas precisos, deslumbrados y cómplices, que no entiende muy bien el proceso de la palabra y que le gustaría «escribir un libro sin palabras». Qué belleza y qué emocionante fue este encuentro de honestidad y pasión por la palabra y la poesía en un martes cualquiera en el que las palabras seguirán siendo insondables, pero un poco menos.
Las mañanas de domingo en diciembre son especialmente frías. Oscuras, húmedas y frías. Lo peor para los cuerpos machacados. Sin embargo, sigue habiendo gente que renuncia a quedarse en la cama y se levanta por propio placer, por resistencia, con heroísmo. Dejan a sus parejas dormir un rato más y salen de las habitaciones sin hacer ruido. Son héroes anónimos, héroes que trabajan durante toda la semana y los domingos se convierten en jugadores o jugadoras de fútbol, baloncesto, ciclismo o cualquier otro, qué más da. Salen de casa y el frío no duele, se reúnen con los amigos y no cuesta, ya están en pie, no hay sueño, hay que ganar el partido y celebrar después lo que toque. Algunos se perdieron por el camino, tuvieron lesiones graves, accidentes, poco tiempo libre y algunos sí que se siguen levantando los domingos pero para acompañar a sus hijos, hacer del deporte una pasión compartida.
Hay otros que llevan diez, veinte o treinta años compartiendo vestuarios, celebrando las victorias y las derrotas pero sobre todo la amistad y una pasión, irracional, que no debería ser para ellos, tan alejados de la élite que ven por televisión. Han superado lesiones, disgustos y ahí siguen, cada semana, haciendo equipo.
Es cierto que hacen falta rodilleras, fajas, tobilleras, coderas… y más café que antes para superar el sueño, y que con los años hay más calvas, más kilos, cuesta más perseguir el balón o seguir la rueda, pero también es cierto que aquel miedo, aquella vergüenza por no ser tan bueno como otros, o quizá por jugar a un deporte de chicos, por ser diferente, todo eso queda atrás. Ya nunca serán profesionales, no buscarán vivir del deporte, pero cada mañana de domingo alguien se despertará en su casa y estará cansado pero no se dará cuenta porque estará feliz: tiene que ir a jugar un partido con sus amigos de siempre.
Seguramente tú, querido lector, también vivas en algún pueblo madrileño y, como yo, a lo mejor también te has dado cuenta de algunas curiosidades que tiene vivir aquí, en un lugar que no es una gran ciudad pero que tampoco es esa parte de España conocida como «La España deshabitada» donde no vive prácticamente nadie.
Vivimos en la Comunidad de Madrid, en el horizonte tenemos la gran ciudad y, aunque sigue siendo muy estimulante en muchos sentidos (la gente, la cultura, los barrios o la historia de la ciudad), hay una prisa, un tumulto y, no menos importante, unos precios que no dejan vivir fácilmente. Aquí, al norte de la gran urbe, nos damos cuenta del cambio de las estaciones, de cómo anochece o amanece antes o del cambio de color en las hojas de los árboles. Tenemos horizonte, algo que en Madrid, sobre todo en el centro, cada día que pasa es más difícil, y también tenemos el aire libre y grandes zonas verdes al alcance de la mano.
Yo también fui uno de esos jóvenes que se fue a Madrid para vivir intensamente todo lo que ofrecía la ciudad, pero hoy en día tantas posibilidades me agotan. No se puede estar en todo y, como dije en mi publicación del mes pasado, muchas veces dejamos pasar cultura de verdad, aquí en la sierra, porque creemos que no está a la altura de la que nos ofrece la gran ciudad. Además, no olvidemos que tenemos el mundo a un click de distancia gracias a internet. No voy a negar que hay días en los que tiraría el móvil por la ventana, con tanta tontería y publicidad, pero para las personas de los pueblos es una oportunidad para poder disfrutar de una gran oferta cultural, de información variada y de estar comunicados fácilmente con las personas que queremos. Además de, gracias al teletrabajo y la mejora de la conexión de internet en los pueblos, poder trabajar a distancia sin tener que tragarse varias horas al día de atasco. Por eso, ¡qué bien vivir por aquí arriba, compartiendo la naturaleza con los robles, los rabilargos y los boletus! Y qué envidia le damos (y creo que cada vez más) a aquellos turistas que nos visitan los fines de semana y piensan “me encanta esto. Ojalá pueda salir pronto de la ciudad y coger una casita en un pueblo de la sierra…”.
Soy de la Sierra Norte de Madrid (Torrelaguna) y de la Sierra de Guadarrama (Miraflores de la Sierra) pero he vivido mucho tiempo fuera, en Madrid y en otros lugares. El caso es que, cuando decidí volver a Miraflores desde Lavapiés, muchos me preguntaban por el invierno en el pueblo, por la escasa o pobre oferta cultural, si no iba a echar de menos ir al cine en Madrid…etc.
El caso es que este verano me ha dado la razón y me ha nutrido culturalmente (al menos) de tres maneras diferentes, pero siempre a través del teatro.
En Patones, junio, el grupo teatral Mujeres de Patones, con la dirección de Julia González y con actrices de más de 70 u 80 años, representó ante un pueblo entregado la obra El asesino anda suelto. Esta obra, que trata de un asesino bastante especial, nos hizo reír y sentir intriga a todos, no solo con el argumento y los guiños de la obra sino también con la interpretación de estas mayores al poner con tanta ilusión y voluntad en hacer tan dignamente una obra de teatro. Salimos todos emocionados. Porque, aunque se nos olvide en esta sociedad de usar y tirar, las personas mayores no son desechables y aún son capaces de llevar a cabo cualquier proyecto que se pongan por delante. Enhorabuena a la directora y a toda la compañía y que volvamos a verlas pronto sobre un escenario.
En segundo lugar, en Torrelaguna, la conocida compañía de teatro Xexil Body Milk, que lleva con nosotros tantos años, esta vez representó en el frontón la obra Las de Villadiego. Esta es una divertida obra de teatro, del año 1933, que Pedro G. de las Heras y cía. han adaptado para volver a hacernos reír y llenar el recinto durante varios días seguidos, lo cual es un meritazo, porque en el frontón caben varios cientos de personas. Además, uno de estos días toda la recaudación fue destinada a la Fundación Gomaespuma, que ayuda a los niños que más lo necesitan. Un año más, ¡gracias por hacérnoslo pasar tan bien!
Y ya, por último, dentro de la programación de la Feria Sierra Norte Venturada de septiembre, la compañía Teatro Percutor, a cuyos mandos está Sergio López, nos mostró una libre y poderosa versión del Moby Dick de Herman Melville llamado Ahab viaje al infierno. Esta obra, que está hecha en su mayor parte con objetos usados, pequeños muñecos e imaginación, nos ha llevado, gracias a la magia del teatro y con un lenguaje muy contemporáneo y poético, a la búsqueda del sentido de lo humano en mitad del océano.
En resumen, y gracias a estas tres muestras diferentes de teatro, os cuento que eso de que en la Sierra “no se hace nada” y que en Madrid “pasa todo” es un cuento. Porque, obviamente en Madrid hay más oferta cultural que en nuestros pueblos, pero al final, como hay tanta, no somos capaces de ir a todo y para realmente disfrutar de la cultura necesitamos poder sentir la cultura cerca, relacionarnos con ella. Ojalá podamos valorar más lo que tenemos aquí, puerta con puerta, que en muchos casos no tiene nada que envidiar a lo que nos ofrecen en la “Gran ciudad”.
Los trabajadores salen por la noche con su cerbatana, su talega y entran en la selva descalzos, con los ojos transparentes. Son un peine en los mechones desconocidos de la jungla, callejuelas efímeras que se tragarán la oscuridad y sus ruidos. Como mineros lanzados a las pepitas oro, los ojos de sus cerbatanas miran, rastrean y encuentran luciérnagas como estrellas mundanas, como esquirlas de luz, como botones perdidos del día en la noche. Lanzan sus alfileres de sueño y aciertan, a veces, los cuerpos minúsculos y brillantes que quedan dormidos al instante. Después, las recogen con dos dedos y una oración, las guardan en sus talegas y vuelven a casa. La selva no guarda rencor y cierra los caminos abiertos, como un acordeón vivo, a la espera de una próxima canción.
Antes de la mañana los trabajadores se levantan, se ordenan, se peinan, comen y salen hacia la fábrica. Algunos en autobuses, otros caminando, todos con las talegas llenas. Y la fábrica les saluda a lo lejos, con su presencia de cárcel, su alma de hogar infecto.
Cada trabajador llega a su puesto, lanza las luciérnagas a su mortero y el pilón de piedra machaca las golpea, las aplasta, y deja tan solo una arena de luz en el fondo, una playa de silencio y soles cansados. Después, abren una trampilla al fondo del mortero y alimentan el tubo del fluorescente hasta arriba.
Ese fluorescente será empaquetado, precintado, enviado y abierto muy lejos, en un lugar donde no existe la selva, donde la luz se esclavice, donde la luz sea utilizada como un látigo, donde las luciérnagas al fin obtengan su venganza.
Los animales humanos nos escapamos de lo humano y nos volvemos más animales en la playa. Ese es nuestro espacio para volver a la infancia, a lo no racional, al estar y no pensar demasiado. Lo que me gusta de la playa es que no hay nada que hacer. Estás ahí y ya está, no hay tareas. Vas un rato al mar, te sales, te pones al sol, lees ese libro –que durante la semana, lejos de la playa, se te hace bola y sin embargo aquí te parece interesantísimo–, haces tontunas con la arena, recoges conchas, juegas un rato a las palas... y da igual cuál sea tu cargo en el mundo del lunes a viernes. Qué vida tengas, si es atareada, tranquila o lo que sea. Aquí, en la playa, eres un animal humano. No hay agendas, los relojes se funden y no hay tarjetas de crédito ni billetes. Las olas del mar siguen llegando a la orilla pase lo que pase. Tú llegas, te vas, vuelves a los meses, y el decorado de la playa sigue igual. Para mí, que no soy de la playa sino de montaña, llegar a la playa, estar con los pies desnudos, es una manera de terapia.
Durante muchos años, confieso, fue muy presuntuoso. Me creí capaz de abarcar y digerir el mundo entero, con sus atomizadas maneras de pensar, sus complejas maneras de relacionarse y con idiomas de aquí y de más allá. No voy aquí a enumerar (creo que lo he hecho demasiadas veces) los países en los que he vivido, las lenguas que hablo o los títulos académicos. Estas capacidades (si lo son, que lo dudo), me han llevado a una escala externa a la de mi pueblo (obviamente), y me han enriquecido enormemente, pero, de lo que no se da cuenta la gente es que más no suele ir acompañado de mejor. Lo explico:
Todos estamos en el pantano del más. Esto es así. Vivimos en el capitalismo, y, por su propia definición, es expansivo, global, voraz y omnívoro. Y, así, te enseñan a ser y a comportarte, incluso aunque tengas, como era mi caso, una ideología contraria. Incluso en la reacción queda impregnado el mismo método del más. Porque si el más capitalista tira por aquí, pues yo, que soy el más anticapitalista, pues tiro para allá. Buah, y qué pedante puede ser un anticapitalista intenso. Uf, pedante, pedantísimo, pesadísimo. Seguramente igual que su contrario, partidario de las supuestas bondades del capitalismo.
Pues eso, básicamente, ha sido mi reflexión. Ya no busco abrazar el mundo, descubrirlo, sacarle jugo. Siempre recordaré y suelo hablar de este momento para ejemplificar lo que pienso. Cuando, en 2011 fue el 15M, con su ilusión, con su globalismo, con su potencia y su ingenuidad, yo necesitaba vivir en Madrid, en la ciudad, porque Madrid era un vértice, todo estaba a punto de suceder, el mundo y el cambio era asequible. Y, como yo, lo creímos muchos. Y qué bello fue.
Sin embargo, la ingenuidad y la prepotencia pueden ir de la mano, ya ves. Y yo fui bastante prepotente al pretender que los ideales de 4 locos (éramos 4 locos, qué le vamos a hacer) se impusieran a una mayoría que, en aquel momento, estaba más o menos tranquila en el bipartidismo.
Por eso, con el tiempo empecé a pensar ¿Qué necesidad tengo yo de convencer a los demás de que mis ideas, de que mi mundo es más bello, más justo, más necesario que el suyo?, ¿hablo yo o habla mi ego?
Por eso, ya no busco el cambio de la humanidad a partir de mis puntos de vista o mi criterio sino que actúo donde puedo actuar. Hablo con quien puedo hablar y hago lo que puedo hacer, pero ya no me frustro. Escribo, leo, sigo creyendo y dejando de creer, contradiciéndome. Escucho a una vecina que tiene 80 años y que seguramente habrá votado a VOX y leo libros anarquistas. Ya no pienso en el más sino en el mejor, y en este mejor cabe el fracaso y la derrota. También el descanso y la paciencia y queda fuera la competición. Pero respiro, la revolución ya pasó, como todas, y demostró que fue posible pero a costa de ser otra cosa.
Ahora vivo en mi pueblo de siempre, tranquilo, aprendiendo cosas poco a poco, intento leer solo un par de libros al mismo tiempo, que la ansiedad no me paralice. Escribo, de vez en cuando, tampoco con necesidad, como en la época de Ojo y ventana o Cercanías y escribo estas reflexiones porque me apetece, aunque no las lea nadie aunque habrá algún interesado que dé me gusta para ver si le cae algo por mi parte.
Vamos, resumiendo: que para apreciar lo que tengo (que no tengo, sino que me sucede o sucedo yo con ello, más bien) es necesario bajar las revoluciones y mirar mejor, dejar que el tiempo me suceda.
Estamos a 15 de julio. Lunes, además. Para muchos se acaba ese periodo de calma y libertad llamado vacaciones y empieza otro, un periodo de prisa y encierro llamado trabajo y por eso me ha parecido buena idea aprovechar el gozne entre el sosiego y el desasosiego (que cada uno escoja cuál es cuál) para escribir este cortito texto sobre el libro Gozo, de la escritora y pensadora Azahara Alonso, que leí hace unos meses y que justo esta semana, estos días, me ha vuelto a la cabeza.
No os voy a engañar: mi cercanía con Azahara precede a este libro. Ha sido mi profesora los dos últimos años en un curso de escritura y filosofía en el Centro de Poesía José Hierro. Obviamente me interesó su libro, porque la admiro en muchos aspectos, pero sobre todo me interesó su punto de vista sobre el proceso de escritura, el tema y la reflexión a la que nos invita.
Gozo es un libro pantanoso, valiente por su capacidad de escapar, es evocador, sugerente y mestizo. No es una novela al uso, por supuesto, y en ella Azahara alumbra y oscurece lugares, costumbres, hábitos para ponernos a nosotros, a los lectores, frente a un espejo.
Este libro, que es una pregunta sobre el trabajo, las vacaciones y, sobre todo, sobre el tiempo, busca sacudirnos. No pretende, creo, en ningún caso, establecer dogmas ni caminos sino que, a través de una isla, un paisaje, unos personajes, el lector pueda sentir la incertidumbre de aquel que viaja por incomodidad o búsqueda –que es alguien en las antípodas del turista–, por ensanchar y enriquecer la cotidianidad y no enterrarla detrás de un avión y un mojito.
Como buena filósofa que es, Azahara plantea preguntas, situaciones, no cierra escenarios ni acciones, sino que las deja flotando para que nosotros, los invitados, podamos completarlas añadiendo nuestras propias reflexiones. Esta situación puede crear incertidumbre a aquellos que buscan en Gozo una novela al uso, algo que leer sin alterarse mucho, pero es que Gozo es otra cosa. Hay que entrar en Gozo, creo, experimentarla, para que nos suceda.
Otro aspecto que quiero comentar aquí es la cantidad de «amigos» que trae Azahara a Gozo para que la acompañen. Escritores y filósofos aparecen no como meras comparsas o espirales autoreflexivas o pedantes, sino que añaden contenido y llevan la narración a otra altura, más compleja y líquida, también mucho más nutritiva. Para Alonso, desde luego, estos autores son una parte de la realidad que nos quiere transmitir, mucho más necesaria, por cierto, que un punto en un mapa o un nombre concreto.
Y ya con esto termino. Como habéis visto, ni he citado partes del libro, ni autores mencionados por la autora ni ninguna otra precisión, pero es que creo que es mejor así. He dejado el nudo de la reseña sin apretar por emular el estilo de Azahara Alonso en Gozo. Ojalá que os haya animado a echarle un ojo.
En la piscina pública crecen los ojos como medusas gigantescas y allí aprendí la dimensión del mundo, la textura de los pezones en el agua, el veneno de la cercanía de los cuerpos mojados, y un derroche de crema solar, pequeña resistencia a convertirnos en madera viva y feliz.
Escuadrones de animales a medio hacer, olor a lejía y bocadillos en papel albal.
El verano se dejaba acariciar sobre un abecedario de toallas sobre el césped salvaje, raíces, barro y avispas, vida despeinada.
El sol nos secaba la ropa y nos aligeraba, nos volvía casi transparentes, nos hacía cómplices de lo líquido, sudorosos, animales en la intemperie de la tormenta de luz.
Esa fue la frontera, la cúspide del termómetro, ahí quedó la meta, abandonada, y lo que quedó fue un enfriarse, una resaca de luz, un resfriado insoportable.
Los atragantados de incertidumbre, los que nos salimos del camino asfaltado, los que salimos por la noche, los que nos colamos en la piscina municipal, los que de 1 moneda de salario sacábamos media moneda para libros y la otra para caos, los que no pudimos subir a la zodiac que golpeaba el calendario y derrotaba su oleaje de días repetidos.
Somos nosotros los que no tenemos casa, los que coleccionamos contratos de alquiler, los del éxodo de la especulación, los que tuvimos sueños de parejas y hogares, los que tuvimos gato, o perro, y los que no tenemos nada. Los que viajamos, los que lo intentamos, los que perdimos, los que perdemos, los que perderemos, esos somos. Los que no acumulamos, nos resbala la serenidad y la desidia nos crece como mala yerba. Ansiosos, depresivos, blanca la piel tras las ventanas de casa para no gastar, los que cruzamos la noche como bultos sospechosos sin hacer ruido, los que bajábamos la vista, los que nos pusimos a tu lado sin ninguna razón, como animales pequeños que se dan calor en la torpeza, los que mentíamos en la pregunta ¿De qué trabajas?, los que mentíamos en la pregunta, ¿qué tal te va?, en la pregunta ¿cómo estás? porque somos nosotros los que arrastrábamos el cuerpo y nos sentíamos culpables por todo y por todos.
Somos nosotros a los que el autobús nos escondió en su tripa, los que escuchábamos en nuestros cascos el lenguaje encriptado del mundo que lo explicaba y no hacía tanto frío. Los que teníamos amigos y grupos de amigos, pero éramos y somos solitarios, amputados de felicidad duradera, siempre sobre ella la niebla de la melancolía o del miedo.
Nosotros los apuñalados de culpa, los apaleados por el mercado laboral y la esperanza, los que no encajamos, los que tampoco huimos, los que llamamos a los amigos y los amigos eran esposos, los que llamamos a las amigas y las amigas eran esposas, los que llamamos a los amigos y los amigos eran padres, los que llamamos a los amigos y el pasado no responde, ha cambiado de teléfono.
Somos nosotros los que soñamos un pedazo de estabilidad llamado oposición o trabajo fijo, los que apuntamos los ojos a un pedazo estable de mundo y ahí establecer nuestro pequeño comedero y nuestro pequeño cubículo.
Somos nosotros los que respirábamos ansiosos en las cuevas secretas de los libros, los que recogíamos su discurso abandonado, los que escribimos en el lenguaje que nadie entiende, los poetas sin público, los escritores de nadie, los débiles que queríamos salvar el mundo con nuestros subrayados en el papel.
Somos nosotros los que estamos enfangados de pasado, de aquella gota de pasado feliz que no nos deja vivir,
los que probamos alquimias de arte y se nos olvida hacer la comida,
los que probamos equilibrios de arte y se nos olvida mirar al frente y nos golpeamos,
somos nosotros los que no tendremos hijos, los que apuraremos el vaso, los que construiremos la nada, los que estamos mezclados con el barro y la grasa.
Los que bañamos todas las brújulas en el sabor dulce del amor, los que creímos en su certeza ineludible, en su verdad, en su delicada manera de hacernos dichosos con un pan compartido, con una lengua compartida, con las cerezas del deseo. Fuimos nosotros los que pusimos toda nuestra paz en un dedo llamado amor y el dedo se quebró y el gimnasta al suelo. Nosotros los que recuperamos poco a poco el habla después del amor, los que, otra vez,
sobre aquel dedo atrofiado, toda nuestra paz y nuestro futuro y de nuevo llegó la fractura, pero nosotros no sabemos otro baile, otra posición en el mundo, otro camino más verdadero que aquel, a pesar del hundimiento.
Somos nosotros los que cambiamos los pilares de la casa por tendones, por músculo para aguantar los golpes, para caminar o salir corriendo, para huir
y somos nosotros los que, en esta pandemia de desconsuelo y desesperación, de ansiedad y dudas, de tristeza y soledad, no nos sentimos solos porque siempre hemos estado solos, recolectores de frustración ya no nos frustramos,
fieles del volver a empezar no nos asustamos por la derrota general,
expertos en la frustración no nos frustra la caída de los sueños generales,
la caída del sistema que nos arrinconó,
del sistema que nos señaló con el dedo y nos hizo diminutos,
nosotros, los condenados a mascar y digerir desconsuelo nos consolamos con el volver a empezar,
nosotros, los amputados de esperanza tenemos esperanza por un mundo nuevo,
nosotros, los astillados y marcados de cicatrices no tememos las nuevas heridas,
nosotros, los que perdimos la fe en aquel mundo mantenemos la fe
cuando alguien me mira y me dice una verdad, no la verdad, sino una verdad, una verdad hecha con trozos de muela y coágulos de nudo de garganta, una verdad hilo de aire entre piedras, una verdad escondida de las luces y los aullidos, una verdad como pájaro herido envuelto en una servilleta de la cocina y envuelto en unas manos, digo que cuando alguien me mira y me dice una verdad yo puedo llamarle amigo.
¿De qué están hechos sus huesos para sujetar unos músculos imposibles?
La fe esquiva los golpes durante un tiempo, sigue en pie, sigue caminando, pero también la fe, que es un ángel y un camino, que es la amalgama de lo bello y lo imposible, también la fe termina siendo apaleada, escupida, atenazada y condenada al suelo.
Y el milagro de este ser vivo que es la fe se apaga deja en los ojos una pequeña marca:
la ceniza dolorosa de lo que fue, la herida de un futuro sin esperanza.
II
Quedará la pena, quedará la plenitud de lo perdido, las venas que fueron un cauce de futuros ahora son un atasco, un metal pesado, un silencio incómodo.
Quedará la pena, los arañazos de la fe sobre el mundo serán olvidados, todo sucederá a ras de suelo y habrá un nuevo continente hecho con escombros de luz, se llamará «Lo perdido».
Lo único que necesita un ser humano para ser poeta es:
tiempo
un cepillo
un recogedor
y que las palabras se posen en el suelo del cerebro,
que descansen, sin viento, sus alas de significado.
* hablas y ordenas lo líquido, tu lengua baila una coreografía en el teatro de tu boca, y alguien, desde un patio de butacas con forma de cerebro, recibe el escalofrío de entender.
* La piedra del significante, la lluvia del significado, y el poema será el cocodrilo que nazca en el charco.
* frotas unas letras con otras y sucede el fuego juego, pero, aún más importante, desaparece el frío.
* El lenguaje es un animal que no tolera ninguna silla de montar.
* Escribir poesía como quien cose lo dulce, como quien apaga el daño, como quien cierra un sobre con la lengua.
Y cuando menciono Naturaleza no hablo de los procesos vegetales o minerales tratados por el ser humano y convertidos en paisaje, ampliados o reducidos para quedar a la altura de una mano, en la proyección de un ojo o en el esquinazo entre un sofá y un miércoles. No. Menciono Naturaleza y me refiero a la voluntad rabiosa que queda lejos, en la oscuridad donde los pasos vacilan y no encuentran suelo, en el hueco dejado por Dios, en el hueco dejado por el hombre.
Y cuando menciono miedo sutil hablo de giro de cuello que enfoca lo cómodo y aísla lo desconocido. De la pimienta en el pecho que paraliza un sí y abre la puerta al camino, la autopista y los ascensores. No hay herida, no hay enfermedad ni daño, tan solo hay olvido. Porque hemos creado un escenario y no vamos a salir de él. Porque la curiosidad será ampliar el escenario pero nunca bajarnos de él. Siempre serán unas manos el origen de nuestros pasos, porque somos el objetivo de todos los mapas, el receptor del bisturí de los ingenieros.
Hace más o menos un mes mi pareja y yo terminamos de leer el libro Yeguas exhaustas, de Bibiana Collado (https://twitter.com/BibianaCollado) y, como hace tiempo que colaboro con el portal cultural Killedbytrend, pues escribí una reseña, que podéis leer aquí:
Bueno, pues el caso es que ayer la autora valenciana presentó el libro en Traficantes de sueños y, como no era una presentación de un libro de poesía sino una presentación de una novela (que muchos ya habíamos leído) se montó una charla muy interesante con Carolina León (https://twitter.com/carolinkfingers) preguntando y moderando y algunas personas del público preguntando. Lorena Mora (https://twitter.com/EnraizarteP), que es mi pareja y una gran y afilada pensadora, escritora y ser creativo, hizo algunas preguntas muy interesantes sobre el libro y, volviendo a casa, seguimos debatiendo el tema.
Como entiendo que no habéis leído el libro (os lo recomiendo, obviamente), os copio por aquí una sinopsis breve para poneos a tono:
Una madre, con los dedos rígidos de triar naranjas en un almacén y limpiar pisos de vacaciones de otros. Una hija, también con los dedos rígidos, pero de teclear papers, tesis y mil trabajos académicos. Y algo que no encaja. La sensación de que debería estar pasando algo que nunca llega a pasar. Este libro nos presenta un rosario de mujeres extenuadas. La falsa promesa del trabajo duro se hace añicos entre estas páginas mientras suenan Camela o Estopa.
Yeguas exhaustas es la historia de una hija que tiene una relación de pareja dañina, que piensa en las heridas del cuerpo, en las tremendas diferencias de clase y sus implicaciones, en el clasismo del «mundo de la cultura», en el acceso al mercado laboral, en la endogamia universitaria y sus laberintos… en definitiva, en el averiado ascensor social.
Esta novela trata de manera certera el paso del siglo xx al xxi en España a través de la propia experiencia: «Me exploro, investigo, reinterpreto pedazos de vida. Juego y cuestiono. Busco causas. Busco alivio. Busco cómplices». Y sin duda los encuentra.
En Yeguas exhaustas Bibiana Collado Cabrera nos lleva a situaciones vividas y sentidas como individuales que en realidad son colectivas. Tan bien contadas, tan reales, que por momentos se nos olvida que estamos ante una novela.en la web de Pepitas, la editorial del libro.
Lo ideal aquí es que pusiéramos un audio, o un QR o algo similar, para mostrar más verazmente la tensión de la charla, que fue emocionante, pero bueno, intento reflejarlo yo. Le diré a Lorena que lo revise antes, por si la cago. El caso es que Lorena y yo estuvimos hablando mucho sobre feminismo, complejos, clase pobre que deja de ser pobre, sobre la vergüenza de ser pobre, sobre el orgullo perdido de ser pobres. Y dijimos también que aquel que es pobre y consigue dinero sigue siendo pobre, que los ricos, ese lugar al que llega, esa atmósfera, no va a dejar que se integre porque sabe que no es realmente rico sino que el dinero va y viene y qué se yo. Y junto a esta palabra rico llegan otras como intelectual, profesor universitario, poeta, literato, académico y no, estas palabras tampoco respetan la escalera invisible de la meritocracia (esa palabra que es un lodazal), porque cuando llegas, al principio con vergüenza, pero poco a poco te empiezas a sentir cómodo en ellas por estudios, pasión, vocación, te das cuenta de que no perteneces del todo. Que en tu sillón cómodo no es solo que haya un zapato o libro puesto en punta que se te clava en el culo, sino que el sillón no es tan cómodo porque alguien se está encargando de quitarle el algodón poco a poco porque considera que tiene un culo muy gordo y PUEDE SENTARSE EN TODOS LOS SOFÁS.
Bueno, en realidad esto no lo comentamos ayer así, pero fue parecido. Y hablamos de la mancha que Lorena dice que los pobres se empeñan en limpiar y limpiar pero que no consiguen hacer desaparecer. También de que el pobre puede ser pobre pero sucio NUNCA. Y ahí le comenté yo la típica frase de «En mi hambre mando yo» que le soltó el jornalero al patrón y seguimos por ahí, hablando de conciencia, orgullo, que no todo son las perras y los billeticos pero que qué complejo es todo.
Parte 2 (17/4/23)
Venía yo del pueblo, alegre y caluroso, escuchando la radio de camino a Madrid cuando desde las Ondas me llegó a los oídos un tema que en su momento se instaló en el Neolítico de mis recuerdos musicales:
«en tu cocina tan prisionera de tu alma y tus dias con una rutina de una loca»
Pues era un tema de Andy y Lucas, que es, digámoslo así, ese «rincón oscuro pero querido» que no quiero mirar por vergüenza. Y ahora, ya en el metro, escribo esta entrada en el Metro madrileño y recuerdo cómo lloraba yo con esas letras de Andy y Lucas y qué sensible y vivo me sentía. Sé que no es lo mismo, pero me ha venido este tema a la mente porque el otro día Bibiana trajo a la presentación el tema de la música de nuestra adolescencia o preadolescencia gracias a Estopa y, sobre todo, Camela y cómo en el libro Beatriz se convirtió en fan, como ella misma dice, «para que su madre la quisiera». ¿Y qué ha pasado entre aquellas sensaciones de adolescencia y nuestras sensaciones posteriores?, ¿Es parte de la construcción de la identidad renegar lo propio por buscar lo ajeno?, ¿Es obligatorio para todos?
Y es que hay un vínculo con aquellas obras de arte que nos hicieron vibrar en algún momento. Y, aunque ahora seamos otros, seguimos siendo también los mismos. Y esa vergüenza por el pasado, ¿qué sentido tiene?