Islas divergentes

Automático 12/12/2015



El capitalismo te sopla la nuca en la fila del supermercado, saca la cartera, quieres bolsa, quítate del medio, déjame pasar, date prisa, ¿eres del club? ¿Qué club? ¿Quieres una bolsa o no? Son quince con veintisiete segundos de tu vida, quiero decir, euros. ¿Tienes veintisiete céntimos sueltos? Dese prisa, el siguiente.

Se llamaba Montse pero a ella también se le olvidó su nombre porque capitalismo no es palabra oscura, es photoshop brillando en modelos como signos de exclamación y matando niñas que no pueden meter más tripa en las fotos.

El Capitalismo sube una escalera con los peldaños de tu padre y tu abuelo. El que le roba su hijo a la madre que no puede parar de apretar tuercas. Capitalismo tu compañero de escuela que no te deja copiar, que no te cuenta los misterios. Nos rodean de dinero y nos cortan las manos. Hace tiempo que el burro se cansó de la zanahoria, ahora quiere un IPAD y un móvil para poner una zanahoria en twitter. Hay que alimentar al monstruo del nosotros mismos. Todos son enemigos.

El amor es una estrategia de mercado, un marketing de selfies borrachos. El capitalismo nunca envejece, se alimenta de tus hijos llorando porque no tienen la última play, ni el peinado de Cristiano. Capitalismo mundial de amiguetes y tecnología que esconde esclavos. Te pago un móvil por ocho horas al mes de trabajo. El salario es un flash y una foto en facebook con muchos me gusta. Aparta la muerte. No pienses en ella. Luce y compra la última moda. Todas quieren ser como aquella heroína en 3D que nunca existió. Todos quieren tener cuadraditos.


No son palabras raras. Capitalismo mezclado y agitado atravesando tu garganta. Capitalismo tu, y yo, y todos los compañeros. Capitalismo machacando gatos y perros en las autopistas y vendiendo el espectáculo en un vídeo de youtube. Capitalismo jugando contigo, cuánto vales, qué tienes para mí en este combate a muerte. 

Automático 08/12/2015


Arropan los bosques a las montañas en este invierno de polución. Suben los niveles de cansancio y queremos huir con las ratas del subsuelo. No estamos hecho para esto. No podemos silenciar el cristal roto de nuestro pecho, y mudos seguimos cualquier norte.

Hace tiempo que no me veo con ninguna de mis rótulas. Tengo abandonado mi cuerpo y me sigue por cariño, por no discutir, pero ya no le escucho. Tenemos intereses distintos. Me decía que el cuerpo es lo importante y yo le decía que lo virtual es importante, y que internet nos multiplica.

Estamos llegando a la última caja de ceniza. Un gato nos queda más lejano que cualquier tubo de escape. Ya nadie hace volteretas para llamar al cuerpo y vivimos a ciegas, metidos en nuestro día a día de alimentarse, whatsapp y morir. Quiero volver al territorio del barro, al silencio del mundo en las noches de verano con estrellas.

Vivo en una ciudad que tose asfalto por las tardes, cuando empieza el frío. Aquí todo el mundo lleva chaqueta y gorro, pero nadie cuida civilizaciones de libros perdidos. Confiamos en la columna de humo que salía a lo lejos y pusimos nuestros mejores años en la mochila de la universidad y otros mecanismos. Qué idiotas en nuestra barca de competición escuálida. Crecemos en la ciudad del miedo y no queremos mancharnos. Qué ingenuos con nuestros planes para hibernar rodeados de libros y plantaciones de tomates.

Digamos que hay que volver a las letras porque las pantallas no paran de tener hambre de nosotros. ¿Quién visitará a los náufragos que se esconden en estanterías que nadie quiere?

Hoy en día un libro contamina más que cualquier tostadora. Más que las turbinas que fabrican la niebla, y mucho más que un cementerio de coches.

Agárrate a un libro y no te hundas. He oído que vienen a rescatarnos. 

Automático 07/12/2015



Los viejos olían a sopa fría. Mezcla de colores apagados, niños que llegan al otoño y tienen frío del invierno, que es donde se acaba todo. Se mueven lento los viejos, como si tuvieran cariño al suelo y no quisieran abandonarlo. Son mezcla de olivo y engranaje, tienen la piel marcada con las agujas del trabajo, como signo de sequía.

A pesar del tiempo siguen aquí, como actores secundarios e inválidos. Son libres en su espacio frágil de papel y espinas, varados con los ojos húmedos aún. Tienen un tiempo gastado en el cerebro y saben que no volverá el rocío antiguo.  

Los viejos caminan en las tardes para recordar el mundo que fueron, la velocidad de sus tendones, la fiebre que tuvieron los primeros días. Se dan la vuelta y se vuelven niños. Necesitan la guía para desaprender el mundo y dejarnos aquí, solos.

En su cansancio hay un mensaje para nosotros. Poco tiempo nos queda de pelo y poco tiempo de celebrar las noches. Pocos días para apretarnos a las revoluciones y los amigos, que aquí todo se acaba y se cierra la función. Sigue esperando el hijo que no te atreves. Tu yo del futuro desea que dejes ya ese trabajo de mierda. Tu viejo tú lo sabe.

Se mueven en grupos porque la muerte les ataca cuando se quedan solos. Edificios a punto de caerse, gafas y papeles amarillos. 

Personas que están bajando la cuesta, que todo su futuro son recuerdos y volver a caminar el paseo de su recuerdo, pero su recuerdo ya no existe. Las casas ahogadas en hormigón moderno no dejan ver su memoria. El campo, los ríos, las alpargatas y el amor con los animales. Vértices de aquel tiempo en blanco y negro desde aquí, desde el presente asesino que no olvida a sus víctimas. 

Automático 06/12/2015



Solo un niño manchado de barro y risa. Mi mundo de palabras escuálidas y olas de carne y voluntad para hacer un niño salvaje y bello. Ser el canalón por donde la lluvia cae y levanta su curva fértil de aprendiz de mundo. Abrirme los pechos destinados al ego para levantar toboganes míticos, dejar que me atropelle con su triciclo a 10 kilómetros por hora.

Dejarme llevar por sus ojos a punto frescos como renacuajos. Ser el bastón que se parta por la mitad para que él no toque nunca el suelo.

Tener un hijo como quien tiene un sueño. Dejar de ser yo para que él pueda ser. Hacer lo contrario a multiplicarme, dejando que se escurra por los huecos de mi tiempo.

Una niña que navegue todos los charcos y que sonría con cada gota. Sus coletas de salvaje que imiten a Pippi Langstrum o las cataratas de Iguazú. Un niño, una niña que corran tras la pelota del mundo y que no se cansen nunca.

Enseñarle a leer. Abrir la puerta de un libro y que puedan jugar todo lo que quieran, como en los pueblos. Como en los ríos que atraviesan y se cruzan con las calles. Invertir todas mis arrugas en el ángulo de su risa. Abrigarle y tener un nido para cuando vuelva cansado. Ser con mi novia un pedazo de su pasado, la sujeción que le impida caer al suelo al hacer puenting, el trozo de tierra donde empezar el brote.


Empezar a hablar de nuevo. Volver a mirar desde el ángulo esencial de un niño. Desnudar mi historia de mi cuerpo y acercarme a su aprendizaje con el teatro de lo ya vivido. Dar pasos para atrás y acompañar sus primeros pasos y ser el cauce por donde salga al mar. 

Automático 5/12/2015

París, 1956 (by Robert Doisneau).

Hacíamos una hoguera con aquellas horas de estudio y madrugones y la prendíamos fuego los viernes, en la cima de la semana, justo donde empezaba la cuesta abajo y sin frenos.

Nos olíamos y nos buscábamos durante la semana. Ansiosos por descubrir colores nuevos en la oscuridad fértil de las noches de viernes y sábados. Allí donde jugábamos a perder y donde íbamos creciendo y ardiendo.

El ritual empezaba en el supermercado con la búsqueda de dinero colectivo para los vasos, el vino, los hielos y la cocacola. Brillábamos como luciérnagas siniestras que atraviesan la noche contaminando las calles tranquilas del pueblo hasta llegar al parque, escondidos de las ventanas de los vecinos y de sus vidas mansas de corderos.

Entre minis y besos íbamos desgastando la noche, bañándonos en ella como linternas que van ganando energía con el movimiento de las mareas. Como chispazos jugábamos a las cartas, nos hacíamos fotos y fumábamos sin que ningún humo empañara nuestros ojos.
Desde el pueblo llegábamos a Madrid a meternos en ese recorrido de bares escondidos, desaparecidos durante la luz, que tan solo nuestros cuerpos conocían. Nunca dejarse llevar fue tan fácil y el agua tan clara. 

¡Éramos la barca de cerveza y kalimotxo con la que descubrir la temperatura de la noche!

No conocíamos el cansancio y solo nos dejábamos llevar. La noche era un imán que huía del frío de la mañana y nosotros demasiado frágiles para soportar la eternidad en nuestras gargantas.

Creímos inventarlo todo y tan solo pasamos por ahí, por ese espacio dulce y agrio que se nos queda pegado a la lengua y que recordamos toda la vida. Amigos como altares de la complicidad y del mejor momento de nuestras vidas. Atados por siempre a aquellos momentos en que nos creímos únicos, y lo fuimos, pese al veneno del tiempo que ya estaba derribando la puerta. 

Automático 04/12/2015

salida de la noche. Aparecida en medio de la casa como cada mañana sin que nadie lo investigue,  sin que nadie venga a estudiar esta brecha en el espacio tiempo. Te levantas y creces en mejillas y la el recuerdo de aquellas risas que tienes en la cara. Esas arrugas curvadas que dicen “aquí hubo fiesta en días azules, soy un huerto para carcajadas futuras”. Y tus hoyuelos como pozos de agua fresca, banco de peces como flechas a mi felicidad.

Me levanto y en tus ojeras diminutas, como barricadas de cansancio, planto yo mis manos torpes para intentar derribarlas. Restriego mi lengua de gato viejo y torpe para curarte los relámpagos de pesadillas. Llevamos meses sin ir al supermercado a por fruta. Desde que duermes conmigo, cada mañana aparecen plátanos, maracuyás, phisalys y mangos de debajo de la cama y esto se nos ha ido de las manos.

Eres el camino por donde vuelvo al mundo, el escondite donde salgo de él. Los días de la semana que sí que paso contigo los guardo como canicas únicas en el mundo. Como piedras de río que trabajamos con la lija de nuestros cuerpos.

Me estoy llenando de ti desde el fondo. Como si fueras radioactividad o mercurio llegas hasta el fondo donde tu sustancia no se diluye. Soy la bombilla que lleva 30 años apagada y de repente llegas tú, me enciendes, y te desnudas.

Ya puedo tirar toda mi sed antigua a la basura porque esta sed nueva no quiere esa agua. Quiero un agua filtrada por ti, tu sudor, el recreo de los delfines.


Lagartija que nunca pierde la cola, puñado de coral encontrado en una esquina de la ducha, un trozo de mar atrapado en un cuerpo. Los días sin ti se alimentan de plomo y no quieren irse nunca.

¿Qué imperio dejaste atrás para unirte y sujetar a este árbol que intenta fruto?


Automático 03/12/2015

Los desiertos quieren ser playas y las ciudades sueñan con la escalera de verdes de las junglas de verdad. En las tiendas los precios rompen las herramientas, los paquetes de leche y el dinero gotea y moja los pies de los descalzos.

Amanece poco tiempo en Madrid y ya salimos los poetas en las noches a buscarnos las letras como quien se busca un hilo suelto. Así somos de grifos. Así somos de grillos agitando las patas del desconcierto y de las vocales.

Miro los mapas y se me enredan como los cables de los auriculares. Las calles no hablan el mismo idioma líquido que mis venas y no sé qué pieza soy y si este es mi puzzle. Hay miles de hogares en Madrid y todos ellos tienen cepillos de dientes que limpian los sueños crecidos en la noche como malas hierbas. Qué misterio este de la gente que no se saluda por la calle. Qué misterio este de la gente que no se cuida y no se mira.

Millones de submarinistas entran en las oficinas y saben que no van a descubrir galeones ni sirenas. El oxígeno contado en los tiempos del océano de plomo. Las mujeres siguen apaleadas por traer al mundo a sus crías y nadie escucha el grito del futuro. Todos viejos y nadie que aprenda a caminar y a limpiarse los mocos.


Estar en paro es un pause, la hora del recreo entre matemáticas y economía. Voy a quedar contigo a tomar un café que me haga ser humano. Azúcar, tú, nuestro pasado, contarnos el tiempo. Voy a escuchar cómo desenrollas el papiro de tu día a día porque me interesa. Estoy haciendo un cursillo para escuchar a los amigos. Dan 10 créditos en la universidad y se convalida con mil horas en facebook. Vamos a ser oasis en la autopista de la ciudad. 

Automático 02/12/2015

bailo cansado el silencio de la noche que tu dejas detrás de ti como moscas muertas.
Paladear el ruido de campanas que amanece cuando te levantas de la cama y me miras la médula para que todo siga bien, enganchado todo al rayo vegetal que somos juntos.

Te eché de menos como las fieras, golpeando mi cabeza contra el muro de tu silencio y espacio vacío. Como ducha caigo en tu piel en los días calientes de sogas y ladrillos gastados. Estoy buscando el país que soy, el territorio que he sido siempre y que quiero llenar de maleza. Hierbajos sagrados que permitan el refugio de los zorros y las perdices, aterrizaje para el sol de las 8.15 de la mañana.
Vas al trabajo y en el camino queda el imperio de saliva que fuimos en la noche. Yo cuido la cabaña y desordeno el aullido. Caliento la casa golpeando las paredes para que cuando vuelvas manchada de ciudad puedas calentarte los labios.

Juego de parejas con frío y calor, somos la órbita de los locos que no alcanzan nunca el centro del fuego sin palabras pero que extienden sus manos como brújulas.

Tengo una casa que no es mía y ya es refugio antinuclear por la energía de los libros empotrados en la pared, moviéndose en espasmos, como turbinas que quieren enchufarme su latido. Aquí compartimos el amanecer continuo de tiempo. En este rectángulo infinito de 30 metros.

Para llegar a ti, volveré a buscar abrigo para todos los niños que fui y que pasan frío entre mi húmero y mi muñeca. Ahí alojo yo los recuerdos pero noto un exilio. Ya no recuerdo el escenario para mis juegos y no se escucha viento. Algo se me escapó de las manos y yo solo miraba hacia delante, aunque me moje de muerte a cada paso no puedo dejar de mirar hacia delante.


A veces meto la mano en el fondo de mí, como el mago o la comadrona, y encuentro trozos de carne que te regalo, como hace el lobo con sus crías. 

Automático 01/12/2015



Amar la caída sagrada. El bache en el camino que nos rompe la costra del ojo para vernos. Necesaria la velocidad, el desequilibrio y amar la mentira de los mapas. Se me acaba el contrato y empieza todo lo demás. Amar puñados de letras vomitadas en el último momento y leídas frente a gente desconocida que bebe café en el vértice de la mañana. 

Amar la mugre que se acumula en las máquinas grasientas de la memoria y que rescato a media noche. 

Soy un yonki de mi esqueleto, armazón líquido de salivas viejas por el túnel de las quemaduras. Allí donde escribí mi nombre con las letras que ellas me decían. Baile eléctrico que desajusta el acero de mi cerebro, fundido por las grapas de la responsabilidad, de la vergüenza, y afilarme en el ángulo de los acantilados.
Un día.
Un día antiguo y presente dormí en un autobús sagrado que me bajó a las cuevas de la tierra donde me quedé desnudo. Viajando volví a la casa. A los pedazos de mí que encontré en los abrazos de los otros. Quien dice Chile dice Miraflores o dice sábanas baratas.
Abandono. 

Soy el quiebro que me salve la vida. Es tarde ya y pronto para empezar la fiesta. Ya hay muchos como yo en el mundo y yo me espero a mí mismo allí donde fui feliz.

Me agarro a la sombra que los hermosos van dejando por el camino que dejan detrás. Seré uno de ellos. Miembro de tendones poderosos y misteriosos del grupo de los viajantes. Me pongo firme, se secó el río de mi yo admirable y formal y trabajador. Siempre seco el cauce responsable encima de la mesilla de mi madre. 

Donde yo soy no hay nómina. Donde yo soy el invierno de Madrid llega y se da la vuelta. Hay un viaje que me da vueltas en la tripa, lavadora oráculo de futuros. Nunca tan feliz como entonces. Allí fuera, el tiempo invisible corre paralelo a mi tiempo. Tengo prisa y voy bufando a recuperar el tiempo que no fui. 

Veo documentales de la 2 para llenar mi currículum, preparando mi salto en paracaídas,
quiero llenar todos los caminos, no repetir ninguna huella, quiero ser el cartero que me reparta las cartas que escribí en aquellos momentos felices donde mi hambre no terminaba.

¡Qué bonita está Madrid esta noche!


Compañeros,
sabemos que nuestro camino hacia el amor está lleno de vacío,
que solo hemos dado un pequeño paso en el camino de la libertad,
y también sabemos que la casta de la distancia tiene más medios
más dinero,
más mecanismos para la tristeza,
pero nosotros tenemos más ganas.

En la noche de hoy me acuerdo de cada uno de vosotros,
de todas aquellas partes  del cuerpo que se han quedado sin su abrazo,
a todos los órganos que pasan hambre,
a los labios, las manos, el pecho, los pulmones y tantos y tantos otros que formáis este cuerpo.
Gracias, compañeros, estamos haciendo Historia.

Estamos aquí, esta noche, para decir que estamos preparando la noche perfecta.
Que vamos a ponernos la piel de las grandes ocasiones,
que paso a paso nos acercamos a la victoria, a coger la mano de la fraternidad bajo las sábanas.
¡El cuerpo
unido
jamás será vencido!

Ya queda menos para que podamos cambiar la situación,
estamos un paso más cerca pero aún nos queda lo más complicado. 

Le digo a nuestra compañera la lengua que claro que sí, claro que volveremos a surcar las avenidas de su cuello,
le digo a los ojos que estamos en el camino correcto y que volveremos a bañarnos en su espalda.
Nos dijeron que no era posible.
Que dejáramos de soñar con atravesar los mares violentos de su pelo,
que éramos unos perroflautas del amor,
pero escuchamos a oscuras su risa y la seguimos sin dudarlo,
palpando los días y las calles.

Juntamos la voluntad de cambio con las nubes del hambre y la tuvimos en nuestros brazos,
como se tiene fiebre o se tiene la tristeza.

¡¡ Sí se puede!!
¡¡ Sí se puede!!
¡¡ Sí se puede!!



A todos vosotros os digo,
compañeros, compañeras,
que esta noche es noche histórica porque hoy,
ella,
ha creído en nosotros.

Y aquí estamos para recoger esta confianza y decir que:
“mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase la pareja libre para construir una relación mejor"

Muchas gracias compañeros.
La victoria es nuestra,

¡El cuerpo,
unido


jamás será vencido!

Geometrías


Yo era una línea recta,
un trayecto simple entre dos puntos.
Un recorrido lo más rápido posible y ella surgió del lenguaje de cuerpos de la ciudad para ser un vértice, un refugio.

Ahora soy tres puntos:
Nacimiento
Ella
Y la muerte, pero de este último no estoy tan seguro.

Ella es Jane Goddall enseñándome a hablar,
descubriéndome como eslabón perdido,
el primer animal de mi especie.  
Ella y el vértigo de su risa, un eco, que no se acaba. Soy la grupa donde ella galopa desnuda, la espuma de la ola de aquel mini de cerveza donde empezó el imán de los cuerpos.



Crece el territorio que somos, 
fertilizamos el vacío.

"Momento Meki", poetas unidos para levantar una escuela en Etiopía

Justo hoy se cumple un mes del evento "Momento Meki", en el que varios poetas nos juntamos en el Campo de la Cebada de la Latina, en Madrid, para, a través de nuestros poemas, donar todo lo recaudado para construir una escuela en Etiopía. 




Más de 40 poetas nos colocamos frente a las máquinas de escribir (en turnos, desde las 11:00 de la mañana hasta las 19:00 horas de la tarde). Después, la gente que se acercó a la plaza nos pidió poemas sobre los temas que quisieron... y esto fue lo que pasó:





Poesía vs Trabajo

digamos que necesitamos sobrevivir. Digamos que para poder llevar dinero a casa (ay, llevar a dinero a casa, como si esa casa fuera nuestra y no estuviéramos solamente de paso) hace falta hacer cosas que no nos gustan, que nos hacen tener sueño, que nos hacen estar malhumorados y ocupados. Pongamos que esto es así y que lo asumimos. Vale, ahora nos quedan 16 horas libres al día (como mucho).

Hay gente, todos los sabemos, que se dedican a lo que quieren. De verdad. Hay gente así. Gente que en lugar de bordear el curro se sumergen en él porque les encanta. Véase médicos, futbolistas, veterinarios, periodistas o cocineros o cualquier otra profesión que, a priori, no engancha tanto. Gente que recibe una remuneración a cambio de dedicar tiempo a hacer algo que les gusta, que les motiva.

Joder.

¿Y la poesía dónde queda?

Hace unos años, empecé a notar una pequeña mancha en el ojo derecho. La mancha aparecía siempre que enfocaba una pared blanca, como una aparición que se hacía visible solo en esos momentos pero que no me abandonaba nunca, camuflada en los colores oscuros. Con el paso del tiempo me he dado cuenta que dicha mancha sigue ahí, es como una grieta, diagonal, pero que cada día que pasa está menos presente.  
Digamos que la poesía aparece así y se queda en nuestro modo de ver el mundo. Se va asimilando, asumiendo. ¿Y con eso vale? ¿Nos conformamos con tener a la poesía para nosotros solos? No, claro que no. Queremos que todo el mundo sea partícipe de nuestra mancha, de nuestro modo de ver la realidad.

Pero la poesía no le importa a nadie. Al menos la nuestra. Lo que importa a quien lee poesía es LA PROPIA VISIÓN DE LA POESÍA. ESO. Todo lo demás son reflejos de este único modo de ver, el único que nos interesa.

Pero es que somos una minoría y no le importamos a nadie.



Para el mundo (ese montón de gente que está más allá de nuestros colegas, de nuestros “amigos” poetas y familia), la poesía es una puta mierda de hobby que tenemos algunos raros. Eso. Y si todo el mundo escribe, si todo el mundo tiene un blog, si cualquiera puede sacar su diario personal a la calle y ponerle un título cursi, ¿para qué tenemos la poesía? ¿Dónde la metemos? y, lo más importante, ¿por qué nadie tiene que pagar por la poesía que hacemos y que solo nosotros entendemos?

El vagón que transita mundo, de Olaia Pazos y Con versando, entrevista que le hizo Paloma Corrales

Ayer estuve viendo la obra de teatro de Olaia, El vagón que transita mundo, en el teatro del arte, en el barrio madrileño de Lavapiés. Después de verla, me quedó la sensación de haber visto a alguien que no es de aquí, sino de otro tiempo, otro espacio más limpio, más protegido. 



Es una desajustada, salvaje: libre. No mantiene el control en ningún momento porque las cosas buenas no mantienen el control. Olaia es otra cosa. Se mueve como acunada por un viento. Un viento que algunos hemos sentido alguna vez, pero que ella tiene dentro como los demás tenemos riñones, pulmones o recuerdos. Es una bestia y por eso hace lo que quiere. Pequeñita y rebelde. Amazónica y gallega y urbana y víctima. Heroína del nervio de la adolescencia camina, no, no camina, corre hacia adelante y nos enseña su viaje. 

Merece la pena, mucho. 

Y para que conozcáis a este animal de letras y brazos largos y hambrientos, aquí os dejo la entrevista que la periodista y poeta Paloma Corrales le hizo a Olaia en el bar Diablos Azules hace unos años:


Salir a fumar


“Uno busca a alguien que le ayude a dar a luz sus pensamientos, 
otro, a alguien a quien poder ayudar: 
así es como surge una buena conversación.” 
Friedrich Nietzsche






Llevamos ya varios años de ley antitabaco. En este tiempo he pasado por diferentes actitudes ante el tabaco (y ante esta ley, claro) que solo he conseguido revelar de manera sincera ante Vicente, mi médico, y que van desde el  “yo no fumo”, a “bueno, algún cigarro que otro”, o a “un par de cigarros al día”. Hasta ahora. He conseguido sincerarme conmigo mismo y ya llevo una semana sin fumar, evitando acompañar cualquier cerveza o café con el magnífico tándem que supone un cigarro (y más con el attrezzo perfecto que supone el terracismo con su calor y tal). 

En realidad, por mucho que el cigarro sea una simbiosis perfecta del café o la cerveza, hay algo que supera completamente a estos dos atractivos líquidos estimulantes: la conversación. Y, desde que se prohibió fumar dentro de los bares y las cafeterías, la charla, y más concretamente, la charla al fresco, se ha convertido en todo un fenómeno social. Digamos que el twitter analógico podría ser la unión de todas las puertas de los bares. 

El conversador de interior, frente a su colega al aire libre, se ha quedado limitado, replegado. Agarrotado por la música, las cuatro paredes y otras limitaciones. No puede desplegar todas sus dotes argumentales y fonéticas y se ve obligado a lanzarse al vicio del tabaco en la puerta. Es inevitable, además, porque los bares se han convertido en una excusa para salir a su puerta y apenas queda gente dentro. Para todos aquellos devotos del botellón que hemos sufrido de minis enfriados con nieve en el pueblo, persecuciones de motos policiales y otras hazañas inverosímiles, la conversación al aire libre tiene un toque mítico, único, que nunca podrá ser comparada con la charla de interior. De hecho, si alguien desconocido dentro de un bar te habla, te dan ganas de ir al baño o de pegarte al altavoz o salir corriendo, mientras que si alguien desconocido te habla en la calle, con un cigarro recién encendido, es imposible esquivar ese anzuelo. 

Una semana renunciando a enrollar el cigarro, pedir filtros a alguien porque ya no te quedan o se te han perdido o se te han olvidado en casa, y la siempre socorrida petición de fuego a discreción. 

Claro que renunciaré al cigarro (al menos, unas semanitas más), por todo eso del cáncer, el ahogarse y tal, pero cómo voy a renunciar a la charla de puerta de bar. No, de eso aún no se ha dicho que tenga nada malo, salvo, quizá, pillar algún resfriado en invierno. 



(se dice que le jaleo que se montó en Woodstock en 1969 empezó en una conversación a la puerta de un bar. Según fuentes nada claras, el señor Hendrix era el encendedor oficial)

Allí o aquí



A veces paso por la calle con los ojos no tan abiertos hacia afuera, hacia el día repetido que sea, ya puede ser lunes o miércoles o diciembre. Hay esos días que se repiten como conchas en la nieve, muy al fondo, en su recuerdo.


Y es en esos días extraños y escondidos cuando pienso que estoy yendo a las fiestas de mi pueblo. El esqueleto de mi pueblo se llena de chicas de Madrid, vienen los colegas, y es aquí donde el verano descansa. Aquí. Tendré diecisiete y hay trozos de electricidad oscura en el aire. Todos sabemos que es un pueblo como cualquier otro, que no somos nadie, que no somos mejores, pero estamos aquí y hoy lo pasaremos bien.


Alguien aparece. Alguien a quien hacía mucho que no veíamos. No existía mensajería instantánea y por eso las relaciones no se reblandecían y morían como ahora. Todo se interrumpía en Otoño, en lo alto, encrespado, y se mantenía así en el recuerdo, furioso. Y nos abrazábamos como nunca más nos abrazaremos. ¡Abrazos olímpicos en un pueblo pequeñísimo! No hacía falta decirnos nada, sonreíamos como descubridores del fuego y alguien preguntaba


¿Quién pone pasta para esta noche?


Nadie tenía pasta, ni casa, ni coche, ni horarios. Luchábamos contra la superficie de la normalidad con nuestras películas japonesas, alemanas o peruanas, yo qué coño se. Éramos extraños y no queríamos cambiar el mundo. Queríamos que el mundo se mantuviera así, en alboroto, a punto de empezarlo todo pero no aún. Celebrando el cambio que llegaría al día siguiente del domingo. Cuando la resaca nos deje movernos. 


Después cada uno volvía a su casa y la telaraña de los puestos callejeros, de la comida grasienta y perfecta nos atrapaba como aviadores ciegos. Nadie nos llamaba por teléfono porque no lo teníamos o lo teníamos en un cajón, para que no se perdiera. Éramos el río donde choca la lluvia. Así nos sentíamos. Buceadores de la adolescencia y os juro que apreté con fuerza los dientes. Os lo juro porque me muera ahora. Quise que se repitiera ese carnaval sincero y cuesta abajo. Quería ir con todos ellos, con todos y con todas, todos nosotros, veinte o treinta, qué más da, atravesando las calles y los años, camino al mejor parque del mundo donde dejarnos caer por el misterio del kalimotxo. Así, y las novias no eclipsaban el mundo que se nos abría. La mañana estaba lejos como los planes de pensiones. Teníamos la boca abierta para reír, para darnos enteros como animales en llamas.

dejar en paz los tiempos muertos

Montar en el metro, en el tren o en el bus tiene algo de pausa. Durante un rato (cada vez más con la falta de medios en los medios, mira qué cosas) tenemos que enfocarnos en un libro o en una aplicación del móvil o yo que sé, pero ¡ah!, si se te ha olvidado el móvil o el cuaderno o el libro, ¿qué hacer?

¿Que qué hacer? Pensamos en qué hacer como si nuestra vida fuera el agua de un cubo y estos pequeños tiempos muertos e “inútiles” la raja por donde se escapa nuestro “aprovechamiento”. ¿Qué hacer? Pues hacer lo que se ha hecho siempre, mirar a la gente, o el paisaje, o pensar en tus cosas o yoquésé.

Ya sé que cuesta. Yo soy el primero que se lleva diecisiete libros en la mochila porsiacaso. Por si acaso quiero leer ensayo, o poesía o esa novela que dejé a medias o vete tú a saber. Acumular pasajes brillantes de novelas ineludibles TODOELRATO, agota. Hay que dejar respirar un poco a la cabeza.

Parece una gilipollez, justificar el dejar de hacer cosas como algo novedoso o útil, pero es que joder, vale ya de tanta letra. La letra representa un mundo, ya sea ficticio o real, pero si nos centramos en esas letras no vamos a tener la capacidad para saltar por detrás y llegar a dónde nos quieren llevar.

Ya. Ya lo sé. Ya sé que nadie lee y que lo que se lee es una mierda, o que si el mainstream y Belén Esteban y tal. Lo sé y aun así he escrito este texto. Y no, no son cosas contrarias, está todo relacionado. Creo que, como vemos que hay tanta mierda “ahí fuera”, nos exigimos saber por todos. Por nuestros compañeros de oficina que preguntan en alto “¿paisaje es con ge o con jota?”, por todos aquellos que dicen orgullosamente “no, yo es que no leo mucho”. Y no, no es culpa nuestra. Nosotros leemos porque nos apetece y porque encontramos cosas que nos interesan, no por salvar el mundo.



Que el placer de leer no se nos haga una obligación, cojonesya
arrastrarse por el día hasta llegar al pozo de nuestros cuerpos
prueba olímpica sagrada donde dejamos atrás el cascarón de la piel
chocar con el almíbar de las verticales que nos recorren.

Lamer el musgo que crece en nuestros huesos
bajar a lo húmedo y liberar pájaros atrapados en la oscuridad.  

Cansarnos y descansarnos todo en la misma rama de hombro o de labio.
Salir a celebrar el zumo de nuestro amor con cerveza y amigos y bares sucísimos y alegres.
En la espiral de las calles nos dejamos llevar como peonzas líquidas, héroes en la caza del kraken de carcajada que atraviesa la profundidad abisal de la noche de Madrid.

Bucear en las grutas hasta quedar aparcados en las orillas cuando se secan los vasos.

Sujetos uno al otro en la resina de la lengua y llegar a nuestra casa,

atléticos de tendones y fiebre tropezamos con el hormigueo tropical que nos sacude y nos acerca al misterio, al descanso, a la barca que cruza la oscuridad y nos lleva desnudos a la mañana y a la resaca de las olas. 

Éramos el río donde chocaba la lluvia


A veces paso por la calle con los ojos no tan abiertos hacia afuera, hacia el día repetido que sea, ya puede ser lunes o miércoles o diciembre. Hay esos días que se repiten como conchas en la nieve, muy al fondo, en su recuerdo. Y es en esos días extraños y escondidos cuando pienso que estoy yendo a las fiestas de mi pueblo. El esqueleto de mi pueblo se llena de chicas de Madrid, vienen los colegas, y es aquí donde el verano descansa. Aquí. Tendré diecisiete y hay trozos de electricidad oscura en el aire. Todos sabemos que es un pueblo como cualquier otro, que no somos nadie, que no somos mejores, pero estamos aquí y hoy lo pasaremos bien. 
Alguien aparece. Alguien a quien hacía mucho que no veíamos. No existía mensajería instantánea y por eso las relaciones no se reblandecían y morían como ahora. Todo se interrumpía en Otoño, en lo alto, encrespado, y se mantenía así en el recuerdo, furioso. Y nos abrazábamos como nunca más nos abrazaremos. ¡Abrazos olímpicos en un pueblo pequeñísimo! No hacía falta decirnos nada, sonreíamos como descubridores del fuego y alguien preguntaba

¿Quién pone pasta para esta noche?

Nadie tenía pasta, ni casa, ni coche, ni horarios. Luchábamos contra la superficie de la normalidad con nuestras películas japonesas, alemanas o peruanas, yo qué coño se. Éramos extraños y no queríamos cambiar el mundo. Queríamos que el mundo se mantuviera así, en alboroto, a punto de empezarlo todo pero no aún. Celebrando el cambio que llegaría al día siguiente del domingo. Cuando la resaca nos deje movernos. 
Después cada uno volvía a su casa y la telaraña de los puestos callejeros, de la comida grasienta y perfecta nos atrapaba como aviadores ciegos. Nadie nos llamaba por teléfono porque no lo teníamos o lo teníamos en un cajón, para que no se perdiera. Éramos el río donde choca la lluvia. Así nos sentíamos. Buceadores de la adolescencia y os juro que apreté con fuerza los dientes. Os lo juro porque me muera ahora. Quise que se repitiera ese carnaval sincero y cuesta abajo. Quería ir con todos ellos, con todos y con todas, todos nosotros, veinte o treinta, qué más da, atravesando las calles y los años, camino al mejor parque del mundo donde dejarnos caer por el misterio del kalimotxo. Así, y las novias no eclipsaban el mundo que se nos abría. La mañana estaba lejos como los planes de pensiones. Teníamos la boca abierta para reír, para darnos enteros como animales en llamas. 



horror vacui

Parece que ya no quedan huecos. Todo se ha llenado de actividad y actividades. No se puede parar. No puedes esquivar esa penetrante y repetitiva sensación de estar perdiendo el tiempo, estar cada momento más cerca del fin, de la inactividad total. Y mientras tanto, solo importa cómo aprovechas el tiempo. Llenarlo de dinamismo, de aplicaciones de móviles, de películas, de música e, incluso, de libros. Parece que aprovechar el tiempo significa embutar la cultura, la formación, el amor, las amistades. Apretar todo bien, ponerle una goma al paquete para que no salte y aprovechar el tiempo. Si piensas en un día cualquiera, desde el momento en que te despiertas hasta el momento en el que cierras los ojos (porque incluso acostado también tienes que ser activo), no dejas nunca de hacer cosas. Esas rendijas, esos ratos “muertos” no serán “muertos” nunca más. Escribir el whatsapp mientras escuchas música mientras intentas leer un libro mientras abres el twitter y una página de internet. ¿Ratos muertos?
El aire es un lujo que no nos podemos permitir. No ser activo es morirse, dejarse morir mejor dicho. Si te mueres mañana, al menos, que no te digan que no aprovechaste la vida.
tenemos los ojos puestos en el espacio cercano y no podemos ver más allá. No podemos dejar de mirar la comida porque nos morimos de hambre. No podemos apartar la vista de la televisión porque nos desconectamos y eso es el fin. Dejarse llevar, dejarse vivir sin estridencias.
Lo cómodo te arrastra, la dificultad te levanta. 

Entrevista anónima 1


¿Cuál es tu mejor recuerdo de la infancia?
Bueno, no se si es el mejor pero es uno muy interesante, que me gusta mucho y en el que me he recreado algunas veces y es un barco pesquero que había abandonado en la playa de Huelva, cuando vivía en Huelva. Era un barco pirata en el que, bueno, no lo era no, pero era un barco en el que me podía subir, en el que investigaba, tenía aventuras. Molaba un montón, porque además mi vieja había montado una historia, y era de mi casa a la playa y vuelta, había personaje de cuentos que vivían en alcantarillas, en edificios abandonados y eso molaba un montón. Eso era emocionante.
¿Qué es para ti la cultura?
La cultura es todo lo que somos, para mi. Mis profesores se enfadarían por no recordar la definición de cultura que estudié hace dos años, pero la cultura es todo lo que somos, todo lo que transmitimos lo que nos identifica y lo que vamos conformando día a día. Es lo que construimos que nos identifica, como grupo humano. Y también lo que heredamos. Lo que construimos mezclado con lo que heredamos. Vamos modificando lo que heredamos para actualizarlo. Es que a veces no somos conscientes de que jugamos ese papel y se nos va de las manos.
¿Crees que se puede cambiar la sociedad, o es algo que no se puede modificar?
Pues depende del día que tenga (risas). Depende del día que tenga. Si, si se puede cambiar. De hecho cambia. A cada instante cambia, con cada decisión que tomas y cada cosa que haces la sociedad cambia. Lo que pasa es que a veces no sabemos, no tenemos la capacidad o la consciencia de decidir hacia dónde cambia ¿no? hacia dónde la cambiamos.
¿Crees que el amor es algo necesario, o se puede vivir sin amor? (amor entendido como pareja)
¿Dónde dices que va a salir publicado esto? (risas) ¿Quién lo va a leer esto? Yo creo que es importante y es una experiencia básica para conocerse a uno mismo y creo que está sobrevalorado. Y creo que está muy infravalorado aprender a vivir sin pareja, que creo que es una parte muy importante. No es como decía, tampoco me quiero poner redicho, pero en el libro de La abolición del trabajo en el que Platón decía que los trabajadores manuales no tenían tiempo ni para ejercer de ciudadanos responsables ni de amigos, pues creo que hay un cierto parecido con la pareja.
¿Qué opinas de la tecnología? móviles, ordenadores, whatsapp, ¿nos acercan o nos separan?
Hombre, con gente con la que no tienes posibilidad de compartir espacio físico evidentemente te acerca. Pero si dejas de cuidar o de participar en los espacios físicos en los que se comparte con las personas físicas por estar conectado con gente que no está en ese momento ahí, creo que te aleja de la gente más inmediatamente cerca. Creo que nos atomiza mucho, nos aliena. Te abstrae mucho de lo que tienes que hacer, en el momento en el que estás, en el sitio en el que estás. Y ya poniéndome tierno, te abstrae de a qué huele, a qué temperatura está el aire, qué textura tiene la mesa o el suelo, porque quieres estar en diferentes sitios hablando con diferente gente de diferentes temas y el que mucho abarca, poco aprieta.
En este momento de tu vida, ¿cuáles son tus necesidades con respecto a tus necesidades por cubrir?
Pues, mis prioridades ahora mismo son. Bueno, por decir algunas, que supongo que hay muchas. Hay algunas que son manifiestas y conscientes y otras que no. Pero hay una que me inquieta que es la realización personal. La realización personal y la construcción moral y la justicia en general.
¿Qué crees que necesita el mundo de nosotros los seres humanos?
Pues que lo dejemos en paz ya, que nos extingamos (risas) porque es que ya no va a dar abasto, tío. No lo se, yo creo que muchas cosas. Que cambiemos radicalmente, no, yo creo que el mundo necesita que cambiemos, que dejemos de interactuar con él como lo estamos haciendo ahora, no. Que seamos capaces de cambiar los paradigmas.
¿Cuánto hace que no introduces un cambio en tu vida prioritariamente para romper tu rutina? ¿Cuál fue el último?
Pues el último fue, bueno, quizá ha habido algún otro, pero así que me salte ahora mismo, que me venga a la cabeza, el dejar de fumar el lunes pasado. Dejar de fumar el lunes pasado ha sido un cambio voluntario, necesario, que rompe mi rutina, que rompe mi forma de vivir el día a día, de entenderla y de participar.
¿Cuándo fue la última vez que sentiste que te ponías a prueba o buscabas tus límites?
El sábado pasado con la bici (risas), lo pasé muy mal, si, si. Más allá del cansancio, más allá. Es una especie de meditación el deporte. Cuando realmente eres capaz de apagar la mente y luchas por respirar, por sobrevivir y llegar un poquito más lejos y te conviertes en una… no es una máquina pero si es un animal, eres una máquina animal, a quien le importa el momento, lo que estás haciendo, importa el momento, estás concentrado en ello y dejas lo accesorio de lado.
¿A qué te gusta dedicarte al margen del trabajo? ¿Qué te hace disfrutar, te inquieta o interesa?
Bueno, la bicicleta por supuesto, pero es algo demasiado obvio. La política, las relaciones humanas, una cosa que me fascina, y el aprender.